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La ubicación geográfica de Moclín en
el valle del río Velillos y en lo que hoy se conoce
como Montes Orientales de la provincia de Granada, convierte al municipio
en una zona de codiciada ocupación a lo largo de su historia, que según
parece, arranca en época prehistórica, alcanzando su máximo
esplendor durante el reino nazarí de Granada y el periodo inmediatamente
posterior a su conquista; prueba de ello son los numerosos vestigios que aún
perviven en sus tierras y entre los que destacan, sin lugar a dudas, el castillo
medieval y su iglesia.
Así por ejemplo, son considerables y variados los restos de industria
lítica encontrados en el interior de la cueva de Malalmuerzo que nos
remontan al Paleolítico Superior, aunque mas numerosos son los de época
Neolítica con algunas piezas de cerámica cardial, entre otras,
o las pinturas esquemáticas de los abrigos rocosos de Corcuela, La
Pedriza de Peñascal, Hornillo de la Solana, la Cueva de Limones, Cuevas
Bermejas y Cueva de las Vereas en las que aparecen figuras antropomorfas,
signos pectiniformes -en forma de peine o dentados-, puntos y barras pintadas
que por culpa de su cuestionable estado de conservación impiden ser
identificadas con claridad; todas ellas son monocromas, de tonos rojizos,
y parecen formar escenas como la de caza en Corcuela.
Según parece, tres fueron los dólmenes que durante varios siglos
acompañaron al pueblo de Tózar y que nos remontarían
a época Calcolítica. En la actualidad solo se conserva el conocido
como Pileta de la Zorra que corresponde a la tipología de dolmen simple
y en cuyo interior, se practicarían enterramientos por inhumación.
Próximo al mismo, encontramos una pequeña necrópolis
medieval con tumbas antropomorfas excavadas en la roca y de dudosa cronología,
algunos historiadores la datan de época visigoda, y los hay que lo
hacen en la musulmana por seguir todas ellas una misma orientación.
Como se puede imaginar, las tierras del municipio han sido desde antiguo un
lugar muy favorecido para la explotación de la actividad agropecuaria,
prueba de ello es el gran mosaico de Tiena, perteneciente a lo que debió
ser una importante villae romana del Alto Imperio. De este periodo son los
dos silos excavados en la roca que se conservan en Tózar, junto al
dolmen y a la necrópolis.
La dilatada pervivencia de Al-andalus ha sido la culpable de la existencia
del elevado numero de testimonios de este periodo histórico en la península,
y como no podía ser menos, en lo que fue su último vestigio,
el reino nazarí de Granada.
Cuando en 1341 el rey Alfonso XI conquista Alcalá la Real, la existencia
de Hins al- Muklin o Fortaleza de las Dos Pupilas adquiere su razón
de ser. Formado entre 1248 -nacimiento del emirato granadino- y 1280(1), el
castillo toma el testigo a lo que fue la fortaleza musulmana de La Mota. Será
el encargado de controlar posibles avanzadillas por parte de tropas cristianas
en la vega granadina a través del Camino Real. Para ello, el castillo,
se prevé de un grupo
de atalayas o torres vigía de una gran belleza visual, ya no solo por
su morfología -que suele ser la misma en todas-, sino por el lugar
en que se ubican. Por cuestiones funcionales, todas ellas han sido colocadas
en grandes promontorios de roca caliza que permiten una mayor elevación
de la misma, mejorando su campo de visión al tiempo que se las dota
de una cierta elegancia y prestancia que aún hoy cautivan al que las
observa a su paso.
