ACERCA DE MARIAN
PILADESERRA
Jorge Jesús Cabrerizo Hurtado
Tal vez la sensación que despierte una exposición
antológica que recorre la vida pictórica de un artista como
Pidelaserra (Barcelona 1877- 1946), como esta que hasta el 8 de junio de
2003 se presentó en la sala de la Fundación Cultural Mapfre,
de Madrid, sea la de inconstancia.
Inconstancia
dentro de los límites de lo plástico y lo temático
en un creador de difícil clasificación -y aún más
difícil credibilidad experimental- dentro del fértil marco
artístico del siglo XX. Inconstancia fundada en una búsqueda
de personalidad creadora que no llega a cuajar en sus esperanzas de desasirse
de los límites de los estilos, de las tendencias. Pero al mismo tiempo
inconstancia no ya buscada sino hallada. Hallada en la imposibilidad de
los propios límites.
Eugenio D`Ors - en un ataque de d`orsismo propio de su
carácter apasionado- califica a Pidelaserra de incalificable: “
El lugar de Mariano Pidelaserra en la historia de nuestra pintura está
muy alto”. Quizás se equivocara.
Lo cierto es que Pidelaserra permanece oculto entre las
magnífica montaña de maestros de la pintura catalana, tal
vez solo apreciado por catalanistas del detalle pero olvidado del total
de la historiografía del periodo. El aprecio del filósofo
por el artista pudiera entenderse por su historia de superación personal
más que por su calidad como creador. La lucha de Pidelaserra por
dedicarse a su arte es encomiable, eso sí, tras enriquecerse y lograr
su independencia para poder crear.
En su dilatada, aunque con una enorme laguna central, carrera
como pintor, Marian se enfrenta al conocimiento (y desconocimientos), de
los estilos y modas del momento. Todo él es como una visión
del panorama artístico desde el realismo courbetiano finisecular
hasta la figuración descreida del periodo de posguerra. Pero no se
encuentra. Incómodo. Inconstante.
Pronto deja sus inicios -para mí lo mejor- de habilidosas
pretensiones nada excesivas para enfrentarse al problema de la luz que los
impresionistas creían haber resuelto. La batalla por el nuevo estilo
es superada con notables honores, dejando atrás sus tanteos realistas
y sus maravillosos retratos de lograda penetración psicológica...
Para no volver.
Después se perderá en simbolismos y mediterraneísmos
ingratos, y como estofados, en los años 20 y 30.
Cambiante, evolutivo, honrosamente tanteador de formas,
sin perder la figuración. Pero escaso. Corto en sus logros y nada
disculpable en sus defectos.
Su mejor obra es su primera producción. Increíble,
bien resuelto, su Paisaje del Pirineo de 1899 es notable...logradísimo.
Pero parece no darse cuenta de que su camino es continuar resolviendo su
arte, con tranquilidad, por esos derroteros. Y ofende al espectador el ver
que desprecia lo mejor de sí mismo para arrojarse alocadamente a
un mar de inconstancias, de impotencias creadoras. Incomodidades - con la
digna excepción de algunos de sus dibujos- que no terminan de convencerle,
a mi entender, ni a él mismo.
Pero antes de perderse en estas inseguridades nos deja
una interesante serie de retratos, propios del París de la época.
El París de 1900 era un hervidero de bohemios y
dandys, de muertos de hambre con dignidad de marqueses y poetas malditos
y enfermos de drogas poco sanas, como el sexo con bailarinas del bajo Montmartre
o con prostitutas del alto Montmartre. Un París de baudeleres, de
pintores de la vida moderna que no hacían gala de ningún aditamento
esclarecedor de sus tendencias políticas o clasistas, de sus anhelos
o sus ofuscaciones. Almas variopintas, genios olvidados y torpes encumbrados
por obra y gracia del servilismo, todos con el mismo traje. El traje negro,
oscuro como las ojeras de estos crápulas noctámbulos y como
las satánicas intenciones de las risas olor absenta. Los trajes con
los que asistimos a nuestro propio entierro.
Y en la vida bohemia, a cada poeta su pipa. Ya el malaventurado
Charles le dedicó unos versos de nobleza inaudita. Compañera
del joven barbidescuidado que pateaba las calles grises del empedrado de
La Cité con botines desgastados, flaco favor a unos pies todo huesos.
Y es en estos tópicos repetidos hasta la saciedad
y reales por lo afirmativo y lo documental entorno a ellos, por lo que el
pequeño retrato de Emili Fontbona (París 1902) ejerce un enorme
atractivo extraordinariamente pristino. Puro por la pureza de su mejor periodo,
sin necesidad de exigirse -que será lo que ahogue su pintura- . Preparación
para un mayor cuadro, a sus lado en la exposición, nos presenta al
joven sentado en una silla plegable, pobremente arropado por la oscuridad
de una habitación desnuda y probablemente más húmeda
de lo que una salud mal alimentada pudiera permitir. Sus largas piernas,
desgarbadas por la juventud azarosa, se despliegan indolentemente apoyada
la una sobre la otra en lo que se nos antoja como los dos tercios del lienzo.
En la versión final fuma su pipa, aquí, la sostiene en una
mano. Prodigioso el mimo con el que trata el instrumento de placeres nicotínicos.
Tal vez fuese ese mimo por un objeto tan querido para mí por lo que
este retrato adquiere su valor real en mi imaginario, más que los
otros retratos de su también amigo y pintor Pere Isern - uno al estilo
Casas perfectamente resuelto y otro, tan solo del rostro, de buena penetración
psicológica-.
Los tres retratos que de Fontbona se presentan en la exposición
son una curiosa aproximación al aspecto físico de este joven
bohemio en cuanto a que lo muestran sin barba, con incipiente barba y barbado.
Curiosidad, anécdota. Pero simpáticamente interesante.
En el pequeño lienzo en el que me centro, acabado,
que no boceto, pero preparación certera para el de mayor tamaño,
nos encontramos con un realismo a lo Courbet, evocativo por lo que tiene
de escasa intencionalidad -algo de gran valor si se tienen en cuenta los
desatinos simbolistas que le esperan al pintor- y con un magistral uso del
empaste medido.
La luz dorada, de preclaro tenebrismo rescatado se superpone
como complemento ideal a las oscuridades de traje y fondo. Con una pincelada
relamida, el rostro se dibuja con un detallismo notorio. Algunos verdes
atenuados -más tarde se soltará con el verde hasta los límites
de lo obsceno- le preparan para el gusto modernista de los planos finales,
de la base lumínica de espacios cerrados.
No es pretencioso. Y eso lo salva.
Este pequeño óleo sobre lienzo es un tranquilo
paseo por límites conocidos, amistosos, y se contrapone con la vulgaridad
inánime de sus posteriores figuraciones.
No es Pidelaserra santo de devoción alguna, pero
si hubiera seguido con la dignidad del paciente por los caminos que
le marcaba su primer periodo hubiera terminado, sin lugar a dudas, en
un buen altar.

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