ESTUDIO SOBRE LA OBRA DE JULIÁN MARÍAS: LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL
http://www.alonsocano.tk        ISSN: 1697-2899                   D.L:GR2134/2004

 

 

 

 

 

ESTUDIO SOBRE LA OBRA DE JULIÁN MARÍAS “LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL”.


Amparo Páramo Carmona
Profesora de Filosofía

INTRODUCCIÓN

Quizá una pregunta obligada, a modo de introducción, sea la siguiente: ¿Son útiles aún las humanidades? Naturalmente, esta pregunta inicial nos lleva a otra más radical, a cuestionarnos el principio de utilidad, a aquella vieja discusión que retoma Heidegger y que lo lleva a establecer la dicotomía bello/útil. Pero ¿acaso todo cuanto hacemos debe estar marcado por el beneficio que nos reporta? y sobre todo ¿no encontramos también utilidad en las cosas que nos hacen felices?

La lectura de la obra de Julián Marías disipa muchas de nuestras dudas, sitúa las cosas en el plano que, a nuestro parecer, les corresponde. La razón por la que hemos elegido estudiar La educación sentimental ha sido meditar sobre una de las materias que consideramos más decisivas en la vida humana, uno de los núcleos en torno de los cuales se vertebra la existencia y que hace que se entienda la historia de una manera inesperada. Aunque Marías plantea la obra cronológicamente, como una exposición de los sentimientos y su evolución a través de la historia, no es difícil leer entre líneas su propia opinión al tiempo que se nos ofrece una información valiosísima con la que se comprueba que no hay saltos, que el curso de la historia es un devenir en el que todo se halla encadenado y, casi, sucede necesariamente.
La figura del profesor Marías (Valladolid, 1.914) cierra una época del pensamiento español, si bien muy conocida y estudiada, a veces poco comprendida, que se inicia con lo que él mismo llama Escuela de Madrid, cuyo germen estuvo en el "Instituto de Humanidades", que fundó junto con su maestro Ortega y Gasset. Los miembros de la Escuela (Ortega, Zambrano, Gracia, García Morente, Zubiri, Laín...) desarrollan en forma sistemática los temas capitales filosóficos a la luz de la filosofía de la razón vital. Por este motivo, Marías ha procedido a trazar un esquema de nuestra situación dentro de la cual aparece la filosofía como un hacer humano y como un ingrediente de la vida humana. La filosofía es, así, un saber a qué atenerse respecto a la situación real. Sólo de este modo podrá ser un hacer radical: "La filosofía -escribe Marías- tiene la exigencia de justificarse a sí misma, de no apoyarse en ninguna otra certidumbre, sino, por el contrario, dar razón de la realidad misma, por debajo de sus interpretaciones y, por tanto, también de las presuntas certidumbres que encuentro". La filosofía es un saber radical y a la vez sistemático y circunstancial; estos predicados parecen incompatibles entre sí, pero no lo son cuando se tiene presente que la radicalidad, sistematicidad y circunstancialidad de la filosofía derivan de la sistematicidad y circunstancialidad de la vida humana. Y es eso, la vida humana, lo que se constituye en motivo de nuestro estudio, sobre todo en su aspecto de expresión de los sentimientos.
¿Son los sentimientos los mismos desde que aparece la humanidad? ¿Hay, por el contrario, cambios en nuestra manera de sentir y expresar? Y si hay cambios ¿Podemos cuantificarlos, o son más bien cambios cualitativos? Para aclarar todas estas dudas contamos con la ayuda inestimable de la obra motivo de nuestro trabajo: La educación sentimental de Julián Marías.

Empecemos por aclarar lo obvio: la naturaleza humana no existe, aunque desde el siglo XVIII se venga hablando de ella y, por supuesto, este concepto que individualmente damos a estas dos palabras no tiene ningún tipo de semejanza con los demás conceptos o formas de naturaleza. En lo humano hay identidad formada. La vida natural no existe, es algo proyectivo, imaginado, argumentado, etc. El hombre necesita interpretar la vida, ya que esta interpretación del hombre es algo inevitable, consustancial al mismo. Siempre vivimos con la imaginación y por eso precisamente interpretamos la vida, para poder saber las respuestas a las muchas preguntas que a diario se nos plantean: intentamos anticiparnos a quienes pretendemos ser.

