El Periódico de Zalamea
Memorias de un Diletante, Luis Zalamea
 
INDICE:
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CAPITULO XXVII

 INYECCION DE NUEVA VIDA 

"Lo único que debemos temer es al  propio temor"

                                                     Franklin Delano Roosevelt

 

Por ahora sigamos en tiempo existencial, relegando a segundo plano la relación cronológica  para no confundir demasiado al lector en la recta final. La publicación de los Diálogos con Julio Mario Santo Domingo el 7 de septiembre de 2003 fue una inyección de vida nueva en mi vejez. Gracias a ello, superé  la depresión que me abrumaba  ante el aplazamiento indefinido o permanente de mi amado proyecto hasta se esfumara en el olvido. Pude renovar mi amada rutina de madrugar, escribir, visitar restaurantes en plan de reseñarlos, nadar una hora diaria en el "lecho acuático" de nuestra piscina, descansar bajo los mangos y mimar a  nuestros perritos  en sus brincos y juegos. Incluso, con Beba y con ellos reanudamos largas caminatas al atardecer por nuestro barrio, donde ya nos conocen y saludan como en cualquier pueblo acogedor de campo.

Con las clases que Beba dicta en el colegio Montessori, además quedé a mis anchas tres veces a la semana para disfrutar mi soledad con la compañía silenciosa de mi perros consentidos, que sólo quiebran para ladrarle como locos al cartero, el más odiado de cuantos extraños osan violar su "territorio", que es también el mío. Por ello me cayó como un bálsamo una columna sobre la soledad que por esos días escribió en "El Tiempo" Eduardo Escobar, demostrando una vez más la calidad de escritores que nos legó en Colombia el "Nadaísmo".

Dice Eduardo: ".quienes hemos vivido solos largo tiempo sabemos que la soledades irreductible, como la vivencia religiosa, insalvable por las palabras. Es una sensación nítida e imprecisa. A la vez. De caras y colores cambiantes en las personas y los tiempos. Tiene un sabor y una textura en cada hora, en cada edad, y según la humedad del aire. No es igual por la mañana que por la tarde".

¡Cuanta razón tiene! Para mí la soledad en la mañana me llena de expectativa, como esperando a una amante. En cambio por la tarde me parece una intrusa indeseable. Pero sigo citando al talentoso  Eduardo: ".la soledad cuenta con defensores apasionados. Entre los pensadores de la misantropía, como Schopenhauer. Y los místicos contemplativos. Uno la llamó soledad sonora. Algunos la asumen como un impedimento o una carga. Otros la gozan  como un regalo celeste. La soledad puede ser laboriosa, creadora y aguda. No tiene que conducir al tedio, la amargura o la inutilidad. Ni triste ni alegre. Ni ríe ni bosteza. Es una injusticia convertirla en camino de melancólicos, tímidos y payasos jubilados. Se necesita enteraza para aguantarnos solos".

Estoy totalmente de acuerdo. Entereza para no caer en la autoconmiseración que va derechito a la depresión. Pero es mejor que prosiga Escobar: "La soledad es mujer. Suena cursi. Pero es cierto. Mujer fatal. Y madre. Y esposa amorosa. Útero de revelaciones. Y maestra sutil. Su enseñanza es simple: todo lo que no soy yo es superfluo. Dice. Seres, pensamientos y cosas."

Y para rematar, una conclusión literaria: "Sartre dijo que la literatura es una comunicación con los muertos. El que lee se asomaría como Odisea a la charla de los difuntos. Simona de Beauvoir, en Ceremonia del adiós, elegía de un sapo dialéctico, testigo tuerto de una era turbulenta, recuerda cómo pidió permiso en la morgue para abrazar su cadáver, tibio todavía. Gesto inútil de afecto por uno que dijo que el infierno son los demás. Habían intentado, juntos, el milagro estrafalario de reconciliar la soledad con el amor".

No pude menos de pensar que, según ya he dejado constancia en estas  memorias, algo similar habíamos pretendido Emma Bejarano y yo al intelectualizar el amor, lo que a la larga destruyó los sentimientos iniciales sin llegar nunca a la sublimación intelectual.

Muy a propósito de la soledad, Antoine de Saint Exupéry, piloto francés, pionero de la aviación mundial, y autor de "El Principito", uno de los libros de mayor acogida a nivel internacional de todos los tiempos, que murió volando hacia Marsella en julio de 1946 en una misión contra la ocupación de los nazis, sintetizó soledad, silencio y amor en esta frase lapidaria: "El amor comienza donde no hay ya qué esperar. El amor es ante todo ejercicio de la plegaria que es el aprendizaje del silencio".   

 Las reflexiones de Escobar  y de St. Exupéry sobre la soledad  en función de amor y de silencio, me llevaron a evocar los pensamientos de otro Eduardo amigo mío que ya ha figurado veces en este libro, Eduardo Arrarte. A su manera de hombre práctico y luchador forjado en la calle por su propio esfuerzo, alguna vez me dijo a propósito de la vejez que nos rondaba  a ambos: "Lo que pasa, Luchito, es entre más años vivimos, nos atemorizan mucho más  una infinidad de  cosas que en nuestra juventud tomábamos a la ligera". Por este motivo en la actual coyuntura compleja de mi vida me propuse perderle miedo al temor. Por algo encabeza este capítulo como epígrafe la frase famosa de mi ídolo el presidente Franklin Delano Roosevelt. Desafiando al temor él logró reponerse de la poliomielitis en sus años mozos para después ser electo cuatro veces a la presidencia, circunstancia única en la historia que permitió a los  Estados Unidos emerger de la Gran Depresión de los años treintas y luego impulsar a los Aliados a vencer a Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial.

            Como primera medida para escapar del calabozo del temor, en  noviembre de 2003 amplié mi actividad periodística. Gracias a mi conexión con "D'Artagnan", la revista "Aló" del grupo de "El Tiempo" editada a todo color y dirigida a la mujer moderna y liberada, me invitó a escribir una columna quincenal sobre manjares afrodisíacos. En un exceso de  diletantismo crónico, tuve la osadía de aceptar semejante reto a los 82 años. Esta nueva tarea contribuyó también a disipar la depresión que me embargaba últimamente. El tema me apasionaba y tenía la intención de divertirme como un enano investigando y escribiendo sobre asuntos que hace solamente 5 ó 10  años hubieran  parecido escabrosos para las jóvenes lectoras de "Aló". Así introduje mi nueva columna:

            "A partir de la manzana de nuestra madre Eva, han sido tantos los alimentos, platos y bebidas que uno u otro pueblo, en una u otra ocasión, han calificado de afrodisíacos, que sería más fácil catalogar los que no han merecido ese título. Los grandes teóricos de la cocina y los chefs más consagrados le han dedicado al tema no pocos desvelos, los primeros con tomos enjundiosos y los segundos con menús que han pasado a la historia. Me propongo dedicar esta columna bimensual  a tan apasionante tema, hablando literal y figurativamente.       En ocasiones recurriré a algunas de las recetas de chefs notables y  legendarios mujeriegos que han enriquecido la historia con sus creaciones, y así los lectores podrán ensayarlas y determinar personalmente si sus supuestas propiedades eróticas son realidad o fábula.

