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LA
SAETA POPULAR ANDALUZA Y SU PRESENCIA EN EL SIGLO XVIII
Vicente Henares
Paque
La extraordinaria experiencia de oír en vivo por
primera vez el desgarro de una Saeta hecha oración en la voz doliente
del cantaor, es asomarse a un sugerente mundo de misterio, unción,
expresividad, tradición... fenómenos convergentes que se
funden y provocan un estado de auténtica seducción. La Saeta,
a pesar de la popularidad con que goza en la actualidad y de los recientes
trabajos que sobre ella y su mundo se han realizado, sigue siendo la gran
desconocida de la Semana Santa andaluza. Es verdaderamente difícil
hacer un estudio detallado y objetivo que nos aporte noticias sobre su
origen, su momento de aparición, o los cambios que ha sufrido.
¿Cuándo surgió la Saeta popular?
¿Cuál fue la Saeta popular originaria? ¿Nacería
como creía Aguilar y Tejera la Saeta en Sevilla o surgiría
como consecuencia de la religiosidad sencilla y espontánea de nuestros
pueblos?
Preguntas hoy sin respuesta. Ya lo manifestó Manfredi
Cano “todo lo que se afirma de la Saeta, con gran empaque de seguridad,
son abstracciones”
El motivo de este artículo es el hallazgo de un
documento que, presumiblemente, supone la noticia directa más antigua
que sobre la Saeta popular se conoce, y aunque, por supuesto, no nos va
a desvelar ninguna de las incógnitas anteriormente expuestas, en
cambio, con su descubrimiento se confirman ciertas conjeturas sobre su
historia, mientras otras se refutan.
La mayor parte de los estudiosos de la historia de la
Saeta han llegado a establecer como el momento de su nacimiento en las
postrimerías del siglo XVII, pero no debemos confundir esta Saeta
originaria con la Saeta tal y como hoy la concebimos. Como manifestaba
Ramírez Palacios esta saeta no tenía en su origen un sentido
ascendente -como súplica o alabanza al Señor- o docente
-catequético-, sino impactante para la conciencia del oyente con
el fin de “despertar a los que duermen en el profundo letargo de
sus vicios”.
Todo apunta que esas primeras saetas, que serán
conocidas como penetrantes, no se cantaban en las procesiones de Semana
Santa, ni sus letras referían la Pasión del Señor
ni los Dolores de la Virgen, sino que eran unas coplas sentenciosas que
se “echaban” en esas procesiones de penitencia que con motivo
de las misiones llevadas a cabo en los pueblos por los religiosos -fundamentalmente
franciscanos y capuchinos-, buscando el arrepentimiento del pecador, como
preparación a lo que debía ser una de sus consecuencias:
una buena confesión general. Las primeras noticias que se tienen
sobre estas “coplillas sentenciosas y fervientes, encaminadas a
convertir al pecador extraviado” aparecen en una obra de fray Antonio
de Escaray, impresa en Sevilla en el año 1691, y titulada “Voces
del dolor nacidas de la multitud de pecado que se comenten”.
Convivían por esta misma época las llamadas
Saetas del pecado mortal que según Mas y Prats derivaban de las
coplas de las novenas de ánimas y eran cantadas en sus misiones
por los hermanos de la Real Congregación de Cristo Coronado de
Espinas y María Santísima de la Esperanza, que tanto auge
adquirió en la Sevilla del siglo XVIII e incluso XIX. Según
rezaba en sus constituciones “...van dos o más hermanos eclesiásticos
diciendo en voz alta las jaculatorias o saetas”, pidiendo al mismo
tiempo por la conversión de los que estaban en pecado mortal.
Como podemos ver, el termino Saeta se encuentra ya aplicado
en el siglo XVII y XVIII a las letrillas que se cantaban bajo la denominación
de saetas penetrantes, saetas del pecado mortal y Cristo coronado de espinas.
Pero, como dijera Aguilar Tejera: “llega un momento
en que la saeta primitiva se emancipa, rompe los lazos de su procedencia
que las unieron a los dramas sacros, olvida sus orígenes moriscos,
si llegó a tenerlos, deja de ser exclusiva de misiones y prácticas
devotas y volando con alas propias, adquiriendo forma independiente, vuela
a labios del pueblo para convertirse en expresión del sentir popular
al paso de las imágenes de Semana Santa”
De nuevo sucedió el prodigioso fenómeno.
