LA ESCENOGRAFÍA BARROCA. BERNINI: DEL CLASICISMO AL TEATRO BARROCO.
Laura
Hojman López
Licenciada en Historia del Arte.
Una de las grandes
paradojas del Barroco, es la contraposición entre fondo y forma.
El arte de la Contrarreforma, tuvo una finalidad clara: difundir los principios
de la fe católica y acabar así con el auge que habían
alcanzado los protestantes. Y he aquí la paradoja. Siendo uno de
los movimientos artísticos más estrictos en cuanto a su ideología,
llevó consigo un triunfo de la imaginación y de la artificiosidad,
que abandonó los marcos tradicionales del arte para convertirse en
una auténtica escenografía. Nacía el Arte de la Persuasión.
En uno de sus
artículos, Wittkower hacía una comparación entre Poussin
y Bernini. Normalmente se piensa en el Barroco como un periodo de formas
y emociones dramáticas, excesivas y extremas, muy alejado de la armonía
y equilibrio del arte clásico.

Pensemos en Poussin: incluido en el periodo barroco a pesar de haber vivido
en el siglo XVII. Su inclusión en este periodo se debe a su uso de
las formas expresivas del Barroco. En sus cuadros no encontramos excesos
ni emociones violentas. Lo importante y lo barroco es su sentido del drama,
su capacidad para concentrar nuestra atención en un punto dramático.
Fijémonos en su obra Et in Arcadia Ego y como sitúa estratégicamente
el punto dramático en el centro de la composición. En la obra
de Bernini encontramos ese mismo sentido de teatralidad situando ese punto
culminante en el centro de la composición con un sentido casi doloroso
de expectación.
Aparentemente,
las obras de Poussin y de Bernini no guardan relación. Poussin es
sobrio, calmado, sereno; Bernini es exagerado, efectista, voluptuoso. Sin
embargo, en esencia, ambos crean lo mismo: una puesta en escena.
Este sentido de teatralidad es heredado del mundo clásico, origen
de la disciplina de la retórica. Tendríamos así lo
que se ha llamado un “Barroco clasicista”.
Esta dicotomía que observamos entre Poussin y Bernini también
se da en arquitectura. Por ejemplo, en la arquitectura de Borromini con
sus formas quebradas y ondulantes, y en la de Bernini, sobria y clasicista.
Incluso dentro de la propia obra escultórica de Bernini hallamos
esta separación. Si comparamos su San Longinos, ejemplo de lo que
se identifica con lo “barroco”, y su Matilde de Toscana, inspirada
en una antigua figura clásica.
La significación del arte clásico para Bernini podemos verla
en su Apolo y Dafne, y la relación de este conjunto con el Apolo
del Belvedere. La relación entre ambas no fue percibida por los espectadores
contemporáneos, pero podemos afirmar con certeza que no se basa en
simples coincidencias. Así, se puede decir que uno de los trabajos
más revolucionarios de Bernini, Apolo y Dafne, está inspirado
en una escultura del manierismo clasicista. Este hecho demuestra el gusto
y la admiración de Bernini por la Antigüedad, un redescubrimiento
que vendría acompañado de un nuevo sentido del pathos y el
drama heroico.

Este gusto por
la Antigüedad sería fundamental para los profundos cambios que
acontecieron en Roma durante el siglo XVII en otras formas artísticas
como el teatro, la música, o la combinación de ambas: la ópera.
Bernini sentía una auténtica pasión por el teatro.
Escribió y actuó en diferentes obras teatrales.
El origen del teatro barroco hay que buscarlo en las obras representadas
por los alumnos de los colegios jesuitas bajo la dirección del profesor
de retórica. Tales producciones se convirtieron en una de las mayores
atracciones de Roma. Las más importantes eran Crispus y Flavia, que
incorporaban elementos de las tragedias de Séneca. Así combinaron
la tradición clásica con el pensamiento cristiano. Introdujeron
cantos y bailes entre los actos, así como rezos musicales (oratio)
por insistencia de Felipe Neri. El éxito de los jesuitas serían
las representaciones “de anima e di corpo”.
La pasión de Bernini por el teatro está muy presente en su
obra. Para Bernini, la teatralidad es “el medio donde determinados
milagros se convertían en experiencias reales”. Es decir, el
medio para hacer palpable y visible lo espiritual, inmaterial o divino.
Si pensamos en El éxtasis de Santa Teresa, lo que vemos es un auténtico
teatro, con su telón y su escena perfectamente iluminada. Es tal
su poder retórico que aún hoy nos lo creemos. Sentimos el
amor y la espiritualidad de Santa Teresa. Y tan grandioso es su efecto que
no nos planteamos que todo aquello es falso, un atrezzo. La nube de Santa
Teresa no flota, sino que está pegada a la pared, el oro no es oro,
y el rayo de luz que ilumina el milagro ni siquiera proviene del sol, sino
que es un foco eléctrico. Aun así, descubrir el truco de magia
no es nuestro cometido, sino dejarnos engañar momentáneamente
por aquel magnífico espectáculo ilusionista. La obra de Bernini
es una sombra del éxtasis real, sombra del amor divino.
Está en la virtud de cada cual el dejarse llevar por la belleza,
por el sueño, por lo que es en cuestión la finalidad del teatro,
para después descender y volver al pensamiento lógico.

"Bernini
ofreció una ópera pública, en la que diseñó
la escenografía, esculpió las estatuas, inventó la
maquinaria, compuso la música, redactó el libreto y construyó
el teatro."
John Evelyn
BIBLIOGRAFIA:
- Irving Lavin.
Bernini and the Antiquity. The Baroque Paradox. A poetical View.
- Irving Lavin. Bernini, pasado y presente.

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