Son cuatro las atalayas que prestaban su servicio al castillo -la torre de
la Porqueriza o Tózar, de la Solana, de Mingoandrés y la Gallina-,
todas ellas de planta central, realizadas en mampostería con cuarcitas,
calizas, travertino y otras variedades minerales, con verdugadas de ripio
unidas por una argamasa de aspecto terroso. Estuvieron provistas de una pequeña
habitación en la parte superior, a la que se accedía a través
de un vano, y en la que se alojaba el guardián encargado de avisar
mediante espejos o fuego a los habitantes del castillo en los momentos de
riesgo o asedio. Cronológicamente hemos de encuadrarlas en torno al
siglo XIV, en pleno desarrollo nazarí; actualmente se encuentran en
muy diverso estado de conservación. Hacia 1993 la Escuela Taller de
Moclín llevó a cabo una intervención de dudosa calidad
sobre la torre de la Solana -algo abombada en su parte central-, en la que
se ocultó un poco de su mampostería enripiada. Hoy es la de
Tózar la que precisaría una urgente intervención pero,
posiblemente, centrada en trabajos de consolidación y no tanto de reconstrucción.
Por otro lado la de la Gallina, en el entorno de Puerto Lope, solo conserva
algo de su base cilíndrica al haber sido destruida hacia 1970 por un
rayo.
Esteban de Garibay, autor de una historia universal de los reinos de España
en el siglo XVI, vincula la génesis de Moclín a la toma de Jaén
por parte de Fernando III en 1246, variando así, en dos años,
la fecha anteriormente citada. De lo que no cabe la menor duda es que la primera
mención documentada a la fortaleza se remonta a la Crónica de
Alfonso X(2), en 1280, cuando es avistada por las tropas del infante Don Sancho.
Ha titulo informativo decir que algunas hipótesis trasladan su origen
a época zirí o almohade(3), pero hasta el momento, ninguna de
las prospecciones arqueológicas llevadas a cabo en el recinto han podido
corroborarlo, no encontrándose restos anteriores al periodo nazarí
(1238-1492).
El castillo de Moclín es de los pocos ejemplos que se conservan de
doble amurallamiento, es mas que posible que el recinto inferior albergase
la villa mientras que el superior seria el utilizado como castillo propiamente
dicho. Si dos son los recintos amurallados, dos son las etapas constructivas
que apreciamos en sus muros. Podemos suponer que el espacio militar dio origen
al pueblo, por lo tanto, el primer recinto sería el de posterior creación.
En el apreciamos una alternancia, sin un ritmo concreto, de torres de planta
circular con cuadradas, tanto ellas como los lienzos de muralla son realizados
en mampostería con verdugadas de ripio, reforzadas en sus esquinas
con sillares mas o menos trabajados. El paño occidental queda interrumpido
por un espolón rocoso que, aún permitiendo el ahorro de materiales,
conserva restos de lo que fue una torre. Tanto este lienzo como el oriental,
por cuestiones orográficas, debieron adaptarse al terreno con una construcción
escalonada rematada por almenas en tapial, muchas de ellas perforadas con
saeteras. Es posible que debamos a una intervención de la Escuela Taller
la inserción de lo que parecen ser tres proyectiles en el lienzo de
la muralla meridional, en ella tiene cabida la Torre Puerta del castillo a
la que se accede por una pequeña rampa. Un arco adornado con el escudo
nazarí en la clave nos da paso en recodo simple al interior del recinto
mediante otro arco, en este caso decorado con la llave. Inclinadas y estrechas
escalinatas nos conducen al segundo piso, destinado a vivienda del guardián,
con una puerta que se comunica con el adarve que recorre toda esta muralla
permitiendo el acceso a este piso tanto desde el interior de la torre como
desde el muro defensivo. El tercer piso corresponde a la terraza, también
con almenas realizadas en un tapial hormigonado de bastante consistencia.
Ya en el recinto superior, la parte mas meridional del castillo o alcazaba
aparece con el mismo sistema constructivo, a saber, mampostería enripiada
con ángulos reforzados en sillares; la particularidad quizás
resida en el hecho de que tras esta línea, que recorre toda la zona
superior, aparece una segunda en tapial, que no hace sino reforzar aún
mas el castillo por esta parte. De tapial también era primitivamente
la torre del homenaje o del alcaide, aunque en la actualidad y tras las restauraciones,
no permite ver con claridad su evolución constructiva.
