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ESTAMPAS
DE DEVOCIÓN EN LA
GRANADA DEL SIGLO XIX
Jorge Jesús Cabrerizo
Hurtado
Licenciado en Historia del Arte por las Universidades de Granada
y Complutense de Madrid.
Desde temprano, la necesidad humana de permanecer en continuo contacto
con la divinidad llevó al devoto a rodearse de imágenes.
Éstas, por ser tomadas como reflejo de la realidad otra existente,
adquirieron grados elevados muy por encima de sus primitivas funciones:
de meros reflejos recordatorios a entes sacralizados por sí mismos.
La imagen como intermediaria se transformó en ídolo. Esta
disyuntiva que se enrevesa y confunde llega hasta nuestros días
sin prácticamente avance alguno en la solución del conflicto.
Sigue siendo –conscientemente admitido- un tropiezo en la ortodoxia
de todo culto. Las imágenes, por su potencial estético cuya
fuerza expresiva subyuga hasta lo inexplicable, son tenidas por personalizaciones
de la divinidad. Lo inexplicable -rudimentos del buen artista que mueve
los sentimientos- es tenido por parte del devoto como mágica transmisión
de la sustancia divina.
Los Manes nunca dejaron los hogares de las familias occidentales. Atrás
en el tiempo, los ídolos minúsculos de las culturas preclásicas.
Más atrás aún, en el origen, las manchas de manos
a las que antes hacíamos referencia, las formas simples, los símbolos,
los dibujos… siempre ha pretendido el hombre traer a su cueva a
la divinidad. Este convidado de piedra son los antepasados, los seres
superiores que nos han dejado pero que necesitamos que permanezcan entre
nosotros, los dioses… la divinidad. El anclaje directo con la eternidad
y la permanencia. La imagen de la vida eternamente presente.
Siempre pensamos, al estudiar su significado, en el hombre primitivo que
dejó la impronta de sus manos en las paredes de la cueva. Pero
no reflexionamos acerca de lo que trasmite a sus sucesores, a los nuevos
habitantes de ese espacio ya sacralizado con el recuerdo del que se fue.
Cada vez que contemplen la mano de aquel que ya no está entre ellos,
ese aquel se hace presente. El ser primitivo tranquiliza así las
dudas existenciales, acalla el miedo a la nada. Un ser que fue y que ahora
es aunque en otro plano superior –lo eterno- se hace presente al
calor del hogar, al contemplar su mano impresa. Existe comunicación,
gracias a esta huella, entre los que se fueron y los que permanecen. Durante
generaciones. Hablamos de los primitivos; hablamos de los ídolos
minúsculos; hablamos de los Manes… y de los santos: los antepasados
hermanos nuestros en Cristo que aún hoy son intermediarios entre
ambos planos de la realidad del hombre de fe.
Y los lleva a su hogar. Sacralizan y son vía comunicante eficaz
entre aquí y allí. Necesita que entren en su espacio, no
basta con espacios concretos sacralizados. Se reclama la sacralización
de mi espacio. Desde siempre y hasta hoy. Pasando por el siglo XIX.
Las imágenes veneradas, rayando en casos la pura idolatría,
en iglesias y ermitas, en santuarios, son reclamadas por sus devotos.
En la entrañable prosa de Paco Izquierdo, las razones antropológicas,
psicológicas, históricas e incluso económicas de
este hecho quedan ricamente expuestas:
“El devoto, antes de que naciera la industria de
los santicos de papel o barro cocido, visitaba los altares de iglesias
para venerar a su virgen o a su beato preferido y, de paso, cobrar la
deferencia con un favor a sus necesidades o una curación milagrosa
a su dolencia o de sus achaques físicos. Pero acudir al lugar donde
estaban las imágenes de culto, especialmente aquellas más
generosas en otorgar gracias y auxilios, a veces se convertía en
larga y penosa peregrinación debido al alejamiento del santuario
o del monasterio, casi siempre situado en las afueras de las poblaciones.
