ESTUDIO
SOBRE LA OBRA DE JULIÁN MARÍAS “LA EDUCACIÓN
SENTIMENTAL”.
Amparo Páramo Carmona
Profesora de Filosofía
INTRODUCCIÓN
Quizá
una pregunta obligada, a modo de introducción, sea la siguiente:
¿Son útiles aún las humanidades? Naturalmente,
esta pregunta inicial nos lleva a otra más radical, a cuestionarnos
el principio de utilidad, a aquella vieja discusión que retoma
Heidegger y que lo lleva a establecer la dicotomía bello/útil.
Pero ¿acaso todo cuanto hacemos debe estar marcado por el beneficio
que nos reporta? y sobre todo ¿no encontramos también
utilidad en las cosas que nos hacen felices?
La lectura
de la obra de Julián Marías disipa muchas de nuestras
dudas, sitúa las cosas en el plano que, a nuestro parecer, les
corresponde. La razón por la que hemos elegido estudiar La educación
sentimental ha sido meditar sobre una de las materias que consideramos
más decisivas en la vida humana, uno de los núcleos en
torno de los cuales se vertebra la existencia y que hace que se entienda
la historia de una manera inesperada. Aunque Marías plantea la
obra cronológicamente, como una exposición de los sentimientos
y su evolución a través de la historia, no es difícil
leer entre líneas su propia opinión al tiempo que se nos
ofrece una información valiosísima con la que se comprueba
que no hay saltos, que el curso de la historia es un devenir en el que
todo se halla encadenado y, casi, sucede necesariamente.
La figura del profesor Marías (Valladolid, 1.914) cierra una
época del pensamiento español, si bien muy conocida y
estudiada, a veces poco comprendida, que se inicia con lo que él
mismo llama Escuela de Madrid, cuyo germen estuvo en el "Instituto
de Humanidades", que fundó junto con su maestro Ortega y
Gasset. Los miembros de la Escuela (Ortega, Zambrano, Gracia, García
Morente, Zubiri, Laín...) desarrollan en forma sistemática
los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía
de la razón vital. Por este motivo, Marías ha procedido
a trazar un esquema de nuestra situación dentro de la cual aparece
la filosofía como un hacer humano y como un ingrediente de la
vida humana. La filosofía es, así, un saber a qué
atenerse respecto a la situación real. Sólo de este modo
podrá ser un hacer radical: "La filosofía -escribe
Marías- tiene la exigencia de justificarse a sí misma,
de no apoyarse en ninguna otra certidumbre, sino, por el contrario,
dar razón de la realidad misma, por debajo de sus interpretaciones
y, por tanto, también de las presuntas certidumbres que encuentro".
La filosofía es un saber radical y a la vez sistemático
y circunstancial; estos predicados parecen incompatibles entre sí,
pero no lo son cuando se tiene presente que la radicalidad, sistematicidad
y circunstancialidad de la filosofía derivan de la sistematicidad
y circunstancialidad de la vida humana. Y es eso, la vida humana, lo
que se constituye en motivo de nuestro estudio, sobre todo en su aspecto
de expresión de los sentimientos.
¿Son los sentimientos los mismos desde que aparece la humanidad?
¿Hay, por el contrario, cambios en nuestra manera de sentir y
expresar? Y si hay cambios ¿Podemos cuantificarlos, o son más
bien cambios cualitativos? Para aclarar todas estas dudas contamos con
la ayuda inestimable de la obra motivo de nuestro trabajo: La educación
sentimental de Julián Marías.
Empecemos
por aclarar lo obvio: la naturaleza humana no existe, aunque desde el
siglo XVIII se venga hablando de ella y, por supuesto, este concepto
que individualmente damos a estas dos palabras no tiene ningún
tipo de semejanza con los demás conceptos o formas de naturaleza.
En lo humano hay identidad formada. La vida natural no existe, es algo
proyectivo, imaginado, argumentado, etc. El hombre necesita interpretar
la vida, ya que esta interpretación del hombre es algo inevitable,
consustancial al mismo. Siempre vivimos con la imaginación y
por eso precisamente interpretamos la vida, para poder saber las respuestas
a las muchas preguntas que a diario se nos plantean: intentamos anticiparnos
a quienes pretendemos ser.
Lo cultural
tiene sentido de contraposición a lo natural, pero esta contraposición
carece de sentido, ya que lo natural y la naturaleza humana no existen.
Lo que interesa averiguar en primer lugar es si nos falta educación
sentimental, si hay que educar los sentimientos y la espontaneidad.
Afirma Marías que no hay contraposición entre educación
y espontaneidad, antes al
contrario, la espontaneidad debe ser también educada, pues en
caso contrario será pobre, no libre y limitada por la herencia,
no sólo biológica, sino sobre todo social ("entiendo
la educación como incremento y cultivo de la espontaneidad").
