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ARQUITECTURA
EFÍMERA EN EL SIGLO XVIII
Mª Ángeles
Alonso Cabrera
Lda. Historia del Arte
1-Definición de Arquitectura efímera.
Según la Real Academia Española de la Lengua
lo efímero es algo pasajero, de corta duración, o lo que tiene
duración de un día. Es inevitable, por tanto, el relacionar
lo efímero con un concepto temporal que, en el caso de la arquitectura,
dependiendo de su uso, también puede tenerlo.
Normalmente se hacían con materiales pobres como lienzo, madera o cartón
y después se decoraban con jarrones, esculturas, candelabros o cortinas.
Finalizada la fiesta también acababa la vida del monumento efímero
que era desmontado y sus piezas, vendidas. No siempre ocurría así
y, en ocasiones, se guardaba la obra desmontada para reutilizarla en otra
ocasión.
Aunque en la mayoría de los casos para la compresión de esta
arquitectura hay que basarse en descripciones, no siempre sucede así,
debido a grabados o dibujos de la época.
En el texto que nos ocupa se tratará de explicar la relación
de la arquitectura con lo efímero a través de dos frentes: la
muerte y la fiesta.
2-La muerte como celebración. Catafalcos funerarios.
La conmemoración de la muerte de reyes y reinas ha
sido una constante durante toda la historia de la monarquía en España
y siempre ha estado unida al estilo artístico que imperase en la época.
Por tanto, los cambios se hacen evidentes con el paso de los siglos, encontrando
sus más claros y elevados ejemplos con la llegada del siglo XVI. Durante
dos siglos el modelo más continuado es el de baldaquino, aunque también
el de catafalco piramidal de varios pisos. En el siglo XVIII este tipo de
arquitectura efímera alcanzaría su mayor esplendor y grandeza,
formando monumentos de gran tamaño y con una decoración desmedida.
La historia de los catafalcos o túmulos funerarios procede de muy antiguo,
pues ya Homero relata cómo una pira funeraria le fue levantada por
Aquiles a Patroclo. Esta práctica se extendió tanto que Platón,
en la República, recomienda sencillez en su construcción tanto
en el monumento como en los epitafios. La iglesia se sirvió de este
ritual pagano pero, como la cremación estaba prohibida, sólo
erigían el monumento como representación y después lo
desmontaban (1).
Lo cierto es que la muerte de un rey no conllevaba sólo
la construcción de un catafalco, con lo que seguiremos más adelante,
sino que estaba rodeado de todo un protocolo y una escenografía para
nada desdeñable. En primer lugar se promulgan bandos para que la gente
conozca lo sucedido, tras lo que el repique de campanas se hace incesante
durante veinticuatro horas. A continuación se designan comisarios para
que contraten a los escultores y pintores que llevarán a cabo los túmulos
y por último, se fechan los días en los que se celebrarán
las honras por el fallecido (2).
Habría que hacerse una idea del gran grupo de personas que debían
llegar a todas las provincias del país para dar el aviso de la muerte
y la rapidez con las que había que comenzar los preparativos (por parte
del Ayuntamiento y el cabildo catedralicio como promotores) pues, una vez
fallecido el rey, se daba un plazo de entre uno y tres meses para que comenzasen
las honras fúnebres (3).
Al llegar este momento, la procesión (todos de riguroso luto hasta
que en la Ilustración se le comience a dar menos importancia) se sucede
por las distintas calles hasta llegar a los puntos donde se ha colocado el
catafalco (iglesias o catedrales, por lo general) donde se procede a realizas
los ritos funerarios.
Una vez en el templo todo sigue un rígido protocolo en el que se ha
estipulado dónde deben sentarse las autoridades dependiendo de su rango.
En este ambiente la decoración se hace muy importante y proliferan
colgaduras negras de damasco y terciopelo, así como medallones, cornucopias
con luces, escudos, jeroglíficos, etc (4). Muchos de estos elementos
desaparecerán con la llegada de las ideas ilustradas, reduciéndose
la decoración a cortinajes negros que no llegan a hacer desaparecer
la luz por completo, como sí ocurría en pleno apogeo del Barroco
(5).
