Teoría Musical Griega: Los Primeros Pitagóricos y los Tratados de Aristóxeno, Pseudo-Plutarco, Arístides Quintiliano y Ptolomeo

 

 

 

 

 

http://www.alonsocano.tk        ISSN: 1697-2899                   D.L:GR2134/2004

LA TEORÍA MUSICAL GRIEGA: LOS PRIMEROS PITAGÓRICOS Y LOS TRATADOS DE ARISTÓXENO, PSEUDO-PLUTARCO, ARÍSTIDES QUINTILIANO Y PTOLOMEO

Fernando Polo Barrales
Filología Clásica

Desde luego no conservamos ningún testimonio de obras de contenido técnico sobre la música en buenas condiciones hasta el período helenístico. Anteriormente sabemos de una especulación sobre el sonido y su ordenación en forma de intervalos expresados numéricamente a través de los testimonios sobre el primer pitagorismo. Ésta es la primera fuente de conocimiento sobre la teoría musical griega, que nace con los experimentos legendarios de Pitágoras de Samos acerca del sonido y las consonancias. Hay que tener en cuenta que todas las investigaciones de la escuela pitagórica sobre la música estaban insertas en un pensamiento que veía el universo como una harmonía donde el número era la llave . Esta consideración del número como una realidad y más en concreto de la tetraktýs, el conjunto de los cuatro primeros números cuya suma era diez, como generadora del mundo, aparece en los primeros pitagóricos, como Filolao o Arquitas de Tarento; pero la especulación pitagórica del número como generador de la consonancia musical llega hasta Platón, en el Timeo.
Al tener en cuenta la variable de la rapidez de la transmisión del sonido en función de la longitud de la cuerda, es ésta la que determina las proporciones de los intervalos musicales; éstos se expresan matemáticamente, como razones numéricas que permitirán investigar la naturaleza de las consonancias, incluso llegando a conclusiones teóricas a menudo difíciles de apreciar para el oído. Si las consonancias y sus proporciones habían sido halladas por Pitágoras de modo experimental, más tarde se hallarán éstas y otros intervalos mucho más pequeños a través de la sección de una cuerda colocada junto a una “regla”, llamada canon .
En esta fase de la teoría predomina una especulación de corte metafísico; un representante de este pitagorismo temprano es Filolao de Crotona (ca. 470 a.C. – fines del s. V a.C.), que se ocupó de estudiar el universo como “harmonía” y la trabazón del todo a través de los elementos opuestos que sólo gracias a esa harmonía podían ligarse ; fue el primero que enunció técnicamente el término harmonía como la consonancia de octava, siendo ésta la suma de un intervalo de cuarta más uno de quinta . Además, descubrió que la consonancia de octava no era idéntica, a pesar de ello, a seis todos, sino a cinco todos y dos diesis .
Arquitas de Tarento (ca. 430-360 a.C.), con los mismos presupuestos, continúa estableciendo una división de la octava que ya será conocida como la “octava pitagórica” y que acepta Platón en el Timeo , construida por la suma de una consonancia de cuarta (razón 4:3) más una de quinta (3:2), o lo que es igual, dos consonancias de cuarta, deduciendo proporciones más complejas: divisiones de esta consonancia en tres géneros, el diatónico, el cromático y el enarmónico ; da las razones numéricas de los intervalos entre sus notas móviles, en unas cifras que sólo ofrece este pitagórico (transmitidas por Ptolomeo, Harm. I, 13).
La otra gran contribución de Arquitas es la introducción de las divisiones matemáticas en la música en combinación con lo anterior, es decir, la división aritmética, la geométrica y la armónica . En una proporción geométrica como 6, 12 y 24 se puede hallar una media aritmética entre 6 y 12 (9), con lo que tenemos una octava dividida en una quinta, seguida de una cuarta ; si insertamos la media armónica (8), tendremos una octava dividida en dos cuarta, separadas por un tono disyuntivo .
Este conjunto de especulaciones matemático-musicales, desarrolladas por la escuela pitagórica, alcanza un nivel metafísico y cosmogónico al retomarles Platón en el Timeo (35 b). En esta obra no se discute exactamente de teoría musical propiamente dicha, pero sí se aprovechan los logros pitagóricas para enunciar una teoría sobre la configuración del alma basada en los principios matemáticos de Arquitas, a través de su misma división de la escala que según Platón es la que subyace en el cosmos.