En otros tiempos, las normas de convivencia eran más estrictas
y limitaban la espontaneidad y su educación, que requiere de
dos factores: por un lado, se nutre de experiencias, imaginaciones,
exploración de lo desconocido, del mundo de la ficción,
del contacto con los otros (no sólo el otro que sea mi igual,
sino el distinto por razones de edad, de educación, de sensibilidad,
de creencia...). Por otro lado, es imprescindible hacer mención
del temple, que Marías define como "la modulación
de la manera como el hombre se encuentra en la vida, haciendo ya algo
y siendo alguien(...) Ningún temple es necesario, pero hay que
tener alguno(...) Se puede hablar también de destemple, porque
hay un temple que es el destemple". Todo lo anterior está
condicionado por la raza, el sexo y la sociedad, es decir, por la cosmovisión
que nos otorga la pertenencia a un grupo determinado en un momento concreto,
lo que lleva a Marías a afirmar que las diferentes razas humanas
muestran un predominio de ciertos temples. Y como en virtud de la condición
sexuada cada sexo se proyecta hacia el otro, es el origen de una variedad
de temples dentro de los cuales encontramos el amoroso, cuyos rasgos
capitales son el apego, que va desde el apego al despego y la efusión,
que va desde la efusión generosa a la carencia de ella. En general,
se puede tener buen o mal temple, mucho o poco, estar templado o destemplado.
Veamos como
se manifiesta lo expuesto a lo largo del tiempo.
II.
LOS MITOS Y EL AMOR.
Los mitos tienen distintas caracterizaciones en diferentes culturas.
Para nosotros, de tradición mediterránea, los mitos más
próximos son creados por Grecia y pasan posteriormente a Roma.
En las religiones griega y romana, el mito, aunque fábula, trata
de explicar la realidad, la naturaleza, el mundo que nos rodea y a veces
nos es hostil; es el paso previo a la racionalidad, a la exigencia de
método que impone el logos y, a pesar de ello, no está
exento de amor en todas sus formas: desde el amor de la diosa a la ciudad
que está bajo su advocación hasta el amor carnal que el
dios siente hacia diosas y mortales. Gracias a los mitos se logra una
personalización que de otro modo no existiría. Cada dios
tiene unas cualidades concretas; son personajes divinos identificables
con los humanos, pero distintos de éstos por un atributo propio
y exclusivo: la inmortalidad.
Los dioses
griegos y romanos son los ejemplos de los "superhombres" sin
que falte la condición sexual que los asimile a los hombres y
mujeres. Esto permite la comunicación amorosa, incluso sexual,
de dioses y diosas con mujeres y hombres.
En la mitología
hay sensualidad, castidad, amor, celos, engaño, infidelidad,
venganza, ternura, arrepentimiento... Todo un repertorio de lo que agita
o puede agitar al alma, reflejo de las virtudes y de los defectos de
los humanos en los inmortales.
Cronos o
Saturno, Zeus o Júpiter, Hera o Juno, Artemisa, Ares, Marte,
Afrodita, Hefaistos, Poseidón, Apolo, Dionisos... tienen un comportamiento
amoroso igual al de los mortales. Sabemos, por ejemplo, que Zeus, a
pesar de haber tomado por esposa a su hermana Hera, de la cual tuvo
dos hijos (Ares y Hefaistos) y una hija (Hebe) tenía por costumbre
seducir a las jovencitas atractivas que veía, tanto diosas como
mortales, con las cuales tuvo también descendencia (Hércules,
Perseo...). Y, desde luego, hay dioses y diosas encargados de todas
las manifestaciones del amor, desde las más inocentes a las más
carnales, cuyo ambular por el mundo nos ha sido dado a conocer no sólo
por la tradición mitológica, sino también por la
obra de filósofos ya instalados en el periodo de mayor esplendor
del logos. Platón, en su obra "El Banquete" narra el
nacimiento de Eros como consecuencia del encuentro entre Poros y Penia,
la Abundancia y la Escasez, es decir, los dos extremos de los cuales
es definición el amor y entre los que oscila permanentemente.
Esto significa que, desde el momento en que aparece la tradición
escrita, el amor se constituye en uno de los temas clave, en uno de
los motores que mueven el mundo, L'amore qui muove il sole e le altre
stelle, en palabras del Dante.
III.
EL AMOR EN LA LITERATURA. LA AMISTAD.
Se entiende por amor la atracción entre hombre y mujer. Es un
fenómeno universal gracias al cual existe la humanidad debido
a su carácter sexuado, es decir, a la necesidad de la mujer por
el hombre y viceversa.
El amor
tiene una condición privada recóndita, rara vez manifiesta.
Todas las veces que se ha querido ir en contra de esto, el resultado
ha sido una debilitación del amor o su sustitución por
otras cosas; por eso sabemos poco de su realidad, aparte de la experiencia
personal, siempre muy limitada.
Hay en la
interpretación dominante de Grecia la idea muy arraigada de que
la mujer era doméstica y vulgar, buena para la procreación
y la familia, y el "amor" era asunto masculino, pues sólo
es posible que se dé una situación de enamoramiento entre
iguales y la mujer es inferior. Sin embargo, si contemplamos el aspecto
cuantitativo, el volumen del amor entre hombres y mujeres es inmensamente
mayor; por supuesto en la mitología y también en la literatura.
