RECUERDO DE UN LITERATO GRANADINO
EN EL 150 ANIVERSARIO DE SU NACIMIENTO.
BRUNO PORTILLO Y PORTILLO
(1855-1935)
Jesús Daniel
Laguna Reche.
Ldo. en Historia.
INTRODUCCIÓN
Bruno Portillo pertenece al grupo de personajes que
han caído injustamente en el olvido a pesar de tener méritos,
que no fueron pocos, para permanecer en la memoria de la gente de su
tierra. La escasa difusión que en su día él mismo
dio a algunas de sus obras, junto a su propia personalidad, poco dada
a publicidad y honores, hicieron que ya en su época no tuviese
en su ciudad natal, Huéscar, la fama que en vida alcanzó
su amigo y convecino Juan María Guerrero de la Plaza (1829-1912).
En este sentido destaca la no asistencia a la recogida de dos premios
literarios que le otorgaron en Cataluña.
Actualmente Bruno Portillo es un hombre muy desconocido incluso en su
ciudad natal. Allí casi lo único que se sabe es donde
está enterrado, porque salta a la vista. De su obra literaria
menos aún se sabe, por no haber sido objeto de atención
en la medida en que lo merecía.
Decía en 1931 nuestro personaje:
“No basta ostentar títulos académicos ni ejercer
profesiones nobles para ser considerados como hijos ilustres; se necesita
además haberse distinguido en ellas llegando a la categoría
que oficialmente lleva consigo el tratamiento de ilustrísimo
señor, o su equivalente en la milicia y en las representaciones
populares, o merecer la calificación de héroe.
Las jerarquías caciquiles y las debidas exclusivamente al dinero,
deben quedar eliminadas; mas no lo filántropos que se distinguen
buscando el bien general y contribuyen al progreso y mejoras del país
estableciendo instituciones benéficas, ni ha de excluirse a los
artistas y literatos distinguidos aunque sólo hayan sido consagrados
por gentes especializadas que de ellos hayan hecho mención, y
no por el aura popular, casi siempre injusta”.
Don Bruno fue un hijo ilustre de Huéscar y como tal debe ser
recordado; sin embargo, setenta años después de su muerte,
su obra espera un merecido reconocimiento, al menos en su patria chica,
que todavía no ha llegado.
Se cumple en 2005 el 150 aniversario de su nacimiento, y considero injusto
que pase el año en el mismo olvido en que lleva décadas
sumido. Yo, que comparto con don Bruno el apego a mi tierra y creo,
como él creyó, que es deber de los pueblos recordar a
sus hijos ilustres, quiero rendirle un pequeño pero respetuoso
homenaje mediante la publicación de unos retazos de su obra,
y contribuir, modestamente, a que sea un poco más conocida que
antes.
DATOS BIOGRÁFICOS
Bruno Portillo y Portillo nació en la ciudad
de Huéscar el año 1855 en el seno de una familia de larga
vocación militar procedente de Murcia. Uno de sus bisabuelos,
don Salvador Portillo Casanova, había nacido en Mula en 1748
y casado en Huéscar en 1778 con doña María Ana
Fernández de Velasco, nacida en esa ciudad en 1752. Fue don Salvador
Alcalde por el Estado Noble de Caravaca y Alcalde por el mismo Estado
de la Hermandad, y consiguió Real Ejecutoria de Hidalguía
cuando ocupaba dichos cargos, en 1799. Falleció en Mula en 1816,
tras haber soportado la muerte de tres de sus hijos en la lucha contra
los franceses de Napoleón.
