LOS FESTEJOS TAURINOS DE LA ALHAMBRA.
UN ESTUDIO DE HISTORIA DE LA TAUROMAQUIA EN LA CIUDAD DE GRANADA.
(SIGLOS XVI-XIX)
Jesús Daniel
Laguna Reche.
Ldo. en Historia.
1. INTRODUCCIÓN. LA ALHAMBRA DESPUÉS
DE 1492.
Además de tener la carga simbólica derivada
de la culminación de la Reconquista, así como suponer
un gran paso antes de la consecución de la unidad nacional de
España, la Toma de Granada por los Reyes Católicos el
2 de enero de 1492 dio a Castilla la posesión y el gobierno de
la Alhambra, palacio-fortaleza sin igual en el mundo, cuya belleza todos
conocían de oídas pero que pocos, muy pocos, habían
podido admirar con sus propios ojos; era un misterio que iba a desvelarse,
y de qué manera.
En la Alhambra se instaló la Capitanía General del Reino
de Granada, cuyo gobierno fue entregado al conde de Tendilla, don Iñigo
López de Mendoza. En consecuencia el recinto siguió teniendo
función militar, y por ello sus estancias fortificadas se convirtieron
en residencia permanente de soldados y sus familias. El resto de edificios
y terrenos contiguos al palacio fue poblado progresivamente por gente
de baja posición social –artesanos y labradores sobre todo-,
y el conjunto se convirtió en una auténtica ciudad dependiente
territorialmente del cabildo de Granada pero con una jurisdicción
propia que incluía, por ejemplo, a las actuales Puerta de Elvira
y alrededores, Plaza de Bib-Rambla y calles Alcaicería, Oficios,
Zacatín, Paños y López Rubio, entre otras.
Esta situación se mantuvo hasta que a partir del año 1870
aproximadamente el Estado, a través de los ministerios correspondientes,
como Fomento y Bellas Artes, inició los expedientes de expropiación
de casas y cuevas situadas en el término y dominio del monumento,
a la vez que el gobierno de España dejaba de dar a la Alhambra
uso militar.
Todavía en los primeros años de la década de 1960
vivía en la Alhambra, concretamente en la Torre de los Picos,
el encargado de vender las entradas a los turistas, de nombre Manuel
Garrido, según recuerda la madre del autor de estas líneas,
que por amistad con su familia durmió alguna noche en dicha torre
y pudo ver detrás del público un espectáculo flamenco
en el patio del Palacio de Carlos V.
La reconversión de palacio-fortaleza a ciudad y cuartel que sufrió
la Alhambra obligó a realizar transformaciones, como la construcción
de la Torre del Cubo –la de fachada semicircular- y el muro que
da entrada a la Alcazaba, un aljibe, la ex parroquia de Santa María
o el convento de San Francisco, hoy Parador Nacional de Turismo.
A dichas edificaciones se le sumaron en diferentes épocas otras
reformas y construcciones que respondían bien a meros caprichos,
bien a necesidades determinadas. Entrarían aquí, por ejemplo:
-Palacio de Carlos V –sin cubiertas ni tabiques hasta el siglo
XX-. Proyectado en 1526.
-Habitaciones del Emperador. Mandadas construir en 1528.
-Pilar de Carlos V. Siglos XVI-XVII.
-Puerta de las Granadas (hacia 1536) y, unos metros más arriba,
una cruz de piedra puesta en 1641.
-Patios de la Reja y de Lindaraja. Transformados en el siglo XVII.
-Capilla de la Puerta de la Justicia. Siglo XVI. Retablo puesto en 1588.
-Reforma del aljibe situado bajo la Torre de la Vela (cuya entrada original
fue sustituida por otra nueva).
-Otras intervenciones para añadir un segundo piso a algunas estancias,
cerrar mediante galerías con soportales ciertos espacios antes
abiertos, abrir nuevos miradores, colocar nuevas balaustradas, rejas,
balconadas, puertas y ventanas, subir o bajar la altura de diferentes
suelos, crear nuevos jardines, redecorar con nuevas pinturas o repintados,
etc. Además muchas de esas intervenciones conllevaron el traslado
de materiales de construcción originales para su reutilización,
como vigas y columnas.
Hasta que en la segunda mitad del siglo XIX se empezase a plantear su
restauración y posterior puesta en valor para su difusión
general, la Alhambra sufrió un importante abandono que conocemos
a través de fuentes documentales y fotografías. En este
sentido son muchos los documentos, sobre todo a partir del siglo XVIII,
que hablan del estado “ruinoso” y “deplorable”
de muchas estancias, que amenazaban hundimiento inminente. Por su parte
las murallas y torres habían padecido ya el derrumbe de parte
de sus muros y necesitaban numerosas reparaciones prácticamente
todos los años. Así, en las numerosas diligencias efectuadas
con el fin de reparar o restaurar determinadas zonas de la Alhambra,
hay muchas referencias a tejados hundidos total o parcialmente, techos
de madera podridos y encorvados, muros abiertos, etc. Como veremos más
adelante, muchas de las obras realizadas eran costeadas con los beneficios
reportados por las corridas de toros que al efecto se realizaban.
Las fotografías del siglo XIX y principios del XX conservadas
corroboran totalmente lo que dicen los documentos: aparecen las galerías
de los Palacios Nazaríes y otras estancias apuntaladas e incluso
cegadas con muros en los que se habían embutido las columnas,
tejados a punto de caerse –por ejemplo la galería del Patio
de Machuca-, y torres derruidas parcialmente.
