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| http://www.alonsocano.tk ISSN: 1697-2899 D.L:GR2134/2004 | |||||||||
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ESPAÑA DESDE LA PERIFERIA. REFLEXIONES DE UN SACERDOTE CATALÁN SOBRE LA ESPAÑA DE MEDIADOS DEL XIX Sergio Rodríguez
Tauste 1. Introducción Pío Moa en la introducción a su obra Una historia chocante. Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea de España expone algunos ejemplos de cómo a lo largo de la Historia de España algunas personas hacían muestras de sus sentimientos identitarios. Entre los ejemplos que aparecen en dicha obra están la de un militar en el campo de batalla (1), la intención de desnaturalizarse de España por parte de Lope de Aguirre o las dificultades de un seguidor de Sabino Arana para convencer a un aristócrata inglés de los postulados que defendía. Nosotros vamos a trabajar con un testimonio parecido. En una obra, que por cosas del azar, cayó en nuestras manos aparecía una introducción acompañada de una recopilación de artículos relacionados con el Título VIII del Syllabus de Pío IX. Lo interesante de la obra no radicaba en la crítica del matrimonio civil, objeto de tales artículos, sino en su introducción, ya que en ella un sacerdote catalán mostraba su percepción de España entre el Bienio progresista y la Revolución de 1868. En la obra, publicada en 1870, en Gerona, el autor, cuyo nombre deja en el anonimato, muestra sus miedos e inquietudes a los cambios que se están produciendo en España y muestra su angustia por el giro político que estaba tomando el país. A lo largo de dicha introducción, que reproduciremos al final del artículo, no aparece ningún atisbo de catalanismo, cuestión catalana, hecho diferencial, etc, sobre todo si tenemos en cuenta que han pasado muchos años desde la publicación de la obra de Buenaventura Carlos Arribau La Patria. Trobes, que para Roig Obiol y otros muchos autores es el punto de partida de la Renaixença. No pretendemos más que dar una pequeña aportación al estudio de la configuración de lo que muchos han denominado “nacionalismos periféricos” ayudar a matizar esa idea de homogeneidad social de este tipo de procesos y dar a conocer una obra, que aunque irrelevante, es parte de nuestro pasado cultural y no merece caer en el olvido. Al hilo de esto es interesante la afirmación de Carlo Ginzburg cuando aseveraba en su día que “en algunos estudios biográficos se ha demostrado que en un individuo mediocre, carente en sí de relieve, y por ello representativo, pueden escucharse como en un microcosmos, las características de todo un estrato social en un determinado período histórico”. (2) De esta manera nos proponemos hacer un ejercicio de microhistoria, para comprender un poco mejor, a partir de las reflexiones de un sujeto, las complejidades de una época y sus protagonistas, ya que en palabras de G. Levi “la microhistoria intenta no sacrificar el conocimiento de los elementos a una generalización amplia y de hecho insiste en las vidas y acontecimientos de los individuos” (3) pero con la salvedad de que ignoramos quien es el protagonista y las circunstancias que lo obligaron a ocultar su identidad. Esta cuestión hace que nos preguntemos a cerca de cómo pudo ser el contexto de la época y el momento cultural en el que tenemos que insertar esta obra. 2. En torno al nacionalismo En los últimos tiempos estamos asistiendo a una negación de España como nación, como identidad cultural, apareciendo nuevos términos como “España plural”, “Españas” o “Estado español”, en una gradación de menor a mayor negación del sentimiento nacional que se posea. Determinados nacionalismos periféricos están dilapidando el fruto de aquellos tres milenios de historia que recogiera de forma admirable Domínguez Ortiz en su última obra. Esa identidad española, entendida como un todo que se ha ido configurando a lo largo de la Historia, como apunta Eloy Benito Ruano en su artículo final de la obra España, reflexiones sobre el ser de España, editada por la Real Academia de la Historia, está siendo atacada por el nacionalismo, mediante una negación total de la nación española en beneficio de identidades propias que ellos denominan nacionales y que no tienen cabida en el conjunto de España. Ante esta situación es deber del historiador preguntarse sobre el origen de esta situación, un origen que muchas veces se presenta nada claro debido a una serie de problemas que se presentan al que trata estos temas. El primero es lo delicado que resulta para muchos hablar de estos temas y todo lo que supone debatir sobre cosas que dan por inamovibles, el segundo es la falta de bibliografía sobre Cataluña escrita en castellano, lo