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LA
REPRODUCCIÓN DE OBRAS ARTÍSTICAS DE TEMA RELIGIOSO EN LA
ESPAÑA DEL SIGLO XIX
Jorge Jesús Cabrerizo
Hurtado
Licenciado en Historia del Arte por las Universidades de Granada
y Complutense de Madrid.
La Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en
la capital de España, y el resto de Academias de Artes surgidas
al amparo del espíritu ilustrado en cada provincia, en cada una
de las ciudades que fueran referente cultural territorial, pretenden impulsar
el conocimiento sobre nuestro Arte. Su principal intención es la
docente. Una docencia desde lo clásico –entendido como antiguo
y venerable- para educar la sensibilidad de los nuevos artistas y el sentido
de la mesura y la Belleza que pretendían imponer. La dictadura
del gusto.
Antes de ser definitivamente rota por la libertad contestataria de los
espíritus creativos, esta dictadura introdujo el cultivo controlado
del grabado calcográfico como único digno medio de reproducción
–y solo de reproducción- de las obras pictóricas de
los grandes maestros. El grabado, utilitario, adquiría carta de
hidalguía en una de las múltiples funciones que había
tenido a lo largo de su historia: la de servir de base cierta para la
enseñanza artística. El grabado reproducía ejemplos
académicamente consagrados con el beneplácito de la consideración.
Ejemplos a imitar. Recordemos:
“Lo curioso es que, durante mucho tiempo y casi
hasta nuestra época en medios académicos, el grabado calcográfico
conservó la “fama” de ser el verdadero grabado, el
único arte gráfico verdaderamente noble y digno de ser enseñado,
practicado y coleccionado”.
Y hete aquí que dichos ejemplos, en su mayoría
–como es en su mayoría el Arte Español que nos legó
la Historia-, son de temática religiosa.
Se establece aquí, en el que pudiéramos denominar con razón
como grabado culto, un curioso paralelismo no pretendido con la estampa
de devoción popular, en muchos casos bastante chusca. Tal y como
antes apuntáramos, la estampa verdadero retrato reproduce obras
de arte existentes en iglesias y santuarios, rodeadas por el halo de lo
milagroso, de lo devocional. Casi en la práctica totalidad de los
casos se trata de imaginería sacra, de escultura. Pero también
había reproducción de pinturas veneradas. Pinturas como
las conservadas en las Colecciones Reales que, aunque desvirtuadas por
su ubicación, representan una función religiosa de todas
maneras. Se ven las pinturas de las Colecciones como Arte, desde la óptica
fría de los estetas. Se ven las imágenes religiosas –arte
al fin- de los santuarios como objetos de fe. Y sus reproducciones en
estampa, aunque de apariencia intencional similar, también participan
de distinta consideración clasista.
“En cuanto a la temática, todavía
abunda el grabado de tema religioso,… En el grabado “artístico”,
el tema predominante será la reproducción de cuadros de
grandes maestros, y de ahí que el tema religioso tenga todavía
ocasión de florecer en un medio que empezaba a serle hostil”
.
Ambos tipos son reproducciones de obras de arte. Pero
les diferencia el sesgo popular en unas y el académico, elitista
por tanto, en las otras. Aunque ambas son, también coincidente,
grabados de tema sacro.
Otra perspectiva de la estampa de tema religioso finisecular
se nos plantea en este caso. Interesante experiencia por tanto que cuestión
laica significativa del cultivo de esta parcela del grabado, considerada
a nivel global.
La Iglesia, además, presente como en todo ambiente refinado y culto
del momento en las academias ilustradas, tiene un peso excepcional en
las actividades de estas instituciones.
“… esta vinculación religiosa viene
dada por las profundas raíces tradicionales en que se encuentran
sumergidos también los intelectuales españoles, y de las
que no podrán desprenderse fácilmente, prueba de esta afirmación
será la edición multitudinaria de imágenes religiosas
en grabados que inundarán las imprentas del país, así
como la constante copia de autores religiosos del siglo pasado. La presión
de la Iglesia aumentó cuando, con prohibiciones tópicas,
el artista, sobre todo el grabador, debía aceptar el modo de representar
las imágenes sagradas cargadas de ideas supersticiosas y sometidas
al orden establecido” .
La conocida polémica de los retablos y las formas
bajo las que debía ejecutarse el arte sacro dentro de unos límites
de gusto impuestos desde la intelectualidad borbónica no fue la
única intervención de la Academia dentro de los ámbitos
eclesiásticos –y viceversa- que se rubrica entre las paredes
de este liceo. En el grabado que reproduce obras de tema religioso la
Iglesia tiene su palabra ya que, ciertamente, toca intereses que le son
propios, al margen de los estrictamente docentes o científicos
antes referidos.