La falta de cuidado, interés y recursos, el consecuente abandono,
la libertad con la que los gobernadores disponían del monumento
y algunos accidentes puntuales, como la explosión del Polvorín
en 1590 o el incendio de la Sala de la Barca en 1890, han provocado
la pérdida de multitud de yeserías, techos de madera,
puertas, ventanas, pinturas, materiales constructivos, objetos decorativos,
etc.
La decencia que en el siglo XVIII algunas autoridades pedían
para la Alhambra no se ha conseguido hasta el siglo XX, al que ha llegado
en pie casi milagrosamente después de siglos de transformaciones
y abandonos.
2. EL SIGLO XVI. LAS PRIMERAS NOTICIAS.
Desconocemos cuándo empezaron a celebrarse en
la Alhambra diversiones taurinas, pero no es arriesgado pensar que muy
probablemente fuese poco después de conquistarse la ciudad de
Granada, y quién sabe si para celebrar tan célebre e importante
acontecimiento. Si se hicieron en Roma, ¿por qué no en
la Alhambra, sede del poder del derrotado Estado nazarí? Sin
embargo los papeles que han sobrevivido del que debió ser inmenso
archivo de la Capitanía General del Reino de Granada no aportan
ningún dato hasta muy avanzado el siglo XVI.
En el catálogo del Archivo Histórico de la Alhambra, realizado
por María Angustias Moreno Olmedo, sólo hay dos documentos
fechados en el siglo XVI tocantes a tema taurino.
El primero, referencia más antigua a la celebración de
fiestas con toros en el monumento, es del año 1563 y está
relacionada con una causa judicial incoada contra uno o varios carpinteros
“por hacer en falso un andamio para la fiesta de toros, de la
que habían resultado lastimadas varias personas”. Estos
datos no son muy explicativos, pero hemos de conformarnos, habida cuenta
de que el documento original desapareció antes de realizar la
actual catalogación, para la cual se utilizó una regesta
anterior que debió estar colocada junto al original.
El otro documento al que nos referimos menciona una queja que el 12
de julio de 1804 realizó el contador veedor don José Antonio
Núñez de Prado, que a fines del año 1802 había
sido expulsado por don Lorenzo Velasco -uno de los oficiales de la fortaleza-
del lugar que tenía reservado para él y su familia en
la plaza de toros de la Alhambra junto al de la gobernadora. Expuso
dicho contador veedor que “desde 1591 y mucho tiempo antes”
y hasta fines de 1802 su familia y él ejercían sus oficios
sin impedimentos y gozando sus privilegios, entre ellos tener asiento
con sus madres y mujeres en las capillas mayores del convento de San
Francisco y la iglesia de Santa María, así como en las
funciones públicas celebradas en el “patio redondo”,
como “titiriteros, toros, comedias y otras diversiones públicas”.
En dicho patio tenían primero un balcón, y cuando el año
1800 se construyó una nueva plaza, se les destinó un palco
exclusivo.
3. EL SIGLO XVIII…Y UNOS AÑOS
MÁS.
Del siglo XVI nos pasamos al XVIII ante la ausencia
total en catálogo de documentos del siglo XVII relativos al tema
que aquí estudiamos.
Realizo ahora una pequeña exposición de los aspectos más
importantes de las celebraciones taurinas en la Alhambra y su jurisdicción,
prescindiendo de datos irrelevantes, listados de nombres y números,
recuentos, estadísticas y porcentajes. Prefiero ejemplificar
cada una de las explicaciones, así mismo breves, entresacando
las noticias que me han parecido más interesantes para el conocimiento
del tema.
La ambigüedad o la falta de exactitud que pueda encontrar el lector
en algunas partes del texto no son caprichosas, sino consecuencia de
la ausencia de datos concretos en muchos documentos.
-Corridas fuera del alcázar.
Hemos dicho más arriba que la jurisdicción
de la Alhambra alcanzaba a varias zonas del casco urbano de la ciudad
de Granada; es bueno recordarlo porque allí también había
espectáculos toreros, para los que quizá llegase a haber
algunas gradas permanentes, si bien no sabemos desde qué fecha.
Lo que sí sabemos es que el año 1803 la Gobernación
de la Alhambra ordenó realizar unas obras en la “tribunica”
de Puerta Elvira.
No muy lejos de allí estaba y está la Plaza de Bib-Rambla,
también común escenario de corridas y juegos de tauromaquia.
Y junto a ella la Alcaicería, importante zona comercial que aglutinaba
a multitud de vendedores de paños, cuyas tiendas estaban las
más de las veces en muy mal estado y padecían una importante
falta de vigilancia por parte de la autoridad competente –la Alcaidía
de la Alhambra-. Ante la gran cantidad de robos, muchos tenderos se
vieron obligados a poner perros en sus tiendas y dejar algunos más
sueltos por el recinto, que quedaba cerrado por las noches y en los
días festivos.
Algunos de esos días eran aquellos en que la Plaza de Bib-Rambla
se convertía en ruedo, dada la mala intención de algunas
personas –sobre todo forasteros- que se dedicaban a robar paños
en lugar de ver los toros.
Pero no todos los vendedores de la Alcaicería estaban de acuerdo
con cerrar sus establecimientos cuando había toros en Bib-Rambla.