Posiblemente una de las partes mas bellas del recinto superior sea la situada
mas al norte, es decir, la que se proyecta sobre Alcalá la Real, de
ahí ya no sólo su mayor monumentalidad sino su alternancia rítmica
de torres cilíndricas con cuadradas. En el ángulo NO aparece
la única torre de planta poligonal, que queda incomunicada del resto
de la muralla por haberse perdido el muro. Próximo se encuentra el
gran aljibe del recinto, adosado por uno de sus lados mayores al lienzo norte,
con cubierta de bóveda de medio cañón, en su interior
se aprecian unas marcas que podrían deberse a la división del
mismo en dos cámaras. Debido al estado ruinoso del castillo no podemos
constatar el modo de almacenamiento del agua pero posiblemente, el aljibe,
se surtía de la procedente de la lluvia o mediante un suministro a
base de cubos. En cualquier caso, las dimensiones del mismo son bastante considerables,
en su exterior se conservan aun los restos de sistema de encofrados. Entre
este y la torre del homenaje se han encontrado lo que parecen ser los cimientos
de otro aljibe de menores dimensiones, lo cual no sería de extrañar
si tenemos en cuenta que hacia 1761 Francisco Ferrón, en su noticia
histórica de la villa de Moclín, hace referencia a la existencia
de varios.
El reino nazarí sufre un duro golpe cuando el 26 de junio de 1486 cae
el que durante mucho tiempo ostentó el titulo de llave y escudo de
Granada(4). Como muy bien relata Hernando del Pulgar en su crónica,
dos fueron las noches y uno el día que el castillo de Moclín
resistió el asedio de las tropas cristianas. En este evento jugó
un papel decisivo el uso de la artillería que, durante ese tiempo,
fue haciendo mella en sus defensas y obligando a sus moradores a ir reparando
los daños durante la noche. Otro cronista, Bernáldez, atribuye
la entrega del castillo a un hecho fortuito, nos referimos al proyectil cristiano
que perforó una de las bóvedas del edificio que albergaba la
pólvora del castillo. Según cuenta, fueron tales los daños
materiales y de vidas humanas que no se prorrogó mas la entrega de
Hins al- Muklin al Marqués Duque de Cádiz. A partir de aquí,
la caída definitiva del reino nazarí es sólo cuestión
de tiempo ya que queda abierto el acceso a la Vega.
El deseo cristiano por dominar estas tierras no se remonta a 1486, desde el
momento en que se conquista la vecina Alcalá la Real los intentos por
adentrarse en el reino nazarí serán una constante. Caben destacar
en este caso los hechos acaecidos el 3 de septiembre de 1485, cuando el ejercito
de Moclín cae por sorpresa sobre el castellano dirigido por el conde
de Cabra, Don Diego Fernández de Córdoba, en el lugar que hoy
se conoce con el nombre de Campos de la Matanza, situado en el Camino Real.
El cortijo homónimo y levantado en arquitectura tradicional que hoy
ocupa este espacio, permite la pervivencia en nuestra memoria de semejante
acontecimiento.
La toma de castillos como el de Loja, Montefrío, Illora o Moclín
aparece inmortalizada en la sillería de la catedral de Toledo, obra
del Maestro Mateo Alemán. En este último caso, encontramos una
composición simétrica centrada por el castillo del que huyen
tres musulmanes. En primer plano y enfrentados aparecen dos grupos figurativos,
a la derecha la Reina con la Infanta Doña Juana acompañadas
de caballeros y pajes y, a la izquierda, el Cardenal Mendoza con similar cortejo.
Entre ambos grupos y a modo alegórico, un hombre hace activar el mortero
causante de la caída del castillo.
