Acerca de Marian Pidelaserra

 

 

 

 

 

http://www.alonsocano.tk      http://perso.wanadoo.es/alonsocano1601                    ISSN: 1697-2899                   D.L:GR2134/2004

ACERCA DE MARIAN PILADESERRA

Jorge Jesús Cabrerizo Hurtado

Tal vez la sensación que despierte una exposición antológica que recorre la vida pictórica de un artista como Pidelaserra (Barcelona 1877- 1946), como esta que hasta el 8 de junio de 2003 se presentó en la sala de la Fundación Cultural Mapfre, de Madrid, sea la de inconstancia.

Inconstancia dentro de los límites de lo plástico y lo temático en un creador de difícil clasificación -y aún más difícil credibilidad experimental- dentro del fértil marco artístico del siglo XX. Inconstancia fundada en una búsqueda de personalidad creadora que no llega a cuajar en sus esperanzas de desasirse de los límites de los estilos, de las tendencias. Pero al mismo tiempo inconstancia no ya buscada sino hallada. Hallada en la imposibilidad de los propios límites.

Eugenio D`Ors - en un ataque de d`orsismo propio de su carácter apasionado- califica a Pidelaserra de incalificable: “ El lugar de Mariano Pidelaserra en la historia de nuestra pintura está muy alto”. Quizás se equivocara.

Lo cierto es que Pidelaserra permanece oculto entre las magnífica montaña de maestros de la pintura catalana, tal vez solo apreciado por catalanistas del detalle pero olvidado del total de la historiografía del periodo. El aprecio del filósofo por el artista pudiera entenderse por su historia de superación personal más que por su calidad como creador. La lucha de Pidelaserra por dedicarse a su arte es encomiable, eso sí, tras enriquecerse y lograr su independencia para poder crear.

En su dilatada, aunque con una enorme laguna central, carrera como pintor, Marian se enfrenta al conocimiento (y desconocimientos), de los estilos y modas del momento. Todo él es como una visión del panorama artístico desde el realismo courbetiano finisecular hasta la figuración descreida del periodo de posguerra. Pero no se encuentra. Incómodo. Inconstante.

Pronto deja sus inicios -para mí lo mejor- de habilidosas pretensiones nada excesivas para enfrentarse al problema de la luz que los impresionistas creían haber resuelto. La batalla por el nuevo estilo es superada con notables honores, dejando atrás sus tanteos realistas y sus maravillosos retratos de lograda penetración psicológica... Para no volver.

Después se perderá en simbolismos y mediterraneísmos ingratos, y como estofados, en los años 20 y 30.

Cambiante, evolutivo, honrosamente tanteador de formas, sin perder la figuración. Pero escaso. Corto en sus logros y nada disculpable en sus defectos.

Su mejor obra es su primera producción. Increíble, bien resuelto, su Paisaje del Pirineo de 1899 es notable...logradísimo. Pero parece no darse cuenta de que su camino es continuar resolviendo su arte, con tranquilidad, por esos derroteros. Y ofende al espectador el ver que desprecia lo mejor de sí mismo para arrojarse alocadamente a un mar de inconstancias, de impotencias creadoras. Incomodidades - con la digna excepción de algunos de sus dibujos- que no terminan de convencerle, a mi entender, ni a él mismo.

Pero antes de perderse en estas inseguridades nos deja una interesante serie de retratos, propios del París de la época.

El París de 1900 era un hervidero de bohemios y dandys, de muertos de hambre con dignidad de marqueses y poetas malditos y enfermos de drogas poco sanas, como el sexo con bailarinas del bajo Montmartre o con prostitutas del alto Montmartre. Un París de baudeleres, de pintores de la vida moderna que no hacían gala de ningún aditamento esclarecedor de sus tendencias políticas o clasistas, de sus anhelos o sus ofuscaciones. Almas variopintas, genios olvidados y torpes encumbrados por obra y gracia del servilismo, todos con el mismo traje. El traje negro, oscuro como las ojeras de estos crápulas noctámbulos y como las satánicas intenciones de las risas olor absenta. Los trajes con los que asistimos a nuestro propio entierro.

Y en la vida bohemia, a cada poeta su pipa. Ya el malaventurado Charles le dedicó unos versos de nobleza inaudita. Compañera del joven barbidescuidado que pateaba las calles grises del empedrado de La Cité con botines desgastados, flaco favor a unos pies todo huesos.

Y es en estos tópicos repetidos hasta la saciedad y reales por lo afirmativo y lo documental entorno a ellos, por lo que el pequeño retrato de Emili Fontbona (París 1902) ejerce un enorme atractivo extraordinariamente pristino. Puro por la pureza de su mejor periodo, sin necesidad de exigirse -que será lo que ahogue su pintura- . Preparación para un mayor cuadro, a sus lado en la exposición, nos presenta al joven sentado en una silla plegable, pobremente arropado por la oscuridad de una habitación desnuda y probablemente más húmeda de lo que una salud mal alimentada pudiera permitir. Sus largas piernas, desgarbadas por la juventud azarosa, se despliegan indolentemente apoyada la una sobre la otra en lo que se nos antoja como los dos tercios del lienzo. En la versión final fuma su pipa, aquí, la sostiene en una mano. Prodigioso el mimo con el que trata el instrumento de placeres nicotínicos. Tal vez fuese ese mimo por un objeto tan querido para mí por lo que este retrato adquiere su valor real en mi imaginario, más que los otros retratos de su también amigo y pintor Pere Isern - uno al estilo Casas perfectamente resuelto y otro, tan solo del rostro, de buena penetración psicológica-.

Los tres retratos que de Fontbona se presentan en la exposición son una curiosa aproximación al aspecto físico de este joven bohemio en cuanto a que lo muestran sin barba, con incipiente barba y barbado. Curiosidad, anécdota. Pero simpáticamente interesante.

En el pequeño lienzo en el que me centro, acabado, que no boceto, pero preparación certera para el de mayor tamaño, nos encontramos con un realismo a lo Courbet, evocativo por lo que tiene de escasa intencionalidad -algo de gran valor si se tienen en cuenta los desatinos simbolistas que le esperan al pintor- y con un magistral uso del empaste medido.

La luz dorada, de preclaro tenebrismo rescatado se superpone como complemento ideal a las oscuridades de traje y fondo. Con una pincelada relamida, el rostro se dibuja con un detallismo notorio. Algunos verdes atenuados -más tarde se soltará con el verde hasta los límites de lo obsceno- le preparan para el gusto modernista de los planos finales, de la base lumínica de espacios cerrados.

No es pretencioso. Y eso lo salva.

Este pequeño óleo sobre lienzo es un tranquilo paseo por límites conocidos, amistosos, y se contrapone con la vulgaridad inánime de sus posteriores figuraciones.

No es Pidelaserra santo de devoción alguna, pero si hubiera seguido con la dignidad del paciente por los caminos que le marcaba su primer periodo hubiera terminado, sin lugar a dudas, en un buen altar.

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