Devoción Personal: El Gravado Religioso y la Desamortización del Arte

 

 

 

 

 

http://www.alonsocano.tk        ISSN: 1697-2899                   D.L:GR2134/2004

DEVOCIÓN PERSONAL: EL GRABADO RELIGIOSO Y LA DEMOCRATIZACIÓN DEL ARTE

Jorge Jesús Cabrerizo Hurtado
Licenciado en Historia del Arte por las Universidades de Granada
y Complutense de Madrid.


Se asegura que el origen del Arte se encuentra en una necesidad metafísica, mistérica, mágica… religiosa en suma. Desde la primera mancha de la mano de un hombre en las paredes rocosas de cavernas milenarias hasta la última y rabiosamente contemporánea mancha de la mano de un artista de vanguardia en las pulidas regiones de un papel Canson. Una pirueta de paradoja que haría sonreír al propio Gilbert Keith Chesterton y lanzar un “¡Os lo dije!” de euforia afirmativa a Heráclito. “Nada nuevo bajo el Sol”, en sentencia Salomónica.
No es de extrañar, por tanto, que en todas y cada una de las Culturas –encauzadas éstas desde siempre por la senda de las diversas creencias metafísicas-, el estribo del Arte, y más aún tras la instrumentalización organizada y definida de dichas creencias inveteradas, haya sido la razón religiosa. Sea como expresión primitiva e ingenua o como herramienta eficaz dentro del organigrama disciplinar de la fe. Ya se tome desde la sinceridad desinteresada como en beneficio de una estructura fundada en lo intangible pero de afanes muy ciertos.
Esta dualidad real –sinceridad y marketing religioso- inunda indefectiblemente todo el Arte Occidental a lo largo de la Historia, desdibujándose finalmente a partir del siglo XIX y definitivamente relegada a un segundo o tercer plano en la actualidad. Pero certeza indiscutible, de todos modos.

El grabado, dentro de las Artes, se encuentra en una posición de preeminencia en estas lides. Y ello se debe a las tremendas posibilidades de un arte que -de forma sinuosa, quedamente, sutil pero contundente- posibilita de manera más que efectiva la difusión de unas ideas religiosas que se filtran con facilidad de otro modo inalcanzable.
Desde el origen de las técnicas de impresión y reproducción múltiple, la Iglesia ha utilizado tan útil herramienta para la propagación y el refuerzo de la fe, perviviendo incluso en nuestros días una ligazón conceptual tan firme entre estampa y motivo religioso que, aún con tenacidad digna de un arquetipo, el imaginario colectivo identifica ambos términos de manera indivisible.
La estampa religiosa como instrumento de predicadores es, quizás, la justificación única para el nacimiento de todo un arte: el del grabado.
De ahí a una consecuencia lógica: la devoción. Y de ésta a las múltiples variables, algunas totalmente insensatas y supersticiosas, pero genuinamente válidas en último término. Llega la Iglesia, incluso, a la pérdida del control de su propio aparejo mediático. Surgen las heterodoxias, las malas utilizaciones, las dispersiones… y los efectos secundarios, como la consideración neta y exclusiva del grabado -a pesar de religioso- como obra de arte. Como pieza de coleccionista, de entendido laico… de epicúreo cultivador de las Musas.
Pero, a pesar de todo, “esta función original (trasmisor de fe y devociones) la conservó (la Iglesia) a lo largo de los siglos, siempre adaptada a los cambios culturales y sociales de cada momento. Desde las estampas que fray Hernando de Talavera… repartiera entre los moriscos de la Alpujarra hasta las que se distribuyen en la actualidad en los santuarios de peregrinaciones masivas, o el día de la fiesta del santo titular de una pequeña ermita…” .
Es este motivo de inamovible función utilitaria lo que cause un desapego palpable de la actividad creadora en el grabado religioso por parte de los entendidos –aunque lo cultiven aún sin aprecio, pero olvidado de sus consideraciones estéticas y artísticas- y, al tiempo, el motivo principal por el cual el grabado permanece casi en estática región oscura y funcionarial dentro de la Iglesia durante el rico siglo XIX. Cumple su función de forma eficaz. No es necesario ningún cambio, ninguna evolución.
Por ello podemos encontrar estampas decimonónicas de la más añeja y manida iconografía renacentista, barroca –sobre todo- o incluso imposiblemente medieval. La poca originalidad de lo eficiente. Sin sobresaltos.
Hay en el grabado de tema religioso de todo el siglo XIX una inefable toxina de lo caduco.