Pero, sin duda alguna, el protagonista en todo este teatro
será el catafalco porque, además de engrandecer la figura del
monarca y dejar patente la importancia de su persona, en lo decorativo era
aquello que reunía mayor número de elementos. Eran construidos
con materiales perecederos aunque imitaban a la perfección a alabastros
y mármoles. Alrededor del catafalco se colocaban una serie de símbolos
de poder y muerte que con el paso de los años a lo largo del siglo
XVIII fueron variando inexorablemente.
Qué duda cabe de lo imprescindible de un esqueleto en un catafalco
del Barroco. Ya antes de la llegada de los Borbones a España, con los
Austrias, se verán ejemplos de catafalcos donde la figura del esqueleto
con la guadaña centra la imagen visual del mismo. Es el caso del que
fue erigido en Madrid para Felipe IV, en 1665, de 59 pies de altura, donde
se observan calaveras en el centro de las columnas del primer piso, una guadaña
en el centro del primer piso y otra calavera en lo alto del frontón
del mismo.
Otros símbolos recurrentes son el reloj, que marca el tiempo que queda
hasta la llegada de la muerte, o la doble corona, reflejo de la temporalidad
y, a la vez, de la eternidad del rey. En el caso de los leones se manifiestan
las empresas heroicas que el monarca ha llevado a cabo (6).
También encontramos en algunos catafalcos una serie de esculturas que
pretenden engrandecer la figura del monarca como en el caso de Felipe V, donde
es la fama la que aparece en la parte superior del monumento.
Muchos de estos elementos se repetirán y aún surgirán
otros distintos en los catafalcos de todos los borbones hasta la llegada de
Carlos III, con el que los postulados de la Ilustración llegarán
a reflejarse también a la hora de su muerte.
Aquí hay que hacer una pequeña aclaración pues, si bien
Carlos III siguió firmemente las ideas ilustradas, éstos, más
prácticos, no creían en la necesidad de unos monumentos tan
costosos y perecederos como los catafalcos; y fue su hijo, Carlos IV el que
organizó los funerales con una pompa que su padre no hubiese deseado.
Aún así, se puede observar un muy significativo cambio: el del
paso del túmulo como templete al del estilo obelisco.
Son varios los catafalcos de este monarca que en grabados se conservan, siendo
unos de los más interesantes el que hizo el ayuntamiento de Sevilla.
En él se entremezclan las virtudes cristianas con las virtudes sociales
del monarca: apoyo al misterio de la Inmaculada Concepción y la Creación
de la Orden de Carlos III, la protección a las artes y a las letras,
la colaboración en la pacificación de las potencias europeas,
y el amparo del comercio y la felicidad pública (7).
Incluso en Roma se llegó a realizar un túmulo por Carlos III,
de formas claramente ilustradas, pues parece que estemos ante un templo griego.
El caso de Granada en cuanto a la arquitectura efímera funeraria de
Carlos III es digno de una mención particular. En esta ciudad la fuerte
tradición real hizo que hubiese dos emplazamientos para la celebración
de las honras fúnebres: la Capilla Real y la Capilla Mayor de la Catedral.
Es evidente el alto coste que esto supondría para la ciudad, por lo
que se propuso la solución de crear “una tumba de tamaño
proporcionado a la que anualmente ha servido para las honras de los señores
Reyes Católicos …y se dispusiesen dos paños ricos con
que cubrirla” (8) .
Los cambios comenzados por Carlos III se seguirán acentuando en las
monarquías sucesivas, como la de Fernando VII. A pesar de que el pueblo
parecía haber olvidado la etiqueta en lo que a funerales se refiere,
este rey tuvo un sepelio lleno de suntuosidad. Esto se puede observar en el
túmulo que le fue levantado en el monasterio de San Jerónimo,
de claras líneas góticas, sin pertenecer a ningún prototipo
determinado; o en el de San Isidro el Real.