Quizá más importante aún sea el desarrollo platónico de la teoría de los éthe que existían al margen de la investigación matemática y a los que Platón da una interpretación política de cara a la mejor constitución del carácter del futuro ciudadano de su Estado (República 399 a-c). Cada tipo de escala o harmonía tenía una determinada particularidad ética capaz de influir sobre el ánimo del hombre; en la ciudad ideal sólo han de quedar aquellos modos que contengan un éthos que posea un carácter viril, grave y majestuoso: el dorio y el frigio .
Paralelamente a esta serie de investigaciones matemáticas que desarrolló a través del tiempo la escuela pitagórica surgieron también un grupo de teóricos de la música que no preconizaban los mismos fundamentos especulativos. En efecto, ya en Platón se habla despectivamente de los harmonikoí , que constituirían, al parecer, una escuela independiente y que atenderían al fenómeno musical con el criterio de verdad de los sentidos, al contrario que entre los pitagóricos, para quienes la conclusión teorética era la única válida (Platón los critica cuando dice que “agudizan los oídos como para cazar los ruidos del vecino” y discuten si aún “cabe” otro sentido entre otros dos, “y tanto nos como otros prefieren los oídos a la inteligencia”, Rep. 531 a ). Es un punto de partida que condicionará todas sus indagaciones posteriores, puesto que relegan a un segundo plano el cálculo matemático en la música, desterrando las proporciones al considerar los intervalos entre sonidos como “espacios” tal y como luego los entenderá Aristóxeno. De estos harmonikoí sólo poseemos el nombre de un tal Eratocles que nombra Aristóxeno, como veremos más adelante.
Este sistema fue muy criticado por el peripatético Aristóxeno de Tarento (ca. 360 a.C - ?), discípulo de Aristóteles, en sus Harmoniká Stoicheía , el primer tratado musical técnico conservado casi entero. Este mismo autor pone de relieve, en su crítica a este tal Eratocles, que los harmonikoí, a pesar de ser empiristas, no demostraban sus descubrimientos, y además eran asistemáticos . Aristóxeno es en realidad el continuador de los escritos técnicos que sobre música se habían estado desarrollando en el ámbito aristotélico, ocupándose de la teoría del sonido como forma de movimiento del aire o el sistema modal griego; en el marco de las investigaciones aristotélicas (otro hito importante en esta escuela es la obra de Teofrasto citada por Porfirio Sobre la Música) se desarrollan estos temas con un carácter científico .
Aristóxeno pone un gran énfasis en su proceder, contrapuesto al de los harmonikoí: por ejemplo, en 32.30 critica a quienes desarrollan sus explicaciones sin ofrecer las “causas” (aitíai), ni atender a los dado por los sentidos, mientras que él parte de unos postulados previos (“otros explican cada cosa según los oráculos, sin causa ni demostración, y sin enumerar convenientemente lo que ofrecen los sentidos; nosotros, en cambio, intentamos adoptar unos principios de acuerdo con la evidencia”). Su propio método parte de la misma música como espacio en el que se han de encontrar las leyes que la rigen, sin acudir a instancias externas como la matemática, y con un procedimiento expresado claramente en 43.30 en tres pasos: percepción exacta de los fenómenos, distinción entre lo primario y lo derivado, y consideración apropiada de ambos a la vez, lo primero y su consecuencia .
Aristóxeno se ocupa de asuntos que luego son incesantemente repetidos por autores de epítomes tardíos como Cleónides o Gaudendio o los mismo autores anónimos de los tratados de Bellermann. El libro I versa, principalmente, sobre las partes de la ciencia que se ocupan del mélos y de las que anuncia que tratará; critica a los harmonikoí cuando habla de los sistemas porque Eratocles, uno de ellos, los aborda sin haber estudiado previamente la estructura de la escala (qué intervalos pueden aparecer asociados y cuáles no); según Aristóxeno, no habría sólo ocho formas de octava . También estudia los movimientos de la voz, identificando dos, el continuo (para el habla) y el interválico (para el canto); asocia la agudeza o la gravedad de un sonido con la tensión y la relajación, basándose en la observación de la afinación de las cuerdas; continúa definiendo el tono como la diferencia entre un intervalo de quinta y uno de cuarta ; y define el espacio (tópos) en el que se desplazan, según los géne, las notas móviles del tetracordio.