En los círculos más poderosos tanto económica como
culturalmente de algunas polis griegas, los hombres sienten como una
rémora la limitación de la mujer, demasiado limitada al
ámbito de lo doméstico, escasamente cultivada y con la
que no se podía tratar sobre muchas cosas. Curiosamente, la dificultad
de la amistad heterosexual fue una incitación a la homosexualidad.
Y no se puede separar esto de la función de las hetairas (palabra
que en su origen significa "compañera") en Grecia,
libres, cultivadas, inteligentes e ingeniosas.
En Roma,
por el contrario, la visión del amor toma un claro tinte poético.
En las obras romanas, más que del amor se habla de la sensualidad
y del placer, en una interpretación moderada y justa del epicureísmo.
La poesía amatoria de autores como Catulo, Tíbulo, Propercio
y Ovidio se conoce en círculos refinados y muy reducidos. El
amor es un juego deleitoso, al que se añade el picante de los
celos, las dificultades de la conquista, las rivalidades... El campo
de experimentación es muy amplio: el amor puede florecer en cualquier
parte. La poesía de Catulo es probablemente la excepción
pues tiene un matiz que no se halla en los demás poetas; hay
en Catulo amor real, apasionado, doloroso.
La convivencia
ha estado siempre vivificada por la existencia de la amistad, que se
constituye en una gran potencia civilizadora y no parece claro cuál
ha sido o es, en las diversas sociedades, su frecuencia, su intensidad,
su estructura, sus contenidos internos. Normalmente los amigos son ajenos
a la familia. A veces, se tiene real amistad con un miembro de la propia
familia, pero es una relación nueva, sobrevenida y diferente
del vínculo familiar.
En sociedades
muy densamente familiares, la amistad no es muy frecuente y ésta
se presenta como una salida de la familia hacia la libertad. La amistad
es elegida, aunque las circunstancias la favorezcan o impulsen a ella
y su origen más frecuente es el grupo, la escuela, el ejército,
el trabajo... Existe en España una forma particularmente interesante
y de gran importancia: la tertulia, donde se produce la amistad de un
grupo -de hombres generalmente- selectivo, pero en cierto grado casual
y desinteresado y que se reduce a la conversación. Los miembros
de la tertulia sólo hablan entre ellos, no saben mucho los unos
de los otros, pero es una amistad que tiene cierto atractivo.
Hay otro
tipo de amistad estrictamente individual que casi siempre se da entre
dos amigos, aunque puede estar abierto a otros. Es la única forma
que puede tener intimidad, que se sostiene mediante largas conversaciones.
Estas amistades pueden ser entre iguales de edad o condición
pero no es forzoso, por ejemplo, puede darse entre maestro y discípulo.
Lo normal es que estas amistades sean duraderas, pues se crea entre
los amigos una complicidad que hace que se entiendan incluso sin palabras,
fortaleciéndose con el tiempo y sin necesitar ser muy explícita.
Desde el
punto de vista de la educación, la verdadera amistad constituye
un instrumento capital de educación mutua, en el sentido de que
los amigos se hacen juntos, se enriquecen y perfeccionan, se descubren
e interpretan. Se podría decir que, al ver al otro, cada uno
de ellos aprende a conocerse, como en una imagen especular. Sin embargo,
Marías afirma que la amistad entre mujeres es menos frecuente,
pues ésta es más familiar que el hombre y siente menos
necesidad de escapar a la familia. Además, cuando se produce,
requiere una alta dosis de generosidad.
Pero hay
una nueva forma de amistad que se va generalizando: la amistad entre
hombres y mujeres. Se da entre compañeros de estudio o de trabajo.
Esta clase de amistad es muy civilizada y le faltan casi siempre intensidad,
intimidad, estabilidad y duración. La amistad intersexuada, establecida
entre un hombre y una mujer, requiere condiciones sociales que la hagan
posible. Para su existencia normal y su difusión es necesario
que la mujer goce de una cierta libertad, que le sean permitidas sus
iniciativas personales y que no sea tratada según un sistema
rígido de normas. Tres rasgos, a juicio de Marías, definen
a la amistad intersexuada: a) el igualitarismo, aunque a veces éste
es un obstáculo, pues a pesar de ser una potencia de nivelación,
hombres y mujeres no son iguales; b) la rivalidad es otra amenaza para
la amistad entre hombre y mujer: la amistad es una relación íntima,
de persona a persona, pero hecha a la vez de respeto, no ya a la persona,
sino a la intimidad del otro. La amistad intersexual puede durar toda
la vida, admite la multiplicidad, es decir, se pueden tener muchos amigos
y amigas; c) para Marías, el rasgo más particularmente
importante de la amistad intersexuada es que no tiene desenlace. Esto
la deja libre del peligro de fracaso o decepción.
En la amistad
también cabe el flechazo; una persona puede ver a otra e instantáneamente
se siente en un estado de amistad.
En todo
caso, como en casi todo lo humano que vale la pena, hay una cualidad
indispensable en la amistad entre el hombre y la mujer: la generosidad.