Lo cultural tiene sentido de contraposición a lo natural, pero esta contraposición carece de sentido, ya que lo natural y la naturaleza humana no existen. Lo que interesa averiguar en primer lugar es si nos falta educación sentimental, si hay que educar los sentimientos y la espontaneidad. Afirma Marías que no hay contraposición entre educación y espontaneidad, antes al
contrario, la espontaneidad debe ser también educada, pues en caso contrario será pobre, no libre y limitada por la herencia, no sólo biológica, sino sobre todo social ("entiendo la educación como incremento y cultivo de la espontaneidad"). En otros tiempos, las normas de convivencia eran más estrictas y limitaban la espontaneidad y su educación, que requiere de dos factores: por un lado, se nutre de experiencias, imaginaciones, exploración de lo desconocido, del mundo de la ficción, del contacto con los otros (no sólo el otro que sea mi igual, sino el distinto por razones de edad, de educación, de sensibilidad, de creencia...). Por otro lado, es imprescindible hacer mención del temple, que Marías define como "la modulación de la manera como el hombre se encuentra en la vida, haciendo ya algo y siendo alguien(...) Ningún temple es necesario, pero hay que tener alguno(...) Se puede hablar también de destemple, porque hay un temple que es el destemple". Todo lo anterior está condicionado por la raza, el sexo y la sociedad, es decir, por la cosmovisión que nos otorga la pertenencia a un grupo determinado en un momento concreto, lo que lleva a Marías a afirmar que las diferentes razas humanas muestran un predominio de ciertos temples. Y como en virtud de la condición sexuada cada sexo se proyecta hacia el otro, es el origen de una variedad de temples dentro de los cuales encontramos el amoroso, cuyos rasgos capitales son el apego, que va desde el apego al despego y la efusión, que va desde la efusión generosa a la carencia de ella. En general, se puede tener buen o mal temple, mucho o poco, estar templado o destemplado.

Veamos como se manifiesta lo expuesto a lo largo del tiempo.

II. LOS MITOS Y EL AMOR.
Los mitos tienen distintas caracterizaciones en diferentes culturas. Para nosotros, de tradición mediterránea, los mitos más próximos son creados por Grecia y pasan posteriormente a Roma. En las religiones griega y romana, el mito, aunque fábula, trata de explicar la realidad, la naturaleza, el mundo que nos rodea y a veces nos es hostil; es el paso previo a la racionalidad, a la exigencia de método que impone el logos y, a pesar de ello, no está exento de amor en todas sus formas: desde el amor de la diosa a la ciudad que está bajo su advocación hasta el amor carnal que el dios siente hacia diosas y mortales. Gracias a los mitos se logra una personalización que de otro modo no existiría. Cada dios tiene unas cualidades concretas; son personajes divinos identificables con los humanos, pero distintos de éstos por un atributo propio y exclusivo: la inmortalidad.

Los dioses griegos y romanos son los ejemplos de los "superhombres" sin que falte la condición sexual que los asimile a los hombres y mujeres. Esto permite la comunicación amorosa, incluso sexual, de dioses y diosas con mujeres y hombres.

En la mitología hay sensualidad, castidad, amor, celos, engaño, infidelidad, venganza, ternura, arrepentimiento... Todo un repertorio de lo que agita o puede agitar al alma, reflejo de las virtudes y de los defectos de los humanos en los inmortales.

Cronos o Saturno, Zeus o Júpiter, Hera o Juno, Artemisa, Ares, Marte, Afrodita, Hefaistos, Poseidón, Apolo, Dionisos... tienen un comportamiento amoroso igual al de los mortales. Sabemos, por ejemplo, que Zeus, a pesar de haber tomado por esposa a su hermana Hera, de la cual tuvo dos hijos (Ares y Hefaistos) y una hija (Hebe) tenía por costumbre seducir a las jovencitas atractivas que veía, tanto diosas como mortales, con las cuales tuvo también descendencia (Hércules, Perseo...). Y, desde luego, hay dioses y diosas encargados de todas las manifestaciones del amor, desde las más inocentes a las más carnales, cuyo ambular por el mundo nos ha sido dado a conocer no sólo por la tradición mitológica, sino también por la obra de filósofos ya instalados en el periodo de mayor esplendor del logos. Platón, en su obra "El Banquete" narra el nacimiento de Eros como consecuencia del encuentro entre Poros y Penia, la Abundancia y la Escasez, es decir, los dos extremos de los cuales es definición el amor y entre los que oscila permanentemente. Esto significa que, desde el momento en que aparece la tradición escrita, el amor se constituye en uno de los temas clave, en uno de los motores que mueven el mundo, L'amore qui muove il sole e le altre stelle, en palabras del Dante.

III. EL AMOR EN LA LITERATURA. LA AMISTAD.
Se entiende por amor la atracción entre hombre y mujer. Es un fenómeno universal gracias al cual existe la humanidad debido a su carácter sexuado, es decir, a la necesidad de la mujer por el hombre y viceversa.

El amor tiene una condición privada recóndita, rara vez manifiesta. Todas las veces que se ha querido ir en contra de esto, el resultado ha sido una debilitación del amor o su sustitución por otras cosas; por eso sabemos poco de su realidad, aparte de la experiencia personal, siempre muy limitada.