Su primogénito y abuelo de nuestro biografiado, don Pedro José
Portillo y Velasco, nació en Caravaca en 1780, y pronto tomó
el oficio militar. Ingresó en la Real Armada y fue Guardiamarina
en Cartagena en 1794, luchó contra Inglaterra y Francia, y llegó
a Alférez de Navío en 1806. Pasó el año
1808 al Ejército de Tierra y participó en la defensa de
Zaragoza junto a los célebres Daoíz y Velarde con sus
hermanos Manuel y Bruno Portillo y Velasco. En 1810 fue nombrado Gobernador
del Cuartel General de la 1ª División de Infantería
del III Ejército español, y luego Ayudante de Campo del
general Elío. Tras la guerra fue Gobernador Político y
Militar de Almería, y en esa ciudad se casó con doña
Manuela Estrada y Masegosa, pero falleció en 1816 a los 35 años
de edad, a consecuencia de las heridas de la guerra.
Su hijo y padre del literato, don Francisco Portillo y Estrada, nació
en Huéscar el año 1808. Ingresó en el Ejército
de Isabel II, donde destacó por negarse a cumplir una orden de
fusilamiento que dio por no recibida. Posteriormente ejerció
como oficial de Hacienda en Almería y Granada, Tesorero de la
provincia de Badajoz, jefe de Fomento en las de Toledo, Córdoba
y Cádiz, jefe de Administración Civil en el Ministerio
de Fomento en Madrid y Delegado regio del canal de Castilla. Regresó
a Huéscar tras la Revolución de 1868 y acabó ocupando
el honorífico cargo de Presidente del Sindicato de Riegos, hasta
su fallecimiento en 1883.
Su único hijo, don Bruno Portillo y Portillo, dedicó su
vida a la creación literaria desde muy joven, y ya con catorce
años participaba en la sociedad literaria “Cervantes”,
que existió en Huéscar entre 1870 y 1872. Su importante
patrimonio le permitía vivir de las rentas, hasta el punto de
que los libros que escribía los imprimía a su costa y
los regalaba a quien le parecía. Quiso pero no pudo servir a
su pueblo como diputado a Cortes, al ser anulada su acta, aunque sí
fue diputado provincial.
Al final de su vida, cuando ya había quedado ciego por una enfermedad
en los ojos, rindió un último homenaje a su ciudad, a
la que amó profundamente, con su obra Hijos ilustres de Huéscar
y pueblos comarcanos en el siglo XIX (Granada, 1931).
El abuelo paterno de quien esto escribe, que trabajó en las fincas
de don Bruno, le conoció personalmente y más de una vez
habló con él algunas palabras. Le recordaba ya ciego,
con una vara en la mano y entonando alguna música en voz baja,
dando vueltas al patio de la casa donde iba a visitarle.
También recordaba haber conducido el primer tractor que hubo
en Huéscar, comprado por don Bruno, un Ford de gasolina con ruedas
de hierro.
Bruno Portillo y Portillo falleció el 3 de marzo de 1935 y descansa
junto a sus padres bajo un gran panteón de mármol blanco
a la entrada del camposanto oscense, del cual es la sepultura más
destacada, y que constituye el recuerdo último del abuelo del
autor de estas líneas, ya que fue uno de los que montaron las
placas del panteón, después de haberlas bajado con mucho
trabajo y cuidado de la camioneta donde estaban, y llevarlas hasta su
sitio arrastrándolas sobre troncos de madera.
Recuerdo colectivo de quienes son ya mayores es la donación que
el poeta hizo a su muerte a su ciudad de una gran casa solariega en
la actual calle Morote y antes Carrera de Baza, para que fuera convertida
en sede de una fundación para los niños ciegos de la comarca,
proyecto que no se realizó. Al final la casa albergó el
cuartel de la Guardia Civil, luego una Residencia de Estudiantes, y
actualmente es la Escuela de Artes y Oficios.
Don Bruno fue un hombre culto, prolífico en amigos –suyos
lo fueron Melchor Almagro, los diputados don Alberto Aguilera, el duque
de Baena, el marqués de Corvera y las Almenas, el conde de Castillejo,
Jiménez de la Serna, España Lledó, los generales
Hernández de Velasco y Montes Sierra y el ministro Natalio Rivas-,
que se codeó con innumerables políticos e intelectuales,
y que fue consecuente con sus ideas hasta el final de su vida.