De ahí que el individuo ferviente deseara tener al santo en casa,
mantenerlo al alcance de la plegaria y mimarlo con oraciones constantes
que le rindieran mercedes y ayudas de primera instancia, de hacedor a
cliente. Para mayor trato personal con el bienaventurado, incluso lo llevaba
consigo fuese donde fuese, tanto al trabajo de cada día como a
la taberna de cada sábado. Para satisfacer esa exigencia y para
ahorrar caminatas de romería personal surgieron las estampicas
piadosas, imágenes en papel o en tela que se cosían al forro
del sombrero, del chaleco, del corsé, de las enaguas, en cualquier
escondrijo de la ropa, lo más cerca posible del corazón
o de la mente. O lo más próximo al estómago agradecido,
como la cartera, la faja, la faltriquera y el escote. En algunos casos,
si la protección se requería para animales domésticos
o para útiles de trabajo, la estampita se fijaba, por ejemplo,
en la jáquima del burro o en el mango de la hoz, hasta en la rueca
de hilar o en el tiro de la chimenea.
La posibilidad de mantener inmediato al icono bienhechor, tanto en retablillo
casero con estatua o pintura de pequeño formato, como amuleto de
bolsillo, a manera de calderilla prodigiosa, la proporcionaron cofradías,
hermandades y órdenes religiosas, agrupaciones sagaces que, desde
el primer momento, se dedicaron a producir bisutería santoral en
serie, abrumadoramente, con la que satisfacer la demanda de tantísimo
devoto y de multitud de tragasantos, todos ellos incitados y captados
para la gazmoñería por las mencionadas agrupaciones. Así
nació la industria de la baratija espiritual, desde medallas, cruces
y relicarios a las efigies de estadales y de papel primorosamente festoneadas
con hilos de seda. Y se originó el comercio del refrito artístico
sobre tabla, lienzo, cristal y cartón para simulacros pictóricos,
y en terracota, porcelana, cera, miga de pan, trapos y masa de serrín,
entre otros materiales, para los plagios escultóricos, aunque algunas
efigies pretendieran ser originales. Aquellos, reservados en marcos con
vidrios de aguas y florituras de colorines; estos en urnas atiborradas
de follaje pasamanero, a manera de selva indiscriminada. Con lo cual,
según decíamos antes, aumentó el culto por cuenta
propia, de consumidor a productor, de tu a tu con oficina de reclamaciones
en directo.
Sin embargo, los altaricos domésticos y las capillas de vestimenta
incrementaron el pujo devocional por las imágenes religiosas de
aquí te cojo, aquí te invoco, convirtiéndolas en
producto de urgente consumo esperanzador, dando lugar a una inflación
galopante de efigies en papel y en terracota que hizo temer a las cofradías
y congregaciones promotoras la ruina de una manufactura celestial muy
rentosa a lo largo de los tiempos. Pero, sorprendentemente, la profusión
abrumadora de los verdaderos y milagrosos retratos no desanimó
ni una pizca a los fervorosos compradores, fieles parroquianos del timo
de la estampica. Fraude que funcionó divinamente durante cinco
centurias y que hoy, con iguales maneras pero mucho más comedido,
marcha gloriosamente”(1) .
El Verdadero Retrato.
La “vera efigie” o “verdadero retrato de” es la
fórmula genuina, aunque no la original, de la estampa de devoción.
Se trata de la representación –todo lo fiel de que sea capaz
el habilidoso dibujante- pudiéramos considerar casi fotográfica
de la imagen determinada –con su particular advocación- que
se venera en un centro concreto de devoción (2) . Así, el
fiel lleva consigo a su santo, virgen o cristo determinado, con el que
se identifica por la razón de devenir vital que sea, y a quien
dedica sus oraciones y peticiones, sus cuitas y alegrías.
Este tipo de estampa de devoción, promocionada por párrocos,
cofradías y fieles particulares que deciden grabar dicha estampa
para reconocimiento público de la imagen venerada y del propio
mecenas, abunda sobre cualquier otra entre las destinadas a dicha devoción
personal. Una obra original consignada a canalizar los rezos particulares
del individuo fiel, nunca obtiene la misma aceptación que el retrato
de una imagen que se venera con totales garantías de su efectividad
en un santuario.