El pueblo devoto, una vez más, había adquirido una práctica
religiosa exclusiva del clero, claro recurso pastoral de adoctrinamiento,
e imprimiéndole su original huella la transforma en expresión
viva de religiosidad devocional y popular. Había nacido la Saeta
popular, la Saeta afectiva, la Saeta que es cantada desde el balcón
o la acera a las imágenes de Cristo y de María.
¿Cuándo sucede este portento? La historia
de la Saeta en general y de la Saeta popular en particular está
llena de contradicciones, enigmas y ambigüedades; no obstante, la
mayor parte de los estudiosos de esta última señalaban hasta
ahora los años centrales del siglo XIX como el momento de su nacimiento.
Hagamos un breve repaso por los testimonios de varios
de los investigadores que se han aventurado en brindarnos alguna reseña
sobre su establecimiento. Comencemos por Aguilar y Tejera, que nos ofrece
el dato nada esperanzador y un tanto ambiguo de que “La Saeta, tal
como hoy la conocemos, nace en Sevilla, y coincide su florecimiento con
el de las cofradías sevillanas”, basando seguramente su argumentación
en la magnificencia y riqueza de la Semana Santa sevillana.
Fray Diego de Valencia, que promulgaba que la Saeta
popular “comenzó a cantarse después de la exclaustración
de los religiosos, a hurtadillas desde el rincón de un zaguán,
desde una ventana o en la calle solitaria”, es más preciso
y aporta como fecha aproximada de su florecimiento el periodo comprendido
entre 1835 y 1854.
“Respecto a la fecha que empezaron a cantarse en las cofradías
como ahora se hace, por lo dicho se verá que es poco menos que
imposible indicarla con certeza. Tampoco es necesario; es cuestión
de pocos años, que no altera la esencia de lo que tratamos de averiguar.
No creo aventurado afirmar que ni fue antes del año 1835 ni después
de 1854. No antes del 1835 pues ya queda dicho que en esta fecha misionaban
todavía los religiosos. Tampoco después de 1854, porque
en Valencina se cantaban antes de 1855...”
Igualmente, poco difiere de esta idea el gran versado de la Saeta López
Fernández, que nos señalará los años centrales
de esta misma centuria como los de su nacimiento; pues, aunque manifiesta
que “...la saeta de Semana Santa nace como consecuencia, o mejor
dicho como respuesta a una necesidad que tienen las hermandades de penitencia
en el siglo XVIII”, se refiere en esta afirmación, a las
conocidas como Saetas narrativas y/o explicativas, que eran cantadas por
los mismos cofrades. Sobre la Saeta afectiva o popular, esa que es cantada
por el pueblo devoto, manifestaba:
“Derivada de estas saetas narrativas y explicativas, surge, casi
mediado el siglo XIX, la saeta afectiva, cantada, no ya por el nazareno
o hermano, sino por el pueblo anónimo, espontánea, desde
la casa o el balcón, la calle o la iglesia.”
Este mismo erudito de la Saeta, con clara influencia valencinista, afirmaba
años más tarde:
“En principio estas saetas fueron sencillas pero con melodía,
eso sí, sin grandes dificultades para cantarlas. Este proceso o
evolución, parece ser sucede, al final del primer tercio del siglo
pasado (XIX), cuando los actos misionales desaparecen de la escena, coincidiendo
con la grave crisis que sobrecae en las órdenes religiosas. Entonces
el pueblo, espontáneamente e individualmente, comienza a expresar
sus sentimientos religiosos, cantando saetas en la calle al paso de las
imágenes.”
En síntesis pues, tras este recorrido por diversas opiniones de
diferentes investigadores, posiblemente de los que más han ahondado
en sus entresijos, se puede comprobar como buena parte de éstos,
que de alguna manera han pretendido escudriñar en las raíces
de la Saeta popular, han sido coincidentes en que su nacimiento tuvo lugar,
como ya mencionamos con anterioridad, en torno a la mitad de la decimonónica
centuria, momento coincidente con las primeras noticias que hasta hoy
se conocían de este fenómeno cultural y religioso.