Dedicó parte de su obra literaria a mostrar su ideología
política; católico, conservador, amigo del orden por las
buenas o por las malas, enemigo del sindicalismo, las huelgas y manifestaciones,
pero también enemigo de la explotación, el fraude, la
manipulación política, los sobornos, etc. Deploró
la Restauración, y a su caída recibió con inmensa
alegría la dictadura del general Miguel Primo de Rivera, dictadura
a la que se opuso cuando se prolongó y durante la cual vio censurada
y prohibida parte de su obra. Nunca se arrepintió de defender
la Dictadura y alabó al general a su muerte, en 1930. No era
monárquico ni republicano, pero se negaba a aceptar una república
como la que conoció, y que previó en 1930 en su obra Las
responsabilidades.
Falleció después de décadas de denuncia pública
de los abusos del poder, los enriquecimientos ilícitos, las luchas
políticas y obreras, con la frustración de no haber podido
cambiar nada pero con el orgullo de haber aportado algo a su ciudad,
Huéscar, donde nació y donde quiso descansar en paz.
No conozco la totalidad de la obra de Bruno Portillo, así que
consigno los títulos de los que tengo referencia, con sus fechas
de edición, si es el caso. Los títulos depositados en
la Biblioteca Nacional de España (Madrid) se indican con las
siglas BNE.
-Obras poéticas de don Bruno Portillo y Portillo.
Huéscar, 1907. BNE.
-Obras Poéticas. Año 1908.
-Cuentos y novelas cortas. Huéscar, 1908. BNE.
-Señoritines. Huéscar, 1909-1910. BNE.
-La hija del ama. Segunda parte de Señoritines. Huéscar,
1910.
-La señora casualidad. Tercera parte de Señoritines. Huéscar,
1911.
-Hojas dispersas. Homenaje personal a Juan María Guerrero. Huéscar,
1913.
-Antología de poetas andaluces. En colaboración con Enrique
Vázquez de Aldana. Huéscar, 1914.
-Preludios de una lira. Poesías. Madrid, 1883. Huéscar,
1912-1913. BNE.
-Entretenimientos. Leyendas y poemas. Madrid, 1890. BNE.
-Frivolidades. Poesías.
-Don Ramón Berenguer. Obra dramática.
-No siempre el refrán acierta. Obra dramática.
-Lo que está de Dios. Obra dramática.
-Los vándalos del día. Obra dramática.
-El tardo arrepentimiento. Novela en verso.
-La casa de descanso.
-Los acaparadores.
-Los segundos lugares.
-Rumorosas. Poesías. Huéscar, 1911. BNE.
-Relámpagos. Poesías cortas, primera serie. Madrid, 1916.
BNE.
-En la frontera. Novela. Madrid, 1917. BNE.
-Fuensantiquia. Cuento.
-Centelleos. Poesías cortas, segunda serie. Madrid, 1917. BNE.
-Poesías cortas. Madrid, 1916-1929. BNE.
-La dictadura. Poesías cortas, cuarta serie. Madrid, 1923. BNE.
Me honro de poseer un ejemplar original.
-Politiqueos. Poesías cortas, quinta serie. Madrid, 1926. BNE.
-Las responsabilidades. Poesías cortas, séptima serie.
Madrid, 1930.
-Hijos ilustres de Huéscar y pueblos comarcanos en el siglo XIX.
Granada, hacia 1931.
-Obras dramáticas. Contiene las obras Don Ramón Berenguer,
No siempre el refrán acierta y Lo que está de Dios. Huéscar,
1966. BNE.
-Colaborador en la obra Al pie de la reja: canciones amatorias con sonetos
escritos expresamente para este libro por Agustín Aguilar y Tejera,
Joaquín Alcaide de Zafra, Servando Camúñez y Bruno
Portillo, de Enrique Vázquez de Aldana. Madrid, 1917. BNE.