que dificulta a cualquier castellano-parlante el acercamiento al tema. Álvarez Junco, en el prólogo a la obra de Josep María Fradera Cultura nacional en una sociedad dividida. Cataluña 1838-1868, distingue entre dos visiones acerca del fenómeno del nacionalismo. La primera es denominada por este autor como primordialista y que se basa fundamentalmente en rasgos étnicos diferenciados desde un rasgo remoto y, una segunda, denominada instrumentalista, basada en la legitimación de un colectivo que en palabras de Álvarez Junco, más que haber surgido, han “sido creadas o inventadas por élites que se han beneficiado políticamente de este proceso” (4). Dentro de esta línea es donde deberíamos situar el origen del proceso que culmina con el nacionalismo catalán. El objetivo de este artículo no es analizar los nacionalismos periféricos, atacarlos ni cuestionarlos, como tampoco lo es hacer una apología de la Nación española, que según la Constitución de 1978, es donde reside la soberanía nacional. En este artículo vamos a analizar cómo dentro del contexto donde se configura la identidad catalana algunos sectores sociales no siguen las pautas marcadas por el fenómeno de la Renaixença. Borja de Riquer i Permanyer sitúa como origen de los proyectos identitarios las décadas centrales del siglo XIX distinguiendo por un lado el basado en la catalanidad y por otro el basado en la idea de España plural y democrática que defendían los republicanos federales. Nuestro anónimo protagonista vendría a ser el representante de un sector de la sociedad catalana de la época que se sentía español y conservador, algo que vemos por ejemplo en la ferviente defensa del Syllabus de Pío IX, en el que se condena el liberalismo. Este hecho es interesante en la medida que tenemos la impresión de que en la formación de los proyectos identitarios que define Riquer i Permanyer solo cabía la diferenciación basada en el catalanismo o la creación de un país con una estructura federal con un elevado autogobierno, vemos que junto a estas opciones totalmente legítimas existía una parte de la sociedad que apostaba por cuestiones totalmente diferentes y en nada descartables. 3. Cataluña en el contexto español del XIX Siguiendo a Balcells, el reinado de Isabel II se caracterizó por un intento de estabilizar el país a través del partido moderado y del círculo militar proclive a Narváez. En este contexto se margina al partido progresista que tuvo como única salida el pronunciamiento y la conspiración tal y como sucede en 1854 y 1868 y que sagazmente recoge nuestro anónimo autor en la introducción de su obra. El comienzo del reinado parecía desolador ya que como apunta Pierre de Luz, con “una reina de tres años y una regente de veinte y siete” (5) la situación en su punto de partida parecía complicada. En este contexto, la Cataluña de los moderados y de la centralización como la definiera Vicens Vives se va a ver sacudidos por una serie de problemas relativos al centralismo y a la crisis económica. Respecto al centralismo la España del siglo XIX seguía un proceso similar al de otros países europeos que en nuestro caso se manifestaba con iniciativas como las reformas hacendísticas de Alejandro Mon, el proyecto de Código civil de 1851, la Ley de enjuiciamiento civil de 1855 y un largo etcétera que tenían como misión la unidad administrativa del país. En ese momento las quejas que desde Cataluña se oyen respecto a estas medidas no son, según Vicens Vives, por los objetivos que persiguen, sino por la forma desorganizada de realizarlas ya que no tenían en cuenta los efectos que podrían tener en las diferentes zonas del país. En este momento tenemos que tener en cuenta el proceso industrializador que se estaba produciendo en Cataluña, que según muchos autores estaba más relacionado con el contexto internacional que con el interior del país debido a las carencias del mercado interior y a las redes de comunicaciones. Es en este contexto donde tenemos que situar la llamada guerra de los matiners y las oleadas huelguistas que se producen en las zonas industriales de Cataluña. Para Fradera será la inestabilidad permanente que se vivirá en la zona la causante en gran medida de una orientación cultural a determinados temas basados en un pasado remoto y que irán configurando la cultura catalana de mediados de siglo. Para la guerra de los matiners muchos autores se ponen de acuerdo a la hora de situar su origen en el carlismo, al desarrollarse en un contexto rural y campesino que en nada tenía que ver con la situación en las ciudades y la zona industrializada (6). La base de esta revuelta estuvo en la transformación del régimen de la propiedad, el aumento demográfico y el sistema