            "Para comenzar retrocediendo a las épocas más remotas, comprobamos que  los antiguos chinos, mongoles y otros pueblos del Asia respetaban como aliados en las batallas del amor al jengibre, la pimienta, los pepinos de mar y las sopas de nidos de golondrina y aletas de tiburón. Los griegos y los romanos agregaron a esta creciente nómina varios hijos de Neptuno como el congrio, el pez torpedo y los erizos, así como los espárragos, las torcazas y bocados tan exóticos como las vulvas de cerda rellenas de puerros, ruda y mucha pimienta.

            "Por su parte, los hijos de Mahoma han profesado igual fe en la leche de camella y citan al respecto a un tal Abou el Heidja que desfloró en una sola noche a ochenta doncellas porque primero se hartó de leche de camella con miel y garbanzos. Durante el Medioevo y el Renacimiento, Europa aportó a la lista las trufas, la alcachofa, los hígados de raya, las criadillas, el sabajón, las ostras, varias especies de hongos, la flor de Mandrágora elogiada por Maquiavelo y bebidas como el hidromiel, el hipocrás y el ámbar gris de las ballenas. Y desde luego la miel de abejas, la cual originó la expresión 'luna de miel'."

Estaba, pues, triunfando sobre el temor, tal como lo había aconsejado "mi" Presidente Roosevelt. Porque hasta entonces,  so  pretexto de mis problemas de salud,  me había negado siquiera a  pensar en cualquier viaje que me alejara de la seguridad de mi casa y mi rutina. Pero en noviembre  Maggie y Steve volvieron a insistir en que Beba y yo los acompañáramos a Las Vegas en plan de turismo entre Navidad y Año Nuevo, y casi no lo creen cuando accedí a su petición. Ellos  ya conocían a Las Vegas de visitas anteriores y Maggie no dejaba de describirme con lujo de detalles lo que podríamos gozar en materia de refinados restaurantes y fabulosos espectáculos, ya que por lo menos a mí no me interesaba ir a que me esquilmaran en los casinos de juego.

Vencida pues  mi reticencia, el 23 de diciembre llegamos Beba y yo a Las Vegas en un vuelo de cinco horas desde Miami que no exacerbó demasiado mis crónicos dolores artríticos y nos integramos sin novedad  al cuarteto familiar. Maggie y Steve ya estaban instalados allá y nos dieron la bienvenida con champaña y una cena inigualable en Nobu, la sucursal de uno de los mejores restaurantes japoneses del mundo.

Merece una breve disquisición la historia de Las Vegas como uno de esos fenómenos sui generis que solamente pueden ocurrir en los Estados Unidos.  Hace medio siglo, a un mafioso neoyorquino trasplantado a Los Angeles llamado Benjamín Siegal, apodado con razón "Bugsy" (el "Chiflado"), se le ocurrió la idea absurda de construir un hotel de turismo en un caserío llamado Las Vegas situado en pleno desierto de Nevada y que había sido punto de trasbordo ferroviario para las tropas que iban rumbo a las islas del Pacífico a pelear contra los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Visionario a su manera, el pandillero Siegal se dio cuenta de que las leyes de Nevada permitían el juego, la prostitución y otras actividades entonces ilegales en el resto del país, lo que auguraba un aluvión de oro puro para la empresa que tenía en mente.

 Empujador y rudo, el "Chiflado" recurrió a amenazas y  chantajes  a fin de conseguir el apoyo de la mafia neoyorquina para construir a trancazos su  hotel precursor que llamó  Flamingo. Irónicamente no alcanzó a ver realizado su sueño: en 1946 fue asesinado por sus socios de la cosa nostra, Estos heredaron el inmueble y pensaron que sería un fracaso. Pero no habían contado con la carta a que había apostado Siegal: la pasión de los estadounidenses por los juegos de azar. O sea la codicia organizada y fomentada dentro de una fuerte tradición capitalista. El Flamingo prosperó y a su lado surgieron nuevos hoteles, cada vez más extravagantes.

En los últimos 20 años se han invertido en Las Vegas  miles de millones de dólares en ostentación, unas veces forzadamente elegante, otras espontáneamente cursi, pero siempre con toques de vulgaridad. Hay hoteles monumentales para todos los gustos. A ambos lados de la avenida central ("The Strip"), aquéllos se yerguen en medio de la cacofonía constante de los casinos, los que no se pueden esquivar ni para ir al sanitario.

El  ambiente de Roma Imperial está reproducido en el Caesar's Palace mientras que en el Venetian hay un canal veneciano con gondoleros y palazzos, amén de reproducciones de frescos y techos del Vaticano. El Parisian cuenta con una copia de la Torre Eiffel y un barrio tan parisino como Montmatre. Las callejuelas de Greenwich Village y un duplicado del "subway" dominan el ambiente del New York, New York. El Luxor, donde estábamos alojados, imita el Egipto de los Faraone. En el Excalibur cualquier plebeyo se siente caballero de la corte mítica del Rey Arturo y el Grial Sagrado. Los más nuevos como Bellagio y Mandalay Bay son homenaje a la arquitectura aerodinámica y comodidad hedonista del Tercer Milenio.

            Aunque he viajado mucho, nunca me había interesado ir a Las Vegas. No soy aficionado al juego y ¿para qué ir a Parises, Egiptos y Romas de tramoya cuando tenemos acceso fácil a los originales "en vivo y en directo"? Pero ya relaté cómo la obsesiva e insistente Maggie por fin se salió con la suya apelando a mis aficiones gastronómicas y además reforzó nuestro programa con seis espectáculos de primera, entre ellos las últimas dos  producciones de la extraordinaria compañía Le Cirque du Soleil.

En una de ellas titulada  "Zumanity", más de  50 actores, bailarines, comediantes, acróbatas y prestidigitadores logran lo imposible: cautivar al público con una interpretación realmente original de temas tan antiguos y trillados como el amor y el sexo. Dirigidos por un trasvestis tan feo como gracioso que hace de maestro de ceremonias, en el desfile de cuadros se invierte con ironía e hilaridad el enfoque tradicional: un cuarteto de payasos acróbatas que representa el puritanismo hipócrita arremete contra el resto del elenco: jóvenes, cuarentones y viejos en proceso de liberarse de milenarias represiones e inhibiciones sexuales. Las canciones y música, las acrobacias y los bailes son estupendos, pero lo mejor es el contrapunteo entre el  maestro de ceremonias y los puritanos, que parece escrito por Oscar Wilde con toques del Marqués de Sade, Jardiel Poncela, Casanova  y otros integrantes de nuestro olimpo hedonista. En el desenlace triunfan los liberados y hasta los puritanos quedan "catequizados" al culto de Afrodita.

Después del espectáculo descubrí en la boutique de regalos del teatro un libro de cocina afrodisíaca que no debe faltar en la biblioteca de los estudiosos del tema, titulado  en inglés "InterCourses", retruécano que utiliza los platos de un menú como metáfora de encuentros carnales. Sobra decir que tanto el "Zumanity" como ese recetario fueron tema para una de mis columnas en "Aló" más comentadas por sus lectoras.