Pero, a pesar de ello y como contrasentido aparente, es dentro de este arte menor y frecuentemente olvidado donde encontramos un hálito de característica revolución social, de democratización sorprendente, que no hallamos en ninguna otra expresión artística a lo largo de todo el siglo. Acorde a su tiempo (sin duda alguna muy lejos de ser a caso hecho), el grabado del ochocientos –singularmente el religioso- se convierte en logro social al permitir la accesibilidad a la creación estética para una gran mayoría personas que, de otra manera, hubieran tenido nulo contacto con el Arte. Aún siendo éste de dudosa calidad en muchos casos.
Dadas las novedosas técnicas de reproducción masiva que permiten mayores tiradas de estampas, continuando la filosofía cervical que dio origen y razón de ser al grabado como tal, es esta perspectiva social la que nos permite valorar el sentido de la producción gráfica de tema religioso durante el largo siglo XIX. Y lo que hallamos es extraordinario.
En cada momento, para cada necesidad, lo que encontramos es un grabado, por nefasto que éste sea, colgado de las paredes de la casa noble, alta o pequeño burguesa e incluso proletaria, como –sobre todo en los dos últimos casos- única obra artística que se posee. Como el único patrimonio de los sentidos. Mezclado con lo religioso, visto sin duda siempre desde una mera visión de objeto de fe más que estético, pero objeto de arte al fin.
Ahí radica la importancia del estudio de un arte y una época que, en armonía con unas creencias concretas y dentro de un marco político particular, marcan todo un hito de alcances aparentemente asombrosos pero logrados.

Francisco Izquierdo, citando a Gómez-Moreno, asegura que la función prioritaria del grabado para la Historia del Arte y de la religiosidad popular surge con peso de definición casi exclusiva durante el siglo XVIII.

“El siglo XVIII determina desde su comienzo un cambio favorable en el grabado. Hasta entonces había sido complemento del libro: frío y ceremonioso en la invención, sin alma pero hinchado de artificio como los escritos de entonces. Con el nuevo siglo, la estampa desciende, o mejor dicho, se eleva al servicio del pueblo: su fin no es ya dar figura a la erudición, sino alentar los afectos devotos, retratando las imágenes más veneradas, y de aquí su cambio de carácter, que toca en un naturalismo enfermizo y amanerado, pero exuberante de sinceridad y ternura”.

Este grabado con personalidad propia que nos trae el Setecientos logra definir su función prioritaria de manera clara y meridiana en los siglos XVIII y XIX.

“El grabado con personalidad de “mirón”, es decir, la lámina fuera de texto con expectación de destino, la cual requería estampación particular, papel distinto y negación de folio, por causa natural y lógica pasa a individualizarse con todas las consecuencias, como en sus mejores tiempos del grabado en madera. Se reconquista la estampa suelta….Vuelven, pues, las “imágenes de papel”… a bendecir y proteger los hogares desde sus ingenuas pero sinceras efigies, impresas en papel de tinta y enmarcadas con suntuosos y mentidos oros” .

Tipologías y funciones.
Aunque por temática y en apariencia el grabado religioso es considerado de manera unitaria, es mal comienzo echar dentro de un mismo saco toda la producción de estampas cuyo tema-marco sea el denominado sacro. Si bien es cierto que las diferentes claves para dividir el maremagnum de imágenes religiosas impresas son extremadamente sutiles, no cabe en la correcta comprensión social de este fenómeno olvidarlas y simplificar la cuestión. La función del grabado religioso es claramente utilitaria, pero dicho utilitarismo varía de forma perceptible de un grabado a otro. No es lo mismo una estampa creada para la oración que otra para iluminar un sermón o un texto, o la que meramente presida una habitación.
Las diferencias esenciales se mantienen desde el origen de este arte, modificándose o unificándose en muchos casos en el XIX, pervirtiéndose o disolviéndose a lo largo del siglo, pero siempre susceptibles de rastrearse o encauzarse en el estudio de cada pieza.