Ya Diego de San Román y Codina grabó el
cuadro de Juan de las Roelas conservado en la catedral hispalense sobre
el encarcelado “San Pedro” tomando las de Villadiego con intención
clara de reproducir la obra de arte en sí, que no una imagen devocional.
Esto es claro. Más tibia en este aspecto, pero reseñable,
fue su reproducción del nombrado lienzo de la tentación
de “Santo Tomás de Aquino…conservado en el Colegio
Mayor de dicho Santo”. Apuntaba también estas intenciones
en su reproducción del retrato del “Beato Juan de Ribera”,
también nombrado en el capítulo anterior, sobre original
pintura de Ribalta. Pero en el caso de la estampa sobre la prisión
del Apóstol Papa es mucho más claro. Y es que -tan sencillo
como esto- prescinde de la denominación de verdadero retrato y
aleja de los créditos el cúmulo de informaciones piadosas
sobre los beneficios de rendir culto a esta imagen. Simple y definitivamente
reproduce un cuadro con esa sola intención. Sin afectaciones de
ningún tipo. Estampa que refleja una obra de arte per se.
Manuel de Rivera, en Granada, tanteó lo propio. Anduvo quedamente
el mismo camino de la mera reproducción de una obra artística
con la ya referida “Beata María de la Encarnación”,
pero sin desprenderse de membretes intencionales de comercio devocional.
Con la nueva técnica de la litografía, José Cebrian
reproduce cuadros sacros de Murillo, y José Martínez de
Espinosa (San Lúcar 1826-¿) graba dibujos de Alonso Cano.
Muestran estos artistas su intención más allá de
la estampa devocional en el cuidado extraordinario que ponen a la hora
de presentar tonalidades, calidades pictóricas con las herramientas
que tienen de su mano: los grises matizados. Se denota un interés
por reflejar el genio artístico de los grandes maestros a la hora
de realizar su obra pictórica. Es otro concepto el que mueve al
grabador.
Y este concepto queda más claramente expuesto, sin ambages ni medias
tintas, en las estampas académicas.
“La Compañía para el grabado de los
cuadros de los Reales Palacios”, promovida por Carlos III y patrocinada
de manera efectiva por su sucesor en el Trono, Carlos IV, se constituye
el 16 de noviembre de 1789. Su finalidad será la promoción
del estudio de los grandes modelos del arte de la pintura: los maestros
nacionales y extranjeros -venerables clásicos o contemporaneos-
representados en las Colecciones Reales. Su intención es, también,
eminentemente comercial. La vida efímera hasta cierto punto y compleja
de todo punto de esta Compañía -repleta de dificultades
económicas en el patrocinio del magno proyecto y regada de contenciosos
judiciales- se continuará a trancas y barrancas bajo otros denominadores
y empresas hasta bien entrado el nuevo siglo. Pero dejará un bagaje
de gran valía en piezas y maneras de hacer que marcará la
pauta en lo venidero en lo que a grabados de esta temática y con
esta filosofía se refiere. Artistas del dibujo y la apertura de
planchas de todas las nacionalidades mantendrán una ardua labor
de preciosismo y rigor representativo cuyo fin será lograr que
las estampas no desmerezcan de los originales reproducidos. Una ardua
labor que se extenderá a lo largo de toda la centuria.
Y es que, este arte oficial de la calcografía académica
para reproducción de obras de arte sacro destaca, de otra parte,
por la dureza del trabajo estricto que los académicos grabadores
habían de realizar para lograr un resultado óptimo. Debían
buscarse calidades que reflejaran -con toda la fidelidad de que fuera
posible hacer uso- las tonalidades y propiedades expresividades cromáticas
que los pintores desplegaban en sus lienzos. El enorme respeto que merecían
las obras reproducidas y la total fidelidad a las mismas, llevaban a los
grabadores de la Academia a trabajar durante largos periodos. A realizar
una ingente tarea de experimentación, con el enorme desembolso
que suponía todo ello para los mecenas –Monarquía
y Nobleza-.
Tres someros ejemplos valen para ilustrar este esfuerzo que hoy nos resulta
inconcebible. Las fechas hablan por sí mismas.
Manuel Esquivel de Sotomayor se traslada a Roma en 1818 -pensionado por
el Duque de Alba- con un único objetivo: grabar la “Madonna
dell’ Impannata” de Rafael. Finaliza la pieza en 1821.
Vicente Peleguer pide permiso a la Academia en 1820 para grabar la “Santa
Isabel de Hungría” de Murillo. Terminará la plancha
en 1834, aproximadamente.