FRAGMENTOS DE LA OBRA DE BRUNO PORTILLO
De la extensa producción literaria de Bruno
Portillo entresaco los pocos fragmentos que el espacio me permite, y
que son una buena muestra de la forma de pensar y entender la política
que tenía el autor, que casi a modo de adivino, predijo en buena
parte hechos posteriores; incluso se puede decir que algunas de sus
afirmaciones parecen escritas en el presente, cuestión de libre
opinión para quien esto lea.
He elegido dos obras, “La Patria” e “Inhabilitación
especial perpetua”, de 1908 y 1923, y “Dictaduras perpetuas”,
de 1930, para hacer notar el cambio de opinión del autor respecto
al gobierno de España; celebra con alegría la llegada
de Primo de Rivera y la mano dura para restablecer el orden, pero se
lamenta de las intenciones del dictador de perpetuarse en el poder,
pues considera que las dictaduras han de ser cortas y durar el tiempo
estrictamente necesario. Esta opinión fue expresada durante la
Dictadura, lo que le causó problemas, como indica la prohibición
que a su publicación se puso por parte del gobierno.
La obra “Las cimeras” es una feroz crítica a la decadencia
española tanto política como militar. Reprocha a los gobernantes
la pérdida del espíritu vencedor y luchador de la época
imperial y colonial, que ha dado lugar a la pérdida de las últimas
posesiones de Ultramar. Es un recuerdo constante del pasado glorioso
de España, en comparación también constante con
la política de acuartelamiento de los soldados, cobarde y falta
de interés por renovar el Ejército español para
solucionar nuevos problemas, como el de Marruecos, que había
comenzado en 1909 tras el período pacífico heredado del
siglo pasado.
El homenaje al primo del autor, el general don César Portillo
y Belluga, no es sólo mención inicial, ya que dentro del
texto hay una muy clara referencia cuando dice Tú, viejo soldado,
curtido en las lides, / al ver a tu Patria en lucha empeñada,
/ olvidas tus años; te agitas, y pides / un puesto en las filas
sacando la espada. / Acción es muy digna de ser imitada; / eres
rancio hidalgo; tus fuerzas no mides; / ¡jamás las midieron
Pelayos ni Cides! / ¡por eso clavamos la Cruz en Granada!, y es
un pequeño homenaje a la petición de participar en la
campaña de Melilla que realizó el general cuando su edad
avanzada le hacía inútil para las armas.
Los fragmentos en prosa que he escogido, escritos a modo de ensayo autobiográfico,
demuestran el profundo amor que Bruno Portillo sintió por España
y por Granada en particular, el cual le llevaba a realizar ciertas reflexiones
políticas en contra de las pretensiones separatistas, las revoluciones
innecesarias y opresoras recubiertas de honestidad y libertad, y las
pretensiones de perpetuidad de quienes quisieran liderar un gobierno
dictatorial, en clara alusión a Primo de Rivera, que no encontraba
un final adecuado a su mando transitorio. Defendió la libertad,
que no el libertinaje, supo defender los intereses de los propietarios,
como él mismo, y hacerlos compatibles con la necesidad de hacer
justicia social con los campesinos y braceros explotados y míseros,
y defendió siempre la necesidad de un sistema político
estable que sólo restringiese las libertades de asociación
y opinión en caso necesario, como en 1923.
Toca ahora al lector leer esta muestra de su obra y juzgarla por sí
mismo.
“La Patria”
Obras poéticas, 1908.
Para vergüenza de la Patria mía,
hoy la explotan con cínica impudencia
hombres sin corazón y sin conciencia,
doctores en maldades y falsía.
Mas al fin tras un día y otro día
se agotará del pueblo la paciencia,
y ¡ay de aquel que provoca la violencia
de la indómita fiera que dormía!
La justicia de Dios en forma humana
alumbrará con tintes de tristezas
el triunfo de la plebe soberana.
Rodarán por el suelo las cabezas,
y un dictador renovará mañana
de España las históricas grandezas.
¿Dónde está el dictador? su augusta frente
la envuelve el porvenir en sombra oscura.