Juan Carrete Parrondo estima que la estampa religiosa cumple tres funciones diferenciadas esenciales: estampa de devoción, seguro contra las penas del Purgatorio y protección contra enfermedades y calamidades. A ello une el sermón gráfico que, al decaer claramente durante el siglo XVIII y encontrarse extinto en el Ochocientos, queda fuera del interés del presente estudio. Más adelante en su sugestiva aproximación a la tipificación del arte del grabado, Carrete habla de otras clases de estampas de carácter laico o al margen de la ortodoxia católica que no coloca dentro de la división estricta de la estampa religiosa pero que, desde el punto de vista de la presente disertación, pueden –y lo van a ser- incluirse en una amplia parcelación de la estampa de tema religioso, dentro del prurito sociológico que aportamos al estudio de este fenómeno. Son las estampas que reproducen obras de arte de tema religioso y las estampas heterodoxas para con la doctrina católica, pero religiosas al fin.
Dentro de la vorágine editorial que proliferó durante el siglo XIX, a las antes citadas habría que unir las ilustraciones de libros religiosos –estampas de tema sacro en última instancia- y, de otro lado, otros tipos especiales de estampas religiosas.
Esta división puede ser muy útil a la hora de situar las cuestiones del estudio fenomenológico en su justa medida, ya que el grabado de una imagencita devocional manchado por el aceite de las mariposas que iluminaron la oración de un fiel fervoroso no puede nunca compararse - no hablo de cuestiones estéticas- con la estampa que reproduce un Llanto sobre Cristo muerto de Tiziano, en poder de un coleccionista. Puede que dicho coleccionista sea igualmente un fiel al que la magnitud de la escena le llame a la oración… pero no fueron razones de fe las que le llevaron a adquirir el grabado para su colección o las que influyeron en el grabador que realizó la pieza. Aunque nunca debemos perder de vista que el núcleo fundamental –grabado de asunto religioso- permanece en ambos casos.
Así pues, la división temática del grabado de asunto religioso quedaría como sigue:

1. Estampa de devoción.
2. Seguro contra las penas del Purgatorio.
3. Protección contra enfermedades y calamidades.
4. Reproducciones de obras de arte de tema religioso.
5. Ilustración de libros de tema religioso.
6. Estampas heterodoxas.
7. Otras.

Pero, dado que la complicación excesiva es tan innecesaria como contraproducente y considerando que las estampas denominadas heterodoxas son, en definitiva, devocionales aunque no aceptadas por la jerarquía eclesiástica, y que las que cumplen la función de seguro contra las penas del Purgatorio pueden considerarse dentro del grupo de las de protección, que, a un mismo tiempo, están igualmente destinadas a una particular devoción, la división temática del grabado español decimonónico de asunto religioso quedaría de la siguiente manera:

1. Estampas de devoción.
2. Estampas que reproducen obras de arte de tema religioso.
3. Otras.

Cabe destacar que ese “otras” que cierra la clasificación viene a referirse a tipos especiales de estampa religiosa -o híbrido entre religiosa y laica- que se da en casos tales como el de las tarjetas de visita de obispos y autoridades eclesiásticas (con alegorías de carácter humanista cristiano) o las estampas que ponen de manifiesto las relaciones corona-tiara, por citar dos ejemplos. También se incluyen en este grupo las ilustraciones de libros de tema religioso.

Sociología básica de la estampa religiosa.
Pero, al margen de divisiones temáticas, ha de redundarse en la base primigenia de la estampa religiosa Un mismo espíritu genera el hálito de la función principal, la que imbuye a todo grabado religioso. De modo poético lo expresa Vázquez Soto con las siguientes reflexiones:

“(las estampas religiosas) Son señalamientos de fe, tradición, historia y leyenda y a un tiempo, fuentes importantes para el conocimiento de la creatividad y animación de la creatividad popular” .

“… surgieron artistas y artesanos que utilizando el humilde soporte del papel trasmitieron en lenguaje popular el mensaje religioso, la mística devocional y su fenómeno más caracterizado en todo tiempo, el milagrismo sin el cual algunos no conciben la misión de los santos” .