Pero, en
todo este entramado de relaciones ¿cuál es el lugar que
se ha reservado históricamente a la mujer? Desde los orígenes
de nuestra tradición cultural encontramos referencias. Hay en
el Antiguo Testamento enérgicas pasiones presentadas con asombrosa
eficacia literaria, con una admirable concisión; hay dureza,
crueldad, afán de poder, ambición, venganza. Cruza muchas
de sus páginas una fuerte sensualidad; se cuentan en ellas violaciones,
incestos, adulterios, prostitución. Hay también amor personal
y, desde luego, matrimonio. Desde el comienzo hace su aparición
la mujer de un modo personal y nominal, con absoluta concreción.
Dios crea a la mujer de la costilla del hombre hueso de su hueso y carne
de su carne. La creación del hombre sólo entonces queda
completa: hombre y mujer. Pero es frecuente observar en todo el Antiguo
Testamento una subordinación de la mujer, sujeta a las más
graves penas en caso de adulterio, con deberes que tiene que cumplir
y, a pesar de ello, un extraordinario poder efectivo, una influencia
que se proclama a cada paso. Esta visión se impone durante mucho
tiempo, hasta que hace su aparición en escena otra forma de amor:
el amor cortés.
El amor
cortés encierra una doble referencia: a las cortes y a la cortesía
como actitud humana y forma de trato, muy especialmente frente a la
mujer. Pero en paralelo con esta forma de amor se encuentra en esa misma
época sensualidad, grosería, violencia, tanto en la vida
como en la literatura.
Es decisiva
la presencia de la mujer, la convivencia con ella, la posibilidad de
la conversación, el elogio, la galantería. Esto requiere
condiciones que no siempre han sido posibles, y mucho menos un ámbito
social en que puedan realmente convivir el hombre y la mujer. Es ésta
y no otra la significación de las cortes, que hacen posible un
tipo de mujer, la dama, en torno a la cual surge un ambiente, una tonalidad
que es precisamente la cortesía.
El amor
cortés es por supuesto sexual, si se entiende por esto que es
inequívocamente entre hombre y mujer; pero sería más
exacto decir que es sexual porque la consumación sexual, que
no está excluida, no es siempre necesaria, y en muchas formas
y relaciones está ausente, sin que ello elimine el entusiasmo
y la pasión. El amor conyugal es estimado, pero no se le considera
único ni suficiente; el amor cortés, normalmente, es ajeno
al matrimonio, pero puede respetarlo y mantenerse en este plano. Cuerpo
y espíritu están presentes y con muchas y variadas posibilidades.
La convivencia
entre damas y caballeros supone a veces proximidad, tan deseada, pero
también distancia y en forma extrema ausencia, lo que lleva a
algo muy importante: la recreación imaginativa. Diríamos
que se empieza de verdad a pensar en la mujer. Y al imaginar se desliza
la castidad en la ocupación amorosa; empieza algo que había
sido infrecuente: hablar a la mujer y de ella. Una actitud empieza a
imperar en el amor cortés: admiración, rendimiento, sumisión
a los mandatos, los deseos, las exigencias de la mujer, muy concretamente
de la dama, de la señora de los pensamientos. Pero sucede que
la mujer es también movida, o mejor aún, conmovida, por
el amor del hombre.
IV.
EL AMOR EN EL RENACIMIENTO. LA POESÍA AMOROSA ESPAÑOLA.
Mientras que en la Edad Media hay una viva y fresca espontaneidad de
lo popular y en lo culto hay una clara preferencia por el sentido del
orden, incluso de lo ritual, el Renacimiento significa una decadencia
de esa preferencia por el orden; hay una ruptura de las formas, una
inclinación mayor, aceptada y hasta cultivada, hacia la innovación
y la aventura. El Renacimiento no inventa la libertad, pero la consagra.
En España
la transición se hace suavemente. La inspiración popular
persiste en una literatura más culta como muestra el marqués
de Santillana y el romance pervive al lado de los estilos renacentistas.
Un hecho
literario y, más que literario, decisivo, fue la publicación
de la obra que conocemos con el título de La Celestina. Es una
verdadera novela. Su autor asegura la presencia de los personajes que
están hablando, lo que no era fácil de conseguir mediante
la narración. El autor es Fernando de Rojas y es posible que
no fuera el único. En la obra en cuestión hay una enérgica
presencia de las formas inferiores del amor, entre los criados de Calisto
y los discípulos de Celestina, de dudosa virtud. Hay frescura,
espontaneidad, alegría... También un pasaje literariamente
delicioso que es la clave del sentido más profundo de la historia,
precisamente, como contraposición a los amores de Calisto y Melibea
y, sobre todo, su dramático desenlace. El amor de los protagonistas
de La Celestina es quizá la primera representación literaria
del amor pasional en su unicidad, que es lo más propio y valioso,
y que por eso mismo no tiene remedio cuando se frustra. Para Melibea,
el duelo no puede tener fin y ha puesto su vida en una carta. Esta es
la primera representación imaginativa del enamoramiento, aquella
situación en que la persona amada se convierte en el propio proyecto.