Quienes así pensaban en octubre del año 1733 se quejaron
por escrito al alcaide de la Alhambra, a quien pedían que en
dichas ocasiones ordenase mantener las puertas de la Alcaicería
abiertas, argumentando que la gran afluencia de forasteros siempre les
ayudaba a vender algo más. Respondió el alcaide que la
costumbre de cerrar la Alcaicería los días que había
toros en Bib-Rambla, la Carrera y la casa llamada “del Rastro”
se debía a los muchos robos que practicaban en los comercios
precisamente los forasteros. Tampoco se estuvieron callados aquellos
comerciantes que apoyaban al alcaide, al cual pidieron que no diese
validez a la queja de sus compañeros de gremio porque no habían
dado sus nombres ni firmado, cosa que sí habían hecho
ellos. No sabemos cómo se resolvió el asunto.
-La plaza de toros de la Alhambra y su aprovechamiento.
Respecto a las funciones realizadas dentro de la Alhambra,
su Gobernación arrendaba anualmente en pública subasta
la plaza de toros, construida entera de madera, a un particular o particulares
asociados, o bien sobre la marcha contrataba las corridas que considerase
oportunas y vendía los productos de ciertas funciones a personas
o instituciones que lo pidiesen. Los beneficios obtenidos eran invertidos
generalmente en obras de reparación de tejados, murallas y torres.
Los empresarios podían organizar cualquier espectáculo
en la plaza de toros, además de los juegos de tauromaquia, como
comedias, danzas y bailes, títeres y otras diversiones, hecho
que ha dejado documentos referidos a vestidos, cordones, colgaduras,
cintas, espadas, tablados, carteles pintados, etc.
Como ejemplo de contrato para una temporada completa traemos aquí
el firmado por don Francisco de Siles y don Luis de Morales para el
ejercicio 1803-1804, por el precio de 65000 reales. Sus cláusulas
son las siguientes:
-Comienza el contrato el día de Pascua de Resurrección
de 1803 y acaba el Miércoles de Ceniza de 1804.
-Los empresarios son dueños de hacer las funciones de muerte
o novilladas en días de fiesta o trabajo, por la tarde o por
la mañana.
-Si se suspende una función por muerte de un miembro de la Familia
Real, peste, incendio, ruina, etc., sólo se hará cargo
económico a los empresarios por el tiempo que hayan aprovechado.
-Podrán hacer en la plaza rifas, juegos e “inventivas”
para atraer público, pero acabará el contrato en caso
de ir contra la libertad de la gente.
-Los empresarios pagarán el ganado de lidia y los vaqueros, y
recibirán los toros el Viernes de Dolores, pagando 1000 reales
por cabeza, adelantando 10000 en la firma del contrato. El precio de
los cabestros será fijado por peritos. Rendirán cuentas
el Miércoles de Ceniza y darán de hipoteca fincas de más
de 30000 reales y sin ningún cargo ni gravamen.
-La dehesa de la “Casa de las Gallinas” será abrevadero
y apartadero del ganado, y el guarda de éste y el de la plaza
de toros se pagarán a cuenta del Real Patrimonio.
-La plaza estará siempre en condiciones de uso, para comodidad
del público.
-Las sillas de la plaza y demás objetos se entregarán
a los empresarios con un inventario para evitar pérdidas. Se
guardarán en una estancia de la Alhambra que podrán usar
con toda libertad.
-Los empresarios harán los carteles y deberán presentarlos
al Gobernador para que autorice su impresión. Luego se darán
copias a los oficiales Reales para que sepan cuándo hay función.
Dichos oficiales podrán entrar sin pagar a las funciones, junto
a los tres espectadores que salen premiados con función gratis
en cada corrida.
-Los empresarios disponen a su voluntad de todos los balcones excepto
el de mando y el del gobernador y el asesor.
-Todos los gastos de las funciones de tropa, música, rifa, encierros,
toreros, caballos, aseo y riego de la plaza corren por cuenta de los
empresarios.
-El contrato se abonará en ocho pagas, la primera el 24 de abril,
y el resto los días 24.
-Las funciones se harán en nombre del Rey.
-No se hará función de toros cuando la haya en la Real
Maestranza de Granada.
Fuera del contrato quedaban la carne y el despojo de
los toros muertos, que se arrendaban aparte. Al igual que para arrendar
la plaza, los contratos eran prácticamente iguales todos los
años, por lo que hemos escogido como ejemplo el primero que hemos
visto, correspondiente al año 1800. Especificaba que los toros
serían pesados una vez desollados, y el pago se haría
“a dinero contante y no en vales en el acto mismo de hacer los
pesos”. Y prosigue diciendo que “los despojos los ha de
satisfacer a precio de treinta y cuatro reales cada uno, y se entienden
la cabeza, asadura, tripas, panza, lengua y manos, y se le han de abonar
por el desuello de los toros 24 reales cada uno”. Los inconvenientes
que pudiesen ocurrir de cortarlos, conducirlos y demás correrían
por cuenta de los tomadores del contrato, “y a los oficiales que
los desuellen sólo se les ha de consentir que saquen los rabos,
soletas, falda y riñones, todo con arreglo y sin el menor desorden”.
Y además “las astas no se entienden vendidas en este ajuste”.
-Venta de beneficios de las funciones taurinas. Los
particulares.