Son la fe y la devoción las que, en la inmensa mayoría de los casos, generan este trasiego de santos de papel durante el siglo XIX.
El fenómeno del milagrismo nombrado por Vázquez Soto es, tal vez, la clave esencial de la tremenda cantidad de estampas existentes y el comercio que se desarrolla en torno a ellas.

“los halos carismáticos de los santos, exaltados por una hagiografía excesivamente panegírica, atrajo al pueblo, suplicante por la salud, el trabajo, la inmunidad al dolor, defensa ante la muerte y demás peligros conjurados contra la fragilidad de los humanos.
Por esta praxis popular, la fe se llegó a confundir con la credulidad, la veneración a los siervos de Dios con la inclinación totémica, la verdadera devoción con las prácticas seudo-religiosas, sospechosas de superstición o brujería” .

Para que las estampas llegaran a los fieles, los estamperos –vendedores de las mismas-, las hermandades y parroquias –promotores- y las imprentas y librerías –generadores del producto- se valían durante toda la centuria de métodos tradicionales (adquisición en los distintos templos, puestos en ferias y mercados…) o mediante la novedad de anuncios en prensa para la adquisición directa en los establecimientos de impresión. La estampa regalada como herramienta de catequesis es común, siempre al margen de las estampas de milagrería, reprobadas por la Iglesia.

“Los obispos se valieron de las estampas para proclamar jubileos e indulgencias induciendo así al pueblo a una catequesis elemental por la práctica de la oración vocal.
El momento más oportuno para el lanzamiento de estampas indulgenciadas solía ser la solemnidad de cualquier santo, una efeméride mariana, las Vírgenes de mayo, agosto o septiembre.
El pueblo guardaba como talismán ciertas estampas asociándolas sacramentales para su vivencia religiosa. No se podían romper, ni tirar, deterioradas, se destruían con el fuego. Los Sínodos de Sevilla llegan a legislar sobre el particular y tan al vivo caló en la conciencia del pueblo este carácter sagrado de las estampas que aún viven personas que tengan como irreverencia la destrucción de esta iconografía en papel aunque solo se trate del signo de la cruz” .

Por tanto, aun intentando evitar la confusión, la estampa adquiría –por lo que representaba- validez de reliquia. Hasta tal punto, incluso, que se tomaba por remedio efectivo –escudo místico- en tiempos de guerra.

“¿Qué energía se puede esperar de un pueblo que tiene más confianza en la protección de un santo que adopta como patrón que en su propio valor? El soldado que se creerá invencible porque lleva sobre su pecho una reliquia de un santo podrá mostrar algún valor al marchar al combate, pero huirá en cuanto crea que su santo le abandona” .

“Las mismas mujeres se presentaron junto a los cañones que cebaron, dando sin cesar agua y vino a los artilleros, que no podían resistir más, animándolos con las expresiones más tiernas y diciéndoles: Hijos, refrescaos que la Virgen nos asiste y favorece, y cómo había quien se dedicaba a distribuir estampas de Nuestra Señora del Pilar, que todos colocaron sobre sus sombreros” .

“Pero la mayor parte de los nuevos huéspedes vestían los holgados zaragüelles y traían la manta al hombro; y en la cabeza, cuyo pelo caía por los lados y espaldas en largas mal peinadas y sucias melenas, sombrero redondo, escarapela patriótica, cintas, con lemas y muchas estampitas con imágenes de la Virgen y de los Santos (…) se iban a los conventos de monjas a pedir oraciones y algunas estampas para sus sombreros y pechos” .

La censura, eclesial o real, pretende evitar los excesos de la idolatría, de las supercherías y supersticiones a las que se daba pie desde la estampería más o menos popular. Además, la Inquisición velará por lo decoroso de los temas tratados por el grabado –sacro o no-. Hasta 9 de marzo de 1820, fecha en que se suprime, la Inquisición cuida de que no se grabe o, de haberse grabado, no se distribuya y se castigue a los ejecutores del delito, estampas religiosas de flagrante heterodoxia, obscenas o de crítica al estamento. Todo ello, en el XIX, de la mano de la Academia –que velará por las cuestiones del gusto estético- y de las modernas leyes de imprenta –la censura regia a la libertad de imprenta-. Por lo tanto: tres filtros de censura.