En el libro II, tras proclamar que su método se asienta en los datos que aportan los sentidos, enumera las partes de la armonía, estudiando sus respectivas subclasificaciones: géneros, intervalos, notas, sistemas, tonoi, modulación y melopeya. El libro termina con la explicación de la afinación por consonancias (mediante la cuarta y la quinta) y la demostración con ella de que la cuarta está formada por dos tonos y un semitono.
El libro III está organizado en forma de teoremas en los que se establece la estructura interválica posible de la escala griega, qué intervalos pueden sucederse unos a toros en el tetracordio según el génos.
Hay que señalar, por último, que en Aristóxeno se inicia ya la controversia de los modos y los tonos como la característica fundamental de la música griega antigua, pues si bien harmonikoí como Eratocles ya habían hecho un inventario de las llamadas “especies de octava”, es en la época de Aristóxeno cuando los modos parecen haberse perdido como ordenaciones de intervalos en beneficio de una “tonalidad” basada en los tónoi, escalas iguales en su interválica pero diferentes en altura .
El otro tratado conservado, aunque muy fragmentariamente, es el titulado Elementa Rhythmica . Algunas partes se han transmitido independientemente y otras a través del bizantino Miguel Psello. La obra es importante porque arroja luz sobre algunos aspectos de los Harmonica y porque sirve de fuente a la doctrina rítmica de Arístides Quintiliano; también porque no hay ningún tratado sobre ritmo de orientación pitagórica.
Aristóxeno hace un análisis de los elementos que intervienen en el ritmo, para después formular las leyes que lo rigen: qué consecuencias son las quedan la impresión de estar ante ritmo, y cuáles no. La unidad sobre la que se basan las distinciones rítmicas no es la sílaba, ni la breve, sino el llamado “tiempo primero” (chrónos prótos): en un espondeo, será cada una de las cuatro partes en que se pueden dividir las dos largas; es ésta una metodología aristotélica, en función de la unidad potencial en cada caso y su realización.
Por otra parte, toma como unidad de grupo rítmico el “pie” (poús), que agrupado a su vez con otros forma un sistema superior, de modo que hace el ritmo inteligible. Las divisiones del pie se llaman “tiempos primeros” y constan de arsis y tesis. A partir de ahí establece las diferencias entre los pies , según la magnitud (méyethos, número de tiempos primeros de que consta), el género (génos, relación numérica entre sus partes), la racionalidad (rhétos-álogos, si mantiene una ratio entre sus partes), composición (sýnthetos-asýnthetos, unos son compuestos y otros simples), la división (diaíresis, distribución de los tiempos primeros), la forma (el schema, “configuraciones con que una determinada entidad rítmica puede aparecer en la rhythmopoiía” ) y la disposición relativa de las unidades (antíthesis, disposición de tiempos fuertes y débiles).
La otra gran contribución de la Rhythmica de Aristóxeno es la distinción entre rhythmós, la forma abstracta, y rhythmidsómenon, el sustento que recibe dicha forma, así como la distinción entre rhythmós y rhythmopoiía, entre “sistema” y “realización” .
La evaluación que, en general, se puede hacer del intento aristoxénico frente al pitagórico es la explicación de los fenómenos musicales utilizando una nomenclatura que se busca dentro del mismo objeto estudiado, para el tratamiento de los temas que le son comunes con el pitagorismo; pero el desdén por la expresión matemática tiene como precio una inexactitud mayor, no tanto al adoptar como criterio de verdad los de la percepción (lo cual también hará un autor pitagórico tardío como Ptolomeo cuando los intenta casar con la razón), sino más bien porque el sistema matemático de las razones es más exacto que la afinación por consonancias, que no esa válida para hallar intervalos menores que el semitono; no opera ya con intervalos muy pequeños como la komma, que aunque no se alcanzaban sensitivamente, no dejaban de existir en la naturaleza.
Esta distinción de métodos en el estudio de la música fue ya puesta de relieve en la misma Antigüedad y era un lugar común en algunas obras: el mencionado reproche de Platón en la República a los harmonikoí o los de Aristóxeno son un buen ejemplo.