de levas para reclutar soldados para el ejército. A esto hubo que añadir la presencia carlista, que desde 1846 estaba realizando escaramuzas en la Sierra de Rocacorba, aunque para 1849 se restableció la situación. Pese a lo breve del período de tiempo como ha puesto de manifiesto Ferran de Soldevilla, se produjeron reacciones violentas como la quema de conventos como fue el caso de Ripoll, Poblet y Santes Creus. El otro conflicto es el de las oleadas de huelgas en las fábricas, que se producen entre 1847 y 1854, muy relacionadas con el contexto internacional centrado en la Guerra de Crímea. La subida del nivel de vida y los bajos salarios de los trabajadores provocaron un descontento que no fue sabido atajar desde la capital del país limitándose en algunos casos a la prohibición de las asociaciones obreras. Aquí podemos relacionar una de las ideas fundamentales de Fradera ya que, como apuntábamos más arriba, las élites catalanas buscan en medio de esta situación de inestabilidad, la visión romántica de la Cataluña medieval explotando la tradición arcaica que aun pervivía en algunas zonas para “poder extraer valores y consignas válidas para enfrentarse al presente” (7). Esta situación de inestabilidad culmina con el pronunciamiento de O’Donnell en Vicálvaro con el consiguiente levantamiento popular. Como en otras ocasiones, en Barcelona se constituyó una Junta Provisional de gobierno en cuya primera misión tuvo que hacer frente a las revueltas de los focos industriales. En el restablecimiento de la situación fue determinante el papel de Pascual Madoz y una de sus medidas más curiosas para dar empleo público fue demoler las murallas de la ciudad condal. La rebelión de Barcelona se había fundamentado en la huelga textil en la que se demandaba el “reconocimiento de las asociaciones obreras para la negociación de acuerdos salariales y la sustitución de las selfactinas” (8) Pierre de Luz en su biografía sobre Isabel II resumía la historia del bienio progresista como “la historia de una lucha sorda entre los dos “Cónsules”. Si triunfa Espartero, será condenada toda la obra de la década moderada, empezando por el Concordato y la obra fiscal. Si es O’Donnell el que si impone, el estado no tocará ni a la Iglesia ni a la riqueza. Y la Constitución de 1845 no será modificada” (9) Espartero formó gobierno con O’Donnell como ministro de la Guerra y se convocaron Cortes constituyentes de las que saldría una constitución non nata. En el campo de la legislación, la obra más importante del Bienio fue la Desamortización civil y Eclesiástica de mayo de 1855 de Pascual Madoz. Sin embargo el enfrentamiento entre los dos “cónsules”, utilizando las palabras de Pierre de la Luz, llevó a la dimisión de Espartero y a la sustitución de éste por O’Donnell. En Cataluña, este paréntesis de inestabilidad provocado por el Bienio había alarmado a la burguesía y de esta manera, los mismos que habían apoyado a O’Donnell para traer nuevos aires a España, apoyaron al mismo general para el retorno del moderantismo con la salida de Espartero y los progresistas del poder. Tras el bienio progresista retornará la prosperidad económica y la industria algodonera se consolidó pese a que para Vicens Vives el ambiente de la época fue de frustración debido a la vuelta al “centralismo” que según el autor, no dejaba crecer a Cataluña. Sin embargo la paz no llegó y en el medio industrial siguieron los problemas con una serie de pronunciamientos fallidos como el producido en julio de 1866 por los sargentos artilleros del cuartel de San Gil. Un año después, Prim y los progresistas se lanzaron en Cádiz al pronunciamiento que destronará a Isabel II. En esta situación “desde mayo de 1865 el general Prim, que se había puesto al frente de los progresistas, empezó una serie de pronunciamientos fracasados. El segundo enero de 1866 en Villarejo, tuvo eco en Barcelona y se alzaron partidas en el Empordà, el Priorat y cerda de Martorell” (10). Esta situación se complicó en 1867 cuando se “inició en varias comarcas catalanas un levantamiento que llegó a movilizar a unos ocho mil paisanos” (11). El 18 de septiembre de 1868 se produce el pronunciamiento de la Escuadra española en la Bahía de Cádiz contra la monarquía. Eran tiempos de cambios y el principal de ellos es que por primera vez había sufragio universal en España. Como en otras ocasiones se formaron Juntas. En Barcelona se derribó la ciudadela, considerada como el símbolo de la pérdida de sus libertades tras la guerra de la Sucesión, lo que ya anunciaba cambios en la mentalidad de esta gente. Al constituirse el Gobierno provisional por el bloque monárquico, la Junta de Barcelona aceptó su disolución y en las elecciones