“La regulación del grabado en todo el siglo va ligada a la reglamentación administrativa del libro, pues a pesar del comercio y la demanda de la estampa suelta, importante tanto en cantidad como en calidad, el grabado sigue siendo fundamentalmente un medio para ilustrar la letra impresa. De ahí que el estudio de estas parcelas del grabado hoy totalmente descuidadas (Inquisición y censura de estampas, el viejo tema de la ortodoxia y la estética) deban ser abordadas desde el prisma del libro: las prohibiciones generales de rechazo de lo lascivo, de las imágenes contra las buenas costumbres o contra la religión se acentúan conforme va avanzando el siglo y llegan de Francia los aires de fronda que conducen a la revolución. El movimiento ilustrado añadirá a estas prohibiciones tópicas otras más concretas como la de imágenes antiestéticas, y por lo tanto indignas de representar los temas religiosos; las que propagan ideas supersticiosas, que atentan contra la dignidad del conocimiento científico; o las revolucionarias, atentados contra el orden establecido” .

El día 11 de abril de 1805 se publica la Real Orden por la que se crea el Juzgado de Imprentas y Librerías. Tendrá una vida breve: hasta el 27 de marzo de 1808. Esto, junto con las poco portentosas intervenciones de una Inquisición de rechufla, hace que lo que en un principio se plantease como agobiante carga contra las libertades de impresores y grabadores quede en mera anécdota histórica a comienzos de un siglo de difícil doma. No obstante se dieron casos de estampas religiosas o pseudoreligiosas que vieron ejemplarmente abortada su venta por razones de inconveniencia.

“…en 1804 se califica otra que representa al “Padre Eterno y María Santísima (que) coronan al Hijo de Dios”, los calificadores son del parecer “que absolutamente se debe prohibir, pues que la persona que está al lado del Eterno Padre representa al espíritu santo o la Santísima Virgen. Si lo primero, está prohibido el pintarlo de aquella manera, si la Virgen Santísima, como parece más verosímil, contiene un error, porque vivía mortal en la tierra cuando coronaron de gloria a su hijo benditísimo; y aún sería heregía (sic) formal si representase a la Virgen como persona divina”. La estampa es prohibida por el edicto de 23 de febrero de 1806 “porque la representación que se hace de este misterio es contraria a la que de él nos enseña la fe”” .

Con especial ahínco, incluso por encima del control interior, la censura regia y la Inquisición intentaban evitar la llegada de perniciosas influencias del extranjero, y más si procedían de la Francia laica: el principal enemigo de la Corona y la Iglesia. El modo en que se trataba el tema religioso –vanalizándolo- en algunos países europeos chirriaba con las concepciones en exceso sacras –talismán- de la estampa religiosa para los habitantes de nuestro país. El cuestionamiento de estos valores mágicos en un objeto de culto como era la estampa sería, al frivolizarse, la primera apertura mental en la constreñida religiosidad de la ultramontana sociedad española. Unas creencias fundadas en falacias materiales que se desmoronarían, por su endeblez, si dichas falacias se demostrasen.

“Al estar también prohibido el poner imágenes sagradas en objetos profanos (Edicto de 1 de agosto de 1767), se recogieron varias estampas destinadas a hacer abanicos: una de ellas, en 1804, mostraba “un cardenal, dos obispos, una mesa de altar y un crucifijo” que se vendía en Barcelona, y otras en las que figuraba Cristo y la Samaritana en el pozo, procedentes de París” .

Son especialmente protegidas las estampas de devoción, el grupo más numeroso y complejo de grabados de tema sacro, las que fundamentan –recordemos- el origen de todo un arte: el del grabado. Principal fuente de ingresos para los artistas y profesionales (dibujantes, grabadores, impresores, libreros, estamperos, cofradías, diócesis, predicadores…); herramienta eficacísima en la difusión de la fe, enseñanza catequética y cultivo de tradiciones devocionales; fundamento de la religiosidad en una ingente cantidad de fieles; objetos de culto, de esperanza, mágicos. Por ello son cuidadas desde los diferentes sectores sociales implicados en su realización, comercialización y venta. Son muchos y variados los intereses que se dan cita en una parcela de la creatividad artística a veces ninguneada con poco conocimiento de lo que representa para toda una época, una sociedad y una mentalidad.

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