Con la toma cristiana llegan las primeras transformaciones al pueblo, para
adaptarlo a sus nuevos moradores, prueba de ello es la construcción
de obras como el Pilar de la Fuente
Vieja en la salida, junto a la carretera que conduce a Puerto Lope. En estilo
renacentista, realizado con grandes sillares y en cuyo frontal, a modo de
cartela, aparece una inscripción hoy día casi tan ilegible como
la que recorre su friso y que ya trató de interpretar en su momento
el profesor Gómez-Moreno Calera(5). Está coronado por lo que
debió ser un frontón circular, con tallos vegetales en S y un
jarrón a cada lado. Por la entrada al pueblo encontramos también
una cruz de itinerario sin fecha alguna, pero por la cantidad de patina que
invade su peana, debe ser tan antigua como la que hay frente a la fachada
de la iglesia.
Por el momento, los escasos estudios realizados en el castillo parecen coincidir
en que durante la Edad Moderna el recinto inferior, que alojó las viviendas
de sus moradores, empezó a abandonarse y a desarrollarse extramuros.
Posiblemente porque en momentos de paz no tenia mayor sentido seguir habitando
la zona más incómoda, con una altitud aproximada de 1065 metros.
De época moderna es el Posito del Pan (1550-1599), instalado en la
calle de La Mota, con la misión de almacenar el trigo de los vecinos
del municipio para prevenir la carestía de pan. Está provisto
de una cubierta a vertiente sencilla y dos portadas de medio punto con sillares
perfectamente labrados, la del lado menor destaca por estar coronada sobre
su clave por un escudo de Felipe II y jalonada por dos grandes aldabas de
forja. La portada del lado mayor queda en alto, es por ello que se ha recurrido
a la colocación de un pequeño saliente. Al parecer su situación
fue tan desahogada que en alguna ocasión la corona le pidió
ayuda cuando tuvo dificultades económicas, también contribuyó
a la creación del banco de San Carlos (antecedente del Banco de España)
y del Monte de Piedad (en 1603)(6).
Pero sin lugar a dudas, la empresa de mayor envergadura llevada a cabo inmediatamente
después de la conquista fue, la construcción de la Iglesia Parroquial
de
la Encarnación -hoy mas conocida como Santuario del Santísimo
Cristo del Paño-, advocación por la que los Reyes Católicos
siempre mostraron una especial predilección, así pues, véase
el caso de Illora o Colomera. Son muchos los que han especulado sobre la posibilidad
de que dicha iglesia se levantase sobre la primitiva mezquita, aunque hasta
el momento, ninguno de los estudios llevados a cabo en el recinto han podido
confirmarlo. Parece ser que por el año de 1505 ya estaban comenzadas
las obras por el albañil Ximena y para 1530 la iglesia ya debía
estar compuesta por una nave con capillas hornacinas y una cabecera de poca
envergadura.
Desde su construcción estuvo sometida a diversas modificaciones, en
1543 el cura Francisco de San Sebastián paga a Diego de Siloe la cantidad
estipulada por ir Moclín para trazar la nueva capilla mayor y su retablo,
ya que la que tenia era poco monumental(7). Esta fue la razón que llevó
a don Manuel Gómez Moreno a atribuir la obra a semejante artista, actualmente,
la aparición de nuevos documentos desmienten esta idea. Es el profesor
don Lázaro Gila Medina el que especula sobre la posibilidad de que
las trazas de Siloe no llegaran a buen puerto por exceder las posibilidades
económicas de la Iglesia. Las circunstancias favorables llagarían
cuando el 28 de junio de 1551 el clérigo D. Francisco de Zamora, en
nombre de D. Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, y los consiliarios de la
iglesia de Moclín, Gonzalo Lizanas y Pedro Ruiz, se concentraron con
Martín de Bolívar con el propósito de que este diseñara
las trazas de la capilla mayor y la sacristía bajo las condiciones
que este estableciera(8) -entre otras hacer un arco para cobijar el retablo-.
Martín de Bolívar muere en el mes de diciembre cuando la obra
todavía no se había comenzado, incumpliendo su palabra de empezar
las obras antes de primeros de octubre. El caso es que sorprendido por la
muerte, su hermano Miguel se ve obligado a sustituirle tanto aquí como
en la iglesia abacial de Alcalá la Real y la torre de Illora.