Sin embargo, fruto de nuestras investigaciones realizadas
en la localidad de Marchena, ha aparecido recientemente un documento que
consiste en la copia de una nota remitida al Consejo de Castilla en el
año 1794 que, no obstante, y según consta en la declaración,
había sido escrita tiempo atrás pero debido a la muerte
del que fuera su Rector Pedro López Becerra se demoró su
envío sin remedio. A través de ella los cofrades de la hermandad
de Jesús Nazareno de esta localidad rogaban al Real Consejo que
se les permitiera “...salir en público el Viernes Santo por
la mañana con las caras cubiertas con tal que esta haya de ser
en la procesión y que en ella se observe la Rl cédula de
1777, para que no se permitan disciplinantes ni empalados, ni otros espectáculos
semejantes lo qe parece dever entenderse con cruces acuestas, cadenas
en los pies o liadas en el cuerpo, y otras cuales penitencias públicas...”;
manifestando además que “...aunque hasta de presente ha llevado
silencio y devoción dicha hermandad, para que esta se aumente,
se prohíba el que ninguna Persona cante saetas ni coplas, pues
siendo mucho de los que cantan gentes rústicas, quitan la devoción.”
Importante esta última afirmación, pues
evidencia que ya era el propio pueblo, los propios espectadores, los que
entonaban sus letrillas o coplas piadosas al paso de las procesiones en
los días santos. Aunque desconocemos si se practicaba o no por
este tiempo en las capitales andaluzas el canto de la Saeta popular, este
descubrimiento prueba que en la última década del siglo
XVIII ya se entonaba en sus pueblos, y su práctica estaba bastante
extendida, tanto, que había sufrido una deformación tal
que eran las propias hermandades las que deseaban que se prohibiera su
canto, claro síntoma de que estas coplillas eran un elemento más
de aquella Semana Santa desde bastante antes.
Estas Saetas populares eran cantadas por gente llana.
Su difusión había alcanzado ya a todos los estamentos sociales,
incluso los más bajos, de escasa o nula ilustración; “gente
rústica” los denominaba el escrito objeto de este trabajo.
Eran en su interpretación composiciones sencillas y un tanto monótonas,
circunstancia que provocó, según Reina Gómez, que
a principios del siglo XX cayeran en desuso, comenzando a ser un cante
decadente; poderoso condicionante para la profunda transformación
que posteriormente le otorgaron los profesionales y aficionados del cante
flamenco.
Para finalizar y a modo de conclusión, hagamos
un breve repaso por varias de las consideraciones que nos proporciona
la lectura y estudio de este documento:
- En primer lugar, el nacimiento del canto de la Saeta
Popular, que hasta ahora era señalado por la mayor parte de los
estudiosos del tema en el ecuador de la decimonónica centuria se
retrotrae, al menos, hasta la segunda mitad del siglo anterior; descartándose
por tanto esa idea de incoexistencia de ésta con las saetas penetrantes
o jaculatorias fraileras, pues a tenor de este escrito se constata que
convivieron, al menos, durante medio siglo.
- Cada vez es más evidente la teoría, pues
con este hallazgo también se consolida, defendida por varios de
sus más notables investigadores, de que la Saeta popular fue una
concepción materializada en los pueblos andaluces, no en la capital
hispalense, y que posteriormente -posiblemente mediado el siglo XIX- fue
importada a ciudades como Sevilla, Málaga o Granada, donde adquirió
fama y renombre universal. Ojeando algunas de las noticias que aparecen
recogidas en el magnífico trabajo de recopilación e investigación
de Ortiz Nuevo se puede advertir esa idea de creación provinciana
que reinaba en la Sevilla decimonónica sobre esta copla, considerada
entonces, según palabras de este mismo autor, “horrorosa
y vulgar criatura de catetos incultos, excrecencia de villorrios y aldeas...”,
además -según un periódico de la época-, de
“tétricas y desentonadas”.
- Ya en el siglo XVIII era palpable esa idea de animadversión
o desprecio por un sector de la sociedad, potencialmente de sus capas
más ilustradas, hacia la Saeta popular, derivada seguramente de
sus desviaciones, abusos y sucedáneos, consecuencia lógica
de su popularidad; circunstancia que arrastrará durante buena parte
de su devenir existencial, y que tocaría su punto más alto
-prohibiéndose incluso su canto por autoridades locales - en el
periodo comprendido entre los años 1860 y 1880, a partir del cual
se vislumbrará un claro interés derivado de la defensa a
ultranza llevada a cabo por doctos folcloristas andaluces e ilustrados
de la época romántica, que, justo es decirlo, se mostraban
igualmente críticos sobre esa tendencia deformadora llevada a cabo
-como manifestaba Sbarbi- por “algunos hombres impíos, o,
cuando menos, que pretenden echarla de graciosos contra la voluntad de
Dios, al prorrumpir en eso que impropiamente llaman saetas haciendo una
mezcla monstruosa de lo sagrado con lo profano, hasta el extremo de rayar
a veces en chavacanería e imprudencia, cuando no en blasfemia...”
