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| http://www.alonsocano.tk http://perso.wanadoo.es/alonsocano1601 ISSN: 1697-2899 D.L:GR2134/2004 | |||||||
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TRES HORAS ENTRE EL MUSEO DEL PRADO Jorge Jesús Cabrerizo
Hurtado Abril. El Museo. Un amigo. Si conocemos a Eugenio D’Ors
podremos creer fácilmente que el amigo al que se refiere no somos
nosotros o, en todo caso, no se trata del ficticio neófito que le
acompañara en su arbitraria y desencorsetada visita de 1923. Que
es una de sus ironías. De sus cultezas. De sus d’orsadas. Abril es buena fecha -y Madrid es soberana en primaveras-
para visitar, como hiciera D’Ors, la vieja Academia de Ciencias. La
nunca existente Academia de Ciencias. Aborto borbónico de ilustrados
inconstantes, conde de Floridablanca y desidia propia del Godoy retozón
y embaucador. ¿Quién necesita un Gabinete de Historia Natural,
si resulta que presta mejor servicio como cuadras para las tropas de Murat? Y dice la letra almacenarían porque almacenes es lo que fueron. Almacenes de cuadros viejos e incómodos en un edificio viejo e incómodo, caballeriza, para un rey que solo pensaba en conspiraciones judeo-masónico-liberales (el guiño no es inocente: es simplemente cierto. La Historia se repite. Lo que no es tradición es plagio. Hasta en las neurosis de los déspotas). El primer aire que huelen los 311 cuadros que se apilaban, con mayor o menor lustre, en 1819 sobre las paredes neoclásicas fue aire de cuadra. Más de un putti veneciano perdió la compostura. Se visitaba entonces los miércoles y casi todos los que lo hacían eran extranjeros. Nosotros lo visitamos un lunes. Y casi todos los visitantes somos nosotros. Conocidos de hace muchos años y amigos de Don Eugenio. Pasen, pasen entonces. Pero esta vez no venimos a conversar con ligereza, al calor de la amistad consabida y en torno a un buen fuego –ya sea el del hogar de un Teniers o de un cuerpo femenil tizianesco-. Para nada. No venimos a postrarnos ante el icono giocondo que es el autorretrato de Durero (deberían haberse postrado ante él todos los cubistas que se decían creadores. Lo que no es tradición es plagio. Plagiarios. De rodillas ante el humilde pliegue de la capa a lo deshabillé. Dandy estudiado. Milimétricamente. Es dibujo. Es grabado alemán. Es tradición. Es cubismo). No venimos a vestir con la imaginación a las Venus y a las Rubens. Ni siquiera a buscarnos entre los frunces oscuros de una sonrisa idiota en una pintura negra. Pasamos de largo a Velázquez, como si ya no tuviera nada que contarnos. Con la misma flema con la que él nos observa desde unas Meninas más pequeñas desde que dejaron su capilla sancta-sanctorum, en la sala central, para encontrarse colgadas en un pasillo. Sala que es el Templo, que lo llama Fernando Chueca. Y templo en verdad, del Pontífice de la Pintura –tal vez por eso lo mirara el Papa Inocencio con expresión entre curioso y sorprendido molestamente -. Templo ahora desamortizado. Sorprende gratamente que hayan vuelto a sus cuitas los copistas. Dos caballetes. La cabeza de uno de los doctores, barbado y aturbantado, que escucha atentamente, recostado con indolencia sobre el espaldar de su silla, a Cristo adolescente. Solo la cabeza. Me extraña. Y no es que sea lo mejor de Veronés. Ni tan siquiera del cuadro. En el otro, la reciente adquisición del Museo: El barbero del Papa. Del Papa que hablábamos antes y pintado por el Pontífice al que se ha hecho referencia. Las medidas del cuadro son las mismas en copia y original. Eso es ilegal. Suerte que copiar al maestro no acarrea peligro alguno, por su imposibilidad. No venimos a conversar, decíamos, con los centenares de metros de tela manchada con formas y colores singulares distribuidos de forma efectiva. No. Venimos a violentar la intimidad del edificio de Villanueva. * * * * Las salas de restauración son estrechas. Necesita
el restaurador perspectiva para contemplar la totalidad del cuadro. La importancia
del conjunto, que nos recuerda D’Ors al referirse a Ingres en su apéndice
para la tarde siguiente a las tres horas del Museo. Aquí se pierde.
Es cierto que el edificio primitivo no preveía esta necesidad. Pero
para eso estamos los que recogemos el relevo desde el futuro, nuestro presente.
Buenos profesionales. Buenas obras. Malas condiciones.
El taller de restauración de escultura me trajo recuerdos de la dantesca
visión del foso del Louvre, plagado de cadáveres de figuras
en piedra. Trozos vergonzosamente exhibidos en su desnudez mutilada, por
decenas, de formas humanas y animales. A la intemperie. Mojados por la lluvia
pequeña y constante de un París de cielo plomizo inabarcable.