Cuando la plaza de toros de la Alhambra no era arrendada
para una temporada completa, la Alcaidía vendía los beneficios
de las corridas que se celebrasen en fechas próximas. Para eso
quien quisiese aprovecharse debía presentar un escrito solicitando
que se le vendiesen los beneficios de cuantas corridas estimase oportunas,
incluso proponiendo las fechas adecuadas, si es que no estaban fijadas
con anterioridad.
Muchas veces los solicitantes eran particulares, que buscaban el lucro
personal o ayudar a alguna causa.
Como ejemplos de búsqueda del lucro personal podemos mencionar
estos dos casos:
-Venta al francés Juan Balp, director de la compañía
ecuestre residente en Granada, de los beneficios de las funciones ofrecidas
por dicha compañía a partir del 1 de junio de 1804. El
contrato es del 29 de mayo de ese año.
-Venta hacia noviembre de 1803 de los beneficios de varias corridas
a don Nicolás Laín de Guzmán. Perdió dinero
en dos corridas debido a que en una de ellas no llegaron los matadores
y hubo que echar mano de una media espada de Granada, que no atrajo
público, y a que el día de la otra corrida estuvo nublado
y la gente había acudido a la feria que se hacía en los
Basilios. Pidió y obtuvo licencia para volver a organizar otra
corrida con el fin de reducir pérdidas.
Respecto a la organización particular de funciones para fines
varios, una muestra es la petición que hacia julio de 1740 realizaron
dos hermanas solteras vecinas de la Alhambra y mayordomas de la hermandad
de María Stma de la Hiniesta, en la que pedían licencia
para correr un toro y emplear los beneficios en la confección
de un vestido y un manto para la imagen de la Virgen, y ayudar a la
celebración de su fiesta. Según decían esto era
habitual desde hacía años. Quizá por eso se les
concedió su deseo.
Para atraer público era habitual que en el transcurso de la corrida
se sorteasen entradas gratuitas con asiento para la siguiente función,
algún dinero en metálico, o incluso toros, uno por agraciado.
Siempre eran varios los espectadores premiados.
Un ejemplo curioso de estos sorteos lo tenemos en el realizado en la
función del día 22 de febrero de 1803, celebrada tras
concederse a un vecino de Granada la siguiente petición:
“Señor Alcaide Gobernador: Juan Antonio Molina tiene 15
cerdos de varias edades, pesos y señales, y quiere celebrar en
la plaza de toros de la Alhambra una corrida de novillos para sortearlos.
Se ofrece a pagar 2500 reales. La corrida quiere celebrarla en carnaval
y si no el día de san José. Él pagará los
gastos de conducción del ganado, cabestraje, toril, plaza, administración;
2 reales la entrada, pudiendo los agraciados, sacados uno a uno, elegir
su cerdo. Debe el gobernador autorizar que los cerdos anden libres por
la jurisdicción de la Alhambra para que la gente los vea hasta
el día del sorteo”.
Concedida la licencia al día siguiente, se celebra la función
el día antes indicado, pero surge un problema: los quince cerdos
sorteados no habían tocado a nadie, y la sospecha de fraude se
cernía sobre el organizador. Dijo al día siguiente el
gobernador que, cumpliendo con lo estipulado, la autoridad de la plaza
había solicitado que se hiciese el sorteo mientras se corría
el tercer toro, pero el organizador se negó, porque todavía
no le habían llevado el arca que contenía los resguardos
de las papeletas vendidas, que lo habían sido en Plaza Nueva,
la Puerta de las Granadas y Peña Partida, además de en
la misma plaza. Según declaración de Ramón Castrillo,
subteniente de la Compañía Provincial de Inválidos,
la negativa de Molina le enfrentó con el alférez comandante
de la guarnición de la plaza, y llegó a decir que él
mandaba en la plaza y abriría las puertas y quitaría los
centinelas si quisiese. El soldado Cristóbal Romero dijo que
fue necesario empezar a correr otro toro para aliviar la desesperación
del público.
Se acusó al organizador de introducir en la plaza “por
sí o por medio de algún confidente partida de suerte a
su favor”, es decir, había mezclado las papeletas sobrantes
con los resguardos de las vendidas, para extraer las sobrantes y no
dar ningún cerdo. Éstas, extraídas por “un
niño de corta edad puesto al intento”, correspondían
a los números 962, 3365, 9730, 15211, 4377, 5799, 11252, 13948,
5796, 13042, 6086, 4798, 9556, 2892 y 3623.
Llevada el arca de los boletines ante el alcaide para su reconocimiento,
se toma declaración al acusado, quien además de remitirse
al contrato reconoce la tardanza del sorteo (que debía hacerse
al finalizar el segundo toro), aunque niega que le pidiesen hacer el
sorteo corriendo el tercer toro, e insiste en que las puertas de la
plaza no se podían cerrar a pesar de finalizar el plazo de admisión
de suertes a las tres y media de la tarde. Justifica la tardanza del
sorteo por la espera de los boletines vendidos en Granada, y admite
que su comisionado don Antonio Zorrilla había introducido en
el saco de la rifa las papeletas sin vender, pero porque no pensaba
que podía darse la “causalidad” de que no saliese
ninguna con premio. También reconoce que varios ciegos habían
vendido papeletas por la calle, pero afirma haber recibido las cuentas
de esas ventas en su casa de Plaza Nueva a las tres de la tarde y por
medio de su mujer. Respecto al cobro de entradas a quienes veían
la corrida desde las galerías porque no tenían silla,
dice no saber nada debido a que no había recibido la cuenta de
uno de los cobradores -que habían sido Francisco de Prados y
“fulano” López-. A esta declaración le responden
que miente, ya que habían surgido problemas con un criado del
marqués de Villa Alegre y un francés que se negó
a pagar si no le daban asiento y al que le habían quitado por
ello su capa.