3-Arquitectura Efímera en la Fiesta.
Aunque se pueda pensar que con la muerte acaba todo, en el
siglo XVIII se puede ver cómo se suceden una serie de acontecimientos
que dejarán claro que esto no es cierto. Ya hemos visto el gran entramado
que se monta tras el fallecimiento de un rey y a continuación veremos
cómo, poco tiempo después, se lleva a cabo una gran fiesta:
la aclamación por el nuevo monarca.
En esta ocasión, las celebraciones se realizan en la calle casi por
completo, donde toda la sociedad participa activamente. La gente engalanaba
sus balcones para recibir a la comitiva, que tenía un recorrido fijado
hasta llegar a la plaza donde se hubiese levantado el monumento en honor al
monarca. Allí los ciudadanos se disputaban las monedas que los altos
cargos del ayuntamiento lanzaban y era allí donde podían beber
y divertirse.
Esto no quiere decir que todo el pueblo esperase con ansia este tipo de fiestas
ya que suponían unos gastos enormes. En el siglo XVIII la fiesta no
es sólo una manifestación de poder, sino que es una imposición.
Un claro ejemplo de ello es la obligación que tenían los ciudadanos
de encender luminarias (pagándolas de su bolsillo), mientras que a
los cargos importantes se los pagaba el Ayuntamiento.
En todas las fiestas y también en los funerales, hay
un elemento que se relaciona claramente: el tañer de las campanas.
Además de anunciar los oficios diarios de misa, proclamaban el nacimiento
o la muerte de un monarca. En el caso de Granada había tres torres
en las que las campanas tenían una mayor importancia: las de la catedral
(para momentos de mayor solemnidad), las de la Torre de la Vela o las de conventos
como el de Nuestra Señora Gracia.
Continuando en el ámbito de lo sonoro, la artillería de los
cañones de la Alhambra también se utilizará como sistema
de aviso de un nacimiento o una defunción (9).
Evidentemente, el arte tenía una importancia capital,
como veremos a continuación, porque todo este tipo de fiestas lleva
unida una maquinaria de arquitectura efímera.
3.1-Proclamaciones reales.
Motivo de festejo era, sin duda el hecho de que fuese proclamado
un nuevo rey. Son las “publicaciones”, descritas por un pregonero
y un escribano las que hacen que el pueblo sepa lo que va a suceder. Dichas
“publicaciones” pueden ser más o menos ostentosas, dependiendo
del nivel de importancia de lo informado, siendo acompañadas de clarines
y timbales si la ocasión era muy especial (19).
En 1746 comenzó el reinado de Fernando VI y en Sevilla se vivió
con auténtico fervor el festejo, como se puede ver en los ocho lienzos
del Museo de Bellas Artes de Sevilla, obras de Domingo Martínez.
Dichos festejos fueron promulgados por la Real Fábrica de Tabacos de
Sevilla y se llevaron a cabo entre la Plaza de San Francisco, la primera proclamación;
y en el Patio de Banderas del Real Alcázar, la segunda. En ambas, las
fachadas de los edificios más emblemáticos, como el Ayuntamiento
o la Real Audiencia fueron decoradas por tejidos.
A lo largo del recorrido también se sucedían una serie de arcos
de triunfo financiados por gremios, como el de los sombrereros o el de los
plateros. De este último se han encontrado descripciones que cuentan
que tenía planta ochavada, obeliscos y una profusa decoración
en plata y de tejidos de seda de colores. Tenía una decoración
típicamente barroca, con gran recargamiento por todos los espejos,
jarrones y cartelas que llevaba. Como nota curiosa, en el momento de la proclamación,
mientras ondeaba el pendón real, fueron soltados pajarillos que llevaban
al cuello medallas de plata con el nombre de Fernando VI, otra muestra de
arquitectura efímera.
En los días sucesivos seguiría la fiesta, esta vez por medio
de una gran Máscara formada por carros que tenían una iconografía
distinta entre sí. De este modo encontramos el Carro del Pregón,
el Carro de la Común Alegría, el Carro del Fuego, el del Aire,
el del Agua o el de la Tierra. Todas llevaban alegorías y jeroglíficos
que aludían al Monarca, a sus Súbditos y al deseo de un reinado
feliz (11).