Era un crimen. Un caso para Maigret. * * * *
La ventilación. El sistema de clima mantenido. Fue imposible ver, las obras de remodelación lo impedían, los enormes bunkers que lo conducen bajo la galería central. Todo un túnel para la maquinaria pesada y complejísima que se encarga de esa función vital para un museo. Pero con un defecto: en pocos años –hoy las ciencias adelantan…- se ha quedado obsoleto, excesivo, paleolítico. Y un peligro: al constituirse un túnel que cruza en sentido este-oeste, interseccionando bajo el eje norte-sur de la mole de Villanueva, y rellenarlo de tuberías y comunicaciones pesadas –sistemas de ventilación- de material duro –es un bunker- en un terreno tan poco sólido –blando- como es el arenal en el que está construido El Prado, se favorece la posibilidad de que el edificio se parta. Simple y llanamente. Como se parte por su propio peso una barra de helado si se deja sobre otra barra de plomo formando ambas un aspa. El helado, y si es nata más, es tan neoclásico… * * * * Bajo el edificio, un sistema de comunicación. Sobre éste, otro. En las alturas del Museo, todo lo largo de su planta, el doble acristalamiento, el aislante térmico, lumínico y de seguridad, se asemeja a la sala de máquinas de un barco. Un barco blanquísimo, aséptico hasta el delirio. Tremenda suerte hacer las veces de fantasmas atrapados entre los muros de la centenaria construcción. Pisar sobre las salas de todo el Museo, una sensación casi enfermiza, tiene algo de ego desbocado. Simplemente complejo. Ese es el término. No puede el conocedor del Arte dejar de pensar en Dalí, ascendente junto con Gala en una de las salas de su teatro-museo. Así estamos nosotros, pisando sobre las cabezas de los visitantes… y de los Greco, los Velázquez, los Rubens, los Tiziano… La Inmaculada de Murillo alza la cabeza, la de Soult, la que opina Don Eugenio que es la peor obra del autor. Su mirada cobra nuevo significado si nos sabemos pisando sobre el techo que le cobija. Nos ha descubierto. * * * * Tiziano, entre el placer y la dignidad, se abre ante nosotros. Se despliega su grandeza de colorista. Como Pontífice es el otro, éste es Emperador de los Pinceles. Si uno de ellos cae de su anciana y venerable mano, Carlos agacha la cerviz y lo recoge, tal es su rango frente al resto de los mortales. Se abre ante nosotros, se despliega su grandeza… y da paso al ascensor que conduce a los almacenes. Pocos cuadros en los terribles peines, que son el castigo
por ser mediocres. Por querer y no poder. Como el edificio en su día.
Pero hoy el edificio es los que no esperaba ser pero es más -¡sin
duda!- de lo que hubiera sido de ser. Y se olvida de su pasado incierto,
y no muestra compasión con los que tampoco acaban de ser. Varios
cuadros que no terminan de ser un Greco. Un retrato del Cardenal Infante
que no termina de ser un Goya. Bodegones que no terminan de ser Pintura.
Una efigie institucional del Rey Don Juan Carlos se asoma como extraño
entre monadas dieciochescas. Santos olvidados. Pifias de atribuciones. Cuadros
que no quiere el gran señor, el Museo. Se personifica aquí
como un coleccionista altanero, un sibarita que devora tan solo la realeza
de las Artes. No se molesta en aperitivos más o menos sabrosos. Quiere
sólo lo mejor, lo exquisito. * * * * El dandy Aureliano de Beruete –dandy como el antes nombrado Durero, ambos sostenedores de guantes color yema- que hizo del Museo un lugar moderno, europeo, en su breve periodo como director de la institución, aparece, como lo pintara Sorolla, detrás de nosotros, boquiabierto por lo que ve. Como nosotros. Su mostacho a la austriaca nunca hubiera podido imaginar que los rayos misteriosos -tan misteriosos que su nombre se oculta tras una lacónica e intrigante X- ayudarían a ver lo invisible. La vida de un cuadro, desde que nace hasta que vegeta, quieto y cauto, terminado… sinónimo de acabado. Embalsamado para la Eternidad. Se puede ver al Rubens que añadía telas a
la barroca rotundidad de su Epifanía. El Rubens costurero. Se ven
cabezas de santos que no están, o parecen no estar, aunque te esperan
acechantes, agazapados desde las sombras de un cuadro tenebrista. Se ve
que Goya sabía lo que se hacía en La familia de Carlos IV.
Confusión, dibujo que no existe más que en la superficie.
Nervio. Genialidad. Y la imagen digitalizada, el ordenador, hoy esclavo y esclavizador, es la más apabullante novedad en el conocimiento de las telas. Pronto, muy pronto, lograremos escuchar la respiración del ácaro centenario que duerme su sueño plácido enroscado con la escama de un pelo del pincel de Rembrant, atrapado accidentalmente en las manchas doradas que dibujan la manga derecha de la oronda Artemisa. Por ahora, la técnica nos conforta con ver las pinceladas más relamidas, las más certeras formas, como si fueran cañones orográficos. Son cordilleras de gamas vivas, como cuando un atardecer rojo sangre baña, lamiéndolas, las piedras del Colorado. O las de Guadix, que son las mismas. * * * * El Museo del Prado tiene ocupados la mayor parte de las
salas de restauración con las pinturas del Salón de Reinos.