Una vez reconocidos los boletines guardados en el arca, se hace un inventario
de éstos:
-Quince paquetes de cien boletines cada uno.
-Ciento sesenta boletines sólo con el número de la entrada,
desde el 9000 hasta el 14000.
-Otras papeletas rotas y enmendadas.
-Veinticuatro paquetes de cien boletines con numeración.
-Veinte manos de ochenta boletines.
-Dos licencias para matar cerdos, con fecha de 24 de febrero de 1803
firmadas por don José Álvarez de Toledo.
Finalizan las diligencias tras esta inspección y se condena al
acusado al pago de una multa de 200 ducados para el reparo de los paseos
de las alamedas y las costas del proceso, y que fueron prontamente pagados
el día 24 de febrero.
-Las hermandades y la tauromaquia con fines piadosos.
Además de particulares, también obtenían la venta
de corridas de toros las hermandades religiosas, que en muchas ocasiones
recurrían a la Fiesta Nacional para remedio de sus males o consecución
de sus pretensiones, materiales o no, quizá porque sus ingresos
no fuesen muy abultados; el caso es que las peticiones por parte de
las hermandades para hacer toros eran muy comunes, y es muy posible
que todos los años se hiciesen. Solían invertir el dinero
en el culto a sus imágenes, limpieza, decencia y adorno de iglesias
y capillas, y alguna que otra vez para hacer enseres varios. De entre
las muchas noticias que hemos podido leer entresacamos las siguientes:
-En 21 de julio de 1749 solicita la hermandad de Jesús de la
Humildad, residente en la parroquial de Santa María de la Alhambra,
poder correr varios toros con cuerda en días diferentes, para
emplear el dinero obtenido en el culto y decoro de sus imágenes
y fiesta. Apoya su solicitud en que desde muchos años atrás
se le daba dicha licencia para socorrer sus necesidades. Tras tomar
juramento a dos vecinos de la fortaleza, que dicen haber visto corridas
celebradas por dicha hermandad desde mucho tiempo atrás, se obedece
la Carta Orden enviada desde Málaga el 19 de julio, por la que
se concede la celebración por la solicitante de tres funciones
de toros con cuerda en los días 25, 26 y 27 de julio de 1749.
-El 25 de abril de 1785 el alguacil de la Alhambra hace saber al juez
conservador, don Pedro de Fonseca y Montilla, la intención de
la hermandad de Ánimas de la parroquial de Santa Escolástica
(convento de Santo Domingo, en el barrio del Realejo) de correr en la
Alhambra un toro o novillo con cuerda en la Pascua de Espíritu
Santo, para obtener dinero mediante el cobro de una limosna consistente
en lo que cada espectador pudiese y quisiese dar por ver la función.
El juez conservador deniega la petición y prohíbe la entrada
del toro en toda la jurisdicción de la Alhambra con el argumento
de ser motivo de alborotos y “ofensas a las majestades divina
y humana”. No sabemos si al final se celebró la función.
-El 16 de agosto de 1803 vende la Gobernación de la Alhambra
una corrida de toros o novillos a la hermandad de Ánimas de la
iglesia de Santa Ana (Plaza Nueva) para el día 21. Posteriormente
volverían a venderle nuevas funciones para los días 4
y 8 de septiembre (día de la Natividad), 25 de septiembre y para
el mes de julio de 1804.
-Algunos aspectos de los espectáculos toreros.
En los días previos a la celebración
de los festejos los toros eran conducidos por los vaqueros a unos terrenos
que la jurisdicción de la Alhambra tenía junto a la fortaleza.
Allí pacían y comían los animales hasta que eran
llevados a la Plaza de los Aljibes para meterlos en el toril. Uno de
esos terrenos era la dehesa de la “Casa de las Gallinas”,
mencionada más arriba. También se preparaban los caballos,
revisando sus herrajes y demás menesteres.
Antes de cada corrida solía hacerse una inspección de
la plaza de toros, por si fuese necesario reparar algo -muchas veces
las barreras y el toril-, y se regaba y preparaba el ruedo, alisando
la arena y, en caso necesario, echando más.
El público entraba libremente a la plaza, y una vez ocupados
los asientos, los cobradores visitaban a los asistentes para cobrarles
la entrada. Quienes podían, como veremos después, aprovechaban
los edificios contiguos y las murallas para ver los toros de balde,
o incluso intentaban colarse por otras “entradas”. Para
evitar tales picardías estaban los soldados de guardia, que paseaban
por los adarves y caminos escondidos. También había una
guarnición presenciando las funciones por si había altercados,
que los hubo de vez en cuando, y un alguacil, que entraba en acción
para practicar alguna detención.
En las funciones solía haber música (más de diez
músicos y al menos dos clarines a comienzos del siglo XIX, en
tiempo de la compañía de músicos de Melchor Gaona),
y muchas veces se lanzaban cohetes y fuegos artificiales. También
era normal intercalar en medio del espectáculo algún baile
o representación variada.