Como se puede observar, toda esta masiva decoración servirá
para ver mejor los cambios que llegaron con Carlos III pues si bien, como
es normal, se le realizaron proclamaciones por el inicio de su reinado, la
arquitectura efímera que veremos se ceñirá más
a los gustos de la Ilustración.
3.2-Entrada triunfal del monarca.
Tras la proclamación del rey se establecía
un recorrido que se debería hacer por las principales ciudades del
reino. En esta fiesta la arquitectura efímera alcanzó grandes
dimensiones gracias a la construcción de arcos de triunfo, si bien
esta tradición viene de muy lejos, pues ya en Roma se construían,
aunque con carácter estable, dándole al emperador fama y gloria.
Uno de estos arcos que mejor documentado ha llegado hasta nuestros días
es el que se proyectó para la gloria de Carlos III. Como ya se ha dicho
con anterioridad, este monarca fue el gran impulsor de las ideas ilustradas,
reflejo de lo cual es este arco de triunfo. Aunque nunca se llegó a
realizar y, en realidad fue proyectado para ejecutarse de un modo estable,
nos sirve para ver la tipología de arcos de triunfo durante la Ilustración.
Del mismo modo, queda patente el hecho de que las órdenes dadas por
la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando acerca del nuevo estilo servían
tanto para la arquitectura fija como para la efímera.
Fue realizado por Juan Pedro Arnal, arquitecto que nació en Madrid
pero que estudió en Toulouse, por lo que el arte llevado a cabo en
Francia durante la Ilustración caló muy hondo en él.
Su gusto por el ornato, diferente a los de muchos académicos de San
Fernando hizo que no tuviese éxito cuando llegó a Madrid (12).
A pesar de que los actos de proclamación estaban centrados
en la capital de España, a todas las provincias llegaba el poder de
los reyes y sus consecuentes festejos. En Valencia, con ocasión de
la proclamación de Carlos III se lleva a cabo todo el ritual: se encienden
luminarias generales, se engalanan las calles y se tremola el pendón
y se lleva a cabo la Real Proclamación.
Carlos Francia fue el artífice del arco triunfal que se levantó
en esta ocasión. Se puede ver cómo el estilo barroco seguía
imperando en la decoración, puesto que es mucha la que hay en este
arco. La Prudencia, la Fortaleza, la Justicia y la Templanza aparecen representadas
aquí, así como la Fama y una escultura ecuestre del rey.
De esta celebración se conocen exhaustivamente los altares que diversas
entidades levantaron en honor de Carlos III. Entre ellas se encuentra el del
Colegio de Boticarios, el del Colegio de Plateros, el del Colegio de los Cirujanos
y los de los diversos gremios (pescadores, tintoreros, horneros, etc (13).
También con ocasión de la proclamación de Carlos III
se producen una serie de fiestas en Madrid. La principal preocupación
que se da aquí es la de hacer olvidar el Madrid de los Austrias y hacer
otros recorridos que, principalmente, pasen por los lugares más emblemáticos
de la nueva corona. En el caso de Carlos III, las fiestas que se llevan a
cabo durante su reinado recorren los monumentos con los que se quería
dar un cambio de estilo artístico, es decir, los monumentos del Neoclasicismo.
Aunque la proclamación del rey se diese en 1759, su entrada se produciría
el 13 de junio de 1760 y para tal ocasión se levantaron multitud de
arcos de triunfo en los que se mezclaba el gusto rococó con el historicismo
toscano y el chinesco, todo de Ventura Rodríguez. Se refleja así
la circunstancia de que el arquitecto quería, poco a poco, ir dejando
atrás el la decoración barroca, tan recargada, para dejar paso
a la vuelta del clasicismo.