Un cuarto
de siglo después de Fernando de Rojas nacía Garcilaso
de la Vega. Su vida fue muy breve al igual que su obra poética,
que posee una particular intensidad y calidad. Garcilaso es el modelo
de caballero renacentista: repartido entre las armas y las letras, combatiente
en muchas batallas, hasta llegar a obtener la estimación del
emperador. Su poesía es uno de los pasos más representativos
de la visión de la mujer y la interpretación del amor
en la literatura española.
Con Garcilaso
se abre una nueva dimensión en la poesía castellana. Junto
con Juan Boscán fue el primero en introducir en la poesía
nuevas concepciones renacentistas en unas formas poéticas prácticamente
desconocidas en Castilla. Parte de la obra poética de Garcilaso
pertenece a una concepción estética distinta, renacentista
en la forma y en el contenido. Junto con Boscán llevó
a cabo la total adaptación del verso endecasílabo e introdujo
en Castilla la estrofa y forma de composición italianas, formadas
por endecasílabos, solos o en combinación con cuartetos,
tercetos, liras, etc., forma y temática que se fijarían
definitivamente en la poesía española.
Las nuevas
concepciones amorosas renacentistas, que van infiltrándose en
España gracias a El Cortesano de Castiglione dominan la lírica
de Garcilaso esencialmente dedicada a expresar su pasión por
Isabel Freyre.
El otro
tema capital de la lírica garcilasiana es el sentimiento de la
naturaleza. Junto a estos dos temas centrales, el del amor y el de la
naturaleza, no puede faltar en un poeta renacentista la influencia clásica,
expresada continuamente en referencias a temas mitológicos y
a la obra de Virgilio, Horacio u Ovidio. En ella vibra no sólo
el sentimiento platónico del amor, sino ante todo una evidente
pasión humana que hace recordar el arrebato romántico
de los escritores del siglo XIX.
Es, desde
luego, el amor el tema recurrente. León Hebreo lo expresa de
manera magistral: el amor nace de la razón pero no se gobierna
por ella. Todo amante hace suya esa frase de Hebreo: verdad es que el
enamoramiento surge como actividad racional, como aquello que nos diferencia
de la animalidad, que nos humaniza; pero no es menos cierto que pronto
la luz de la razón desaparece del entendimiento y nos gobernamos
por la pasión, por el deseo, incluso nos satisface la tristeza,
el tormento que proporciona el amor.
V.
EL AMOR CARNAL
El amor es un conglomerado de asuntos diversos que unen lo espiritual
con lo sentimental. No se trata de las cualidades de la belleza, la
gentileza o la posición social de las personas, sino de una serie
de caracteres físicos, psíquicos y espirituales que se
conocen de una persona, algunas veces a simple vista, es decir, el llamado
flechazo, pero otras veces el amor se puede conseguir o aflora al exterior
después de unas relaciones afectivas entre las personas implicadas.
Habitualmente
se tiende a creer que el amor o, más bien, el enamoramiento,
es privativo de los jóvenes, de una etapa de la vida en la que
las emociones se viven con mayor intensidad, con más desinhibición.
Por otra parte, es cierto que a medida que avanzamos en edad y, por
lo tanto -aunque no necesariamente- en conocimiento, somos más
reacios a hablar de nosotros mismos, a exteriorizar nuestras emociones
y sentimientos. Lo cierto es que el enamoramiento es una situación
que puede ser vivida a cualquier edad aunque, naturalmente, la intensidad
del sentimiento no es la misma. El joven aventaja al viejo ante todo,
en tener toda una vida por delante. Eso hace que tome las cosas de otra
manera; por una parte, tiene la prisa de llegar, pues quiere las cosas
y las quiere ya; por otra parte, es capaz de proyectar el futuro e integrarlo
en su propia vivencia como algo incuestionable. En la madurez y, sobre
todo, en la vejez, el impulso vital es menor, la conciencia de finitud
más próxima y la capacidad de proyectar el futuro casi
se desvanece. Al mismo tiempo, el proceso de socialización ya
se ha completado y las convenciones sociales están totalmente
arraigadas, por lo que resulta muy difícil responder a la llamada
a la locura que caracteriza al amor.
El amor
entre jóvenes se vive con una mayor intensidad que el que se
da entre personas de edad más avanzada; es un amor más
fogoso, con más vitalidad y con una vivacidad mayor. La condición
sexual es una cualidad o, más bien, una sugestión muy
utilizada en las relaciones bajo el nombre de "amor", por
lo que a muchas personas cuando se les hace una proposición amorosa,
se ven envueltas en un conflicto mental o de equivocidad, al no poder
saber las verdaderas intenciones de quien hace la oferta.