Son muchas las noticias que conocemos acerca de lo que acabamos de decir:
guardias, cobradores, músicos, vaqueros, etc., y otros datos
relacionados con la iluminación y vigilancia nocturna de la plaza,
la existencia de zanjas para los caballos; sin embargo resulta un tanto
llamativo que junto a las menciones de toreros, banderilleros, picadores,
espadas y demás artistas, casi nunca hallemos los nombres de
quienes desempeñaban esos oficios. De hecho, sólo hemos
encontrado una de esas anotaciones: en una corrida del año 1802
participaron las compañías de Bartolomé Gálvez,
Juan Lirela, Francisco García y Miguel de Rojas, lidiadores,
banderilleros y picadores de vara larga, vecinos de Granada.
Los gastos de las corridas eran cubiertos en función de las cláusulas
de cada contrato, aunque solían ser los tomadores quienes se
hiciesen cargo de pagar a los vaqueros, cobradores, músicos,
guardianes, alguacil, coheteros, además, evidentemente, de toreros,
titiriteros, bailarines y demás artistas contratados. El alimento
de los animales era sufragado a cuenta del Real Patrimonio, al que pertenecían
los terrenos de descanso del ganado de lidia. Los gastos anotados como
“extraordinarios” no se explican, pero por su denominación
debemos pensar en hechos puntuales, como la compra de sogas para embolar
toros, banderillas, hachones para iluminar la plaza, intervenciones
poco importantes del carpintero, etc.
-Las corridas no eran gratuitas.
Pillos ha habido siempre, y en la Alhambra los había que pretendían
escaquearse y pasar de balde o pagar menos para ver los toros. Rescatamos
sobre esto una curiosa referencia dieciochesca:
Un expediente del año 1787 nos dice que los domingos se corrían
novillos con cuerda en la Plaza de los Aljibes, con la intención
de recoger algún dinero para socorrer a las exhaustas arcas de
la Alcaidía de la Alhambra. Para cobrar las entradas se colocaban
unos guardias en las puertas del cuerpo de guardia y del Carril, pero
algunos individuos, sobre todo niños y jovenzuelos, se colaban
por las murallas inmediatas a la Puerta del Carril. El día 5
de agosto los soldados de guardia habían pillado en pleno intento
a ocho energúmenos, que de inmediato fueron llevados a la cárcel
para declarar.
A uno de los detenidos le incautaron ocho duros en duros, dieciséis
reales en “pesetas” y quince cuartos de vellón -cobre-,
además de un cuchillo catalán de mesa con puño
de palo y punta, escondido entre el ceñidor.
A otro detenido le cogieron dieciséis cuartos y medio y una navaja
“de las largas con punta y puño negro de cuerno con una
virola de latón dorado” y cuatro cuartos.
Otro llevaba una porra y una navaja de hechura de hocino -corvo y acerado,
para cortar leña-.
Uno era albañil y tenía trece años; otro era tejedor
de cintas, otro cabrero, que dijo no recordar el apellido de su madre,
otro herrero y otro tintorero, y todos dijeron que se habían
colado por un agujero que un soldado extranjero “picado de viruelas”
había practicado junto a la Puerta del Hierro. El soldado no
hizo el agujero por capricho, sino para cobrar también su entrada
al que se colase, pero más barata que en taquilla, obviamente,
y parece que no le faltaban clientes.
El dinero confiscado a los detenidos se repartió entre los soldados
que hicieron la detención, Juan Lamber y Bartolomé Pedris,
la hermandad de la Virgen que se veneraba en la puerta de la guardia,
el carcelero, Juan de Molina (por asistir a la prisión), el alguacil
(Agustín de Aguirre) y la reparación de las tapias y el
agujero.
Las armas se presentaron al maestro armero Miguel de Olivares para que
las reconociese y dijese si eran de uso prohibido. Declaró que
el cuchillo figuraba en las Reales Pragmáticas y las navajas
no; de la porra no podía hablar por no ser de su oficio.
Fueron visitadas las casas de los detenidos para reclamar fianzas a
sus familias, pero ante la enorme pobreza de todas se desistió
del intento y se solicitó al fiscal de la Alhambra que prosiguiese
el proceso como considerase oportuno, aunque ignoramos esa parte.
-Año 1800. La Alhambra estrena plaza de toros.
En cuanto a la plaza, la existencia desde el principio de una construcción
específicamente destinada a correr toros es una incógnita.
La escasez de referencias antes del siglo XVIII -ya se ha dicho que
sólo conocemos dos- y el uso de los términos “patio
redondo” o “plaza anfiteatro” nos hacen dudar acerca
de si la Plaza de los Aljibes era en los primeros tiempos acondicionada
provisionalmente para las corridas y más tarde se hizo el ruedo
y sus gradas, o cualquier otra posibilidad. Suponemos que ya había
una plaza de toros hecha al menos desde finales del siglo XVIII, cuya
desmantelación el año 1800 marca el inicio de la presencia
de importante cantidad de documentación referente a obras y reparos
en el ruedo de la Alhambra.
El deterioro de la antigua plaza y la próxima celebración
de funciones taurinas llevaron a la Gobernación de la Alhambra
a decidir la construcción de un nuevo ruedo, que comenzó
a levantarse en mayo de 1800 y se finalizó varios meses después,
aunque su estreno se hizo muy pronto, el día 8 de julio. Las
obras fueron dirigidas por el profesor de arquitectura Antonio Manuel
Molina, quien puntualmente iba tomando nota de los gastos, de los cuales
entresacamos, por ser los más destacados, los siguientes:
-3500 reales por ciertos tramos de empilastrado, sostenientes, quita
cimbras, estribos, tendidos, encopete con todo el juego de tacos, zapatas
para el segundo cuerpo con sus correspondientes graderíos, y
otras faenas (?).
