MIGUEL
LOZANO: CONSIDERACIONES SOBRE SU OBRA. HACIA UN MUSEO MONOGRÁFICO.
Jorge Jesús Cabrerizo Hurtado
Licenciado en Historia del Arte por las Universidades de Granada
y Complutense de Madrid.
La esencia del bodegón es la luz. La luz modula las formas y
las dota de calidades. Es Miguel Lozano un sabio entendido en la materia
y conocedor de esta afirmación. Ya desde hace años viene
trabajando con su pincel contundente y su manera de construir las verdades
de la Pintura, las falsedades de la perennidad –ya se sabe, el
bodegón siempre parejo a la poética de lo efímero,
de las meditatio mortis-, y logrando la llaneza del realismo bien entendido
y nada cobarde. Lozano, siempre fiel a la sinceridad del género,
persistentemente ha buscado la comodidad del espectador. Una comodidad
que no desdice del buen hacer. Todo lo contrario, lo dignifica.
En los años cincuenta ya era maestro en el género. Tonalidades
más cálidas, más apagadas, quizás más
realistas, que darán paso en la firme evolución de su
paleta a la soltura de los colores bien combinados, a la pureza del
Arte de la Pintura. Una pureza sencilla y madura que solo se conseguirá
con la experiencia de la vejez. La evolución que tuvo Renoir.
La cacharrería: humilde y cercana. Tal vez la más exótica
y pintoresca, propia de souvenir, que aparece en sus primeros bodegones
–como el gran lienzo de 1958- fuera en su momento, a nuestros
ojos tan lejano, simplemente la que había. Sinceridad del género
que antes ha sido referida y que ahora es defendida. Sinceridad, sí.
No son utensilios afectados dispuestos a la búsqueda de velazquerías
de salón de nuevos ricos. Es una vajilla, es una jarra, es un
bote cerámico… que son ciertos. Tan humilde y realista
–nada afectado- como fuera Zurbarán en sus cestillos para
el pan, así es Miguel Lozano con sus platos de Arcopal y sus
jarras de Duralex. La sinceridad del género.
Un género que se configura en el caso del artista con membrillos,
chumbos y cerámica de la tierra. Los frutos de la tierra. Sinceridad,
de nuevo.
Camina con soltura en dirección a la luminosidad, hacia los colores
que construyen inteligentemente un espacio libre, aireado, que no deja
de ser realista pero se presenta más suelto, fresco. La juventud
de la experiencia. La inteligencia de la práctica. La humildad
del sabio.
Verdes poderosos y rojos que hieren con placer a la vista. Verdes “modernistas”
de fondo de retrato de Zuloaga. Buen trazo. Buena construcción.
Son los años primeros del siglo XX. Sus obras juveniles.
Sorprende, no obstante, la mezcla de estilo, de nervio, en un par de
estas obras últimas. Sorprende y tal vez se disculpe. Una botella
de cristal color ágata sin relieve y una tela de jarapa que no
parece suya enturbian la pureza bien integrada del resto de su producción.
Humanamente disculpable. La perfección tiene fisuras, lo que
hace al maestro más auténtico, más humilde. De
nuevo estos términos.
Un bodegón de perolas sacromontanas desordenadas en una caja
de cartón tiene su réplica comparativa en la innecesaria
performance que nos ofreció la galería Van Gogh, en su
día, al situar el modelo real del cuadro bajo éste. Torpe
favor. Ya sabemos del genio realista de Miguel Lozano. ¿Para
qué comprobarlo de manera tan burda? ¿Por qué no
lo mismo con los membrillos, o los cristales? ¿Por qué
no situar a sus modelos humanos al lado de su retrato para así
comprobar lo buen retratista que es? Torpe decisión esta en la,
por lo demás, muy elegante muestra del autor.
Y en las figuras: grandioso formato. Colores vivos, buen retrato. De
nuevo la mezcla de estilos –Magda- en fondo con respecto de la
figura. Pero dignísimo. Asoma en él el Apperley retratista.
Soberbio su Niño de la pajarita. Inquietante por la inocencia
del chiquillo, perfectamente acabado, con el fondo alegre de un tapiz
colorista, perfectamente acabado, y su choque de efecto desconcertante
con la imagen, perfectamente inacabada, de la gris estampa goyesca.
Estampa de muerte y de guerra.
Cuatro cuadros de figuras frente al peso enorme de sus bodegones. Una
muestra desequilibrada pero necesaria. Conociendo su pintura de figuras
se sabe al artista no ya como bodegonista, sino como retratista en todo
su sentido. Retratista de figuras humanas como retratista de naturalezas
inertes. Era necesario saberlo.
Sensaciones y recuerdos que en su día fueron realidades captadas
por su riguroso pincel y que hoy se muestran lejanos. Este es el arte
de Miguel Lozano. Un arte sincero. Humilde. Cómodo. Sabio.
Arte, en definitiva, fruto de la alegría de la experiencia. Arte
y punto.

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