            Como todo en la vida, y para recurrir de nuevo a la metáfora de mi libro cebolla, la capa dulce de Las Vegas contiene en mi memoria restaurantes tan célebres como Nobu, Mon Ami Gab, y  Rosemary y espectáculos extraordinarios como "Zumanity" mientras que la capa agria está plagada de casinos envenenados por el humo de cigarrillo y el tintineo exasperante de maquinitas tragamonedas instaladas hasta en los baños. Una capa que nos conducía inevitablemente a las multitudes que anegaban calles y calzadas en pos de la resbalosa y traicionera Doña Suerte.

En cuanto a la capa cebollesca del alojamiento, concretamente el Hotel Luxor,  donde ya dije que nos instalamos,  se trata de una  mole piramidal de 4,400 habitaciones cuya reproducción del Egipto faraónico incluye relieves de jeroglíficos  en los ascensores, columnas de palmera en las habitaciones y un enorme casino  recargado con efigies del Nilo para la clientela jugadora que nunca falta. Pero en cambio falla en los detalles. Ejemplos: escasez de botones a  la llegada y la salida para cargar el equipaje,  y falta de barras metálicas en las duchas forradas de mármol para evitar resbalones y caídas que pueden ser fatales para los huéspedes de la mal denominada "Edad Dorada". Estas observaciones me sometieron a la censura inmediata de Beba y Maggie, que me tildaron de "neurasténico exigente e insoportable". ¿Quién tendría la razón? Que lo diga mi libro cebolla.

La víspera de Año Nuevo volamos de vuelta a Miami. Las Vegas nos dejó alegres por nuestros descubrimientos inesperados y  frustrados por sus aspectos negativos. En todo caso sumamente cansados y ansiosos de regresar a casita.

Como puente entre un tema otro, y aferrados a tiempo apocalíptico, el 19 de enero de 2004 la revista TIME publicó un largo informe acerca del  amor y el sexo. Este me proporcionó la oportunidad de presentar una versión sintética de mis opiniones sobre estos temas tratados a fondo en el Capítulo X de estas memorias titulado "Adiós virginidad", y escribí la siguiente carta a la afamada revista sobre dicho informe:

"Señor Director:

TIME desperdició demasiado tiempo y espacio en un informe manchado por nuestras inhibiciones heredadas del puritanismo y apenas disfrazadas por  lenguaje seudocientífico al que se postra, en ingenua pleitesía, la mayoría de los estadounidenses. En cambio, brillan por su ausencia sentencias simples pero sabias como la de Séneca: "Si quieres ser amado, ama". En mis años mozos tuve la fortuna de descubrir por los caminos de la sensibilidad y no en los manuales de sexo que el goce pleno radica en proporcionar placer al ser amado y no en nuestra propia egoísta satisfacción.  Sí, el goce está en la mente y en los ojos de quien lo proporciona. De ese informe me defraudó especialmente la sección titulada "El sexo y su cerebro" en que la jerigonza bioquímica llega al colmo. En vez de consultar a tantos sabihondos, los redactores han debido explorar el cerebro de manera que lo entienda el vulgo como nuestro órgano sexual más poderoso que triunfa más allá de la tediosa gimnasia sexual de la industria pornográfica multimillonaria de hoy en día al  generar esas fantasías que todos deberíamos venerar, nutrir y compartir en unión de nuestras parejas. No hay placer demasiado intenso, ni deseo demasiado osado, ni depravación demasiado secreta para los poderes mágicos de nuestra imaginación".

            De mi carta, TIME publicó únicamente la frase "Porque mucho después de que se hayan esfumado las Viagras y las Levitras, nuestro cerebro seguirá creando visiones de éxtasis." Sobra todo comentario.

Los amigos leales de mi pequeño círculo estaban llegando al pináculo de los 80 años. Primero Julio Mario Santo Domingo, como relaté en el capítulo anterior.   A principios de mayo de 2004 le tocó el turno al simpático y alocado empresario turístico uruguayo Heber Buencristiano, alias "El Gordito",  de cuya amistad yo he gozado desde mis años de actividad turística como funcionario y promotor de 1963 a 1999, a la cual ya  me he referido tangencialmente en este libro en tiempo existencial. Su hija Renée me llamó desde Montevideo y me pidió un mensaje para el video que familiares, amigos y empleados estaban produciendo como sorpresa con motivo de ingresar  a la enaltecida condición de octogenario. Evocando nuestras picardías de hace cuarenta años en pos de mujeres tanto posibles como imposibles y de incidentes compartidos y siempre sazonados con pizcas justas  de chifladura y buen humor, le escribí esta especie de pastiche de copla que unas veces rima y las más cojea, pero sin olvidar nunca el cariño y nostalgia que la inspiraron:

"Para "El Gordito" en sus 80 añitos

De Ámsterdam, en Puttenstrasse,
mirando "minas" en pelota en las vitrinas,
a esa tasca madrileña manejada por cubanos,
y Lima con Lucho disfrazados de doctores
examinando cholitas y bebiendo pisco sours,
hasta una Nochebuena de calor en Punta del Este
cuando hacías de Papa Noel rebosante de regalos
y trasnochados íbamos a pescar meros y corvinas
que luego inmortalizabas en tu mágica parrilla.
¿Y qué tal coronado de Rey Sol
en la suite Maria Antonieta del Victoria Plaza
de rodillas ante condesas milonguras?
No dejabas  un scotch ni un vinacho  servido.
ni te perdías un solo brindis con champán,
y te lanzabas al tango a figurete y taconazo.
Al heredar de Arrarte en Bogotá
la presidencia de COTAL,
qué bien te pintó el hidalgo mandatario
Guillermo León Valencia al describir
tu apellido como "todo un programa de trabajo". 

Qué derroche de goce, canto, baile,
locura juvenil y ríos de simpatía
para iluminar nuestro compartido
otoño octogenario con esa luz del inmortal
Quevedo: "Polvo será mas polvo enamorado".               

Ya vencido mi temor a viajar gracias a nuestro interludio en Las Vegas, no vacilé en emprender el vuelo de 6 horas de un extremo al otro de Estados Unidos para asistir el 22 de mayo al grado como abogado de George Kimbrell, mi nieto mayor y predilecto, a quien  los lectores ya conocen, en la Facultad de Leyes de la Universidad Lewis & Clark, situada en Portland, Oregon. Allí estaba congregado el núcleo de la familia Kimbrell Zalamea presidida por este abuelo: Mi hija Pilar, su marido actual David Macaggee  y los hijos de ella, George y Mark Kimbrell con sus respectivas novias, más el tío Andre Kimbrell con su esposa la actriz de teatro y cine Kayulane. Para todos nosotros fue emocionante y honroso presenciar el grado de George con honores de Magna Cum Laude. Desde luego aprovechamos la magna ocasión para celebrar varias comilonas en familia, entre ellas una parrillada al estilo de Oregon con abundancia de ostras y salmón frescos de la región que todavía me hace la boca agua y que fue también tema afrodisíaco para mi columna en "Aló". En esta visita de una semana, Beba y yo nos volvimos a familiarizar con parte del Noroeste del país que ya habíamos conocido hace unos 10 años, pues ella tiene allí una ex-cuñada, Adriana Cossío, hoy casada con un abogado italoamericano, Jim Giustina, heredero de una de las principales fortunas que forjaron a principios del Siglo XX  su padre y tíos, emigrantes del Norte de Italia, con base en la silvicultura y la industria maderera. Lo que  comprueba que no todos los italoamericanos son pandilleros de la Cosa Nostra.