-1700 rs por hacer la barrera del saltador de toreros que guarece toda
la circunferencia, con apertura de hoyos, fijado de pilarcillos, apisonado
de éstos, y demás hasta acabarlo.
-887 rs por un cuadrante de suelo de cuadrado para el piso del segundo
cuerpo, que se halla fijado entablado y concluido con su correspondiente
enjabalconado a la parte de Poniente.
-100 rs a Antonio de Checa por dos juegos de escaleras para subir a
las gradas de los tendidos.
-80 rs a Juan de Huertas por el aumento de dos gradas más que
hizo en dicho cuadrante.
-50 rs a Antonio Escalona, Juan Fren y José Matamoros por otra
grada en dicho sitio y ochava del Mediodía.
-263 rs a Sebastián de Viedma por siete arcas medianas, una puerta
clavadiza y un escaño.
-213 rs a Sebastián de Viedma por un carro de madera.
-220 rs a Francisco García por siete hojas de puerta para jaulas
en los toriles.
-190 rs a José Alguacil por cinco hojas de puerta para el corral
y salida del toril.
-80 rs a José Callejas por los canes, tarimilla y balcón
principal de mando.
-24 rs a Antonio Aceituno por tornar las verjas del balcón.
-251 rs a José Medina por hacer ciertos tramos de corredorcillo.
-8 rs por dos quicialeras de hierro para la compuerta del potro.
-24 rs a José de Toro, maestro tornero, por dos cilindros y dos
carretes.
Aparecen además otros libramientos de dinero para la compra de
clavos (muchos de ellos hechos con el hierro de las picas de la Sala
de Armas, fundidas al efecto), preparación del suelo con cargas
de arena, armado de vayas, sogas, esteras de esparto para los asientos,
y otros gastos de menor entidad.
El día 7 de julio se concluyó el tramo de la parte Norte,
se sentaron los corredorcillos y se repasaron los sostenientes, puntales
y toriles. A partir de la inauguración muchas reparaciones se
tuvieron que hacer por las noches, seguramente debido a la duración
de las corridas y a que solían hacerse en días seguidos.
Parece que la nueva plaza de toros de la Alhambra no tenía muy
buena fábrica, pues poco después de empezar a usarse ya
hay anotaciones de ciertas reparaciones. A ello hemos de sumar las intervenciones
realizadas para mejora y embellecimiento. Como ejemplos:
-Entre octubre y noviembre de 1802 se renovó la arena de la plaza.
-Ese mismo año se compraron 24 sillas para el público,
realizadas por el maestro sillero Nicolás de Sola, a seis reales
y medio cada una, y Luis Manjón encoló las de la galería.
También se hizo una silla de brazos forrada para el balcón
de mando; la hizo y pintó Miguel Valenciano, para cuyo efecto
Antonio Picayo vendió el forro de badana acordobanada, tachuelas
de metal y hierro, galón, cinta y lienzo.
Las reparaciones hicieron poco efecto y por ello el 15 de septiembre
de 1804 se realizó una tasación para realizar una reparación
de urgencia.
-Los toros y la conservación de la fortaleza.
El dilema de la prohibición.
Independientemente de que el público dispusiese
de gradas, era práctica generalizada que en las funciones de
toros la gente subiese a los tejados de las casas que rodeaban la Plaza
de los Aljibes, con el consiguiente disgusto de la Junta de Obras y
Bosques -residente en Madrid-, que en más de una ocasión
pidió la prohibición de tal práctica, con el fin
de evitar daños materiales y ahorrarse reparaciones innecesarias,
aunque nunca se consiguió acabar con la costumbre popular.
El 11 de febrero del año 1744 se ordena la citada prohibición,
debido al mal estado de los tejados y las numerosas goteras. También
se prohíbe la cría de palomas, ya que los pichones atraían
a las garduñas, que anidaban en los tejados.
El 23 de mayo de ese mismo año solicita la hermandad de Ntra.
Sra. de la Hiniesta, sita en el convento de San Francisco, licencia
para correr un toro con cuerda en la Plaza de los Aljibes. Se le concede
la petición a cambio de que sus mayordomos se hagan cargo de
los posibles daños causados por el público en la Casa
del Emperador, el lienzo de muralla que va a la Alcazaba, la Torre del
Homenaje y las casas contiguas a la plaza. El maestro mayor de obras,
Francisco Pérez Orozco, ayudado por el sargento José Marín,
el cabo Manuel Pérez Orozco y el soldado Bartolomé del
Rincón, inspecciona los espacios por si hay peligro en caso de
subir el público. Hecho el reconocimiento, se avisa a los dueños
de las casas contiguas a la plaza, doña Margarita Valdivia, Juan
de Gójar, Alfonso Sánchez, don José Caicedo y don
Francisco Gabí, para que no permitan subir a nadie a sus tejados.
Respecto a la Casa del Emperador, sí se permite su uso ya que
la solería es de ladrillo y los únicos tejados existentes,
“hechos pedazos y las maderas podridas”, miran a la parte
trasera del edificio. Pasada la corrida dice el maestro mayor de obras
que no ha subido nadie a los tejados y no hay daños.