¿Ha de ser soberano, por ventura,
o de la plebe general valiente?
Nadie acertarlo puede; de repente
surgirá sobre todos en la altura,
y habrá de remediar con mano dura
los hondos males que la patria siente.
El fuego purifica; sangre y guerra
extirparán la plaga que nos hiere;
muere la raza que en el mal se aferra;
mas cuando un pueblo transformarse quiere,
siempre fecunda fue la madre tierra
y el suelo de la Patria, nunca muere.
“Inhabilitación especial perpetua”
La dictadura, 1923.
¡Quince años pidiendo dictadura
sin que nadie escuchase los clamores!
la dictadura me inspiraba amores;
y hoy que se consiguió, mi amor perdura.
Mas temo aún que la falange impura
empuje al dictador a mil errores;
y si acaso fracasan los mejores,
¿qué va a ser de esta Patria sin ventura?
Para decirlo a voces no me inmuto;
que quien mandó se aleje en absoluto,
aunque España se prive de su ayuda.
Y esto ha de ser arriba como abajo;
que viva cada cual de su trabajo,
y no demos lugar a nueva duda.
“Las cimeras”
Preludios de una lira (1913) y La dictadura (1923).
Dedicada al primo del autor, el decano de los generales españoles,
Don César Portillo y Belluga (1832-1926)
Las altas cimeras flotaban al viento;
lucía el soldado su bélico instinto;
mas sólo mostraba bizarro ardimiento
cruzando las calles del fuerte recinto.
La copa en la mano; la espada en el cinto;
el pecho sin cota, de amores sediento,
daban a los hombres aspecto distinto
de horda desalmada sin fuerza ni aliento.
La huelga constante al mal nos inclina;
las buenas costumbres perturba y altera,
y no hay quien mantenga marcial disciplina,
si olvida el empeño de empresa guerrera.
Los bellos plumajes de la alta cimera
ya sirven tan sólo de gala mezquina,
y en vez de adunarse con garras de fiera,
parecen adorno de faz femenina.
La raza valiente que en tiempos lejanos
cruzaba los mares formando naciones,
y es madre gloriosa de pueblos hermanos
que extienden su influjo por vastas regiones;
la que con castillos y bravos leones,
y barras famosas de escudos galanos,
cargaba sus naves de rudos cañones
llevando doquiera los tercios hispanos,
cayó de su altura; perdió su ardimiento;
la copa en la mano; la espada en el cinto;
el pecho sin cota, de amores sediento,
dio al fin a sus hombres aspecto distinto.
Cercada en los muros del fuerte recinto;
sin ricas colonias; con pobre sustento,
al fin ha perdido su bélico instinto
y exangüe perece sin vida ni aliento.
¿Qué fue de mi Patria; la España valiente
de bravos castillos y fieros leones?
¿Qué fue de sus triunfos; qué fue de su gente
que andaba los mundos fundando naciones?
¿En dónde se ocultan sus nobles blasones;?
quedaron lanzados del gran Continente
ganado con sangre de bravos varones,
y vieron perdidas las Indias de Oriente.
¡Ay! sólo nos queda del suelo africano
girones mezquinos; mas fuertes barreras
serán, a invasiones, que en tiempo lejano
sufrió nuestra Patria; cuestión de fronteras.
Allí solamente de empresas guerreras
Sigue tradiciones el soldado hispano;
¡que luzcan al viento las altas cimeras;
no debe, no debe dar paz a la mano!
¡Que no se amortigüe su bélico instinto;
que nunca abandone su espuela, su lanza;
que salga, que salga del fuerte recinto,
mostrando ante el mundo risueña esperanza!
Al fin retrocede quien jamás avanza;
la copa en la mano; la espada en el cinto;
el pecho sin cota, reclaman mudanza;
¿qué fue de los tercios del gran Carlos Quinto?
Tú, viejo soldado, curtido en las lides,
al ver a tu Patria en lucha empeñada,
olvidas tus años; te agitas, y pides
un puesto en las filas sacando la espada.