Hay en la interpretación dominante de Grecia la idea muy arraigada de que la mujer era doméstica y vulgar, buena para la procreación y la familia, y el "amor" era asunto masculino, pues sólo es posible que se dé una situación de enamoramiento entre iguales y la mujer es inferior. Sin embargo, si contemplamos el aspecto cuantitativo, el volumen del amor entre hombres y mujeres es inmensamente mayor; por supuesto en la mitología y también en la literatura. En los círculos más poderosos tanto económica como culturalmente de algunas polis griegas, los hombres sienten como una rémora la limitación de la mujer, demasiado limitada al ámbito de lo doméstico, escasamente cultivada y con la que no se podía tratar sobre muchas cosas. Curiosamente, la dificultad de la amistad heterosexual fue una incitación a la homosexualidad. Y no se puede separar esto de la función de las hetairas (palabra que en su origen significa "compañera") en Grecia, libres, cultivadas, inteligentes e ingeniosas.

En Roma, por el contrario, la visión del amor toma un claro tinte poético. En las obras romanas, más que del amor se habla de la sensualidad y del placer, en una interpretación moderada y justa del epicureísmo. La poesía amatoria de autores como Catulo, Tíbulo, Propercio y Ovidio se conoce en círculos refinados y muy reducidos. El amor es un juego deleitoso, al que se añade el picante de los celos, las dificultades de la conquista, las rivalidades... El campo de experimentación es muy amplio: el amor puede florecer en cualquier parte. La poesía de Catulo es probablemente la excepción pues tiene un matiz que no se halla en los demás poetas; hay en Catulo amor real, apasionado, doloroso.

La convivencia ha estado siempre vivificada por la existencia de la amistad, que se constituye en una gran potencia civilizadora y no parece claro cuál ha sido o es, en las diversas sociedades, su frecuencia, su intensidad, su estructura, sus contenidos internos. Normalmente los amigos son ajenos a la familia. A veces, se tiene real amistad con un miembro de la propia familia, pero es una relación nueva, sobrevenida y diferente del vínculo familiar.

En sociedades muy densamente familiares, la amistad no es muy frecuente y ésta se presenta como una salida de la familia hacia la libertad. La amistad es elegida, aunque las circunstancias la favorezcan o impulsen a ella y su origen más frecuente es el grupo, la escuela, el ejército, el trabajo... Existe en España una forma particularmente interesante y de gran importancia: la tertulia, donde se produce la amistad de un grupo -de hombres generalmente- selectivo, pero en cierto grado casual y desinteresado y que se reduce a la conversación. Los miembros de la tertulia sólo hablan entre ellos, no saben mucho los unos de los otros, pero es una amistad que tiene cierto atractivo.

Hay otro tipo de amistad estrictamente individual que casi siempre se da entre dos amigos, aunque puede estar abierto a otros. Es la única forma que puede tener intimidad, que se sostiene mediante largas conversaciones. Estas amistades pueden ser entre iguales de edad o condición pero no es forzoso, por ejemplo, puede darse entre maestro y discípulo. Lo normal es que estas amistades sean duraderas, pues se crea entre los amigos una complicidad que hace que se entiendan incluso sin palabras, fortaleciéndose con el tiempo y sin necesitar ser muy explícita.

Desde el punto de vista de la educación, la verdadera amistad constituye un instrumento capital de educación mutua, en el sentido de que los amigos se hacen juntos, se enriquecen y perfeccionan, se descubren e interpretan. Se podría decir que, al ver al otro, cada uno de ellos aprende a conocerse, como en una imagen especular. Sin embargo, Marías afirma que la amistad entre mujeres es menos frecuente, pues ésta es más familiar que el hombre y siente menos necesidad de escapar a la familia. Además, cuando se produce, requiere una alta dosis de generosidad.

Pero hay una nueva forma de amistad que se va generalizando: la amistad entre hombres y mujeres. Se da entre compañeros de estudio o de trabajo. Esta clase de amistad es muy civilizada y le faltan casi siempre intensidad, intimidad, estabilidad y duración. La amistad intersexuada, establecida entre un hombre y una mujer, requiere condiciones sociales que la hagan posible. Para su existencia normal y su difusión es necesario que la mujer goce de una cierta libertad, que le sean permitidas sus iniciativas personales y que no sea tratada según un sistema rígido de normas. Tres rasgos, a juicio de Marías, definen a la amistad intersexuada: a) el igualitarismo, aunque a veces éste es un obstáculo, pues a pesar de ser una potencia de nivelación, hombres y mujeres no son iguales; b) la rivalidad es otra amenaza para la amistad entre hombre y mujer: la amistad es una relación íntima, de persona a persona, pero hecha a la vez de respeto, no ya a la persona, sino a la intimidad del otro. La amistad intersexual puede durar toda la vida, admite la multiplicidad, es decir, se pueden tener muchos amigos y amigas; c) para Marías, el rasgo más particularmente importante de la amistad intersexuada es que no tiene desenlace. Esto la deja libre del peligro de fracaso o decepción.

En la amistad también cabe el flechazo; una persona puede ver a otra e instantáneamente se siente en un estado de amistad.