Este particular es importante, aunque con la perspectiva que hoy se tiene
para todo lo sacro-mágico pueda parecer baladí. Pero una
imagen milagrosa, sanadora o eficaz como vía comunicante entre
la humanidad y la divinidad requiere de un reconocimiento previo. El fiel
devoto reza a la estampa que reproduce la imagen de tal o cual virgen
milagrosa. Una estampa de la Virgen, a secas, sin ser la que recuerda
a esta o aquella concreta y existente físicamente como pieza venerada
en un santuario no tendrá nunca el mismo valor para el fiel amigo
de estampas.
Así pues, la piedad se enrevesa, siendo la estampa vera efigie
el objeto que intermedia entre el fiel (sus oraciones) y la imagen, que
a su vez es intermediaria hacia la divinidad.
Camino éste de ida y vuelta dado el carácter
de función sanadora, protectora o dispensadora de favores concretos
de esta relación devocional.
La transición: finales del siglo XVIII y primeros
años del XIX.
En la España del siglo XIX se continúan grabando piezas
de planchas o modelos anteriores en el tiempo, destinadas al comercio
devocional. Veras imágenes que retratan tallas y pinturas existentes
en las distintas iglesias del país, tenidas por milagrosas o veneradas
por causas de patronazgo –lo que no desdice de lo primero-.
No existe, como en todo, la separación palpable del cambio de siglo,
ni siquiera de sensibilidad, dada la lentitud de la adecuación
a la modernidad de la que hace gala todo fenómeno sociológico-antropológico,
y más cuando de religioso se trata. La veteranía es un grado.
Así, numerosas estampas se reutilizan y regraban, se abusa de ellas
en muchos casos e incluso se plagia o se hace gala de una damnatio memorie
a lo pequeño que complica el estudio de las piezas. De nuevo es
Paco Izquierdo quien nos acerca este hecho consustancial a la historia
de la estampa. Hablando de los retocadores –“chapuceros”
los llama él, y “mamarrachistas” Gómez-Moreno-
que desde mediados del siglo XVIII campean a sus buenas anchas por la
industria de la estampa sacra en Granada, escribe:
“Estos, a falta de creadores que fuesen capaces
de abrir nuevas estampas y por vehemencia de la clientela, capellanes
y hermanos de cofradías, incluso estimables señoras devotas,
caen sobre planchas de firma y las visten, malvisten, de nuevos atributos
y nuevos patrocinadores, hasta llegan a alterar la advocación y,
lo que es más terrible, el sexo de las imágenes” (3)
.
Perdiéndose así, finaliza, la verdadera
paternidad de muchas obras.
Comienza de esta manera la andadura de la estampa en el convulso Ochocientos,
arrastrando características inamovibles del último Barroco,
incluso de un Rococó en desuso pero altamente caro dentro del gusto
popular. El kitch del momento. Puede pensarse que era lo único
que había: nada más lejos de la realidad.
Si bien en la mayoría de estas estampas la imagen representada
–de existir- pertenecía a un periodo barroco más o
menos lejano al momento de ser grabada -como reflejo verídico de
dicha imagen-, y dado que en numerosas ocasiones se hacía uso de
planchas abiertas con anterioridad, lo cierto es que los únicos
rasgos de modernidad decimonónica que pueden diferenciar una estampa
de este periodo de otras anteriores serán:
- El estilo de los marcos y entornos arquitectónicos
fingidos en que se encuentre el verdadero retrato.
- El estilo tipográfico de los créditos que acompañan
la imagen.
- El uso de la técnica (litografía y la nueva utilización
de la xilografía. Pero esto sucede en muy pocos casos a principios
de siglo).
El gusto por la rocalla decorativa, con efusión
de veneras y rosarios de las más exóticas flores, letras
de elegantes y enrevesados trazos y juegos desquiciantes de concavidades
y convexidades, permanece en el grabado devocional de fines del XVIII
y principios del XIX con total vigencia.
A pesar de que el Rococó ya se batía en retirada en la mayoría
de los ambientes elevados, los grabadores no desaprovechan los excedentes
en planchas de este periodo y alargan el gusto por este estilo decorativista
en las esferas populares, por mor, sin duda, de la rentabilización
de estas piezas. Por tanto, el rococó en la decoración de
las estampas de devoción (4) es característica finisecular
del agotado siglo XVIII español y de los primeros años –dependiendo
del taller y lo obsoleto de su fondo de láminas, incluso décadas-
del XIX.