Acción es muy digna de ser imitada;
eres rancio hidalgo; tus fuerzas no mides;
¡jamás las midieron Pelayos ni Cides!
¡por eso clavamos la Cruz en Granada!
Los gobiernos hembras que España tenía
lloraban sus yerros cual impura Cava;
como ya en sus venas sangre no quedaba,
nunca a las mejillas el carmín subía.
Su genio guerrero sólo discurría
encerrar las tropas en fuerte alcazaba;
y en tales empresas millones gastaba
para abandonarlas en cercano día.
Dejaron sus tumbas el Cid y Pelayo
al ver en su Patria gobiernos venales;
España sumida en débil desmayo
parece que olvida nobles ideales.
Los que la gobiernan todos son iguales,
y ya en la conciencia tienen duro callo;
los conservadores y los liberales,
¡han de ser hundidos por divino rayo!.
“Dictaduras perpetuas”
Las responsabilidades (1930).
La locura colectiva
reclama una dictadura
que es de la nación la cura,
y no es tenerla cautiva
cuando poco tiempo dura.
La locura individual
de cualquiera dictador,
se ve que es locura tal,
si toma por ideal
ser un perpetuo señor.
Sólo el pueblo que enloquece
y camina envuelto en barro,
cuando ya casi perece,
ser gobernado merece
por un dictador bizarro.
Pero curado del mal,
si su paciencia se apura
y anhela vida normal,
no es un sublime ideal
que siga la dictadura.
“El sentimiento público”
Las responsabilidades (1930).
Yo mantengo que es justa mi rebeldía
contra aquel que me impida con torpe mano,
aquí donde es cristiana la patria mía,
que yo proclame a voces que soy cristiano.
Si en tierras de otras gentes vivir quisiera,
mostrase gran respeto con su doctrina;
el amor a los dioses y a la bandera,
ha sido en todos tiempos cosa divina.
Los que tengan creencias al pueblo extrañas
guárdenlas en el fondo de sus conciencias;
en todo el territorio de las Españas,
católicas y puras son las creencias.
Y derecho no tiene la minoría
a ofender de los pueblos el sentimiento;
esta ley que mantiene la patria mía,
es la ley soberana de patrias ciento.
Nada de inquisiciones; vivan en calma
los extraños que tengan otras creencias;
mas las libres ideas que hay en el alma,
guárdenlas en el fondo de sus conciencias.
Fragmento de un opúsculo censurado durante
la Dictadura.
Las responsabilidades (1930).
“Los períodos de dictadura han de ser
cortos, y fracasan si se prolongan, y para mantenerlos hay que recurrir
a procedimientos tiránicos como en los antiguos gobiernos absolutos.
El concierto de los partidos turnantes compartiendo el Poder, vino a
ser un absolutismo disfrazado.
La privación de libertades públicas por concierto de los
gobernantes para falsificar el voto, trajo el golpe de Estado, y hubiese
traído la revolución; pero también da los mismos
resultados la dictadura prolongada.
(...)El sistema de la hipocresía se fue acentuando en los primeros
lustros del siglo XX, terminada la Regencia, y Dato y Canalejas se limpiaron
con el sacrificio de sus vidas y con haber salvado a España durante
los estragos de la guerra europea, de la responsabilidad que pudiera
alcanzarles por haber mantenido ese reparto de distritos feudales falsificando
la lucha política, antes verdadera, que llegó a ser inútil,
con excepción de las grandes poblaciones; pero en el primer lustro
de la post-guerra, llegó la inmoralidad política y la
mentira constitucional a tal punto, que se hizo precisa la revolución
desde arriba o desde abajo, y surgió como consecuencia lógica
la dictadura.