El amor
entre jóvenes se ve beneficiado por la capacidad sexual y por
la posibilidad de movimiento del cuerpo. Las relaciones amorosas entre
jóvenes son más frecuentes que entre personas de mayor
edad, sobre todo por las razones que ya hemos mencionado. Quizá
la característica más acusada del enamoramiento entre
personas mayores sea su escaso interés por la belleza física,
pues al haber conocido a más personas, han podido sacar la conclusión
de que no todas las personas bellas son agradables. Para ellos, la causa
por la que se produce el amor no es viciosa, sino virtuosa, es decir,
para estas personas el amor no es símbolo de vicio, sexualidad
o relaciones íntimas, sino que es una relación sentimental
y afectiva que les une a la persona amada con la esperanza de poder
vivir con él o con ella los últimos años de su
vida. De ahí las palabras de Pietro Bembo: El enamorado que ama
teniendo la razón por fundamento, conoce que, aunque la boca
sea parte del cuerpo, por ella salen todavía palabras mensajeras
del alma...
VI.
EL PAPEL DE LA MUJER
Hemos visto a lo largo de la obra de Marías cómo se habla
sobre la mujer, pero hasta ahora nada se sabe de su propia voz, de si
la mujer habla públicamente y si lo hace, sobre quién
o sobre qué.
En las épocas
que hemos analizado, la mujer aparece oprimida y despreciada por el
hombre pero, a la vez, deseada. Siempre como objeto, nunca como sujeto
de la historia. Hay que esperar hasta el Siglo de Oro español
para que tengamos noticia de la mujer como protagonista de su propio
destino. Es éste un siglo en el que dominan la pasión
y el amor desenfrenado; aumenta la perfección en todos los terrenos,
pero al mismo tiempo hay menos espontaneidad. Es una época de
amoríos y la mujer no acaba de encontrar su sitio en la sociedad.
En este panorama aparece María de Zayas y Sotomayor, la primera
mujer que desarrolla en sus novelas su propio punto de vista, que es
el de sus contemporáneas -naturalmente, de las pertenecientes
a su misma clase social. Esta circunstancia sorprendió a los
demás escritores de su época, porque hasta entonces eso
no había ocurrido. Su vida es oscura, desconocida. Sabemos que
nació en Madrid, hacia 1.590 y no se sabe con certeza si murió
en 1.661 o en 1.669. Nos deja un retrato de ella misma en su obra: Novelas
amorosas y ejemplares y sobre todo Parte segunda del sarao y entretenimientos
honestos, donde explica con todo lujo de detalles sus propios desengaños,
sus amores, sus pasiones. Lo que, desde luego, es más destacable,
es la expresión del punto de vista femenino, algo inédito
hasta entonces, donde se hablaba sobre la mujer, pero sin contar con
ella.
Hay que
esperar al Romanticismo para encontrar una perspectiva distinta. Es
ésta la época donde se habla del amor y se le sitúa
frente al matrimonio, es decir, se lleva a cabo una clara diferenciación
entre el papel de la esposa y el de la amante; aparece un fenómeno
que hasta entonces había estado agazapado, latente: la sensualidad.
El Romanticismo
fue una de las grandes etapas en el desarrollo y expresión de
los sentimientos, muy especialmente de los amorosos y, sobre todo, en
la realidad de lo que, por debajo de ellos, es la sustancia última
del amor. En el siglo XIX se abre la compuerta de los sentimientos,
se produce una inundación. El amor se adelanta hasta el primer
plano, frente al frío erotismo del siglo XVIII. La etapa romántica
tiene estimación por el amor desgraciado, imposible, frustrado,
no consumado. Los celos recobran su puesto y su dignidad. El gran aumento
de lectores de poesía y de obras de ficción lleva a algo
que será característico del Romanticismo: la interpretación
literaria de la vida real. Este fenómeno se volverá a
producir y en mayor medida en nuestro siglo con el cine.
El teatro
de Zorrilla, que contribuyó a crear el lenguaje y la retórica
del amor, señala el final de la época romántica.
Pero antes de dar por finalizado este periodo, es preciso hacer mención
de una personalidad que marca no sólo su época, sino que
es imprescindible para entender la literatura posterior a él.
Se trata de Stendhal, pseudónimo que oculta el nombre de un novelista
francés, Pierre Henri Beyle (Grenoble, 1.783 - París,
1.842). Enamorado de todo lo italiano, marcha a Italia con las tropas
de Napoleón en 1.800 y aquella tierra deja un fuerte impacto
en su vida. De vuelta a París (1.806) vive de cerca los círculos
intelectuales y la vida galante; desempeña diversos cargos y,
a la caída de Napoleón, se establece en Milán.
Pero lo que más nos interesa de él es que se trata de
una de las figuras más decisivas para hacer una historia de lo
que ha sido la educación sentimental por varios motivos: Es uno
de los autores más románticos que han existido; tenía
una mente que conservaba lo mejor del siglo XVIII: el afán de
claridad, la concisión y el rigor; alcanzó la plenitud
de la vigencia romántica y llevó al asunto del amor una
dedicación triple: la de su vida personal, la teórica
o ideológica y la literaria.
Stendhal
despreciaba el mundo en el que tenía que vivir. Era irremediablemente
francés, pero estaba enamorado de Italia y, en menor medida,
de España. Su vida estuvo absorta en dos ocupaciones: la mujer
y el amor a la literatura.