constituyentes los federales ganaron en amplios sectores de Cataluña. Aquí podemos interpretar lo que Fradera considera el “lenguaje del doble patriotismo” donde sin renunciar a España se buscaba ya una salida federal como forma de estructurar la Nación. En esta línea se podría situar la posición de Almirall, en 1868, al redactar las Bases de la Constitución federal de la Nación española y para el estado de Cataluña. Este federalismo propugnado desde Cataluña perseguía reconstruir la Antigua Corona de Aragón según se desprende del llamado Pacto de Tortosa del 18 de mayo de 1869. Este tipo de intentos de reconstruir la antigua Corona de Aragón estarían en la línea de lo que Lluch defendía en su ultima obra, Las Españas vencidas del siglo XVIII. Claroscuros de la Ilustración. Esto sin duda chocaba con lo que se estaba planteando en el resto de la nación y habría que preguntarse hasta que punto ya se estaba abandonando esa doble lealtad propuesta por Fradera. Es en este periodo cuando se produce el triunfo del catalanismo y ante la Constitución de 1869 los federalistas catalanes se dividen en los llamados benévolos que optan por respetar la legalidad y los llamados intransigentes. Almirall en 1870 creó la Joven Cataluña junto con otros seguidores desde donde surgieron unas publicaciones claramente autonomistas. La llegada de Amadeo de Saboya y las reformas económicas de Laureano Figuerola calmaron los ánimos aunque ahora eran los carlistas los que estaban haciendo incursiones en algunas zonas de Cataluña desde 1872. La proclamación de la I República supuso una etapa de inestabilidad que ayudó a que esos sentimientos identitarios fueran conformándose dentro del contexto de vacío de poder que se vivía en España. 4. El desarrollo cultural catalán hacia mediados del XIX. A la hora de estudiar la cultura catalana durante la mitad del siglo XIX, que es la época en la que se contextualiza el libro que estamos analizando es fundamental la obra de Josep Maria Fradera Cultura nacional en una sociedad dividida. Cataluña 1838-1868 ya que en ella el autor analiza la gestación y evolución de la cultura que desembocará en el surgimiento del nacionalismo catalán tal y como lo conocemos hoy. Analizando los principales acontecimientos de la época que discurren desde la caída del Antiguo Régimen y el comienzo de la Revolución Liberal hasta 1840 “resultaría muy difícil demostrar que, en el siglo XVIII existiera en Cataluña algo comparable al sentido de identificación colectiva que estamos acostumbrados a constatar, y estudiar en el caso de los siglos XIX y XX”(12). En este sentido se tiene a hacer una concepción totalizadora de estos procesos que es errónea y en ningún modo muestra de la realidad social de la época. Con mucha frecuencia a la hora de analizar las manifestaciones culturales de una determinada época caemos en el error de analizarla desde las realidades del presente confeccionando una imagen de la sociedad pasada distorsionada con elementos de la sociedad actual. Esto en el caso de los nacionalismos es muy peligroso y cualquier tipo de análisis debe hacerse con cautela. Para Fradera, entre 1812 y 1840 es cuando van a ir apareciendo los elementos que van a ser los característicos de la cultura catalana sobre todo a través de determinados grupos intelectuales que van a ir seleccionando temas y ámbitos de estudio a partir de los cuales se va a ir construyendo la cultura catalana moderna. Esto se realizará mediante “un proceso de selección que comportó obviamente la preeminencia de unos grupos intelectuales sobre otros”(13). Estas nuevas formas de pensar tuvieron como ámbito de plasmación la literatura y la historia. En el campo de la literatura encontramos a un grupo de jóvenes intelectuales en torno a la figura de Pau Piferrer y Manuel Mila i Fontanals, que elaboran una literatura basada en temas autóctonos escrita en castellano. Su importancia reside en que son capaces de hacer de la literatura y la crítica elementos factibles para recuperar el orden moral, que se había puesto en peligro en estos años de inestabilidad. Así, partiendo de un periodo en el que confían en las nuevas posibilidades que ofrece la Revolución liberal, los hechos violentos, los cambios que se suceden en el ámbito social provoca que rechacen esta situación y “buscaran en elementos de tradición y de continuidad con el pasado las bases para una nueva cultura y una nueva moralidad” (14). Esta búsqueda les condujo a una recomposición de la religión y a una nueva formulación de la identidad catalana. En ese sentido es interesante la obra de Piferrer Recuerdos y bellezas de España, donde a juicio de Fradera se sintetizan elementos que serían fundamentales