A partir de este hallazgo la panorámica de su situación
histórica ha cambiado notablemente. Esta nueva aportación
ayudará, sin duda, a cubrir ese bache que existe actualmente sobre
la historia de la Saeta primitiva y popular, ese canto que antecedió
a la actual Saeta flamenca que hoy conocemos, y a la que Muñoz
y Pavón no dudó en definir como la “Passio Domini
nostri Jesuchisti secundum populum”.
BIBLIOTECA
.- AGUILAR TEJERA, Agustín: “Saetas populares”.
Madrid 1928. p. 21. Nueva edición, Sevilla 1998. p. 52.
.- MANFREDI CANO, Domingo: “Cantes y Bailes flamencos”, en
Guía Everest. León 1983. p. 83.
.- RAMÍREZ PALACIOS, Antonio: “Don Antonio de Vargas, impulsor
de la difusión de la Saeta”, en “Revista Semana Santa,
1990”. Marchena 1990. s. p.
.- “Ordenanzas de la Congregación de Christo coronado de
Espinas y María Santísima de la Esperanza y Santo zelo de
la salud de las almas...”. Sevilla 1789. s. p.; “Ordenanzas
de la real Congregación de Cristo Coronado...”, Sevilla 1828.
p. 84. En adelante se citará por esta última edición.
.- ARREBOLA SÁNCHEZ, Alfredo: “La Saeta. El cante hecho oración”.
Málaga 1995. p. 79.
.- Así las denomina José María Sbarbi Osuna en su
carta, fechada en Madrid a 6 de marzo de 1880, a Antonio Machado y Álvarez
(Demófilo), publicada en “La Enciclopedia”, Sevilla,
3ª época, nº. 5. 6 marzo 1880.
.- En esta obra se puede leer: “...Mis Hermanos, los reverendos
Padres del convento de Nuestro Padre San Francisco todos los meses del
año, el domingo de cuerda, por la tarde, hacen misión, bajando
la comunidad a andar el Vía crucis con sogas y coronas de espinas,
y entre paso y paso cantaban saetas...”.
.- MAS Y PRATS, Benito, en “El Progreso”, 2 abril 1896.
.- “Ordenanzas...” p. 84.
.- AGUILAR TEJERA, Agustín: “Saetas populares”. Madrid
1928. p. 21. Nueva edición, Sevilla 1998. p. 52.
.- DE VALENCINA, Fray Diego: “Historia documentada de la Saeta,
su origen y desarrollo hasta nuestros días. Los Campanilleros y
el rosario de la Aurora”. Sevilla 1947. p.22. Nos hemos tomado la
libertad de alterar el orden de la frase para incorporarla al párrafo.
.- Ibídem. p. 21.
.- LOPEZ FERNÁNDEZ, Rafael: “La Saeta”. Colección
Cosas de Sevilla. Sevilla 1981. p. 31.
.- Ibídem. p. 59.
.- LOPEZ FERNÁNDEZ, Rafael. Introducción a la obra: “La
Saeta”. Sevilla 1998. p. 20.
.- Archivo Municipal de Marchena. Libros de Gobierno. Sig. 86. s.f. Año
1794. Publicado con anterioridad en: HENARES PAQUE, Vicente: “Notas
sobre la fundación y primeros años de la hermandad de Ntro.
Padre Jesús Nazareno”, en “Revista Semana Santa, 2001”.
Marchena 2001. p. 11.
.- REINA GOMEZ, Antonio: “Sevilla y la Saeta flamenca”, en:
“Sevilla penitente”. Sevilla 1995. t. III. p. 153.
- ORTIZ NUEVO, José Luis: “Quien me presta una escalera.
Origen y noticias de Saetas y Campanilleros en el siglo XIX”. Sevilla
1997.
.- Ibídem. p.173.
.- En “El Porvenir”, 17 de marzo de 1863. Publicado con anterioridad
en: ORTIZ NUEVO, José Luis: opus cit. p. 32.
.- Carta de José María Sbarbi Osuna a Antonio Machado y
Álvarez, fechada en Madrid a 6 de marzo de 1880 y publicada en
“La Enciclopedia”, Sevilla, 3ª época, nº.
5, 6 marzo 1880.

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