En este recorrido cronológico sobre el desarrollo de la teoría musical griega hay un paso ineludible que tiene características diferentes de lo hasta ahora estudiado: el diálogo atribuido a Plutarco (ca. 45 d.C. – 126 d.C.) pero hoy con seguridad espúrea, Acerca de la Música . Laserre piensa que el autor usó una compilación de tratados peripatéticos y helenísticos, entre ellos Plinio, Clemente de Alejandría y otros. Se ha considerado también como fuente de Dionisio el Músico, de la época de Adriano. Con todo eso, Laserre sitúa los límites temporales de la obra entre 170 y 300 d.C.
La obra es un diálogo simposíaco con tres únicos discursos. Los temas tratados son muy variados pero contemplados de un modo menos sistemático que en los tratados teóricos convencionales. Este diálogo es importante porque aporta una información a menudo ausente en aquéllos. Sus aportaciones fundamentales son, entre otros, la nómina de los citaredos primeros y los nómoi tanto aulódicos como citaródicos. Desfilan todo una colección de músicos: Terpandro y sus alteraciones de la escala, Linio de Eubea, Támiris de Tracia, etc. Pero es Apolo, a juicio de quienes dialogan, el inventor de la música de flauta o de cítara. Se habla también de las concepciones musicales de Platón y Aristóteles, sobre todo en lo referente a la armonía y las percepciones; se expone la importancia de Laso de Hermíone como innovador de la ciencia musical y sus continuadores, Melanípides, Timoteo y otros. Habla de la importancia de la música en la educación, abogando por la música antigua (es decir, no la de las innovadores discípulos de Laso). Consecuentemente trata del éthos asociado a la melodía y ritmo; así también de la excelencia de los hombres y ciudades que se caracterizan por la moderación asociada a algunas armonías musicales.
De estos temas, los más importantes son sin duda dos: la disertación sobre los nómoi y sobre las harmoníai. En cuanto a los primeros, es interesante la nómina de ellos que se ofrece: apóthetos, élegoi, komárchios, trimelés y otros de carácter aulético; también citaródicos, que reconocen anteriores, trochaíon, oxús, terpandreíos, etc. Cada nombre está asociado al rito en el que se ejecutaba la melodía. En cuanto a las harmoníai, además de definirlas en palabras de Aristóteles (“celestial, noble y maravillosa”) y Platón, las contempla con una perspectiva matemática y con elementos pitagóricos (compuesta de elementos opuestos), y aporta informaciones importantes porque las describe mencionando el éthos apropiado de cada una (la lidia es apta para el lamento; la mixolidia es emocional; la doria aporta nobleza; etc.)
Finalmente, el diálogo pseudo-plutarqueo es esencial para comprender el desarrollo de la estética griega (explica el devenir y la suerte de los diferentes géneros de la melodía), así como para proporcionar mucha información sobre otros autores (Gauco de Regio, Heráclides, Aristóxeno, etc.), muchas de cuyas obras están perdidas.
No hay otro gran tratado sobre la música hasta el Acerca de la Música del desconocido Arístides Quintiliano (siglo II d.C.). Parece que su vida transcurrió al manos a partir del siglo I d.C. pues menciona a Cicerón, pero no más allá del siglo IV porque lo menciona Marciano Capella. El autor tiene la expresa intención de abarcar todos los aspectos de la música y, por ello, su obra es una amalgama de temas y tópicos que entran en la ciencia musical. Se ocupa, en el libro I, principalmente, de la definición de la música, e igual que Aristóxeno, de la voz y sus regiones; en cuanto a la teoría armónica, se ocupa de las definiciones de los elementos que la conforman, extraídas de Atistóxeno, al igual que lo havce la tratadística meno, pero con más detallismo: sonidos, intervalos, tistemas, géneros, tónoi –en lo cual se muestra original-, modulación y melopeya. Este libro continúa en su segunda parte con una sección dedicada a la rítmica y otra a la métrica: en la teoría rítmica, define arsis y tesis y clasifica los tipos de ritmos; en la teoría me´trica, clasifica los pies métricos.