en la cultura catalana posterior, por un lado el miedo a los cambios producidos con violencia, el inmovilismo político y la lentitud de los cambios, mientras que por otro lado la llegada de las influencias románticas desde Europa basadas en una recuperación de la moralidad, de los recuerdos, en el pasado medieval, etc. Vemos claro como se va fraguando una dicotomía entre los cambios que se estaban produciendo en la España de la época y particularmente en Cataluña con un proceso industrializador muy elevado y la búsqueda de la tradición por parte de estas élites en las que descansaba la cultura. Respecto a la Historia, se parte de un elevado nivel heredado del siglo XVIII y que se había basado en el análisis del desarrollo que se había producido en la zona. A partir de la Revolución liberal esta pauta cambio ampliándose las posibilidades a favorecer el desarrollo de una historiografía de corte liberal como se estaba produciendo en Francia o a realizar obras que contemplaran las demandas de legitimación y satisfacción de la burguesía y que siguiendo a Fradera, “hiciera más comprensible el proceso de cambio social y ayudara a controlarlo” (15). Con esta situación llegamos a mediados del siglo XIX cuando algunos autores como Xavier Clorens y Josep Leopold Feu se plantean el problema de la orientación general de la cultura catalana y de sus relaciones con la cultura española, lo que fue abordado por Llorens en la oración inaugural del curso universitario 1854-55, en la que no mostró dudas de que el ámbito cultural nacional al que debían aspirar era el español. Sin embargo, la clase dirigente catalana mostraba una actitud diferente hacia lo que se estaba haciendo en otros ámbitos culturales de Cataluña, desconfiaba de cualquier tipo de avance y miraba con malos ojos el proceso industrializador que la estaba enriqueciendo ya que era un agente perturbador del orden tradicional. En ese sentido surge una contradicción ya que la burguesía catalana se aparta del modelo burgués occidental y en lugar de buscar el progreso recela de él anclándose en el pasado y potenciando una serie de temas histórico-literarios alejados de las pautas marcadas en Europa y que eran muestra de “una angustia evidente respecto del mundo que emergía y del que eran los principales artífices y beneficiarios”(16). Esta situación desembocó en una cultura en la que la apelación al pasado y la tradición fueron elementos fundamentales, lo que fue generando un proceso de creciente regionalización que hizo que se fuera apartando progresivamente de las pautas culturales españolas del momento. De esta manera “la literatura que se situó en el centro de la cultura catalana hizo del alejamiento del proceso histórico real una de sus líneas de definición más sostenidas” (17). Lo que conocemos como Renaixença es el resultado de este proceso a través del cual se fueron definiendo unas pautas culturales que serían fundamentales tiempo después en la gestación del nacionalismo catalán, cosa que escapa a nuestro contexto de estudio. 5. La obra, análisis de la introducción del autor La Quatra Carta fue una encíclica por medio de la cual el Papa Pío IX condenó, los que, a su juicio, eran los principales errores modernos en los que habían caído la Humanidad y que iban desde el racionalismo hasta el naturalismo, pasando por cuestiones tan interesantes como el matrimonio civil. Esta encíclica iba acompañada de un catálogo de las 80 proposiciones consideradas inaceptables por la Iglesia. Este documento es lo que se conoce como Syllabus. En 1865 se publicó en España un opúsculo en el cual, el obispo de Orleáns advertía que el Syllabus era una regla fundamental de interpretación aunque la condenación de una proposición no implicaba automáticamente la afirmación de su contraria. Esto fue el origen de un intenso debate basado en la interpretación del documento que se prolongo durante años. Para el obispado español, la encíclica condenó la libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de imprenta y otros varios errores. La importancia de este documento fue tal que sirvió incluso para la base del partido Unión católica fundado en 1881. Pese a los intentos del Papa León XIII de apaciguar los ánimos a través de otra encíclica, aparecieron en España numerosas obras condenando en liberalismo como por ejemplo El liberalismo es pecado del catalán Félix Sardá y Salvany. Otras personalidades como el obispo de Salamanca argumentaban que la condena que hacía el Papa era sobre lo que él entendía por liberalismo de ahí que no se pudiera hacer una interpretación al pie de la letra del mismo. En esta línea tenemos que situar nuestra obra. En ella el autor hace recopilación de artículos