En todo caso, como en casi todo lo humano que vale la pena, hay una cualidad indispensable en la amistad entre el hombre y la mujer: la generosidad.

Pero, en todo este entramado de relaciones ¿cuál es el lugar que se ha reservado históricamente a la mujer? Desde los orígenes de nuestra tradición cultural encontramos referencias. Hay en el Antiguo Testamento enérgicas pasiones presentadas con asombrosa eficacia literaria, con una admirable concisión; hay dureza, crueldad, afán de poder, ambición, venganza. Cruza muchas de sus páginas una fuerte sensualidad; se cuentan en ellas violaciones, incestos, adulterios, prostitución. Hay también amor personal y, desde luego, matrimonio. Desde el comienzo hace su aparición la mujer de un modo personal y nominal, con absoluta concreción. Dios crea a la mujer de la costilla del hombre hueso de su hueso y carne de su carne. La creación del hombre sólo entonces queda completa: hombre y mujer. Pero es frecuente observar en todo el Antiguo Testamento una subordinación de la mujer, sujeta a las más graves penas en caso de adulterio, con deberes que tiene que cumplir y, a pesar de ello, un extraordinario poder efectivo, una influencia que se proclama a cada paso. Esta visión se impone durante mucho tiempo, hasta que hace su aparición en escena otra forma de amor: el amor cortés.

El amor cortés encierra una doble referencia: a las cortes y a la cortesía como actitud humana y forma de trato, muy especialmente frente a la mujer. Pero en paralelo con esta forma de amor se encuentra en esa misma época sensualidad, grosería, violencia, tanto en la vida como en la literatura.

Es decisiva la presencia de la mujer, la convivencia con ella, la posibilidad de la conversación, el elogio, la galantería. Esto requiere condiciones que no siempre han sido posibles, y mucho menos un ámbito social en que puedan realmente convivir el hombre y la mujer. Es ésta y no otra la significación de las cortes, que hacen posible un tipo de mujer, la dama, en torno a la cual surge un ambiente, una tonalidad que es precisamente la cortesía.

El amor cortés es por supuesto sexual, si se entiende por esto que es inequívocamente entre hombre y mujer; pero sería más exacto decir que es sexual porque la consumación sexual, que no está excluida, no es siempre necesaria, y en muchas formas y relaciones está ausente, sin que ello elimine el entusiasmo y la pasión. El amor conyugal es estimado, pero no se le considera único ni suficiente; el amor cortés, normalmente, es ajeno al matrimonio, pero puede respetarlo y mantenerse en este plano. Cuerpo y espíritu están presentes y con muchas y variadas posibilidades.

La convivencia entre damas y caballeros supone a veces proximidad, tan deseada, pero también distancia y en forma extrema ausencia, lo que lleva a algo muy importante: la recreación imaginativa. Diríamos que se empieza de verdad a pensar en la mujer. Y al imaginar se desliza la castidad en la ocupación amorosa; empieza algo que había sido infrecuente: hablar a la mujer y de ella. Una actitud empieza a imperar en el amor cortés: admiración, rendimiento, sumisión a los mandatos, los deseos, las exigencias de la mujer, muy concretamente de la dama, de la señora de los pensamientos. Pero sucede que la mujer es también movida, o mejor aún, conmovida, por el amor del hombre.

IV. EL AMOR EN EL RENACIMIENTO. LA POESÍA AMOROSA ESPAÑOLA.
Mientras que en la Edad Media hay una viva y fresca espontaneidad de lo popular y en lo culto hay una clara preferencia por el sentido del orden, incluso de lo ritual, el Renacimiento significa una decadencia de esa preferencia por el orden; hay una ruptura de las formas, una inclinación mayor, aceptada y hasta cultivada, hacia la innovación y la aventura. El Renacimiento no inventa la libertad, pero la consagra.

En España la transición se hace suavemente. La inspiración popular persiste en una literatura más culta como muestra el marqués de Santillana y el romance pervive al lado de los estilos renacentistas.

Un hecho literario y, más que literario, decisivo, fue la publicación de la obra que conocemos con el título de La Celestina. Es una verdadera novela. Su autor asegura la presencia de los personajes que están hablando, lo que no era fácil de conseguir mediante la narración. El autor es Fernando de Rojas y es posible que no fuera el único. En la obra en cuestión hay una enérgica presencia de las formas inferiores del amor, entre los criados de Calisto y los discípulos de Celestina, de dudosa virtud. Hay frescura, espontaneidad, alegría... También un pasaje literariamente delicioso que es la clave del sentido más profundo de la historia, precisamente, como contraposición a los amores de Calisto y Melibea y, sobre todo, su dramático desenlace. El amor de los protagonistas de La Celestina es quizá la primera representación literaria del amor pasional en su unicidad, que es lo más propio y valioso, y que por eso mismo no tiene remedio cuando se frustra. Para Melibea, el duelo no puede tener fin y ha puesto su vida en una carta. Esta es la primera representación imaginativa del enamoramiento, aquella situación en que la persona amada se convierte en el propio proyecto.