Vuelve a ser Gila Medina, apoyado en los estudios de Gómez-Moreno Calera,
el que plantea la posibilidad de que Miguel trabajase en colaboración,
o bien fuese sustituido, por un tal Martín de Bolívar, hijo
del maestro de cantería Juan, activo en Alcalá la Real y también
oriundo de Bolívar, en el Señorío de Vizcaya. Pero en
cualquier caso, fueron las trazas diseñadas por el difunto Martín
de Bolívar las que se llevaron a cabo por el año de 1552.
La capilla mayor adquirió tal desarrollo que quedó por encima,
en altura, del resto de la iglesia. Los trabajos fueron llevados a cabo en
sillería, en algunas partes se aprecia el uso de un aparejo a soga
y tizón de origen romano. En cada uno de sus ángulos insertó
grandes contrafuertes y, en su interior, llama poderosamente la atención
el empleo de arcos ojivales y bóveda de estrella por parte de un artista
impregnado ya por la estética del renacimiento, como queda de manifiesto,
por ejemplo, en los trabajos que realiza para la iglesia abacial de Alcalá
la Real; aunque posiblemente fue para no romper la unidad estilística
con el resto del edificio construido en una tipología tardomedieval.
El caso es que diseña una bella bóveda de estrella cuyos nervios
quedan unidos por un anillo decorado con hojarasca trifoliada, de su núcleo
colgaba una lámpara, en la actualidad sustituida por una pequeña
roseta de bronce. La única ventana de la capilla responde al estilo
de Martín de Bolívar, de medio punto, con derrame tanto desde
el interior como desde el exterior, con pequeños baquetones recorriendo
todo su interior y entre los que coloca su clásica moldura de ovas
y dardos.
Entre los años 1947 y 1949, tras los daños sufridos durante
la Guerra Civil, se abordan los trabajos que configuran el aspecto final del
santuario, llevados a cabo por Francisco Prieto Moreno, que añadió
una espadaña orientada al pueblo de estilo neoescurialense junto a
una galería mirador -sobre las capillas laterales de la iglesia-, también
orientada al caserío. De la armadura de menor altura que tuvo en su
origen la nave, por cuestiones económicas, se pasó a una cubierta
de bóveda apuntada que se ponía al nivel de la capilla mayor
hasta que este ultimo arquitecto la rebajo con una bóveda de arcos
fajones decorados con falsos casetones en su intradós.
La portada con arco de medio punto que da acceso a la sacristía desde
la capilla mayor esta flanqueada por dos pilastras toscanas cajeadas, sobre
su entablamento y a cada lado, aparecen dos pequeños florones que sirven
de marco a las dos aletas geométricas que cobijan un medallón
que contiene una venera hacia abajo y sobre la cual colocó una cruz
potenzada, en las enjutas del arco pone dos discos con el anagrama de Cristo
en latín y griego, siendo la segunda vez que utiliza Martín
de Bolívar semejante cultismo para decorar una portada como aparece
en la que da acceso al coro de la iglesia abacial, solo que en este caso,
en el dintel.
En la sacristía lo que más destaca es su bello alfarje renacentista
con jácenas, sin decoración, que arrancan de un amplio estribo.
En las calles resultantes aparecen lazos hexagonales, en cuyo interior crean
una especie de casetón decorado con bellas rosetas bolivarianas, algo
mayores en tamaño que las que coloca en la unión de cada casetón.
Destacar por último el vano rectangular que ilumina el interior, adintelado
y con semejanzas al que hay en el cuerpo inferior de la torre de la iglesia
parroquial de Illora.