que criticaban el matrimonio civil, que estaba contenido en el Título VIII del Syllabus con el objetivo de ilustrar desde el punto de vista teórico de la doctrina de la iglesia la imposibilidad del matrimonio civil. Según Balcells, “la caída del régimen dejaría al clero en una posición comprometida dada su compenetración con los últimos gobiernos de Isabel II” (18). En Cataluña fue importante el papel de Antonio María Claret que se había adquirido fama como misionero de masas en Cataluña entre 1840 y 1847 y que posteriormente fue confesor de la reina además de ferviente defensor de las proposiciones contenidas en el Syllabus. No podemos olvidar que en estos momentos la Iglesia española se está recuperando de las desamortizaciones, la última de ellas en 1855. En España la Ley del matrimonio civil se introducía en 1870 pero fue derogada por el gobierno de Cánovas por decreto de 9 de febrero de 1875. Sin duda la parte más interesante de la obra es la introducción donde el autor deja clara cual es su visión sobre el liberalismo en España, muy en la línea marcada por el Syllabus. Esto lo pone de manifiesto al hacerse eco del bienio progresista y de la sublevación de Cádiz que terminaría con el reinado de Isabel II. El autor del libro no hace menciones a ningún sentimiento autonomista como tampoco hace referencias claras a su españolidad, es decir, ni alardea de ser español ni de ser catalán, simplemente se considera un ciudadano más agraviado por una política confusa e irresponsable que es cambiante según el partido que gobierne. De este enigmático personaje no hemos encontrado información alguna, ni del periódico aunque tenemos el dato, que para los años 20 del pasado siglo el periódico para el que escribió esos artículos que luego recopiló en el libro aun seguía editándose. Junto a este periódico existían en la Gerona de comienzos de siglo otras rotativas que, a parte de las de difusión nacional, eran el Diario de Gerona, El geronés, El Autonomista, El Heraldo de Gerona y El Norte. Esta variedad de medios nos indica la existencia de una sociedad plural en la que coexistían todas las ideologías políticas y en las que había más posturas a parte de la catalanista o la federalista. Nuestro protagonista representa la opción más conservadora y tradicional que renegaba de cualquier cambio social. Como conclusión podemos incidir en la importancia de las fuentes a la hora de hacer un determinado discurso histórico. Como hemos ido analizando no por el hecho de usar unas fuentes u otras se deja de ser más o menos objetivos. En realidad muchas veces confundimos el término objetividad con rigurosidad, elemento que debería ser una constante en cualquier obra histórica. Al elegir unos determinados autores o unas determinadas fuentes ya estamos siendo subjetivos respecto a un tema. Lo que queremos decir es que, en temas tan delicados como el de los nacionalismos se tiende a la simplificación y a la homogeneización de los procesos descartando otras posturas que aunque minoritarias existieron. Nuestra humilde aportación ha consistido en dar a conocer un testimonio que es ejemplificador de una parte de la sociedad catalana de la época, el de una gente que no entraba en las dos opciones políticas que definía Riquer i Permanyer de catalanismo o federalismo. Se trata del testimonio de una persona que perfectamente habría podido vivir en León o en Cádiz y haber transmitido el mismo mensaje. No vamos a decir que las teorías de Fradera o Riquer i permanyer son falsas o descartables ya que este sujeto tenía una formación religiosa, tenía una educación y era representativo de una minoría, pero que no se puede obviar. Tampoco podemos englobar en la literatura de la Renaixença a la mayoría de la sociedad catalana ya que esto es un fenómeno que hasta muy avanzado el siglo XIX no sale de las zonas urbanas y más industrializadas siendo el campo ajeno a este proceso. Dentro de las conclusiones finales a este articulo podemos
repetir como al principio, la falta de bibliografía en castellano
y de la misma manera el mal uso de ciertos términos sacados de contexto.
No se hasta que punto términos como “España Plural”
o “Estado español” son utilizables para el contexto de
la España del siglo XIX y de los que hace perfectamente uso Riquer
i Permanyer. Tampoco creo que esté bien utilizado el término
“país” cuando dice que “se habían acentuado
las diferencias cívicas, culturales, lingüísticas e ideológicas
hasta el punto de convertir Cataluña en un país mucho más
permeable y receptivo a las pautas ideológicas que se imponían
en Europa” (19). Al hilo de todo esto me viene a la cabeza la obra
de Lucien Febvre “El problema de la incredulidad en el siglo XVI.