“El Milagro de las Aguas” de Murillo, por Esteve Vilella,
se comenzó a traducir a la plancha de metal en 1822 y se concluyó
en 1834. El artista continuó perfeccionándolo hasta 1839,
año en el que Europa reconoce su proeza con la Medalla de Oro en
la Exposición Internacional de París.
Entre los artistas que trabajarán el cobre para
lograr los altos fines propuestos desde la Academia de San Fernando destacarán
nombres como el del madrileño Manuel Alegre (1768-1815), portentoso
captador de sombras discípulo de Manuel Salvador Carmona. Reprodujo
el “Lot y sus hijas” (1788) de Anibal Carracci, un “San
Jerónimo” de Antonio Pereda en ese mismo año, y la
“Magdalena” de Mateo Cerezo. Para la Compañía
de Jesús, siempre como profesional de la Real, grabará el
dibujo de León Bueno sobre el lienzo de Il Guercino, “San
Pedro liberado por el Ángel” (1793). Un “Ecce-Homo”
y una “Mater Dolorosa”, ambas de Murillo, dedicados al duque
de Villahermosa, verán la luz en los últimos años
del siglo XVIII (ambos en 1798).
Blas Ametller (1768-1841), natural de Barcelona y discípulo también,
como el anterior, de Manuel Salvador Carmona, grabará –acertadísimo-
una “Magdalena” (1790) de Anibal Carracci y una hermosa pieza
de Antonio de Pereda: “El sueño de Jesús en el Regazo
de María” (1792) (L.?). Junto con Francisco Agustín
en el dibujo, su buril labrará “La Virgen con el Niño”
y un “San Gregorio Magno”, ambos de Murillo, y numerosos cuadros
de las Colecciones Reales, a la par con su mentor Manuel Salvador. Ya
plenamente entrado el XIX, en los años finales de la primera década,
su eficaz mordiente traducirá el cuadro del “Sagrado Corazón
de Jesús” de Vicente López a la estampa, imagen acompañada
con versos de la Reina Doña María Josefa Amalia de Sajonia.
El malogrado Esteban Boix y Viscompta (1774-1800), barcelonés también
discípulo de Manuel Salvador Carmona, especialista en grabado en
dulce, será prolífico en cierta medida con la estampa de
tema religioso. “San José”, de Murillo; “La Magdalena”,
de Edelinck; “Santa Bárbara” y “Nuestra Señora
del Carmen”, de Guerrero; “La Visita de Nuestra Señora
a su prima Santa Isabel”, del original de Rafael (L.?).
El valenciano Joaquín Ballester y Ballester (1750-1804) realizará
la lograda estampa sobre dibujo de Rafael Ximeno del “Cristo Muerto”
(1795) (L.?) de Alonso Cano.
Muy interesante, por su soltura técnica y modernidad a la hora
de hacer frente al problema del trazo con el buril, es la obra como grabador
de José Camarón (1730-1803), natural de Segorbe. Las obras
de Bayeu “La Visitación de la Virgen a Santa Isabel”
y “La huida a Egipto” traducidas al lenguaje del buril son
sencillamente soberbias. El dominio del aguafuerte al estilo clásico
en la segunda y la original burilada de la primera, preñada de
expresividad, las convierte a ambas –sobre todo la “Visitación…”-
en piezas distinguidas por una natural intuición de pintor que
resulta elegantemente sorprendente.
Muy hábil Rafael Esteve y Vilella (1722-1847), que fuera Grabador
de Cámara de Carlos IV y Fernando VII, Académico de Honor
en San Carlos de Valencia, la Real de San Fernando y la Academia francesa.
En crucial año para nuestro país realiza la bella estampa
que reproduce “Jacob bendice a los hijos de José” (1808)
de Guercino (L: ¿), con fabuloso dominio del aguafuerte y lograda
calidad en el desnudo. Graba los originales lienzos de Murillo para el
sevillano Hospital de la Caridad y “El Milagro de las aguas de Moisés”
(1834), en París.
Luis Fernández Noseret, autor de una extensa y bien cuidada producción
de estampas sobre obras religiosas, es quizás mejor conocido por
sus vistas, paisajes y grabados que sirvieron como ilustraciones para
revistas del momento. Pero una sutilmente hermosa “Santa Cecilia”
de Güido Reni (L. ¿) es ejemplo suficiente para dar muestra
de su certero uso del buril matizado al aguafuerte.
José María Galván y Candela (1857-1899), madrileño,
realizará al aguafuerte y aguatinta un “San Jacobo de la
Marca” de Zurbarán, y una monumental colección de
veintiséis aguafuertes que recorren completamente las goyescas
pinturas de San Antonio de la Florida, pieza muy cotizada por los coleccionistas.
Grabó la obra de Murillo “Santa Isabel Reina de Hungría”,
del Hospital de la Caridad.