Nadie creó al principio dificultades serias, aunque bien pronto
empezaron los errores con la actuación de los célebres
delegados gubernativos designados sin selección y con verdadera
torpeza; pero se ha acentuado tanto el descontento por los abusos prolongados
de autoridad y el derroche de la fortuna pública para obras de
lujo y de inutilidad en gran parte, que dan motivo a enjuagues y enriquecimientos
de los que las manejan, que toda la austeridad y virtudes cívicas
decantadas, resultan una completa mentira.
Todo es malo y todo es bueno
según el tiempo y medida;
y ante esta verdad sabida,
miro con juicio sereno
los misterios de la vida.
Cuando los elementos conservadores se vuelven revolucionarios,
la libertad y el orden están perdidos.
Las revoluciones deben hacerse desde arriba para que no sean sangrientas,
y por dictaduras breves; pero vengan de arriba o de abajo, los períodos
constituyentes son peligrosos y deben ser cortos.
En la actualidad no hacía falta período constituyente,
bastando con la suspensión de garantías constitucionales
y reforma o supresión de leyes como la del Sufragio y la del
Jurado, volviendo a la normalidad constitucional para que se sancione
lo hecho.
Las vacantes del Senado y la misma Asamblea Consultiva, dan facilidad
para que cubriéndose las dichas vacantes con hombres nuevos,
se vuelva a la normalidad sin variar la Constitución dictatorialmente,
ni por revolución popular, sino en caso, por los procedimientos
normales con la aprobación de las Cámaras y del Rey.
Pudieron recompensarse los buenos servicios de la Dictadura en la campaña
de África y restablecimiento del orden público, haciéndola
cesar con un cambio de personas en el Gobierno, dentro de los elementos
sanos de orden, con un gobierno puente, que preparase la nueva legalidad,
o sea las reformas que hayan sido indispensables.
Llegada la normalidad, no debiera repetirse la farsa del concierto de
los partidos y repartos de prebendas en los gobernantes, y sí
la ordenada lucha política verdadera, agrupándose por
ideales y no haciendo amalgamas de blancos y negros, como en la llamada
Unión Patriótica, uniones que sólo sirven en un
momento determinado para solucionar conflictos graves, y que deben desaparecer
pronto porque ahogan la libertad y las iniciativas de los pensadores
con un partido único y un único jefe, lo cual es un absolutismo,
que aun ejercido por reyes de derecho divino, fue derribado a costa
de mucha sangre.
Tampoco debe repetirse lo de la falsificación del voto, como
se está haciendo en esas adhesiones con millares de firmas y
telegramas colectivos de que el gobierno alardea. Los gobernadores se
las exigen a los alcaldes, y éstos a las dependencias municipales
y a meros ciudadanos, y así se mantienen los círculos
de la Unión Patriótica y la escasa prensa ministerial”.
Epílogo a Hijos ilustres de Huéscar
y pueblos comarcanos
en el siglo XIX (1931). (Fragmento).
“He dado fin a la tarea que me había impuesto
hace años para contribuir a honrar a los que deben ser considerados
como hijos ilustres de Huéscar que han vivido en el siglo XIX,
y quedo con la conciencia tranquila, pues creo haber conseguido ahogar
todo apasionamiento.
(...)El interés político pudiera atribuirme algo más
o de menos en mis apreciaciones; quédese para los escritores
de fin del siglo completar la tarea.
Fui hombre de lucha dentro de mi modesta esfera, como lo prueba el no
haberme dejado arrollar por fuerzas muy superiores; pero terminado el
combate, envaino la espada y tiendo la mano al adversario que considero
digno de ello, teniendo para los demás cristiano perdón,
y hasta donde me permite la memoria, un piadoso olvido.
Sin duda mi corto vuelo me obliga a mirar con mayor cariño cuanto
es propio de la región en que viví, pues cuando quise
remontarlo a mayor altura, sólo coseché desengaños.
Me asfixio al desgarrar la nube impura
que con falsos colores nos engaña;
pensaba respirar en la montaña
y caigo del barranco en la angostura.
Lo mismo que se encuentra a gran altura
aire sutil que al organismo daña,
entre la gente que gobierna a España
reina la falsedad y la impostura.
