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| http://www.alonsocano.tk http://perso.wanadoo.es/alonsocano1601 ISSN: 1697-2899 D.L:GR2134/2004 | |||||||
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JULIO ROMERO DE TORRES VENCE
A LA MUERTE
Ante la muerte el ser humano huye. La única cosa cierta es aniquilada de la mente. El rechazo ante la muerte, el desarraigo y el dolor por la desaparición de un ser amado es algo que va más allá del mero sentimiento de pérdida. Entra en el inconsciente del individuo, en la egoísta soledad del ego con el que medimos, cual rasero privativo, el todo que nos rodea. Y es que, al rechazar la muerte ajena se rechaza inconscientemente la propia muerte. Y este rechazo se traduce en una búsqueda inconsciente de vida. Una escapada de la realidad de la muerte -que nos obsesionaría, de no ser así, hasta la esquizofrenia monomaníaca- por los caminos de lo sustancial, de lo tangible. Para exorcizar a la muerte, para conjurarla y esquivarla psicológicamente, el individuo busca en lo opuesto. Lo aparentemente opuesto. Y se encarama, con el ansia enfermiza del naufrago, al tronco de la vida, a la raíz misma del vivir... A la carnalidad. Así, el sexo como generador de conciencia (el “yo sentido”) y, en menor forma, como generador de vida a la postre, es la resolución psicológicamente mas plausible para potenciar la conciencia de vida. El mero acto fisiológico de la sexualidad procreadora nos acerca de las entrañas mismas de la tierra fecunda. A la vida. Pero esta huida hacia lo máximo tangible (la carnalidad sensual) será un arma de doble filo. Nada hay más resuelto a mostrarnos la fugacidad de un momento que la intensidad con que lo vivimos. El “yo sentido” se desvanece con la catarata del climax. La fuerza se torna derrota de agotamiento con el golpe del orgasmo. La “muerte chica” lo llaman popularmente en la tierra de María Santísima, en la Andalucía profunda. Nuevamente la sabiduría popular desplaza psicologías y antropologías. No hay nada más cierto. Julio Romero de Torres, en su sentimiento del símbolo y la poética de su Córdoba lejana, traslada a sus lienzos el sentir de la muerte. Un sentir estructurado, amanerado en cierta medida, mitificado...hecho símbolo. Y bien es cierto que su simbolismo puede pecar de explícito y literario, pero no está exento de las sutilezas, ni tan siquiera imaginadas por él, de su inconsciente.
Julio Romero huye de la muerte y la conjura en los diversos tratamientos que de ella hace en sus obras. Al margen de lecturas excesivamente complejas y de terceras interpretaciones rocambolescas, los cuadros en que la muerte aparece de manera explícita -como protagonista que impregna el todo de la obra- dentro de sus producción son los que siguen. Estos se encuentran englobados dentro de tres grupos, uno de ellos con dos variantes, que nos muestran como ha sido tratada la muerte ( y la huida inconsciente de esta realidad) por el artista. Julio se evade de la muerte por dos caminos: el de hombre (la carnalidad, el sexo, lo epicúreo del disfrute más intenso -el sexo y la belleza- de lo que en realidad es fugaz. Todo esto impregna su obra y su biografía) y el del artista (la estilización, el refinamiento...vestir a la muerte con tintes poéticos, irreales -la realidad de la muerte es tan simple y obscena, tan desposeida de mito- ). Así, Julio Romero fundirá el tema de la muerte con sus obsesiones, sus gustos, que afloran desde el consciente y desde el inconsciente: la mujer (sexo), la Copla, los toros. Julio, en sus cuadros, se enfrenta a la muerte viéndola y tratándola como: a) Folclore (y dentro de aquí de tres formas: de manera pura; la muerte y el toreo; la visión- inexistente- real de la muerte). b) Símbolo. c) Leyenda. En la muerte como folclore encontramos cuadros como “Nuestra Señora de Andalucía” (1907), en el que al fondo de la composición aparece una escena de muerte -contrapesada por otra de romance (Eros-Thanatos)- con dos plañideras ante una tumba. Ya desde el título y observando bien el tratamiento del cuadro podemos ver que la idea de Julio es totalmente folclorista, por lo que su sentir de la muerte, al menos en este lienzo, no cabe la menor duda de que sigue esta línea depuradora.