Algo mas trabajada es la portada que hay a los pies de la iglesia -sigue un
esquema similar a la anterior-, aquí las pilastras también son
cajeadas aunque de orden compuesto, el entablamento esta algo mas ornamentado,
en su friso y sobre las pilastras, aparece inscrito: AÑO 1560, mientras
que en el centro y sobre la clave del arco encontramos el escudo del arzobispo
Guerrero que, según Gila Medina, también pudo tener la intención
de aparecer donde esta la venera de la otra portada, por ser él uno
de los promotores de la obra. El arco de medio punto esta decorado con pequeñas
ménsulas intercaladas con guirnaldas y justo en la clave una mensula
de mayor tamaño, en las enjutas del arco hay un disco. Sobre el frontón
dos aletas flanquean un óculo abocinado provisto de un angelito sobre
el que se ha colocado lo que parece ser una granada. El mismo motivo ornamental,
que recorre a modo de rosario este friso, lo encontramos enmarcando la ventana
de la sacristía.
Como ya se ha adelantado, la iglesia hoy día es mas conocida como santuario
del Cristo del Paño por albergar en su interior un lienzo de gran formato
-casi nueve metros cuadrados- conocido con este titulo y por acoger todos
los años una importante romería en la que se llegó a
inspirar Federico García Lorca para alguno de los pasajes de Yerma.
El tema icnográfico es el de Cristo con la cruz a cuestas en el momento
en que hace ademán de caer en plena calle de la amargura para lo que
se apoya en el arranque de un árbol cortado, lo mas impactante es la
mirada que el Cristo dirige al espectador buscando una cierta complicidad
con el mismo. Basándonos en los estudios de Félix Rejón
Martín(9), el origen de este lienzo anónimo no esta muy claro,
tradicionalmente se ha dicho que llegó a la villa de manos de los Reyes
Católicos junto a una Virgen de la Victoria, lo cual vendría
justificado por el echo de tratarse de un lienzo que permitiría un
fácil traslado. La imagen que nos ha llegado es el resultado de múltiples
restauraciones que posiblemente han modificado bastante el lienzo original.
Al parecer, el nombre con el que se conoce a este Cristo puede deberse a un
milagro vivido por un sacristán, que tras lavar la imagen con agua
y esperar que se secara al sol, besó sus pies y acto seguido recuperó
la visión de la que fue privado con su enfermedad del paño que
era como se conocía en esos años a las cataratas. Según
Gómez-Moreno Calera la iconografía y estilo están mas
próximos al siglo XVII o posterior, que al XV; a esto podemos añadir
el hecho de que por uno de los lados del Cristo se puede divisar la silueta
del Castillo e Iglesia parroquial de la Encarnación, algo extraño
si tenemos en cuenta que una de las hipótesis es que fueran los Reyes
Católicos los que trajeron el lienzo, cuando la iglesia no era ni un
proyecto, aunque con las continuas restauraciones a que ha sido sometida la
obra, cabe la posibilidad de que este detalle se haya incorporado con posterioridad.
Recordaremos que una de las obligaciones de Martín de Bolívar
en su contrato era el añadir un arco en la capilla mayor para colocar
el retablo renacentista que estuvo formado por banco, cuatro pisos, ático
y cinco calles, las bajas estaban separadas por pilastras talladas con decoración
de grutescos mientras que las superiores por medios balaustres. La calle central,
algo mas ancha, estaba decorada por esculturas de San Juan Evangelista, la
Encarnación y un Calvario en el ático; las laterales, en su
origen, completaban con pinturas los temas de la Vida y Pasión de Cristo,
y las extremas, que estaban rematadas por medios tondos, también decoradas
con pinturas de diversos Santos. En 1742 fue modificado, eliminando el encasamiento
central y los cuatro adjuntos de las calles adyacentes para acoger la pintura
del Cristo del Paño. En la actualidad el cuadro descansa en el centro
de un retablo de traza neoescurialense, en el ático aparece una imagen
de la Encarnación en la que el Arcángel San Gabriel se arrodilla
ante Maria, al tiempo que el Espíritu Santo baja en forma de paloma,
ante la atenta mirada de varios querubines que se asoman por el rompimiento.