Durante el reinado de Carlos III serán varias las
fiestas que se realicen y servirán para ver el desarrollo que sufre
la arquitectura efímera con las nuevas ideas ilustradas. Por ejemplo,
en 1765 se casaron el Príncipe de Asturias y la Princesa de Parma.
También para este tipo de celebraciones se dispuso una comitiva Real
que recorrió Madrid y fue transcurriendo entre grandes demostraciones
de arquitectura efímera, en este caso hechas por Sabatini.
En este caso, lo que se quiere conmemorar son los edificios públicos
que el rey había empezado a construir, como el Hospital General o la
Casa de Correos. También la decoración varía y se suceden
arcos, templos, fuentes y pirámides que pretenden hacer olvidar el
ideal barroco.
En 1784 hubo varias causas para las celebraciones: el nacimiento
de los infantes Carlos y Felipe, la Paz con Inglaterra y la expedición
contra Argel. Por estos motivos se puso en marcha otra vez el engranaje festivo
del Madrid de Carlos III en el que los balcones y los frontispicios fueron
nuevamente decorados por los vecinos.
Es en esta época en la que mejor se puede ver la lucha de los aristócratas
por tener la mejor decoración en las fachadas de sus casas, congraciándose
con el Gobierno, como la casa del Duque de Híjar y la del Marqués
de Cogollado, ambas con estatuas, medallones y escudos representativos de
la paz y la alegría por el nacimiento de los infantes (14).
Si bien Carlos III fue prolífico en fiestas y acogidas
populares, también son varias las que encontramos por parte de su sucesor.
Una de ellas forma parte de un viaje a Nápoles que realizó junto
con toda su familia y que le llevó a recorrer Zaragoza, Barcelona,
Cartagena y Valencia. En esta última ciudad se le preparó una
gran acogida, concentrándose el grueso de la fiesta en la plaza de
la Virgen y la Lonja de los Canónigos. Esta última fue grandiosamente
decorada por Gaspar Gregori con tres arquerías superpuestas y sin ornamentación
donde se colocaron luminarias pareadas. Algo que llama mucho la atención
son las esculturas alegóricas que se colocaron: la Religión
y las cuatro Virtudes Cardinales, que se alternaban con jarrones y trofeos.
Pero, sin duda, lo que más tuvo que sorprender a los valencianos de
la época es la increíble cantidad de luminarias que se encendieron.
Según un escrito de la época: “En esta iluminación
se vieron arder quince mil luces: con la inteligencia, que á pesar
de los furiosos vientos que se experimentaron en aquellas noches, se sostuvo
la iluminación, y se logró la mayor satisfacción y lucimiento.”
(15)
3.3-Fiestas religiosas.
A pesar de tener este título, es muy difícil separar lo que
es la fiesta religiosa y la profana, puesto que en muchos se suceden, confundiéndose
a veces. Este es el caso de la procesión del Corpus Christi, donde
aparecen elementos religiosos a la misma vez que profanos, como es la tarasca.
La gente vuelve a salir a la calle con ocasión de esta fiesta, por
lo que la ciudad al completo vuelve a ser el espacio donde se desarrolla.
Aunque es en gran parte del ámbito nacional donde se celebra, me gustaría
hacer una mención especial a Granada, de donde hay una gran documentación
y, concretamente al Corpus de 1760.
De ella existe un grabado de Francisco Pérez donde se puede ver la
dimensión que la fiesta y la arquitectura efímera toman en esta
ocasión. Así, se puede ver cómo la plaza, rectangular,
se hace cuadrada por medio de crujías de dos pisos con arcos, de cuyas
claves pendían luces, soportados por columnas. En el centro de la plaza
se alzó un impresionante baldaquino para acoger a la custodia, compuesto
por cuatro columnas salomónicas y en cuya parte superior se coloca
una escultura de la Fe. Rodeando toda esta estructura había arcos de
medio punto hechos de arrayán. Había también lienzos
pintados al temple y espejos en los que se representaban treinta y dos vírgenes:
Nuestra Señora de las Angustias, la Virgen del Rosario, la Virgen del
Carmen, la de la Merced, y un largo etcétera.