El deplorable estado de conservación que sufría la Alhambra
y el abandono de muchas de sus estancias, que se encontraban en ruina,
obligó a la prohibición total o parcial de las corridas
de toros para evitar daños mayores.
Por ejemplo, en 1749 la Junta de Obras y Bosques no permitió
a la hermandad de Jesús de la Humildad celebrar tres corridas
debido al peligro derivado del cercano almacenamiento de municiones
de guerra; dicha Junta se quejó a la Gobernación de la
Alhambra por haber permitido que uno de los mayordomos de dicha hermandad
-muy posiblemente en nombre de ésta- pudiese organizar alguna
corrida, a pesar de que el público fumaba “tabaco de chupar”
y había pólvora cerca.
Veto total a los toros en la Alhambra fue el aconsejado en un memorial
del año 1767, en cuyo último apartado se recomienda “no
hacer toros en el alcázar, pues es acabar de arruinarlo y destrozarlo”.
Sin embargo la prohibición de las corridas podía ser mala
solución, pues la falta de dinero impedía acometer obras
y aumentaba el abandono de las edificaciones. Por eso en muchas ocasiones
no hubo más remedio que autorizar corridas para emplear la recaudación
en obras de reparación de murallas, torres, palacios y estancias
varias. Para eso se pedían de vez en cuando permisos puntuales;
así, el 8 de abril de 1795 se solicita poder celebrar los días
feriados corridas de toros de un novillo embolado en cuerda “para
reparar el alcázar”. Finalmente el Gobierno de España
autorizó la celebración de seis u ocho corridas anuales
(Aranjuez, 18 de abril de 1800).
También se empleaban los beneficios que reportaban las corridas
para costear las necesidades y los caprichos de los gobernadores, que
eran incluidos en las obras de conservación. Un ejemplo de ello
es la obra realizada en 1802 en la Casa Real para la vivienda del gobernador,
y cuya obra de carpintería, bastante destacable, fue realizada
por Juan Marín y Velasco y consistía en lo siguiente:
-Cuatro ventanas para el mirador. 934 reales.
-Una ventana sin hojas. 110 reales.
-Cinco pares de puertas de vidrios para las ventanas. 394 reales.
-Tres mamperlanes de tres varas. 65 reales.
-Dos puertas del mirador. 195 reales.
-Una mampara para la puerta de la sala principal. 287 reales.
-Cinco pares de puertas de vidrio de tres varas para balcones y salas
de estrado. 684 reales.
-Siete pares de puertas de vidrio para ventanas pequeñas. 453
reales.
-Una portada para la chimenea francesa. 230 reales.
4. CONSIDERACIONES FINALES.
Entre los años 1805 y 1810 van reduciéndose
poco a poco las referencias a las fiestas de toros en la Alhambra, y
en 1820 está fechada la última que aparece en catálogo.
La imposibilidad de trabajar en el Archivo Histórico de la Alhambra
prescindiendo del catálogo, a lo que hemos de añadir los
importantes problemas del mismo en la descripción de las diferentes
piezas documentales, me ha hecho desistir del intento de buscar fuentes
no catalogadas que pudiesen estar fechadas en los siglos XVI y XVII
y a partir del año 1820.
Por todo ello desconozco cómo se realizaban las fiestas taurinas
hasta al menos fines del siglo XVIII, y hasta qué fecha continuaron
celebrándose. Quizá una investigación más
exhaustiva pueda resolver esta duda.
El objetivo de este trabajo no ha sido realizar una detallada descripción
de las celebraciones toreras de la Alhambra, sino un acercamiento que
permita al lector conocer todos los aspectos importantes de éstas
sobre la base de los expedientes documentales conservados y catalogados
en el Archivo Histórico del Monumento.
Podría haber sido más detallado, o haber aportado más
datos sobre los diferentes aspectos relacionados con nuestro tema de
estudio, como los contratos, los gastos, etc., o haber elaborado largas
listas de nombres de albañiles, peones, carpinteros, esparteros,
cobradores, guardias y demás personas que tuvieron relación
con lo que nos interesa, o hacer el desglose de las muchísimas
relaciones de gastos, partes de vigilancia o empleados en cada función,
que hubieran ayudado a ocupar un buen número de folios pero que
despiertan poco o nulo interés en los lectores. He creído
desde el principio que era mucho mejor no extenderse, y realizar una
síntesis que con breves comentarios y algunos ejemplos permita
hacernos una idea más o menos aproximada de nuestro tema de estudio.
El trabajo ya está hecho, y toca ahora al lector opinar sobre
él.
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA.
-Fuentes.
-Todos los documentos consultados pertenecen a la
Sección Histórica del Archivo de la Alhambra. Han sido
consultadas las piezas correspondientes a las siguientes signaturas:
L-falta, L-209-1 (legajo 226), L-115-6 (legajo 131), L-296-1 (legajo
303), L-162 (legajo 180), L-293-10 (legajo 300), L-165-32 (legajo 183),
L-53-32 (legajo 61), L-171-17 (legajo 189), L-171-32, L-176-7, L-181-18
(legajo 203), L-315-1-6, L-176-7 (legajo 196), L-177-2 (legajo 198).
-Bibliografía.
-MORENO OLMEDO, María Angustias, “Catálogo
del Archivo Histórico de la Alhambra”, Granada, Patronato
de la Alhambra y el Generalife, 1994.

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