El interior del templo estuvo ricamente decorado antes de que la Guerra Civil
hiciera sus estragos en el, de sus piezas sólo comentaremos el Pendón
que se estrenó en 1598, con un costo que superó los quinientos
ducados, realizado en terciopelo carmesí y ricamente bordado en oro
con tallos vegetales que enmarcaban tres óvalos, dos de ellos -al parecer
con una mayor carga decorativa- fueros cortados, dejando solamente el que
se correspondía con el escudo de Moclín. La casi nula atención
que se le prestó a esta obra de gran valor histórico-artístico
provocó que por el año de 1970 llegase a su fin como ya denunció
Félix Rejón Martín en su libro cuando descubrió
en 1980 que el Convento de Madres Carmelitas de Granada estaba bordando un
bonito escudo de Moclín sobre terciopelo verde para la túnica
del Jesús Nazareno de la villa, realizado en 1955 por D. José
Martín Simón. La tragedia viene cuando averigua que para su
ejecución se estaba empleando el hilo de oro del ya desaparecido pendón
de finales del siglo XVI.
Por ultimo dos fueron las ermitas que se construyeron en las cercanías
del castillo, la de San Sebastián y la de San Antonio Abad -San Antón-
que es la única que se conserva. Al parecer, ambas se remontan al siglo
XVI, a esta última se le ha modificado recientemente su aspecto original
con la incorporación de un pequeño pórtico sostenido
por dos pilares. Está provista de una cubierta a cuatro aguas y construida
con grandes sillares hoy ocultos y de difícil identificación
por estar encalados al igual que su espadaña.
Todas estas obras, declaradas en su mayoría bienes de interés
cultural por la legislación vigente, se complementan con el trazado
urbano mas frecuente en los pueblos andaluces, calles irregulares y estrechas
de influencia islámica que en este caso se adaptan al terreno extendiéndose
por la ladera, mucho mas cómoda que el interior del castillo. Esta
arquitectura tradicional recurre en su técnica al empleo de mampostería,
tapial y adobes, todas ellas encaladas y revocadas con yeso en su interior
y sin mayor preocupación por el exterior que suele presentar una superficie
heterogénea, realzando con un deseo ornamental la parte inferior de
la fachada a modo de zócalo que puede aparecer pintado en otro tono
aunque esto sea, una practica mas reciente. Generalmente son de dos plantas
en las que la baja suele concentrar los servicios de cocinas, cuadras, dormitorios...
mientras que la superior es destinada a dormitorios y almacenaje de productos
y utensilios agrícolas. La simetría en sus fachadas no se cumplía
a raja tabla, siendo sus vanos de pequeñas dimensiones, con ventanas
en madera y rejas sencillas, las cubiertas suelen ser a doble vertiente con
tejas árabes.
En la actualidad la imagen del pueblo se está viendo alterada con la
incorporación de elementos foráneos que contribuyen a la perdida
de algunas señas de identidad arquitectónica que, durante tantos
años, han caracterizado a las construcciones de esta zona. En este
sentido sería interesante la intervención de las autoridades
pertinentes con la elaboración de una ordenanza figurativa que favorezca
la pervivencia de estos valores en el tiempo.
BIBLIOGRAFÍA
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Granada: Ayuntamiento de Moclín, 1988, pp. 40-50.
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Legado Andalusí, 1966, pp. 96-100 y 242-245
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Granada: Consorcio del Poniente Granadino, 2001, pp. 80-87 y 94.
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de Isabel la Católica. Granada, 1992, p 41.
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168-188.
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montes. Granada: Diputación Provincial de Granada, 1996, p. 18.
8.GILA MEDINA, Lázaro. Arte y artistas del renacimiento en torno a
la Real Abadía de Alcalá la Real. Granada: Universidad de Granada,
1991, pp.145-154.
9.REJÓN MARTÍN, Félix. Moclín y el Cristo del
Paño, Granada: Monachil, 1982, pp. 91-94 y 115-116.

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