El libro II se dedica a estudiar las relaciones entre el alma y la música, así como sus virtudes educativas, con un discurso de corte platónico en la descripción del alma. La música se define como la más elevada de las artes; también comenta la República de Platón confirmando la validez de aquélla para formar al individuo, por sus posibilidades éticas, pero acepta éthe que Platón había rechazado por relajados. El libro prosigue con los usos del lenguaje (figuras retóricas, dicción, incluso solmisación y su relación con los éthe) de cara a la conducción del alma; termina con consideraciones sobre los efectos de la música instrumental en el alma.
Por último, el libro III se ocupa de la justificación matemática de la música adaptando criterios pitagóricos (expresión por razones numéricas, división del canon, etc.); se trata de la naturaleza numérica de toda actividad humana, pasando a estudiar el universo, formado por pares de contrarios (cf. las teorías de Filolao), entre los que cabe destacar la oposición masculino-femenino; prosigue el discurso explicando la relación entre las matemáticas, la música y factores como la edad, el zodíaco, los planetas y el aprendizaje iniciático de un conocimiento superior.
Como se ve, aparte del tratamiento de cuestiones armónicas, hay una gran atención a las consideraciones filodóficas en torno a la música, desde una perspectiva pitagórica y platónica; pero en su intento globalizador también hay elementos de corte aristoxénico, dentro de la tendencia al eclecticismo que se va imponiendo en la tratadística de época romana . A pesar de todo el tratado conserva su homogeneidad porque se mantiene siempre en los cauces del platonismo, además de articularse la obra en una parte teórica y otra práctica, según ese intento expreso de abarcar todos sus aspectos. Así, la música teórica consta de dos partes, la que estudia la naturaleza auditiva del sonido y las leyes que lo van a determinar: armonía, metro y ritmo. Por otro lado, la parte práctica o música técnica dispondrá todo lo anterior de cara al efecto que se pretenda en el alma del individuo, correspondiendo a los usos de la armonía, metro y ritmo de la melopoíia, la rhythmopoíia y la poíesis respectivamente; esta parte concluye con la interpretación con la interpretación musical misma, ya sea vocal, instrumental o escénica.
La influencia de Arístides Quintiliano es grande. El libro I, que se ocupa de los aspectos más técnicos de la armonía y el ritmo (la voz, clasificación de los intervalos, géneros de la melodía, los tónoi, la modulación, tipos de ritmo y de metro) fue utilizado por Marciano Capella y en Bizancio por Miguel Briennio (siglo XIV).
La última gran cita con la teoría musical es el tratado Acerca de la Música de Ptolomeo . Este autor, conocido ante todo por su obra astronómica, vivió en Egipto en el siglo II d.C., al parecer en Alejandría. La tendencia pitagórica-platónica de los últimos autores, como Arístides Quintiliano, tiene su culmen en esta obra, la última que presenta un grado considerable de originalidad y que plantea soluciones nuevas de tanta importancia como las aportaciones que hiciese Aristóxeno. Ptolomeo adopta la metodología pitagórica, fundamentada en la física del sonido, al considerar los intervalos como razones (proporciones) expresadas matemáticamente. Pero inmediatamente se acerca a los seguidores de Aristóxeno cuando intenta complementar los datos matemáticos con los datos aportados por los sentidos . Quizá haya que ver este compromiso como un ejemplo más de la tendencia hacia el eclecticismo de la teoría musical de época romana.
El tratado se divide en tres libros. En el libro I se ocupa, entre otros asuntos, de una definición de la ciencia armónica y de los criterios que en ella funcionan, de los errores de los pitagóricos en su estudio de las consonancias, de los errores de los aristoxénicos en su medida de las consonancias como intervalos y no como notas, de los yéne de Arquitas y de las clasificaciones tetracordiales atendiendo a la razón y la percepción. En el libro II explica los dos instrumentos de cálculo de intervalos, el canon y el helicón, la doble octava como sistema completo, la doble consideración de las notas, según su posición y según su función, las modulaciones entre tónoi, los siete tónoi, iguales en número a la octava; expone las razones numéricas de los géneros según diferentes autores; y trata de las afinaciones de lira y cítara. Por último, en el libro III, trata de la presencia de la harmonía en todo aquello que es perfecto, pero aún más en el alma humana y en los movimientos celestes, de la relación entre el sistema perfecto y el zodíaco, así como de la relación entre los movimientos de las estrellas y los géneros en la armonía. También aquí Ptolomeo se separa de sus predecesores pitagóricos más antiguos al plantear que los cuerpos celestes no emiten sonido; más bien se estructura es la misma que la de los modleos de organización musical (cf. Almagesto I, 1 y 2). Por otra parte, es posible que este libro III esté incompleto.