Pleno siglo XIX.
No obstante, el nuevo gusto por la simplificación de marcos y motivos
decorativos –propiciado por la Real Academia de San Fernando en
sus numerosos manuales de estilo para arquitectura sacra, que se continúa
como propio durante el primer romanticismo clasicista- y el radical desprecio
por la floritura de la letra en pos de la legibilidad, se va abriendo
camino desde finales del Setecientos –tímidamente- y a principios
del XIX. Adquirirá fuerza con el paso de los años.
Junto con el marco arquitectónico decorativo convive una forma
tradicional de encuadrar la imagen (existente desde el origen del grabado
religioso en la Edad Media): la mera viñeta. Conforme avance la
centuria el marco se liberará dando margen a creaciones originales,
fantaseando con paisajes más o menos reales en los que se sitúan
las representaciones dibujadas de Santos, Cristos y Vírgenes.
También surgen composiciones teatrales de gusto romántico,
con riqueza de objetos simbólicos la mayoría de las veces
de carácter fúnebre.
Desde mediados y muy especialmente a finales de siglo, las nuevas técnicas
industriales permitirán el coloreado de la estampa –algo
que ya se venía haciendo desde lejos pero de manera reducida- que
se reproducirán de forma masiva. Significará la llegada
de un nuevo concepto de estampita religiosa, que continúa hasta
nuestros días, y que tendrá en Heraclio Fournier y su fábrica
de naipes a su principal y más afamado representante. La -tradicionalista
y católica conservadora- región vasca de finales del siglo
XIX y primer tercio del XX se situará a la cabeza de la fabricación
industrial de estampas para la devoción, desbancando en nuestro
país a otros focos de estampería más tradicionales
(5) .
Granada.
Con Félix López Alvarado se inicia, para Gómez-Moreno,
la “dinastía fatal de retocadores de láminas”
a la que antes hacíamos referencia. Una dinastía que abarca
desde mediados del siglo XVIII hasta finales de la centuria, e incluso
-como también sucede en la capital hispalense- con coletazos durante
los primeros años del Ochocientos.
Completando lo bellamente expuesto por Francisco Izquierdo, es lícito
recordar como Gómez-Moreno hace referencia a este periodo con las
siguientes líneas:
“En efecto, las planchas de Luengo, Ahumada y
Ulloa, a fuerza de originar pruebas, quedaban inservibles, y no habiendo
a mano buenos grabadores que las repitiesen, o por economía, se
encomendaba el retallarlas a manos tan inexpertas que equivalía
a destrozarlas completamente. Además, la vanidad de los mayordomos
de Hermandades que ordenaban la restauración, exigía se
suplantasen sus nombres y la fecha, en vez de lo primitivamente escrito,
y el retocador, no siendo menos, borraba la firma auténtica para
estampar la suya, de lo que sobrevienen serias dificultades para reconocer
el verdadero autor de las láminas, cuando sólo tenemos ejemplares
retocados”(6) .
Estos tales retocadores granadinos finiseculares del
grabado devocional, siguiendo los pasos de López Alvarado, fueron:
Navarro (que ejerció entre 1755 y 1776) (7) ; Castillo (1758-1763);
Ballesteros (1759-1772); Laríz (1783-1789); el curioso personaje
que fue Manuel de Rivera; Torres; y los Jurado… “perpetrantes
de adefesios calcográficos y destripadores de numerosas láminas
precedentes mediante el alevoso ejercicio del retoque, tarea en la que
no cejaron hasta arruinar un preciado acervo de estampas devotas”,
en palabras del propio Izquierdo.
Salva de esta nefasta consideración sobre su arte a otros retocadores
finiseculares de mayor calidad, como Molina (1767), los dos hermanos Rodríguez
(1766-1772, Joseph; 1796, Jacinto) y Juan Rebollo Ordóñez
(8) .
Dentro de la pugna entre modernidad próxima, clasicismo
buscado y rococó aún pujante, Manuel de Rivera (1747-1795)
nos dejará amplia muestra de marcos en imágenes de lo más
variopinto –a tenor de su actividad como recopilador y retocador-.