Otro cadáver en su obra -el mismo, de hecho, que
luego reutilizará en su postrimería personalísima de
“Cante Jondo”- será el de su primer cuadro, “¡Mira
qué bonita era!” (1895), cuya temática de cierta crítica
social o cierto realismo naturalista queda tamizada Otra variante de esta muerte como folclore será la muerte y el toreo. La lucha a vida o muerte entre el hombre y la bestia. En el panel siete de su “Poema de Córdoba” (1913), al fondo, aparece el toro muerto, como en “Machaquito como la apoteosis del toreo cordobés” (1911-12), en el que también aparece el animal despanzurrado y regado por su adecuada sangre. Una muerte, dentro del folclore, disculpable. Como de mentirijillas, pero muerte al fin. Dentro de este apartado relacionado con el toreo, y de algún modo a caballo entre la muerte como folclore y la segunda forma de representarla en su obra, como símbolo, se encuentra la “Ofrenda al arte del toreo” (1929). Ahora es el hombre el que está muerto. Y se tiñe de desolación la escena. Pero es una desolación estilizada, marcadamente mitificadota y heroificadora (vuelve a burlarse de la realidad simple y vulgarmente obscena, aplastantemente fisiológica, temible). El mito del torero que da su vida por su arte. Una desolación y una muerte simbolistas. Y con esta obra entramos en el segundo apartado, la segunda
forma en que Romero de Torres refleja el tema en su producción pictórica.
En “El Pecado” (1913), la idea de lo marchitable, lo efímero inasible, la belleza de la joven, (hecho subrayado por la presencia de estas particulares parcas andaluzas), expresado simbólicamente en las rosas -una lozana, otra marchita - a los pies de la muchacha, nos acerca, irremediablemente a la idea de decrepitud...de muerte.
Y es, junto a sus diversa versiones de Salomé, la muerte leyenda entendida como asépticamente aceptada. La cabeza del Bautista no nos causa horror. Socialmente, dentro de nuestras tradiciones -y más en Andalucía- la cabeza seccionada del santo es un amigo visual que, procedente del Barroco originario, lejos de causarnos pavor o contrición adorativa, nos produce una singular sensación de familiaridad. Esta familiaridad hace el efecto contrario al pretendido en origen. En lugar de buscar la heroicidad del mártir, lo tenemos tan asumido que lo que nos atrae realmente es el verdugo. Volvemos la mirada al vicio, al turgente horror del pecado deseado. A Salomé, a su persona, a su atractivo. Adoramos más a la princesa bailarina que al santo anacoreta. Y esto es bien sabido y sabiamente utilizado por los simbolistas. Así, la muerte es una anécdota -basta fijarnos en el espacio secundario que ocupa la cabeza del Primo de Cristo con respecto a la hembra letal-. Atroz, pero anécdota al fin. Superada. De la que pasamos rápidamente -como en Santa Inés- para fijarnos en la poética de la historia (la de la virtuosa santa o la de la pecadora instigadora del homicidio).
Como en todo lo que realiza Julio Romero y como la válvula de escape de mayor lógica dentro de la psicología humana, la forma de evitar la muerte, de “vencerla”, es mediante el sexo. De ahí que sus mujeres -que rodean a la muerte o son rodeadas por ésta- sean explícitas en sus generosidades, voluptuosas, carnales, apetecibles...con ojos y miradas que invitan. Con el orgullo de la certeza en la única realidad. En la muerte. En el sexo. En la animalidad esencial de este ser que, como todos los seres de la creación, nace para morir como individuo y procrea para vencer, como especie, a la muerte.
AA. VV: Julio Romero de Torres desde la Plaza del Potro
(catálogo de la exposición celebrada en el Museo de BBAA
de Córdoba, del 20 de mayo al 30 de junio de 1994). Electa. 1994. |
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