Esto escribí en uno de mis libros, y sin duda
contribuyó a mi simpatía para con el regionalismo catalán,
no sólo el que también yo sienta vivos amores por mi región
granadina, sino la benevolencia con que fueron premiadas en Cataluña,
donde no he estado nunca, dos de mis obras poéticas; porque esto
prueba que no es incompatible el cariño a la región en
que vivimos con el respeto a los habitantes de otras regiones, y con
el sentimiento fraternal que debe unir a todos los hijos de España
para cobijarse bajo la misma bandera, purificando el ambiente político
en que respiran los representantes de todas las regiones.
Soy hombre que ya pertenece a la historia, y claro es que a la modesta
historia provinciana; por eso quiero dedicar mis últimos recuerdos
a aquél período granadino de Rodríguez Bolívar,
Rodríguez Acosta, los condes de Agrela y de las Infantas, Melchor
Almagro y Portago algo después, todos ya fallecidos.
Era yo por entonces nada más que diputado provincial, y obtuve
al par que el afecto de algunos, la consideración de todos aquellos
personajes de grata memoria.
(...)Es tan cierto eso de las simpatías de los comprovincianos
aunque militen en campos distintos, que cuando sólo teniendo
en cuenta la categoría política de mi adversario, que
no era entonces más que sobrino de un jefe de partido, se declaró
grave mi acta de diputado a Cortes por Huéscar, estuvieron de
parte mía, siendo yo conservador, los diputados liberales de
la provincia de Granada; el inolvidable D. Alberto Aguilera y el duque
de Baena.
Se emplearon contra mí toda clase de recursos, hasta el de tener
yo escasa vista, cuando había sido declarado útil para
el servicio de las armas, y ha estado contenida la enfermedad de mis
pobres ojos, congénita y heredada, hasta estos últimos
años.
(...)Amo a mi patria grande, sin fijarme en los hombres que la gobiernan;
pero en el amor que profeso a mi patria chica, no prescindo jamás
de los que son sus legítimos representantes.
(...)No somos dueños de nuestro trabajo, ni de nuestro dinero,
ni de nuestro voto; el individuo se convierte hoy en un maniquí
de las asociaciones que lo esclavizan, y contra esto hay que librar
nuevas batallas, para que imperen las minorías selectas contra
la brutal imposición de los que son más y valen menos.
Hay que combatir a toda clase de tiranos, estén donde estén,
aunque se disfracen de avanzados intelectuales, o se conviertan en muchedumbres
revoltosas que para imponerse perturban la libertad ciudadana.
Es preciso que las muchedumbres vuelvan a agitarse por nobles ideales,
y no por groseros apetitos, impidiendo que otras minorías revoltosas
se impongan a los inconscientes. Para ello bastaría que como
al principio del pasado siglo se fundieron opuestos ideales al calor
del sublime sentimiento del amor patrio, se fundan y armonicen todos
los sentimientos nobles al calor de un supremo ideal de libertad, orden
y justicia”.
BIBLIOGRAFÍA.
-CANO, José Luis. La poesía política
de un olvidado / Bruno Portillo. Madrid, 1972. Es el único trabajo
que he encontrado referido a nuestro personaje. No he podido consultarlo
personalmente.
-GONZÁLEZ BARBERÁN, Vicente. “Tres ministros de
Huéscar. Dos que sí y uno que no”, en Úskar,
revista de información histórica y cultural de la comarca
de Huéscar, núm. 2, año 1999, pp. 53-83. En este
trabajo hay una muy detallada información biográfica de
los antecesores de Bruno Portillo, aunque no de éste, a propósito
de uno de los ministros de los que habla el autor.
-PORTILLO Y PORTILLO, Bruno. Hijos ilustres de Huéscar
y pueblos comarcanos en el siglo XIX. Granada, 1931. En esta obra hace
el autor una reseña biográfica de su padre y otros antepasados,
en la que aporta algunos datos consignados en el trabajo de González
Barberán.

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