Un cuarto de siglo después de Fernando de Rojas nacía Garcilaso de la Vega. Su vida fue muy breve al igual que su obra poética, que posee una particular intensidad y calidad. Garcilaso es el modelo de caballero renacentista: repartido entre las armas y las letras, combatiente en muchas batallas, hasta llegar a obtener la estimación del emperador. Su poesía es uno de los pasos más representativos de la visión de la mujer y la interpretación del amor en la literatura española.

Con Garcilaso se abre una nueva dimensión en la poesía castellana. Junto con Juan Boscán fue el primero en introducir en la poesía nuevas concepciones renacentistas en unas formas poéticas prácticamente desconocidas en Castilla. Parte de la obra poética de Garcilaso pertenece a una concepción estética distinta, renacentista en la forma y en el contenido. Junto con Boscán llevó a cabo la total adaptación del verso endecasílabo e introdujo en Castilla la estrofa y forma de composición italianas, formadas por endecasílabos, solos o en combinación con cuartetos, tercetos, liras, etc., forma y temática que se fijarían definitivamente en la poesía española.

Las nuevas concepciones amorosas renacentistas, que van infiltrándose en España gracias a El Cortesano de Castiglione dominan la lírica de Garcilaso esencialmente dedicada a expresar su pasión por Isabel Freyre.

El otro tema capital de la lírica garcilasiana es el sentimiento de la naturaleza. Junto a estos dos temas centrales, el del amor y el de la naturaleza, no puede faltar en un poeta renacentista la influencia clásica, expresada continuamente en referencias a temas mitológicos y a la obra de Virgilio, Horacio u Ovidio. En ella vibra no sólo el sentimiento platónico del amor, sino ante todo una evidente pasión humana que hace recordar el arrebato romántico de los escritores del siglo XIX.

Es, desde luego, el amor el tema recurrente. León Hebreo lo expresa de manera magistral: el amor nace de la razón pero no se gobierna por ella. Todo amante hace suya esa frase de Hebreo: verdad es que el enamoramiento surge como actividad racional, como aquello que nos diferencia de la animalidad, que nos humaniza; pero no es menos cierto que pronto la luz de la razón desaparece del entendimiento y nos gobernamos por la pasión, por el deseo, incluso nos satisface la tristeza, el tormento que proporciona el amor.

V. EL AMOR CARNAL
El amor es un conglomerado de asuntos diversos que unen lo espiritual con lo sentimental. No se trata de las cualidades de la belleza, la gentileza o la posición social de las personas, sino de una serie de caracteres físicos, psíquicos y espirituales que se conocen de una persona, algunas veces a simple vista, es decir, el llamado flechazo, pero otras veces el amor se puede conseguir o aflora al exterior después de unas relaciones afectivas entre las personas implicadas.

Habitualmente se tiende a creer que el amor o, más bien, el enamoramiento, es privativo de los jóvenes, de una etapa de la vida en la que las emociones se viven con mayor intensidad, con más desinhibición. Por otra parte, es cierto que a medida que avanzamos en edad y, por lo tanto -aunque no necesariamente- en conocimiento, somos más reacios a hablar de nosotros mismos, a exteriorizar nuestras emociones y sentimientos. Lo cierto es que el enamoramiento es una situación que puede ser vivida a cualquier edad aunque, naturalmente, la intensidad del sentimiento no es la misma. El joven aventaja al viejo ante todo, en tener toda una vida por delante. Eso hace que tome las cosas de otra manera; por una parte, tiene la prisa de llegar, pues quiere las cosas y las quiere ya; por otra parte, es capaz de proyectar el futuro e integrarlo en su propia vivencia como algo incuestionable. En la madurez y, sobre todo, en la vejez, el impulso vital es menor, la conciencia de finitud más próxima y la capacidad de proyectar el futuro casi se desvanece. Al mismo tiempo, el proceso de socialización ya se ha completado y las convenciones sociales están totalmente arraigadas, por lo que resulta muy difícil responder a la llamada a la locura que caracteriza al amor.

El amor entre jóvenes se vive con una mayor intensidad que el que se da entre personas de edad más avanzada; es un amor más fogoso, con más vitalidad y con una vivacidad mayor. La condición sexual es una cualidad o, más bien, una sugestión muy utilizada en las relaciones bajo el nombre de "amor", por lo que a muchas personas cuando se les hace una proposición amorosa, se ven envueltas en un conflicto mental o de equivocidad, al no poder saber las verdaderas intenciones de quien hace la oferta.