En 1.835
da una lista de doce mujeres y dice: Han ocupado, literalmente, toda
mi vida. Después de ellas, mis obras. En su libro De l'amour,
publicado en 1.822, clasificó cuatro amores diferentes: el amor-pasión,
el amor-gusto, el amor físico y el amor de vanidad.
En cuanto
al nacimiento del amor, lo resume en las siguientes etapas: la admiración;
la esperanza; ha nacido el amor; empieza la primera cristalización;
nace la duda; segunda cristalización. Según Stendhal,
el amor no es ciego, sino perspicaz. No inventa, descubre las perfecciones
de la persona amada. El origen de su convicción -el amor mismo
se nutre de error- procede de la actitud pesimista que dominó
el siglo XIX.
Stendhal
desliga el amor de la voluntad. Encuentra gran diferencia entre el amor-pasión
y el amor-gusto. Según él, el amor es de todas las edades.
Sus novelas son fundamentalmente historias de amor. Es el amor lo que
hace vivir a los personajes y les da relieve. Y en cuanto a las mujeres,
las ve superiores a los hombres. En sus historias es sobre todo destacable
no sólo el tratamiento que da a la mujer, sino el análisis
que hace del amor mismo: su nacimiento, sus dudas, los celos... Puede
ser que las novelas fueran la realización imaginaria de lo que
le faltó en su vida.
VII.
LA BELLEZA. LA EDAD. LO SEXUAL EN NUESTRO SIGLO.
La belleza, sobre todo la femenina, ha sido una de las grandes fuerzas,
uno de los más eficaces motores de la historia, aunque la estimación
sobre la belleza ha variado enormemente según los pueblos y las
épocas, lo que ha llevado a una diversificación de opiniones
acerca de ella. En casi todas las culturas el hombre va vestido. Esto
es bueno en el sentido de que el vestido es abrigo, pero a la vez es
la ocultación del cuerpo, es decir, la ocultación de la
belleza.
A lo largo del siglo XX, el vestido ha ido revelando más el cuerpo,
en consecuencia, realzando su belleza personal. Por ejemplo, desde el
final de la Primera Guerra mundial, las piernas femeninas han hecho
su aparición, pero con cierta timidez. Esta aparición
ha sido más acelerada a partir de la segunda mitad del siglo
XX. Para realzar la belleza personal, se ha recurrido a los adornos
y el maquillaje, y cada uno tiene una función de interpretación.
Así, las joyas subrayan los atractivos personales. El peinado
ha funcionado como marco del rostro, en ocasiones completado con el
sombrero, velo o la mantilla. El maquillaje tiene mayor importancia,
ya que realza o disimula ciertos rasgos, para aumentar la belleza.
Hay que
distinguir dos sentidos de la belleza: en su apariencia más habitual,
es decir, en la apariencia exterior (de fuera a dentro). En un sentido
más fuerte y profundo nos referimos a su apariencia interna (de
dentro a fuera). Aunque la belleza es uno de los factores más
importantes de la condición sentimental, en sí misma es
programática, es decir, sigue un patrón: se dedica gran
cantidad de tiempo, esfuerzo y dinero a la belleza, pero gracias a ella
se produce la humanización del impulso sexual.
La edad
está totalmente ligada a la belleza y ello es debido a condicionamientos
sociales como la domesticidad, la maternidad, la propensión a
la obesidad... la belleza aparece ligada solamente a la juventud.
En el siglo
XVIII y casi todo el XIX, hay una descalificación de la muchacha,
es decir, la mujer joven no cuenta, sino que permanece en el convento,
en el colegio o en la intimidad del hogar, y es la mujer casada la que
es admirada y cotizada (mujer casada, pero muy joven). Sin embargo,
en la actualidad la variación ha sido espectacular, debido a
la mejor alimentación, al ejercicio físico, a la incorporación
de la mujer al mundo del trabajo... En nuestro tiempo, la belleza y
el atractivo no se pierden con la edad sino que se conservan y, lo que
es más importante, se renuevan.
Durante
muchos siglos, sexual y sexuado se han confundido con la misma palabra,
aunque no son lo mismo. La palabra sexo se hace habitual con el freudismo.
Por otro lado, la condición sexuada pertenece intrínsecamente
al hombre, es decir, a lo humano. Gran parte de las conductas humanas
no son sexuales, sino que son sexuadas, por lo que hay que subrayar
la prioridad de la condición sexuada sobre la sexualidad. La
primera de ellas, la condición sexuada, afecta desde el nacimiento
hasta la muerte, es decir, que está presente en la persona durante
toda su vida, mientras que la sexualidad aparece en cierto momento,
dentro de la previa y envolvente condición sexuada.
Las relaciones
sexuales en la mujer siempre han sido tardías, aunque la atracción
mutua es originaria y temprana, pero sexuada. Con esto estamos regresando
a la animalidad, con dos gravísimas consecuencias: brutalidad
y aburrimiento. Se trataría de recuperar un temple vital que
permita dar intensidad a la vida y realizar sus posibilidades más
propias, aquellas que la justifican y dan sentido, es decir, volver
al lirismo, que es un factor fundamental en la educación sentimental.