Pero a finales de la centuria, en sus últimas obras fechadas, encontramos
que de un abuso de rocalla en la década de los ochenta pasa a una
aceptable elegancia prerromántica -pudiéramos decir- en
obras como el “Verdadero Retrato de la B. María de la Encarnación…”
(9) (1791), muy del gusto de la venidera ilustración piadosa romántica
europea.
Si bien no se desprende del todo de la rocalla, reduce su uso desde finales
de los ochenta, aunque vuelve a aparecer como detalle retardatario en
el “Verdadero Retrato de San Nicolás de Bari…”
(L.1), a comienzos de los noventa.
Francisco Torres (1783-1808) trabajará en Málaga y Cartagena
antes que en Granada. Recargado en los ochenta, retoca estampas con rocalla
como la “Portentosa Imagen de N. Sra. del Tránsito…”
(1795), de un probable original -de 1759- de Manuel de Rivera. Pero es
sencillo en marco con “…N. Sra. de la Asunción y Guía…”
(1790), en “María Santísima Nuestra Señora
en el Soberano Misterio de su Concepción…” (1803, probablemente)
o incluso con sobrio marco arquitectónico de románticas
guirnaldas en su “La Milagrosa Santa Catalina de Sena…”
(1795), con característico modelo de enjutas con medallones circulares
sobre los que se enganchan guirnaldas vegetales, que repite en su “La
Milagrosa Imagen del Sr. S. Miguel Arcángel…” (1794),
en “V. Efigie de N. P. S. Juan de Dios…” (1802), el
“Sr. S. Sebastián…” (1801) (L.2) y en “El
Ssmo. Misterio de Jesús, María y José… de su
Hermandad del Arte de Carpintería” (1795), que representa
al grupo escultórico sito en la iglesia parroquial de San José.
Una singular y moderna arquitectura decorativa que también asoma
en “La milagrosa aparición que hizo Nuestro Padre san José
en la Plaza Nueva a dos carmelitas descalzos en el año 1584”
(L.3) y que se inicia con esta obra de manera prototípica, tras
los tanteos de finales del siglo anterior en su “San Miguel”
(1794) o la “Santa Catalina de Sena” arriba citada. Aparecen
medallones superiores en la arquitectura que clavan guirnaldas a un arco
sencillo de medio punto. Lejos quedan las rocallas.
Ensaya arquitecturas complejas en “N. Sra. de las Angustias”
(1798), tema que, por lógica espacial, viene repitiendo desde su
llegada a la capital andaluza con numerosas e interesantes variantes en
las interpretaciones del entorno arquitectónico que enmarca la
imagen, de evidente rococó florido en un principio (L.). Es puerilmente
expresionista su “Milagrosa Efigie del Ssmo. Cristo del Paño…”
(1791). Un “Sr. S. Elías…” (1795), de marco simple,
o el “Sr. S. Vicente Ferrer predicando al Rey moro de Granada…”
(1793), que ya apunta nuevas y refinadas formas. El marco sencillo, moldura
con una simple hojarasca superior, se impone en este momento de transición.
Frente a la rocalla y la limpieza decorativista total o la arquitectura
académica fingida, esta vía de en medio es particularmente
elegante. “Nuestra Señora de la Asunción que se venera
en el balcón de la Platería…” es ejemplo de
ello.
En un estilo que casi pudiéramos denominar como naïf, Torres
confecciona composiciones originales y toscas muy cercanas a las aleluyas
profanas -narraciones de feriantes-. Realiza la curiosa estampa de“La
Milagrosa Aparición…” antes nombrada. También,
en este peculiar estilo, un “Glorioso San Antonio Abad” que
pudo inspirar a Manuel Jurado y González en su estampa que representa
la misma vera imagen venerada en su convento de la ciudad, aunque el paisaje
figurado y el atributo que sostiene el santo en la mano izquierda –un
gran bastón (que hace las veces de lanza) en éste, del que
carece el otro- y su variable calidad los diferencien bien.
Tanteó marcos de lo más dispares, en su “Verdadero
Retrato de Santa María Magdalena…” (1789), “San
Vicente Ferrer predicando al Rey moro de Granada” arriba nombrado,
o en su nueva versión del “Señor San Miguel…”
(1808).