El amor entre jóvenes se ve beneficiado por la capacidad sexual y por la posibilidad de movimiento del cuerpo. Las relaciones amorosas entre jóvenes son más frecuentes que entre personas de mayor edad, sobre todo por las razones que ya hemos mencionado. Quizá la característica más acusada del enamoramiento entre personas mayores sea su escaso interés por la belleza física, pues al haber conocido a más personas, han podido sacar la conclusión de que no todas las personas bellas son agradables. Para ellos, la causa por la que se produce el amor no es viciosa, sino virtuosa, es decir, para estas personas el amor no es símbolo de vicio, sexualidad o relaciones íntimas, sino que es una relación sentimental y afectiva que les une a la persona amada con la esperanza de poder vivir con él o con ella los últimos años de su vida. De ahí las palabras de Pietro Bembo: El enamorado que ama teniendo la razón por fundamento, conoce que, aunque la boca sea parte del cuerpo, por ella salen todavía palabras mensajeras del alma...

VI. EL PAPEL DE LA MUJER
Hemos visto a lo largo de la obra de Marías cómo se habla sobre la mujer, pero hasta ahora nada se sabe de su propia voz, de si la mujer habla públicamente y si lo hace, sobre quién o sobre qué.

En las épocas que hemos analizado, la mujer aparece oprimida y despreciada por el hombre pero, a la vez, deseada. Siempre como objeto, nunca como sujeto de la historia. Hay que esperar hasta el Siglo de Oro español para que tengamos noticia de la mujer como protagonista de su propio destino. Es éste un siglo en el que dominan la pasión y el amor desenfrenado; aumenta la perfección en todos los terrenos, pero al mismo tiempo hay menos espontaneidad. Es una época de amoríos y la mujer no acaba de encontrar su sitio en la sociedad. En este panorama aparece María de Zayas y Sotomayor, la primera mujer que desarrolla en sus novelas su propio punto de vista, que es el de sus contemporáneas -naturalmente, de las pertenecientes a su misma clase social. Esta circunstancia sorprendió a los demás escritores de su época, porque hasta entonces eso no había ocurrido. Su vida es oscura, desconocida. Sabemos que nació en Madrid, hacia 1.590 y no se sabe con certeza si murió en 1.661 o en 1.669. Nos deja un retrato de ella misma en su obra: Novelas amorosas y ejemplares y sobre todo Parte segunda del sarao y entretenimientos honestos, donde explica con todo lujo de detalles sus propios desengaños, sus amores, sus pasiones. Lo que, desde luego, es más destacable, es la expresión del punto de vista femenino, algo inédito hasta entonces, donde se hablaba sobre la mujer, pero sin contar con ella.

Hay que esperar al Romanticismo para encontrar una perspectiva distinta. Es ésta la época donde se habla del amor y se le sitúa frente al matrimonio, es decir, se lleva a cabo una clara diferenciación entre el papel de la esposa y el de la amante; aparece un fenómeno que hasta entonces había estado agazapado, latente: la sensualidad.

El Romanticismo fue una de las grandes etapas en el desarrollo y expresión de los sentimientos, muy especialmente de los amorosos y, sobre todo, en la realidad de lo que, por debajo de ellos, es la sustancia última del amor. En el siglo XIX se abre la compuerta de los sentimientos, se produce una inundación. El amor se adelanta hasta el primer plano, frente al frío erotismo del siglo XVIII. La etapa romántica tiene estimación por el amor desgraciado, imposible, frustrado, no consumado. Los celos recobran su puesto y su dignidad. El gran aumento de lectores de poesía y de obras de ficción lleva a algo que será característico del Romanticismo: la interpretación literaria de la vida real. Este fenómeno se volverá a producir y en mayor medida en nuestro siglo con el cine.

El teatro de Zorrilla, que contribuyó a crear el lenguaje y la retórica del amor, señala el final de la época romántica. Pero antes de dar por finalizado este periodo, es preciso hacer mención de una personalidad que marca no sólo su época, sino que es imprescindible para entender la literatura posterior a él. Se trata de Stendhal, pseudónimo que oculta el nombre de un novelista francés, Pierre Henri Beyle (Grenoble, 1.783 - París, 1.842). Enamorado de todo lo italiano, marcha a Italia con las tropas de Napoleón en 1.800 y aquella tierra deja un fuerte impacto en su vida. De vuelta a París (1.806) vive de cerca los círculos intelectuales y la vida galante; desempeña diversos cargos y, a la caída de Napoleón, se establece en Milán. Pero lo que más nos interesa de él es que se trata de una de las figuras más decisivas para hacer una historia de lo que ha sido la educación sentimental por varios motivos: Es uno de los autores más románticos que han existido; tenía una mente que conservaba lo mejor del siglo XVIII: el afán de claridad, la concisión y el rigor; alcanzó la plenitud de la vigencia romántica y llevó al asunto del amor una dedicación triple: la de su vida personal, la teórica o ideológica y la literaria.

Stendhal despreciaba el mundo en el que tenía que vivir. Era irremediablemente francés, pero estaba enamorado de Italia y, en menor medida, de España. Su vida estuvo absorta en dos ocupaciones: la mujer y el amor a la literatura.