            Oregon es un mundo primigenio y a la vez novedoso que nada tiene que ver con las playas de Miami, los rascacielos de Nueva York, las fantasías de Disney World, ni  los casinos extravagantes de Las Vegas.

En octubre de 1805  llegó hasta la costa del actual estado de Oregon, cruzando la inmensidad del continente,  la expedición épica al mando de los exploradores Lewis y Clark que había partido de San Luis, Missouri, en mayo de 1804 por órdenes del entonces presidente William Jefferson para descubrir y colonizar  los vastos territorios al oeste del Misisipí.

A pesar de haber sido fundada hace sólo 150 años, Portland es hoy la ciudad más populosa de Oregon con 700.000 habitantes que se ufanan de un desarrollo urbano que ha respetado y restaurado edificios tradicionales y monumentos históricos en vez de demolerlos para  "dar paso al progreso" como acontece en otras partes. A 60 kilómetros al sur está la capital Salem, mucho más pequeña y funcional. Pero Oregon es un escenario también trágico porque allí se han cometido graves depredaciones a favor del auge económico temporal y  en contra de fenómenos milenarios de la naturaleza, especialmente en perjuicio del ciclo milagroso de vida y muerte del salmón. Sobre el tema me ilustró ampliamente mi nieto George, fervoroso defensor del medio ambiente y, que una vez terminada su actual pasantía en el tribunal que preside un destacado juez en Seattle, seguramente se dedicará al noble oficio de los cabilderos que se oponen a los depredadores de los recursos naturales impulsados por Don Dinero y sus secuaces,

 En Portland  es fácil conocer a los oregonianos, gente sencilla, cordial y hospitalaria que acoge sin fingida cortesía a los forasteros. Además de  constituir importante centro maderero, agrícola, pesquero, astillero e industrial, Portland se enorgullece de tener los parques y zonas verdes mejor diseñados y conservados del país,  entre ellos el Rosedal y el Jardín Japonés. Su intensa vida cultural gira en torno a la Librería Powell, posiblemente la más grande y mejor surtida de EE.UU.  La ciudad también cuenta con una nómina importante de restaurantes de todo estilo y precio para degustar platos regionales a base de productos frescos de temporada, así como la cocina de fusión con el Oriente, o sea a la moda de la Cuenca del Pacífico. De modo que nuestro núcleo familiar, integrado por comilones de  tradición y vocación, gozamos también de los placeres de la mesa. ¡Y ojo! Para los aficionados al buen vino, los mejores tintos Pinot Noir de la costa del Pacífico de EE.UU. son elaborados en Oregon, donde saben mejor y cuestan menos que en ninguna otra parte.

 Ningún visitante que visite a Portland debe perderse el paseo de 40 minutos por carretera hasta el Puente de los Dioses y la boca del Desfiladero del Río Columbia que serpentea entre macizos farallones en su marcha hacia el mar. Y allí fuimos todos en excursión dirigida por George, desde chiquito un cicerone tan locuaz como bien informado. En el camino apreciamos empinados saltos de agua y visitamos criaderos de truchas y salmones, además de un acuario dedicado al esturión, el gigantesco pez "acorazado" con cuyas huevas se elabora el mejor caviar. Pero ninguna de estas  atracciones eclipsa las portentosas vistas naturales  del desfiladero y es fácil comprender por qué los pobladores indígenas originales de las riberas las identificaron con sus dioses.

Lo único que desentona en estos paisajes de portento son los miserables caseríos de los indios Yakama a orillas del río al sur de dicho puente, donde éstos aun sobreviven de los derechos perpetuos a la pesca del salmón en esas aguas que les otorgó en un tratado el "Gran  Padre Blanco" de Washington en 1855 a cambio de sus tierras y otros privilegios. ¡Pobres ilusos al haber confiado en los blancos!  Allí vimos a sus descendientes cual espectros  pescando con redes de palo largo desde plataformas peligrosamente  frágiles sobre las afiladas rocas de la orilla, tal como lo han hecho siempre. Pero esa tarde no sacaron ni un  salmón -y eso en plena  temporada de pesca. Nos limitamos, pues,  a conversar con ellos y a comprarles el sabroso salmón ahumado que elaboran con milenarios métodos artesanales.

¿Por qué tan mala pesca? La historia es larga y triste. En condiciones naturales normales, todas las especies de salmón cumplen libremente su círculo de vida al nacer en un riachuelo en los altos de la cordillera, bajar por el río hasta el mar para crecer allí durante dos años mientras nadando a través de enormes distancias,  y luego regresar al lugar exacto donde nacieron  para desovar y morir. A este salmón se le llama "silvestre". Pero desde fines del Siglo XIX, los intereses políticos y comerciales que se han beneficiado económicamente con los sistemas hidroeléctricos del Noroeste han primado  sobre la naturaleza y sólo en el Columbia construyeron 16 represas y obras auxiliares, violando entre otras cosas claras disposiciones de la Constitución Territorial de Oregon  (1848) en contra de represas y otros obstáculos que impidiesen el libre movimiento del salmón en sus migraciones naturales.

Aunque se han escrito miles de estudios sobre la materia, la verdad escueta es que en los últimos cien años, debido a la mano del hombre y a cambios climáticos globales, allí las poblaciones de las mejores especies de salmón como  coho y chinook han bajado en picada de la superabundancia hasta a casi la extinción.

 Los depredadores del  medio ambiente  pueden ufanarse de una victoria pírrica porque de las especies de salmón que antes pululaban en el Columbia, hoy día solamente una ínfima minoría volverá a  ver el lugar donde nació. Y para subrayar su descaro, tales "adalides del progreso"  declaran rimbombantemente que "el salmón es apenas un pescado de valor decreciente". Un senador del estado de Washington incluso sostuvo que "en  nuestro mundo actual, comprometido con  lo práctico y lucrativo, el salmón no merece ningún sacrificio económico  para preservarlo." Y para rematar, lo rebajó a la categoría de "especie remanente".  

Es  irónico que así se refieran políticos y empresarios supuestamente bien informados al pescado favorito el mundo por su sabor delicioso y alto valor nutritivo, y cuya importancia socioeconómica e increíble ciclo de vida constituyen un patrimonio casi religioso de la humanidad. Pero hay una tenue luz de esperanza: en el vecino estado de Idaho prospera el movimiento para demoler cuatro represas obsoletas que datan de la época de la Guerra Fría, con lo que se restituiría el salmón hoy prácticamente desaparecido del sistema fluvial del Río Snake. Y más importante, ese ejemplo podría aun inducir a Oregon a aplicar medidas de emergencia para rehabilitar al menos en parte la producción de algunas especies de salmón silvestre.