La religión de Rabelais” .El trasfondo de la obra es mostrar
como muchas veces sin querer cuando analizamos un proceso histórico
lo hacemos con la mirada desde el siglo XXI, desde la actualidad, tomando
como referencia nuestra época y nuestras costumbres por lo que en
muchas ocasiones esto proporciona una visión diferente de la que
pudo haber existido realmente. Este uso inapropiado de términos es
frecuente y es peligroso porque nos inducen a situar en otras épocas
fenómenos ajenos a las mismas y propios del presente. El Syllabus. Errores sobre el matrimonio cristiano. Explanación de las proposiciones contenidas en el párrafo 8 del Syllabus o sea, demostración de la oportunidad con que el Papa ha condenado los errores relativos al matrimonio civil Por X, colaborador de “El Norte” periódico católico-monárquico que se publica en Gerona. Con aprobación eclesiástica. Imprenta de Tomás Carreras, Ciudadanos, 2. 1870 El eco del primer grito de revolución llenó mi corazón de un mudo estupor. Estraño (20) por completo á las vicisitudes que las escenas revolucionarias ofrecían en España pasé los años de mi carrera abstraído de todo lo que no era propio de la ciencia que cultivaba con afán. Ni siquiera me había ocurrido la posibilidad de que las astillas del trono de Recaredo pudieran servir de alimento al fuego destructor que se amagaba en las entrañas de la sociedad. No es estraño como ni siquiera memoria tengo del duelo sangriento que cubrió de ruinas el suelo español por espacio de siete años, y era casi un niño cuando en 1854 se posesionó del poder la bandería progresista merced a una sublevación inesperada, no pude formar juicios de los males con que el liberalismo estaba trabajando á España. Estalló empero el motín de Cádiz, y los gritos consiguientes me aturdieron de verdad. Vista la actitud de los revolucionarios cundió por todos mis miembros un frío glacial: el ataque brusco de que fue objeto lo único que, digámoslo así, aprendiera rutinariamente primero al calor del regazo de mi madre y científicamente después a la sombra del colegio, en vez de abatirme, me dio ánimo para luchar y defender con entusiasmo la prenda querida que á España iba a arrebatarse. Bien pronto tomaron proporciones colosales los horizontes del campo de la lucha; no tardó en llegar la ocasión de esgrimir mi pluma virgen y de desplegar mis fuerzas escasas. El Norte, periódico católico que ve la luz en Gerona me franqueó sus columnas: y sin estar avezado á luchar, luché con todos los bríos que presta la convicción profunda de estar en posesión de la verdad. Los rivales con quienes debía medir las fuerzas eran, a mi juicio, valerosos gigantes. Con una desfachatez pasmosa que escedía muchos grados la ciencia que poseían, escogieron por blanco de sus tiros el dogma y la moral, la Iglesia y sus instituciones. La lucha de la pluma tomó muy pronto un aspecto sinistro. Los hombres de más valía con los que cuenta el liberalismo arremetieron con denodado esfuerzo al más insignificante de los hijos de la Iglesia. Acepté los primeros embates con aquella desconfianza que es propia del soldado bisoño que mide la talla del enemigo por sus retos atrevidos. Contesté al artículo con el artículo, al suelto con el suelto, al dicterio con el silencio y al sarcasmo vil con un soberano desprecio. No tardé empero en reconocer que los juicios que había formulado distaban mucho de ser exactos: no tardé en reconocer que los que me parecían gigantes valerosos, no eran más que pigmeos osados; no tardé en reconocer que los liberales en vez de ideas vastas, no abundaban más que de palabras huecas; en vez de pensamientos profundos no saber expones mas que imágenes vanas; y que en vez de convicciones arraigadas no tienen sino sensaciones torpes. Sensaciones, imágenes y palabras que no les sirven sino para atacar por atacar, para insultar por insultar, para despreciar por ignorar todo lo que traen entre manos. Todos de consumo han atacado con crudeza la unidad católica, y muy pocos conocen sus constitutivos esenciales. Todo de consumo han rivalizado por defender la emisión libre del pensamiento, y ni siquiera tienen conocimiento de lo que acerca de ese punto la Iglesia, permite ó condena. De aquí que se haya observado que ningún liberal es capaz de sostener una cuestión razonada sobre los principios que profesa, sean estos religiosos, sean estos morales, sean políticos. Hablan, eso si, de todo pero no tocan nada que no lo manchen con sus inconcebibles dislates, que no lo desnaturalicen con su pedantería ridícula. No debía tener reservada una suerte diferente de las demás cuestiones la cuestión del matrimonio cristiano. Como la revolución, siguiendo su instinto innato, no ha sabido mostrarse activa sino en que a las cosas religiosas se refiere, no debía dejarse esperar la cuestión del Matrimonio como objeto de sus elucubraciones locas. Sus diatribas contra la institución del matrimonio cristiano se destacarán