En 1.835 da una lista de doce mujeres y dice: Han ocupado, literalmente, toda mi vida. Después de ellas, mis obras. En su libro De l'amour, publicado en 1.822, clasificó cuatro amores diferentes: el amor-pasión, el amor-gusto, el amor físico y el amor de vanidad.

En cuanto al nacimiento del amor, lo resume en las siguientes etapas: la admiración; la esperanza; ha nacido el amor; empieza la primera cristalización; nace la duda; segunda cristalización. Según Stendhal, el amor no es ciego, sino perspicaz. No inventa, descubre las perfecciones de la persona amada. El origen de su convicción -el amor mismo se nutre de error- procede de la actitud pesimista que dominó el siglo XIX.

Stendhal desliga el amor de la voluntad. Encuentra gran diferencia entre el amor-pasión y el amor-gusto. Según él, el amor es de todas las edades. Sus novelas son fundamentalmente historias de amor. Es el amor lo que hace vivir a los personajes y les da relieve. Y en cuanto a las mujeres, las ve superiores a los hombres. En sus historias es sobre todo destacable no sólo el tratamiento que da a la mujer, sino el análisis que hace del amor mismo: su nacimiento, sus dudas, los celos... Puede ser que las novelas fueran la realización imaginaria de lo que le faltó en su vida.

VII. LA BELLEZA. LA EDAD. LO SEXUAL EN NUESTRO SIGLO.
La belleza, sobre todo la femenina, ha sido una de las grandes fuerzas, uno de los más eficaces motores de la historia, aunque la estimación sobre la belleza ha variado enormemente según los pueblos y las épocas, lo que ha llevado a una diversificación de opiniones acerca de ella. En casi todas las culturas el hombre va vestido. Esto es bueno en el sentido de que el vestido es abrigo, pero a la vez es la ocultación del cuerpo, es decir, la ocultación de la belleza.
A lo largo del siglo XX, el vestido ha ido revelando más el cuerpo, en consecuencia, realzando su belleza personal. Por ejemplo, desde el final de la Primera Guerra mundial, las piernas femeninas han hecho su aparición, pero con cierta timidez. Esta aparición ha sido más acelerada a partir de la segunda mitad del siglo XX. Para realzar la belleza personal, se ha recurrido a los adornos y el maquillaje, y cada uno tiene una función de interpretación. Así, las joyas subrayan los atractivos personales. El peinado ha funcionado como marco del rostro, en ocasiones completado con el sombrero, velo o la mantilla. El maquillaje tiene mayor importancia, ya que realza o disimula ciertos rasgos, para aumentar la belleza.

Hay que distinguir dos sentidos de la belleza: en su apariencia más habitual, es decir, en la apariencia exterior (de fuera a dentro). En un sentido más fuerte y profundo nos referimos a su apariencia interna (de dentro a fuera). Aunque la belleza es uno de los factores más importantes de la condición sentimental, en sí misma es programática, es decir, sigue un patrón: se dedica gran cantidad de tiempo, esfuerzo y dinero a la belleza, pero gracias a ella se produce la humanización del impulso sexual.

La edad está totalmente ligada a la belleza y ello es debido a condicionamientos sociales como la domesticidad, la maternidad, la propensión a la obesidad... la belleza aparece ligada solamente a la juventud.

En el siglo XVIII y casi todo el XIX, hay una descalificación de la muchacha, es decir, la mujer joven no cuenta, sino que permanece en el convento, en el colegio o en la intimidad del hogar, y es la mujer casada la que es admirada y cotizada (mujer casada, pero muy joven). Sin embargo, en la actualidad la variación ha sido espectacular, debido a la mejor alimentación, al ejercicio físico, a la incorporación de la mujer al mundo del trabajo... En nuestro tiempo, la belleza y el atractivo no se pierden con la edad sino que se conservan y, lo que es más importante, se renuevan.

Durante muchos siglos, sexual y sexuado se han confundido con la misma palabra, aunque no son lo mismo. La palabra sexo se hace habitual con el freudismo. Por otro lado, la condición sexuada pertenece intrínsecamente al hombre, es decir, a lo humano. Gran parte de las conductas humanas no son sexuales, sino que son sexuadas, por lo que hay que subrayar la prioridad de la condición sexuada sobre la sexualidad. La primera de ellas, la condición sexuada, afecta desde el nacimiento hasta la muerte, es decir, que está presente en la persona durante toda su vida, mientras que la sexualidad aparece en cierto momento, dentro de la previa y envolvente condición sexuada.

Las relaciones sexuales en la mujer siempre han sido tardías, aunque la atracción mutua es originaria y temprana, pero sexuada. Con esto estamos regresando a la animalidad, con dos gravísimas consecuencias: brutalidad y aburrimiento. Se trataría de recuperar un temple vital que permita dar intensidad a la vida y realizar sus posibilidades más propias, aquellas que la justifican y dan sentido, es decir, volver al lirismo, que es un factor fundamental en la educación sentimental.