Afirma Marías
que toda relación entre hombre y mujer tiene que ver con el amor,
aunque la mayoría de estas relaciones no son verdadero amor.
La amistad admite la posibilidad de un "injerto" amoroso y
añade una forma de amor que suele ser el más firme y permanente,
por lo que a lo que se considera amor en la actualidad, apenas tiene
que ver con el verdadero amor, sino que en la mayoría de los
casos supone un mínimo de adhesión y apego, es decir,
que se mantiene a una gran distancia personal y a veces es menos íntimo
que una amistad intensa.
Una cuestión
de gran interés es la de las cualidades que deciden la reacción
amorosa, es decir, cada persona es especialmente sensible a un núcleo
y se puede encontrar asociado a rasgos muy visibles y que parecen ser
los preferidos, por lo que esto es lo que explica que un hombre se sienta
atraído a lo largo de su vida por unas cuantas mujeres que no
se 'parecen' entre sí.
Una relación
amorosa no tiene que ser sexual, pero sí sexuada. Algo distinto
al amor es el erotismo, que es corporal. Por lo tanto, en una relación
intersexuada interviene la carnalidad, forma concreta en que acontece
la corporeidad. La palabra conquista como seducción sexual puede
sustituirse por algo más profundo como exploración, comunicación...
Esto deja una huella duradera. Los términos entrega y posesión
son inadecuados y desfiguran el contenido del amor. Se podría
hablar de darse y recibir.
En la actualidad,
la belleza es decisiva en el amor, y para que se dé éste
es necesario que el hombre esté entusiasmado, y que su entusiasmo
encienda la imaginación amorosa de la mujer. Si falta entusiasmo
por parte del hombre, es inevitable el decaimiento por parte de la mujer.
Para que ésta desarrolle imaginación hacia lo amoroso,
debe estar preparada desde la adolescencia para el amor, y para suscitar
el amor es menester darlo, por lo que la mujer se enamora del amor del
hombre. Esto significa que el hombre es el primero, el que toma la iniciativa,
pero la mujer no se muestra pasiva, sino que busca la manera de atraer
al hombre hacia ella, descubrirla, quedar prendado. Esto es el enamoramiento,
que es la forma suprema del amor, y se da rara vez, en contadas personas
y difícilmente más de una vez en la vida, por lo que hay
que hacer todo lo posible para mantenerlo sin destruirlo. Para decirlo
con palabras de Marías: El amor es posible si no se destruye.
Cabe hablar
en último término de un fenómeno de especial relevancia
en nuestro siglo, que ha afectado las relaciones humanas en su totalidad
y, desde luego, las amorosas en particular. Se trata del cine. Si bien
la influencia de la literatura en las formas de amar se deja sentir
desde los orígenes del hombre, desde que se empiezan a transmitir
oralmente relatos que van de boca en boca y de un sitio a otro gracias
a aedos o juglares; si el poeta sustituye a los anteriores y si el teatro
cumple la función de divulgación de todas cuantas innovaciones
se producen; si el libro y su popularización cambian las formas
de relacionarse, es el cine el elemento socializador por antonomasia.
Gracias a él, las relaciones personales experimentan el mayor
cambio en el menor tiempo. Todo se refleja en él, todo tipo de
relaciones: de amistad, de odio, de trabajo, de simpatía, de
iguales... y, desde luego, de amor. La expresión cinematográfica
de los sentimientos determina nuestra manera de enfrentarnos al otro,
sea cual sea la relación que queramos emprender. Hemos aprendido
a través de la pantalla cómo movernos, cómo hablar,
cómo estar en silencio, cómo besar, cómo acariciar...
a la vez que esperamos del otro la respuesta que ya en otras ocasiones
hemos observado, que de alguna manera nos es conocida.
VIII.
CONCLUSIÓN
Ya advertíamos al principio de lo que la lectura de la obra de
Marías ha significado para nosotros. Querríamos destacar,
como colofón, un soneto de Lope de Vega que es una definición
de amor:
Desmayarse, atreverse, estar
furioso
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.
Pensamos
que este soneto resume de manera magistral los sentimientos que provoca
el amor en quien lo experimenta, esa relación dual que aúna
felicidad y sufrimiento y que hace que necesitemos vivir las dos sensaciones,
que amemos incluso lo que nos hace desgraciados. Es difícil no
identificarse con lo que el poeta dice, pues se trata de sentimientos
que nos son muy cercanos, a pesar de la lejanía aparente entre
un autor barroco y adolescentes de finales del siglo XX. Pero ¿qué
tiene amor que nos hace semejantes? Quizá, como afirma Marías
un misterio que se transparenta sin acabar de revelarse. Y en ese misterio
que no acaba de descubrirse radica precisamente su interés. Pero
digámoslo con palabras de otro maestro de nuestras letras, Francisco
de Quevedo:
Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, este es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

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