De entre las aportaciones de Ptolomeo en el terreno de la armonía, hay que destacar sobre todo que, sirviéndose también de la división del canon, llega a una gran complejidad en la distinción de los géne de la melodía, sirviendo de fuente para divisiones de otros autores cuya obra está perdida, como Dídimo o Eratóstenes. A su vez, Ptolomeo ofrece sus propias divisiones, algunas de las cuales adelantan la justa entonación que, como afinación, se desarrollaría siglos más tarde , y da pistas para conocer la afinación de la lira de su época, que mezclaba los géneros . Estas divisiones, muchas de ellas nuevas, respondían a la cuestión acerca de en cuántas formas se podía dividir la cuarta por medio de razones superparticulares (I, cap. 15).
La otra gran aportación de Ptolomeo es la discusión sobre los tónoi. En la época de Ptolomeo se habían aumentado los supuestos trece tonos de Aristóxeno a quince, que son los que transmite Alipio en su Eisagogè Musiké. En este aspecto Ptolomeo da marcha atrás y propone prescindir de unos tónoi basados en la repetición, a diferentes alturas, de una misma e igual serie interválica, reduciéndolos a siete como el número de los tipos de octava o formas posibles de ordenación de los intervalos . Estos siete tónoi, que se hallan por el método de las consonancias de cuarta y quinta, permanecen en un mismo ámbito sonoro –indeterminado- y reproducen el abstracto sistema perfecto mayor , partiendo las notas de posiciones diferentes, dando así lugar a un sistema originario (con las notas por posición y que coincide con la octava doria) y a un sistema de tónoi, que surgen al aplicar el nombre de la segunda nota a la que ocupa la primera posición, después el nombre de la tercera a la que ocupa la segunda, etc., contemplándose ya las notas según su función . Esto supone una vuelta a la modalidad que algunos suponen fue una moda en el siglo II d.C .
Éstos son los grandes tratados técnicos sobre la música griega antigua que nos han sido conservados y de quienes en una u otra medida dependen todos los demás. Se observa que están caracterizados por un progresivo alejamiento de la práctica musical real de su época , en la medida en que estas obras ofrecen una visión del mundo neoplatónica, como en el caso de Arístides Quintiliano. En el caso de Aristóxeno, aunque nos encontremos ante la obra más antigua, contiene una clara voluntad de sistematización que puede llegar a la abstracción y en cualquier caso su tratado pretende ofrecer una explicación de las leyes que rigen la estructura interna de la escala; sin embargo, la realización de tales principios debía seguramnte ser más laxa (lo cual puede revelarse en las numerosas distinciones que hace Ptolomeo de los tetracordios, o en las pretendidas escalas de la época de Platón que transmite Arístides Quintiliano ).
En conclusión, y respecto a la corriente tratadística posterior, se puede enmarcar esta serie de obras de carácter técnico dentro de una visión filosófica determinada. Aristóxeno de Tarento fue discípulo de Aristóteles y mantiene la concepción de su escuela sobre los principios que debe regir el discurso sobre la música: definir ante todo las leyes internas a ella misma. La vertiente pitagórica, aun transmitida por vía indirecta (Porfirio, Sexto Empírico, Platón, Aristóteles, etc.), inserta la música dentro de una visión más amplia del cosmos, y aquélla participa de la naturaleza de éste, es decir, el número, con un rechazo de la percepción como fuente de conocimiento. Pero, a partir de aquí, los grandes tratados básicos para entender todo lo que vendrá después participan en un grado y otro de ambas escuelas. Arístides Quintiliano acepta la cosmovisión platónica y al mismo tiempo tópicos aristoxénicos como el desplazamiento de la voz, la enumeración de los géneros, los sistemas, etc., además de aportar como novedad una visión nueva y completa sobre la función paidéutica de la música en comparación con las demás artes; y por su parte Ptolomeo también se sabe heredero de una corriente, en su caso la pitagórica, pero no pura: para él es fundamental que los datos de los sentidos corroboren los postulados matemáticos, y ahí reside mucho de su aportación. En esto se distancia sobremanera de un Pseudo-Euclides.


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