              En los últimos 40 años, el intento de reemplazar a éste con ejemplares criados en viveros  artificiales ha sido un triste fracaso por su mala calidad e insípido sabor. Un crítico lo definió gráficamente como "bazofia oceánica". Y si todavía se consigue salmón silvestre en Portland, se trata de lo poco que pescan los Yakama o del que proviene de Alaska, a donde aun no han llegado las garras destructivas del capitalismo salvaje. El tema me apasionó, sobre todo después de  leer el libro que me regaló mi nieto George, titulado "My Story as Told by Water" ("Mi historia narrada por el agua") del naturalista estadounidense David James Duncan. Para cerrar esta capa contundente y tortuosa de mi libro cebolla, cito ahora unos apartes del texto de Duncan que me llenaros los ojos de lágrimas.

             "Los pocos alevinos que sobreviven medio muertos de hambre  su jornada río abajo hasta las aguas salinas del mar, pronto desarrollan una recia musculatura plateada, y durante los dos o tres años siguientes realizan viajes descomunales que superan en distancia los vuelos de aves circunpolares o el  kilometraje de camioneros veteranos. Algunos salmones chinook oriundos de Idaho nadan más de 10 mil millas a través del Océano Pacífico. Los han pescado en aguas territoriales del Japón, de la península de Kamchaka y de las Islas Aleutas. A veces descienden a  profundidades insondables, nadando tan lejos y tan rápido que no es posible trazarlos y su capacidad para burlar el "radar" del conocimiento humano es lo que más irrita a quienes quisieran dominarlos por completo.

"Pero a pesar de las distancias que recorren y del tamaño y fuerza que adquieren, les llega un día en que escuchan en su sangre el canto que los impulsa a dejar el mar para volver al lugar exacto donde nacieron en las alturas montañosas. Esta postrer parte de su travesía es siempre fatal. Mas no por ello ningún salmón deja de emprenderla. Y si logran conquistar los múltiples obstáculos de docenas de represas y adivinar las corrientes, regresarán a su terruño natal revestido de guijarros y nieves derretidas. Entonces, a pesar de todo lo que han  superado, se dedican a hacer el amor. Mas no a una pareja.

"En la ladera oriental de Idaho, a 160 kilómetros del mar, presencié en el último otoño cómo una sola hembra chinook, en medio de los estertores angustiosos de sus agallas rojizas, transformaba su cuerpo robustecido por el océano en una pala para cavar en el pétreo  esqueleto del continente un nido para la prole que nunca llegaría a conocer. La vi poner allí sus huevos, tan tiernos que el toque más suave de los dedos de un niño los destruiría, huevos con el color exacto del sol poniente. Luego presencié cómo el macho, más oscuro y con jeta de garfio, descendía suavemente sobre los huevos, sin tocar a la hembra ni una sola vez, para derramar una nubecilla de lecha sobre el nido hecho de pedruscos.  Enseguida los dos salmones juntos nadaron alrededor de su nidal, cuidándolo, defendiéndolo, custodiándolo. ¿Por qué no decir mejor 'amándolo'? Si es que el Estado me permitiera expresarlo en esta forma. Sólo incidentalmente, casi por accidente, hubo un instante en que los dos peces se tocaron. Parecía que le estuvieran haciendo el amor a tierra y agua derretidas en virutas de montaña y deshielo.

"Allí los dejé morir solos, como mueren los salmones para coronar su nido de huevos cuan gélida matriz de guijarros. Escribo estas palabras cuando el invierno ha entrado de lleno en las Rocallosas y la nieve se amontona. Pero en ese nido revuelto, techado de hielo y amurallado  con pedruscos por la hembra en los últimos estertores de su vida, ya comienzan a titilar ojitos diminutos color de atardecer.

"Del río brota fuego. Una llama invisible escondida en las aguas que no engendra calor sino vida. Y en la época confusa que vivimos, por más

oscura y pedestre que quieran hacerla ciertos seres humanos, los salmones silvestres siguen trepando tenazmente por ríos y cordilleras sólo para comulgar con esa llama. No hay palabras suficientemente profundas o enaltecidas para describir este milagro. Solamente lo pueden encarnar los salmones silvestres. En cada migración, en cada retorno desde el mar,

estas criaturas incomparables trepan por las montañas del interior para sacrificar su vida y así su diminuta prole plateada pueda nacer  de tan inverosímil llama acuática.

"Estos son los seres,  llamados eufemísticamente 'especies remanentes' que estamos erradicando para siempre del Oeste de EE.UU. y del Pacífico".

            A los pocos días de nuestro regreso de Oregon, nos llamó por teléfono Eduardo Arrarte para invitarnos a viajar a Lima a fin de acompañarlo el 6 de julio en las celebraciones de su 80vo cumpleaños. Con su acostumbrada generosidad ofreció enviarnos los pasajes y costearnos nuestra estadía en Lima, porque sabía que nuestro presupuesto familiar estaba muy mermado a raíz de la reciente visita a Oregon.  Aunque ya lo he mencionado en estas memorias, Eduardo y su familia se merecen  un paréntesis más extenso. Ante todo, lo considero uno de mis mejores amigos junto con  Julio Mario Santo Domingo, Norman Van Aken, Héctor Cuellar, Nadim y Margarita Saleeby, y Roberto y Lorenza Posada. Ellos evocan el proverbio checo, "No te protejas con una cerca sino más bien con tus amigos".

 Eduardo Arrarte (conocido entre amigos y familiares como ERA) nació en Guayaquil en 1924. Su padre Eduardo Rafael era  peruano,  miembro de una familia limeña encopetada y económicamente acomodada lo despachó al Ecuador como funcionario de la sucursal de un banco peruano,  y su madre María Rosa Salame era una hermosísima ecuatoriana de clase media y origen siriolibanés. Pero cuando ERA tenía apenas 11 años, tuvo que salir a la calle a trabajar. Porque su  padre, machista, presumido y con ínfulas donjuanescas, abandonó el hogar en pos de una actriz de teatro. Fiel a su recio ancestro vasco, voluntad de superación, y malicia nata, aquel jovencito se creció ante la adversidad y asumió la  responsabilidad de mantener a su madre y a su hermana, también llamada María Rosa, que le llevaba dos años. En Lima, sus tíos paternos demostraron indiferencia cruel y se hicieron de la vista gorda ante la crisis de familia provocada por el hermano irresponsable y trotamundos. Mientras tanto, en las calles de Guayaquil Eduardo adquiría experiencias que despertaron la sagacidad del mercader que llevaba en su sangre libanesa. A la larga, tan dura prueba lo dotaría de las condiciones que poseen  los 0hombres forjados por su propio esfuerzo para triunfar en la vida, superando a los señoritos  diplomados en encopetadas facultades de administración de empresas. Antes de llegar a los 18 años había desempeñado un sinnúmero de oficios honrados para asumir todos los gastos del hogar a tiempo que se convertía en autodidacta estudiando textos de contabilidad e inglés. Apenas cumplió los 18 años reglamentarios en 1942, se enganchó en una de las cuadrillas de obreros que los gringos llevaban a  las Islas Galápagos a construir aeropuertos y bases  para defender el Canal de Panamá durante la Segunda Guerra Mundial. Allí perfeccionó su inglés conversando con ingenieros y capataces. Posteriormente viajó por los países andinos como ayudante de un supuesto "periodista" pare vender testimonios de gente importante cobrados por anticipado para un libro de homenaje al Presidente Roosevelt que nunca llegó a publicarse pero aseguró a sus promotores unas modestas entradas durante un par de años. De  esa experiencia ERA aprendió que la vanidad humana es una mercancía de venta fácil. En Colombia permaneció varios meses después de que su jefe "periodista" hizo mutis por el foro antes de que las autoridades lo pusieran preso por estafa.