Afirma Marías que toda relación entre hombre y mujer tiene que ver con el amor, aunque la mayoría de estas relaciones no son verdadero amor. La amistad admite la posibilidad de un "injerto" amoroso y añade una forma de amor que suele ser el más firme y permanente, por lo que a lo que se considera amor en la actualidad, apenas tiene que ver con el verdadero amor, sino que en la mayoría de los casos supone un mínimo de adhesión y apego, es decir, que se mantiene a una gran distancia personal y a veces es menos íntimo que una amistad intensa.

Una cuestión de gran interés es la de las cualidades que deciden la reacción amorosa, es decir, cada persona es especialmente sensible a un núcleo y se puede encontrar asociado a rasgos muy visibles y que parecen ser los preferidos, por lo que esto es lo que explica que un hombre se sienta atraído a lo largo de su vida por unas cuantas mujeres que no se 'parecen' entre sí.

Una relación amorosa no tiene que ser sexual, pero sí sexuada. Algo distinto al amor es el erotismo, que es corporal. Por lo tanto, en una relación intersexuada interviene la carnalidad, forma concreta en que acontece la corporeidad. La palabra conquista como seducción sexual puede sustituirse por algo más profundo como exploración, comunicación... Esto deja una huella duradera. Los términos entrega y posesión son inadecuados y desfiguran el contenido del amor. Se podría hablar de darse y recibir.

En la actualidad, la belleza es decisiva en el amor, y para que se dé éste es necesario que el hombre esté entusiasmado, y que su entusiasmo encienda la imaginación amorosa de la mujer. Si falta entusiasmo por parte del hombre, es inevitable el decaimiento por parte de la mujer. Para que ésta desarrolle imaginación hacia lo amoroso, debe estar preparada desde la adolescencia para el amor, y para suscitar el amor es menester darlo, por lo que la mujer se enamora del amor del hombre. Esto significa que el hombre es el primero, el que toma la iniciativa, pero la mujer no se muestra pasiva, sino que busca la manera de atraer al hombre hacia ella, descubrirla, quedar prendado. Esto es el enamoramiento, que es la forma suprema del amor, y se da rara vez, en contadas personas y difícilmente más de una vez en la vida, por lo que hay que hacer todo lo posible para mantenerlo sin destruirlo. Para decirlo con palabras de Marías: El amor es posible si no se destruye.

Cabe hablar en último término de un fenómeno de especial relevancia en nuestro siglo, que ha afectado las relaciones humanas en su totalidad y, desde luego, las amorosas en particular. Se trata del cine. Si bien la influencia de la literatura en las formas de amar se deja sentir desde los orígenes del hombre, desde que se empiezan a transmitir oralmente relatos que van de boca en boca y de un sitio a otro gracias a aedos o juglares; si el poeta sustituye a los anteriores y si el teatro cumple la función de divulgación de todas cuantas innovaciones se producen; si el libro y su popularización cambian las formas de relacionarse, es el cine el elemento socializador por antonomasia. Gracias a él, las relaciones personales experimentan el mayor cambio en el menor tiempo. Todo se refleja en él, todo tipo de relaciones: de amistad, de odio, de trabajo, de simpatía, de iguales... y, desde luego, de amor. La expresión cinematográfica de los sentimientos determina nuestra manera de enfrentarnos al otro, sea cual sea la relación que queramos emprender. Hemos aprendido a través de la pantalla cómo movernos, cómo hablar, cómo estar en silencio, cómo besar, cómo acariciar... a la vez que esperamos del otro la respuesta que ya en otras ocasiones hemos observado, que de alguna manera nos es conocida.

VIII. CONCLUSIÓN
Ya advertíamos al principio de lo que la lectura de la obra de Marías ha significado para nosotros. Querríamos destacar, como colofón, un soneto de Lope de Vega que es una definición de amor:

Desmayarse, atreverse, estar furioso
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño:
esto es amor: quien lo probó lo sabe.

 

Pensamos que este soneto resume de manera magistral los sentimientos que provoca el amor en quien lo experimenta, esa relación dual que aúna felicidad y sufrimiento y que hace que necesitemos vivir las dos sensaciones, que amemos incluso lo que nos hace desgraciados. Es difícil no identificarse con lo que el poeta dice, pues se trata de sentimientos que nos son muy cercanos, a pesar de la lejanía aparente entre un autor barroco y adolescentes de finales del siglo XX. Pero ¿qué tiene amor que nos hace semejantes? Quizá, como afirma Marías un misterio que se transparenta sin acabar de revelarse. Y en ese misterio que no acaba de descubrirse radica precisamente su interés. Pero digámoslo con palabras de otro maestro de nuestras letras, Francisco de Quevedo:


Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde, con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo;
enfermedad que crece si es curada.
Este es el niño Amor, este es su abismo.
¡Mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo!

Julián Marías en WORD
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