Alonso García Sanz grabará un “Ecce-Homo” (L.?
) de Guercino de logrado convencionalismo.
El segoviano Pedro Hortigosa (1811-1870) fue discípulo de Vicente
López. También, como la mayoría de sus compañeros,
grabó a Murillo versionando pinturas como “Santo Tomás
de Villanueva” o “San Antonio de Padua”. Una bien empapada
en sensibilidad romántica “Mater Dolorosa” (1836) (L.?),
bajo la dirección de Manuel Esquivel, reinterpreta otro lienzo
original de Murillo.
Eugenio Lemus, santanderino de Torrelavega, tendrá una premiada
versión de “Dolorosa” tizianesca (1871). “La
visión de San Pedro Nolasco”, célebre cuadro de Zurbarán,
será en estampa también obra suya. Con el acertado “Entierro
de San Lorenzo” (1881) sobre cuadro de Vera, revela gustosa pleitesía
hacia el simbolismo naciente.
Domingo Martínez Aparici (1822-1898) grabará una “Virgen”
de Rafael durante su estancia de ampliación de estudios en París
(1850). También de su etapa parisina es “Jesús en
el castillo de Emmaús” sobre original de Tiziano. Este valenciano
fue profesor de grabado de la Real de San Fernando y dejó en la
Academia interesantes versiones de obras de Murillo, como una “Concepción”
(1859).
Francisco Montaner y Munera (1743-1805), mallorquín, fue discípulo
de Palomino. Para la Compañía grabará al sempiterno
Murillo en “La aparición de la Santísima Virgen a
San Bernardo”.
José Roselló (+ 1871), mallorquín igualmente como
el anterior, grabará obras de Luis de Morales y del Greco. Realiza
un soberbio “Entierro de Cristo” (1871) basado en cuadro de
Ribera. Captar el phatos riberesco, tan afecto a las sombras expresivas,
está bien sorteado con su técnica precisa de burilada clásica.
Fernando Selma (1750-1810), otro valenciano en las filas de la Academia,
fue discípulo de Bayeu y Carmona, pensionado por el Rey. Se convertirá
en uno de los más precisos y depurados dibujantes y grabadores
a la manera europea, amplio conocedor de las técnicas. Versiona
“La Virgen del Pez” y “El Pasmo de Sicilia”, de
Rafael; “San Ildefonso recibiendo la casulla” del inefable
Murillo; “El paso del Mar Rojo” y “La salida de Jacob
de Mesopotamia”, de Lucas Jordan; “La adoración de
los pastores”, obra de su maestro Bayeu.
José Vázquez (1768-1804), nacido en Córdoba, grabó
en la Compañía un “Santiago el Menor”, (1792)
de José de Ribera, el “Descendimiento” y “Santa
Águeda” (L. ¿) del olvidado Andrea Vacaro, bajo dibujo
de León Bueno.
El imprescindible –siempre que de la Academia se trate- Manuel Salvador
Carmona (1734-1820) grabará innumerables cuadros de tema religioso.
Su hermano Juan Antonio Salvador Carmona (1740-1805), realiza una impresionante
y monumental serie de Apóstoles y Doctores de la Iglesia -56 planchas-.
José Gómez de Navía (1758-¿) graba al estilo
de lápiz unos dibujos de José López Enquídanos:
la “Colección de cabezas de asuntos devotos” (1799),
inspirados en cuadros de pintores célebres, “…en la
que se aúnan el interés del mercado por las láminas
religiosas, el interés académico por la reproducción
de cuadros y la nueva técnica de la imitación del lápiz,
tan semejante al punteado y tan cálida de trazo” .
Ramón Bayeu (1746-1793) realizó estampas sobre cuadros religiosos
de autores célebres, entre los que se encuentran obras de Guercino,
Ribera, y su propio hermano Francisco.
Valencia.
Otra Academia de Bellas Artes de indiscutible peso histórico dentro
de nuestro país es la de San Carlos de Valencia. Ya se ha podido
comprobar cómo muchos artistas valencianos trabajan entre los muros
de la Real de San Fernando y de qué manera, también, la
estampería popular valenciana disfrutaba de notable buena calidad
con respecto de la que se realizaba en otros puntos de España en
el mismo momento.
En el grabado de reproducción de obras de arte religioso, sin salir
de las fronteras del antiguo reino, destacan las estampas de Manuel Brú
(1736-1802), que copió obras de Juan de Juanes; Miguel Gamborino
y su “Vía Crucis” entresacado de original de Vicente
López; o Baltasar Talementes (1766-1805), con numerosas estampas.
Todas ellas de una notable calidad que no las hacen desmerecer si se comparan
con las realizadas en la capital madrileña.

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