La experiencia de reconstruirlo por completo –probablemente en El
Casón- será una interesante curiosidad. Se une al Arte la
Antropología y casi la Arqueología. La Historia, en todo su
pleno sentido, se verá retada con esta iniciativa. En este tiempo
de endiosamiento científico que nos ha tocado vivir, El Prado piensa
ofrecernos un clon de lo que fuera el Salón de Reinos. Valiente engaño: el siglo XIX nos sobrepasa. Es el siglo más largo de la Historia, y sigue inveterado entre nosotros. Si no, vistazo a lo que sucede a nuestro alrededor. Por eso precisamente se desprecia, como cuando nuestra imagen en una fotografía negamos que nos haga justicia. Y bien que la hace. * * * * Desde los tejados del Prado, desde una de las torrecillas herrerianas cubiertas de plomo, se puede ver la panorámica de techumbres del gran Madrid y, de otra parte, las obras, claras y ufanas, de la ampliación del Museo. La Villa de Madrid y el edificio de Villanueva, en su enormidad, participan con soltura de una proporción que engaña. Parecen abarcables ambos y, sin embargo, terminas comprobando la falacia de esta afirmación. Frente a nuestros ojos: la Historia ejecutándose. El cubo de Moneo sigue inteligentemente la idiosincrasia
cromática y material del antiguo Prado. No deslucirá. Además,
el claustro de Los Jerónimos quedará como envuelto, expuesto
en su propio museo, que es él mismo. Fagocitado. * * * * El Prado vive hoy en la febril intranquilidad del cambio. Un cambio enorme a los ojos de tan veterano dinosaurio. Se revisan las normas internas. Se globaliza. Se mece al Arte entre los brazos del traicionero marketing. Se olvidan principios fundamentales, se ignoran para dar cabida a los nuevos aires, a la sociedad del gusto rápido, del poco tiempo y muchas ganas, ansias, que duele… El Prado es hoy, fuera, en la costra que lo recubre, y dentro, un mar de inseguridades. De por ahoras. El cambio de los cambios lo vive hoy El Prado amigo. Ya nada será igual. Desaparecerá el atraso del sabio anciano en pos de la modernidad, de los nuevos usos, las nuevas necesidades. La economía. Más ganancia. Más dinero. Más servicios. ¿Llegará El Prado a convertirse en un parque temático, como lo es ya la Catedral de Córdoba, en el que lo que menos importe sea el edificio, lo que preserva, lo que sus paredes guardan… lo que significa realmente? ¿Se entretendrá el turista veloz y ansioso, frustrado, que no comprende porque no tiene porqué comprender, que va porque le dijeron que fuera, alienado y confuso, aburrido y zafio, se entretendrá, digo, más tiempo en la cafetería, comprando en la tienda de souvenir, leyendo una cartela informativa o visionando una presentación multimedia, se entretendrá, digo, más tiempo en todo esto que en contemplar el azul de un Veronés, en buscarle los tres pies al gato en El Jardín de las Delicias, en respirar el aire de Las Meninas? Y no hablo de finezas intelectuales. No hablo de d’orsadas esta vez. Hablo de juegos, de percepciones básicas, de disfrutar –me gusta, no me gusta- de la Pintura. No de estudios científicos sesudos. Tan sólo de vivir una experiencia de la mano de un amigo con el que pasar al menos tres horas en el Museo. Un amigo Prado. Un amigo Greco. Un amigo Luz. Un amigo Risa. Un amigo Erotismo. Un amigo Mística. ¿Sucederá eso en el nuevo Prado del nuevo siglo? Nuevos aires. Nuevas necesidades. Viejos cuadros. Viejos ojos, hasta los más lozanos de Las Majas, que nos miran sabios. No envejecen, en apariencia. Siempre jóvenes, pero es paradoja. ¿Soportarán los amigos cuadros lo que les viene encima? Su estampa en una camiseta es más ellos que ellos mismos. Una conferencia sobre ellos. No es conocimiento. Es negocio. Es marketing. Dios quiera que no acabe siendo circo. Pero todo cambio es bueno, toda evolución hace caminar
con mayor soltura y no quedarse atrás. Pero confiemos. Cuando yo falte, cuando forme parte, dentro de no mucho, de la frialdad de la ceniza, el Niño Jesús que pintara Murillo –Dios lo quiera- seguirá con el brazo alzado que sostiene un pajarillo tentando al perrito blanco. La bella de La Bacanal de Tiziano seguirá mostrando con insolencia etílica el dorado de su cuerpo al sol, lujuriosa. Las figuras del Greco seguirán intentando escaparse por los límites altos de los lienzos. El Cristo de Velázquez seguirá esperando en su soledad terrible. El Bosco seguirá oliendo a cuento envenenado. Y quien se lo haya perdido mientras compraba un llavero con el perro de Las Meninas… peor para él. Jorge Cabrerizo BIBLIOGRAFÍA: · D’ORS, EUGENIO. Tres horas en el Museo del
Prado. Madrid: Anaya. 1993. |
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