 El joven Eduardo no sólo era audaz y entrador, sino también alto, buen mozo, excelente bailarín, y de labia jocosa y  convincente, especialmente con las mujeres. Lo acogió en su seno la juventud de alta clase social en Bogotá y Cali. En esta última ciudad, tan propensa a la novelería por todo lo extranjero, se empleó como barman en la Fuente de Soda del Garcés, donde causó sensación entre las "Cocacolas" de la época. Incluso, 30 años después descubrimos que habíamos compartido las caricias de las dos de las más  liberadas. El ha podido quedarse en Colombia e incluso casarse con alguna hija de un millonario azucarero porque en el mundo de la "jai" lo consideraban como un gran partido. Pero prefirió regresar al sur para arreglar cuentas con sus infames tíos limeños.

            A fines de los años cuarentas Eduardo regresó a Guayaquil y allí, gracias a su  buena presencia, don de gentes y conocimientos de inglés, ingresó como cabinero a la vieja Panagra  y comenzó a volar en los bimotores Douglas DC3 de la  época por toda Sudamérica. Pernoctaba con frecuencia en Lima, gracias a su visión nata para los negocios, comprendió que el futuro del Perú estaba en la industria turística, y más concretamente en el turismo lucrativo del exterior ansioso de conocer las maravillas naturales y el rico legado arqueológico del país.

            Entonces decidió ejercer su ciudadanía peruana, heredada legalmente del padre, y radicarse en Lima, donde pronto entró a trabajar en la  agencia de viajes más importante del momento. Allí estaba cuando un día se le presentó el mayor de los tíos Arrarte. Pero no era para darle la bienvenida sino para exigirle que se largara de Lima porque había llegado precedido de muy "mala fama" y era una afrenta para la familia Arrarte. No sé qué le contestaría Eduardo pero me lo imagino. Porque en vez de salir corriendo con el rabo entre las piernas como la "oveja negra" de la familia,  siguió allí tan campante y descolló en la incipiente actividad turística. Además tenía otro motivo poderoso para quedarse en Lima. Estaba locamente enamorado de una joven hermosa, plácida  y hacendosa de padre alemán y madre peruana, Irma Fiedler cariñosamente apodada por todos Toti, a quien conoció en marzo de 1946. Se casaron en mayo de 1948, y formaron una familia ejemplar por unida, comprensiva y realmente cosmopolita de dos mujeres - Ana María y María Rosa -y tres hombres - Eduardo Jr., José Luis y Carlos Alberto.

            Aunque los literatos más pretenciosos censuran el uso de lugares comunes,  éstos a veces expresan honda sabiduría por pedestres que parezcan. Tal es caso de aquello de que "detrás de todo gran hombre hay una gran mujer". Tal es el caso de Toti de Arrarte, nacida el 6 de agosto de 1926 bajo el signo de Leo en el centro minero de Oroyo, a 3,900 metros sobre el nivel del mar, cuando su madre estaba en camino a Lima para dar a luz desde Jumasha,  donde el ingeniero Fiedler dirigía una planta de vanadio. Pero la futura Toti se adelantó y prefirió nacer en las cumbres de los Andes y no en la capital del país. A partir de ese evento, parte de la familia se radicó en Lima, donde Toti  hizo sus estudios de primaria y secundaria, e iba a  pasar vacaciones en Jumasha. Viva y observadora, allí se familiarizó con las costumbres y tradiciones de los indígenas y se aficionó de por vida a los ajíes bravíos.  Desde su niñez en la montaña y la costa, desarrolló la sensibilidad artística que hoy aplica a collages formados por flores y hojas dentro de la escuela de la pintura botánica. En septiembre de 2004 su exposición "Hojas y flores del mundo" en Lima fue motivo de los elogios de críticos y coleccionistas de bellas artes. Y para refinar su amor por la cocina, hace unos quince años en París participó, junto con su hija mayor Ana María. en dos seminarios de alta culinaria en el renombrado Instituto La Varenne.

            Con el apoyo de Toti, motivado por el acicate de velar por el bienestar y educación de la familia que crecía - y seguramente ante el espectro siempre presente de la irresponsabilidad de su propio padre,  si me permiten hacer por un momento de siquíatra aficionado - en 1956 ERA se independizó y montó su propia empresa turística Lima Tours, S.A.  Para usar otro lugar común muy caro a los periodistas gringos, "el resto es historia". Gracias a los dones de su fundador, a comienzos del decenio de los sesentas, Lima Tours ya era la empresa más importante de su género en Perú y  posiblemente en Sudamérica con activos de US$3.5 millones y ventas anuales de US$25 millones.

            Dicen que la venganza es plato que se come frío, y en el caso del tío que había pretendido expulsar a Eduardo de Lima, la ironía se ensañó contra aquél. Venido a menos desde ese mezquino incidente, tuvo que recurrir al sobrino que antes había  despreciado para pedirle empleo en Lima Tours. Y como todo hombre realmente noble, Eduardo olvidó el pasado y le dio trabajo. En ese gesto está pintado de cuerpo entero.

            Al frente de Lima Tours, Arrarte demostró también insólita capacidad política como líder de quienes se dedican a la actividad de los viajes y  turismo, y no sólo en el Perú, sino a nivel internacional. En 1963 presidía la COTAL, o sea la confederación que agrupaba a todos los agentes de viajes de América Latina, y fue a Bogotá  a fin de concretar con el gobierno los arreglos para el congreso de dicha entidad que iba a reunirse en esa capital  el año siguiente. Yo estaba recién nombrado por mi gran amigo el finado presidente Guillermo León Valencia como gerente de la Empresa Colombiana de Turismo y me correspondía atender al ilustre peruano y negociar con él  los detalles del congreso. Así nos conocimos. Si existe el "amor a primera vista", también es posible "la amistad a primera vista". Nuestras negociaciones se desarrollaron fácil y ordenadamente gracias a los sentimientos de respeto, confianza  y admiración que pronto nos unieron e identificaron mutuamente.  A mi me impresionó su capacidad ejecutiva y actitud siempre positiva, algo muy raro en un sudamericano. Y mi modo de ser espontáneo, sentido de humor y cultura humanista le debieron sorprender a él porque seguramente esperaba tener que lidiar a un burócrata negativo y leguleyo. En síntesis, pudimos aplicar a nuestro encuentro lo que dijo Carl Jung: "La unión de dos personalidades es como el contacto de dos sustancias químicas. Si genera reacción, ambos se transforman".

El Congreso de COTAL de Bogotá pasó a la historia como el mejor hasta esa fecha. Unos 500 delegados trabajaron en serio bajo la firme dirección de Arrarte, y además se divirtieron de lo lindo gracias al agitado programa de actos sociales que matizaron las sesiones de trabajo. ¡Como la pasarían de bien que ni se dieron cuenta de que durante la semana del Congreso no dejó de llover ni un momento! Porque en ese sentido los dioses que rigen el clima paramuno de la "ciudad del Águila Negra" desencadenaron uno de sus más tenaces diluvios.