a la par que la ignorancia crasa. Con una constancia digna de mejor causa, los liberales han desleído y deslíen aun en las columnas de sus periódicos más errores detetéros que palabras sandias a cerca de esa cuestión vital. Constantemente me han encontrado en la brecha dispuesto a defender la verdad católica. Para cada argumento que contra sus aserciones atrevidas he presentado, apoyado en la doctrina de la iglesia, han tenido los liberales preparado un insulto vil; para cada razón incontestable, una vileza amenazadora; para cada monumento irrecusable, una amenaza liberal. Vista la posición tan desfavorable para los liberales, la polémica no pudo durar. Faltan los liberales hasta de razones de connuencia que aducir en contra de mis asertos católicos, y de pruebas siquiera especiosas que dar a favor de sus tesis heréticas, convirtieron en disputa mujeril la polémica científica, y entonces determiné escribir apresuradamente la serie de artículos-comentarios de las proposiciones contenidas en el Syllabus a cerca de esa gravísima cuestión. El tiempo urgía, ibase a presentar el proyecto de la Ley del Matrimonio civil. ¿Quien sabe, me dije a mi mismo si los diputados de la Nación están a oscuras de esa cuestión vital como lo están los periodistas?¿Quién sabe si mis insignificantes trabajos podrán prestarles alguna luz para que vean seguro el derrotero que han de seguir en esa escabrosa cuestión? Luego que hube dado cima á mis trabajos, los puse todos juntos a disposición del ilustrado y concienzudo Rdo. P. L. D. Juan Planas, director de El Norte. Tuvo la amabilidad escesiva de revisarlos y se apresuró a publicar los que le parecieron oportunos para que los lectores de El Norte tuvieran cuando menos un conocimiento somero de la cuestión que se iba a tratar en Cortes. Los artículos que publicó en las columnas de El Norte tuvieron una aceptación que yo, y menos el P. Planas esperábamos. Esto y el consejo de personas muy competentes hizo que me decidiera a reunir todos los artículos publicados y no publicados para hacerlos salir a la luz todos juntos en forma de libro. Así los lectores podrán hacerse más fácilmente cargo de los fundamentos en que se apoya la cuestión del matrimonio. Como yo he escrito no para publicar una obra literaria sino y únicamente para llenar el fondo del periódico, los lectores toparán con algunos defectos que no me ha sido posible quitar. Algunas repeticiones que si son enojosas en un libro, son necesarias en el periódico para que los lectores puedan hacerse cargo de los antecedentes y consiguientes de la cuestión: el estilo del todo diferente que caracteriza a un artículo, que tiene un día de vida, del estilo propio de una obra que está destinada a vivir tanto como los estantes en los que debe colocarse: la fraseología viva y de efecto propia de un periódico pero del todo impropia y hasta ridícula en una obra cuyo carácter es la gravedad premeditada. Tales son los principales defectos que el lector encontrará en las obras que le ofrezco. No crea tampoco el lector que encuentre en la obra que le ofrezco ideales originales ni pensamientos nuevos, partos de mi ingenio, no; todo mi objeto ha sido exponer sucinta y claramente la doctrina de la Iglesia acerca de la gravísima cuestión del matrimonio refutando a la vez los argumentos que han sido presentados por los fautores más célebres de la Ley del matrimonio civil. Estos argumentos tampoco son invención mía, ni menos su refutación. Los mas de aquellos son sacados de las actas de las sesiones que tuvieron lugar en el parlamento de Turín, cuando hace pocos años, aquellos diputados discutieron la referida ley; la refutación no es ni más ni menos que la doctrina enseñada por los autores de Teología y cánones que se han dedicado a la diludicación de esta materia. Para quitar toda sombra de duda a cerca de la ortodoxia que presento, la censura que ha merecido mi obra de la autoridad eclesiástica, y la aprobación consiguiente para que se imprimiera, han dado plena satisfacción a mis deseos que no son ni han sido otros que interpretar y exponer exactamente lo que enseña nuestra madre Iglesia a cerca de la cuestión del matrimonio. Tal es lo que me ha parecido oportuno prevenir a mis lectores antes que formen juicio sobre el contenido de la obra. Notas: (1) “Acuérdese de que todos somos españoles,
y que no la ha (la batalla) con franceses, sino con español, y no
castellano, sino vizcaíno” en MOA, P.: Una historia chocante.
Los nacionalismos vasco y catalán en la historia contemporánea
de España. Ed. Encuentro, Zaragoza, 2004. Pág. 11. BIBLIOGRAFÍA - ANÓNIMO: El Syllabus. Errores sobre el matrimonio
cristiano. Explanación de las proposiciones contenidas en el
párrafo 8 del Syllabus o sea, demostración de la oportunidad
con que el Papa ha condenado los errores relativos al matrimonio civil.
Imprenta de Tomás Carreras, Gerona 1870. |
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