Pero no hay que pensar que era sólo en Bibarrambla donde se llevaban
a cabo los festejos, sino que, tanto en Plaza Nueva, en Pescadería
y en el Pilar del Toro se dispusieron lienzos con milagros y vírgenes.
Por otra parte, en el Corpus de 1796, durante el reinado de Carlos IV, y con
las ideas ilustradas más que sabidas vemos que poco ha cambiado con
respecto al Corpus de 1760. La plaza de Bibarrambla seguía siendo el
lugar principal de la fiesta aunque, en lugar de un altar con la custodia,
se decidió erigir una gran columna corintia, con la estatua del Salvador
como corona. Por lo demás, los lienzos y las luces seguían ocupando
un lugar principal en todo el entramado festivo (16).
Lo que sí cambia con respecto a días del Corpus anteriores es
parte de la procesión, puesto que en 1780 se hace efectiva una Real
Célula según la cual queda prohibida la presencia de danzantes
y diablillos en las iglesias por las que la comitiva pasase, por considerarlo
indecoroso (17).
BIBLIOGRAFÍA
1- PEREZ ESCOLANO, Víctor. <<Los túmulos
de Felipe II y de Margarita de Austria en la catedral de Sevilla>>,
en Rito y Fiesta: una aproximación a la arquitectura efímera
sevillana.Ed. Fidas / Coas, Sevilla, 2006. pp. 50-80.
2- ESCALERA PÉREZ, Reyes. La celebración de la muerte.
3- Idem. p.
4- VARELA, Javier. La Muerte del Rey. El ceremonial funerario de la monarquía
española (1500-1885). Turner, Madrid, 1990. p.110.
5- Idem, p.159.
6- Idem, p. 110.
7- VARELA, Javier. p. 161.
8- CRUZ CABRERA, José Policarpo. <<Catafalcos funerarios y exequias
reales en Granada en el ocaso de la Edad Moderna: la pervivencia epigonal
de un género emblemático (1789-1833)>>, en Cuadernos de
Arte. Ed. Universidad de Granada, nº 36, 2005, pp. 151-165.
9- CUESTA GARCÍA DE LEONARDO, María José. Fiesta y arquitectura
efímera en la Granada del siglo XVIII. Ed. Universidad de Granada.
Diputación provincial. 1995. pp. 20-25.
10- Idem pp. 27-30.
11- MORALES, Alfredo J. <<Imagen urbana y fiesta pública en Sevilla:
la exaltación al trono de Fernando VI>>, en Reales Sitios, nº
65, tercer trimestre de 2005, pp. 2-21.
12- SANCHO, Jose Luis, <<El “Arco triunfal a la gloria de Carlos
III” de Juan Pedro Arnal>>, en Espacio, tiempo y forma. Serie
VIII. Historia del Arte 2.,1989, pp. 287-302.
13- MELENDRERAS GIMENO, Jose Luis.<< Procalamación de Carlos
III en la ciudad de Valencia>>, en Archivo del Arte Valenciano, Valencia,
1997, pp. 223-231.
14- SAMBRICIO, Carlos. Carlos III, Alcalde de Madrid. Ed. Ayuntamiento de
Madrid, 1988. pp.575-600.
15- MINGUEZ CORNELLES, Víctor Manuel. <<Un ejemplo de arquitectura
efímera clasicista: adorno y luminarias de la Lonja de los Canónigos
de la Catedral de Valencia en 1802>>, en Archivo de Arte Valenciano,
Valencia, 1986, pp. 21-22.
16- ESCALERA PÉREZ, Reyes. La imagen de la sociedad barroca andaluza.
Estudio simbólico de las decoraciones efímeras en la fiesta
andaluza. Siglos XVII y XVIII. Ed. Universidad de Málaga y Junta de
Andalucía, 1994, pp. 11-44.
17- CUESTA GARCÍA DE LEONARDO, María José. Fiesta y Arquitectura
en la Granada del siglo XVIII. Ed. Universidad de Granada, Diputación
provincial. 1995. p. 47.

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