            El presidente Valencia también  simpatizó de inmediato con Arrarte y nos acompañó no sólo en los actos oficiales más importantes, sino en  tertulias íntimas en Palacio en que el alba nos sorprendía bebiendo whisky y recitando los poemas de su padre el Maestro Valencia, gloria de las letras latinoamericanas. Con su facilidad para hacer frases que a los periodistas les encantaba citar, en el banquete de clausura el presidente Valencia reconoció la obra de Arrarte para unir armoniosamente a los agentes de viajes  a través de la COTAL en una región del mundo desafortunadamente más proclive a la desunión y la discordia motivadas por mezquinos intereses nacionalistas. Y al referirse al nuevo presidente de COTAL, Heber Buencristiano, remató con la frase "cuyo apellido es todo un programa de trabajo" que ya cité antes en este capítulo.

            En ese Congreso de COTAL nació mi relación con Eduardo Arrarte. Primero como vínculo de trabajo porque en 1967, al terminar el período presidencial de Valencia, yo no quise regresar a las Naciones Unidas y en cambio acepté la dirección ejecutiva de la SATO, entidad sin ánimo de lucro con sede en Miami para fomentar el turismo de EE.UU. y el Canadá hacia Sudamérica, fundada tres años antes por precursores como Arrarte y Buencristiano y otros líderes de la industria  de esa época como Bobby Booth, nacido en Brasil de padres ingleses y nacionalizado en Uruguay; Eduardo Proaño, del Ecuador; Robert Begg de la Argentina;  Mario Fuenzalida, de Chile, y otros más. En 2004 todos ellos siguen vivitos y coleando. Y luchando por el turismo. Otros, como Al Keenan, Bill Bird y Gordon McCoun ya emprendieron el viaje definitivo. Todos gringos, demostraron que ellos, generalmente disciplinados y laboriosos, se funden más pronto que nosotros los latinos, dados a matizar el trabajo arduo con la buena vida.

            En 1967 yo estaba recién casado con  la inefable Beba, que nunca se acostumbró a los montes grises y gentes igualmente grises de Bogotá. De modo que la idea de regresar a su tropical Miami y al seno de su familia le cayó como del cielo, y enamorado como un quinceañero, yo la seguí convertido en dócil cordero. A Miami nos trasladamos en enero de 1967, justo a tiempo para que nuestra única hija, Margarita María, la célebre "Maggie" naciera el 8 de febrero bajo el signo multifacético de Acuario.  Pero esa es otra historia y otra dimensión de tiempo.

            Volviendo a la SATO, presidida entonces por Arrarte, los dos dedicamos s tres años siguientes a viajar por Sudamérica para convencer a los gobiernos y demás interesados de los beneficios económicos, sociales y culturales del turismo. Eduardo ha sido siempre un formidable improvisador para motivar a cualquier auditorio, pero para ocasiones especialmente importantes, prefería que yo le escribiera los discursos, pues desde nuestro primer encuentro en Bogotá respetaba y admiraba mi trayectoria intelectual y la manera cómo yo matizaba cualquier perorata sobre turismo con una  cita clásica o la sazonaba con un apunte humorístico. Desde entonces me ha encargado docenas de discursos y nunca deja de elogiarlos, algo realmente raro en los latinoamericanos con su costumbre ancestral de subestimar los méritos del prójimo.   Para cerrar la divagación sobre la SATO, creo que nos adelantamos 40 años porque todo ese esfuerzo fue como "arar en el mar" para usar la conocida frase de Bolívar.

            Prefiero más bien citar una anécdota de aquellos años en que promover la causa del turismo era una aventura de quijotes. En una de nuestras giras llegamos hasta Paramaribo, capital de Suriname, que antes había sido la Guayana Holandesa. Una vez instalados en el mejor hotel de la ciudad, salimos a conocerla a pie. Su ambiente, aparte de los edificios de arquitectura holandesa de la plaza del Ayuntamiento, era el de una abigarrada colección de casas de madera y chozas de paja que evocaban el trópico exuberante del África Ecuatorial o la magia oculta de las selvas de Indonesia. Andábamos por una de esas callejuelas cuando se desató un chubasco cerrado y nos refugiamos del agua en el primer lugar que abierto que encontramos. Era un local de palma y bambú con techo de zinc, que resultó alojar un bar de putas. Sentados en sendas hamacas y atendidos por unas pobres meretrices escuálidas y desdentadas que asumían posturas supuestamente lascivas para seducirnos, nos dedicamos más bien a beber cerveza tibia, porque no había hielo.  Hubo un momento en que, entre eufórico y conmovida,  le dije a Arrarte: -- ¡Qué ambiente tan maravilloso! ¿No te sientes transportado a una de esas novelas de Joseph Conrad o Somerset Maugham sobre la decadencia del hombre blanco en el trópico?

            No recuerdo que me contestó, pero años después me comentó: --

Aquella tarde en ese bar espantoso en Paramaribo me di cuenta de que eres un verdadero romántico, y eso es lo más atrae a la gente de tu personalidad. No me imagino a un señorito  típico de Lima o Bogotá conmoverse como tú ante tan sórdido ambiente.

            Cuando en 1972 los gobiernos miembros politizaron a la SATO y yo me retiré de la dirección ejecutiva, Eduardo Arrarte tuvo el primer gran gesto conmigo.  Cuando me preguntó cómo pensaba seguir ganándome la vida y yo le contesté que iba a montar en Miami una pequeña oficina especializada en relaciones públicas en el campo del turismo, me dijo sin vacilar: -- Pues cuenta a Lima Tours entre tus primeros clientes. No es mucho lo que te podemos pagar pero te ofrezco $500 al mes y te voy a pagar dos años por adelantado, -- y fue sacando la chequera del bolsillo.

            Yo le detuve el brazo a tiempo que le decía - No es para tanto. Ya me bandearé al principio como pueda y si necesito tu ayuda, no pensaré dos veces en pedírtela.

            Aquel gesto, más propio de un hermano pudiente que de un amigo, no sería el último que Eduardo tendría conmigo. Por esa misma época compró un precioso apartamento en Key Biscayne  para pasar frecuentes temporadas de descanso en Miami. A los trabajos de redacción y traducción que yo le hacía para Lima Tours, en los años setentas y ochentas cultivamos una recia amistad ampliada a nuestras respectivas familias. El amor por la buena mesa nos llevó a descubrir nuevos restaurantes en Miami porque él ha gozado de mis observaciones y críticas a medida que me iba convirtiendo en comentarista gastronómico. Nuestro negocito de relaciones públicas, administrado sagaz y ahorrativamente por Beba desde la oficina montada en casa, nos producía para vivir decorosamente y darnos un viaje u otro lujo de vez en cuando. Pero cuando salíamos a comer fuera con los Arrarte, Eduardo con su generosidad nata siempre insistía en pagar la cuenta, especialmente si nos llevaba a uno de esos restaurantes de postín que a él le gusta frecuentar.

            A mediados de los años noventas, Toti y Eduardo y Beba y yo hicimos varios viajes en grupo a Europa, especialmente a Italia, donde mi sobrino era a la sazón embajador de Colombia ante el Quirinal. Aparte de conseguirme pasajes de avión y hoteles de cinco estrellas con descuento a través de su agencia de viajes, los Arrarte y Toti  nos colmaban de atenciones y detalles inolvidables. Para mi cumpleaños en 1993, nos invitaron a almorzar al único restaurante de tres estrellas de Michelin en Italia, la Enoteca Pinchiorri de Florencia, donde gozamos de uno de los menús más as exquisitos de mi vida, del cual aun recuerdo unos tortellinis rellenos de trufas, rociado con caldo concentrado de hongos porcini, y unos helados de frutas misteriosas servidos en auténticos canutillos de cristal del Renacimiento. También en Florencia, en la suntuosa Villa Cora en la cima de una colina que domina la ciudad, en la casa donde nos alojamos, nos cedieron la suite principal mientras que ellos ocuparon la segunda. En Venecia, Eduardo se levantó de la cama donde lo tenía recluido una fiebre repentina para llevarnos a almorzar a Harry's Bar y cumplir su ofrecimiento de introducirnos a tan célebre restaurante. Y para rematar, en el aeropuerto de Roma, a punto de volar hacia Paris, Eduardo barajó los pases de abordar de modo que los Zalamea fuimos a dar a primera clase mientras que los Arrarte viajaron atrás en clase turista. Si menciono estos pocos episodios entre docenas que se sucedieron  a lo largo de nuestros viajes juntos, es para ilustrar el cariño, la consideración, el respeto y el aprecio que los Arrarte siempre nos han demostrado a lo largo de cuarenta años de amistad.

Eduardo Arrarte suele enviar por correo un mensaje a sus amigos y conocidos para obsequiarles bien una frase filosófica, un epígrafe oportuno o un chiste de actualidad. En una de sus circulares más recientes, incluyó una rase de su propia cosecha: "Lo que más felicidad nos proporciona en la vida es hacer felices a los demás, sea cual sea tu propia situación. El dolor compartido es la mitad de una pena, pero la felicidad, cuando se comparte, es doble. Si quieres sentirte más rico, sólo piensa en las cosas que tienes y que con dinero no podrías comprar." Esta frase pinta a Eduardo Arrarte de cuerpo entero.

            Por parte nuestra, Beba y yo hemos procurado corresponder a tan noble sentido de amistad, ella poniendo su sentido práctico y dotes de organizadora para ayudar a los Arrarte cada vez que ha habido oportunidad de hacerlo, sobre todo durante el cuarto de siglo que ellos dispusieron de su apartamento de recreo en Key Biscayne. En cuanto a mí concierne, siempre que ERA ha necesitado de mis servicios de asesor turístico o redactor de textos publicitarios y discursos, he dejado todo otro trabajo en curso para dar prelación a sus pedidos. También he cumplido a cabalidad con otra función con la que él me honra de manera más personal, la de una especie de comentarista y compañero gastronómico ambulante con quien compartir sus andanzas de amante de la buena mesa.

            Ahora, tras esta larga pero necesaria divagación sobre los Arrarte, volvamos a la celebración del 80vo. Cumpleaños de Eduardo en Lima el 6 de julio de 2004. A nuestra llegada el 2, nos había reservado una suite suntuosa equipada con jacuzzi, sauna y bicicleta fija en el hotel Las Americas situado en Miraflores a pocas cuadras de su residencia, con todo pago incluso gastos extras.  Del día 3 al 7 habían organizado un programa de almuerzos en restaurantes de moda y residencias de los Arrarte en honor de parientes y amigos invitados del exterior para que conociéramos las últimas novedades gastronómicas de Lima.

            Gracias a estos eventos, pude probar por primera vez un pescado de la familia de los escualos procedente de las aguas profundas de la Corriente de Humboldt  que localmente llaman pava. De carne más blanca, sabor más delicado y textura menos granulosa que las del pez espada, tiene un sutil sabor solamente comparable al lenguado más fino, y los expertos garantizan su efectividad como afrodisíaco, por lo que me interesó mucho para mi columna.  Se consigue únicamente en el restaurante El Pez Amigo, donde su experto propietario presenta un menú que merecería el título de voluptuoso de un sátiro como Casanova.

Pasando de los productos del mar a los de la tierra, en casa de los anfitriones tuve un reencuentro con el cuy, primito hermano del conejo, cuya efectividad como afrodisíaco  comprobé personalmente hace muchos años en el sur de Colombia. Tal como allí, en el Perú lo hierven primero y luego lo asan a las brasas hasta que la piel queda crocante y la carne nívea y tierna. En Lima lo disfruté con chicha morada, a la cual se le atribuyen propiedades mágicas, de modo que resultó doblemente eficaz. Otra bebida de efectos eróticos se extrae de la frutilla amazónica camu-camu. Combinada con pisco se pueden inventar  exquisitos cocteles para prologar una cena íntima.

Actualmente se está revalorando la carne de alpaca, alimento predilecto de los Incas, quienes la servían con ají bravo para obtener triunfos en las batallas del amor. Su sabor y textura son parecidos a los  de la ternera.

En el Perú está en boga la cocina Novoandina, en la cual se combinan ingredientes y métodos de cocción tradicionales con la creatividad propia de cada chef en materia de elaboración y sobre todo de presentación. A la vanguardia de este movimiento de fusión está el matrimonio de Gaston y Astrid Acurio (él peruano, ella alemana) en sendos restaurantes que llevan su nombre en Lima y Santiago de Chile, y que próximamente ampliarán a Bogotá. Allí resultó portentoso el abanico de ceviches, tiraditos, carpaccios y similares de pescados y mariscos, algunos macerados con camu-camu.

El acto culminante fue recepción en la noche del martes 6 en los salones sobriamente elegantes del Club Nacional para festejar los 80 años de Eduardo. Asistieron más de 500 invitados de todas las capas sociales y del mundo de los negocios, destacándose los de viajes y turismo, unidos en expresar su afecto y solidaridad al festejante, testimonio que este ha triunfado sobre la adversidad desde que, hace 50 años, algunos pretendieron cerrarles las puertas de Lima.

En esa recepción a ERA se le quedó pequeño el dicho de "echar la casa por la ventana". Fluyeron manantiales de champaña y abundaron hors d'ouvres finos y canapés originales, amén  de un enorme buffet de contenido variado y presentación artística, digno de Careme, el  máximo arquitecto gastronómico de la cocina francesa.

Una orquesta de 30 profesores tocó sin parar durante cinco horas para deleite de los invitados, toda clase de música de baile, desde los valses vieneses y los boleros románticos de los Panchos hasta rock and roll americano, rumbas, sones y salsas caribeñas, sambas y marchas del Brasil, y desde luego aires típicos peruanos. Fue tan intenso el maratón bailable que impresionó a mi inefable Beba, quien reconoció no haber visto cosa igual ni  siquiera en La Habana en la época anterior a Castro. Este es el máximo cumplido que ella es capaz de expresar, resumiendo así nuestros cinco días de jolgorio en Lima gracias a los amigos Arrarte.

Comencé este capítulo citando al gran Franklin Delano Roosevelt cuando nos aconseja no temer al temor. La cierro con una frase atribuida a Albert Camus sobre la amistad: "No camines detrás de mí porque puede que no te guíe. No camines delante de mí porque puede que no te siga. Camina junto a mí y serás mi amigo".