Variado en arquitecturas, imaginativo, muchas veces esta pluralidad es
fruto de su tremenda recolección de planchas anteriores, como en
el caso de “Nuestra Señora del Rosario…” (1802),
que confiesa retocada de otra anterior, “Nuestra Señora de
Gracia”, “Sr. S. Miguel alto que se venera en la Torre del
Aceituno…” (1803), sobre original de Juan Luengo, o como también
sucede con la “La Milagrosa imagen de N. S. del Rosario…”.
Torres suele ser honrado al admitir su actividad como retocador, dejándolo
bien claro en la firma.
Juan Rebollo Ordoñez, correcto calcógrafo finisecular (1777-1792)
nos deja muestras de un arte que influirá en el devenir del grabado
de tema sacro en Granada. Su “Nuestras Señora de los Dolores…”
(1780) es excelente prototipo de una puesta en escena netamente romántica
–efectista sepulcro tras de la dolorosa- . Igual sucede con una
estampa sobre la “Trinidad” de finales de su vida, o una correcta
y escenográfica “Soledad y Santo Sepulcro” (1788).
En la Granada del Ochocientos pleno, el oficio artístico
de grabador cuenta con toda una serie de buenos creadores en calcografía
religiosa devocional.
Floridos en guirnaldas, pero netamente romántico, son el “V.
R. del B. Nicolás de Longobo…” y el excelente “P.
S. Juan de Dios…” (no es considerado vera efigie), del fecundísimo
en piezas patriarca Manuel Jurado (1783-1821). Estas obras inauguran la
nueva sensibilidad decimonónica.
Suyas serán también “Las efigies milagrosas de los
Stos Mártires Cosme y Damián…” (1804), enmarcados
en arquitectura al gusto de Torres. También realiza una celebérrima
e imaginativa estampa “Verdadero Retrato de la milagrosa imagen
de María Santísima de las Nieves…” (1808) con
paisaje y milagrosa aparición, mapa ficticio de caminos y pueblos
de la sierra de Granada y simbología lauretana en viñetas
laterales. Un buen prodigio de estampa, original y acertada.
Grabará una correcta “V. Efigie del Sr. Sto. Cristo del Paño…”
en dos versiones diametralmente opuestas, un “Glorioso Patriarca
San José…” mucho más luminoso que la primera
versión del mismo tema que realizara en 1785, “La Milagrosa
Imagen de Nuestra Señora del Rosario…”, santo levitando
incluido –tema que tratará con variadas permutaciones de
los mismos elementos en numerosas ocasiones- hasta que en su última
obra conocida (1821), vuelve a tratar el asunto de esta Virgen dominica
libre de elementos secundarios que son usuales, como la batalla marítima
inferior, pero de recargado rompimiento de nubes celestiales y querubines.
Factura irregular aunque aceptable presentan el precioso -aunque amanerado
pero de meritorio enmarque florido- “…N. Amantísimo
P. Jesús de los Dolores…” (1802).
Tiene en su haber un “San Nicolás” directamente plagiado
de la variante idéntica que hiciera Vallejo en 1821 del original
de Giraldos de 1815.
Como no podía ser de otro modo en un grabador de estampas religiosas
granadinas, Manuel Jurado cuenta con su propia versión de “N.
Madre y Señora de las Angustias…”.
Realiza un notable “La Milagrosa imagen del Smo. Cristo del Rescate…”
(1817), reproducción del altarillo de Gólgota y Dolorosa
que se veneraba en el “fuerte” de la Alcaicería.
Muy bueno es su “Santísimo Cristo de los trabajos…”
(1816), de excelente marco ornamental. Diáfano se muestra con sus
“Ánimas Benditas…” (1800).
Otras obras a destacar dentro de la producción de este prolífico
grabador serán “La Milagrosa Efigie de María Santísima
de la Piedad…”; el “Verdadero Retrato de N. Sra. de
la Asunción y Guía…” (1816); “Nuestra
Señora de la Cabeza…” (1821), Patrona de la localidad
de Churriana; “La Milagrosa Imagen de Nuestra Señora del
Martirio…” (1809); “En el contagio que padeció
Granada el año de 1679 apareció una estrella en la frente
de Nuestra Señora del Rosario…” (1807); interesante
y correcta dentro de los cánones que se avecinan su “Verdadero
Retrato de N. S. de Belén…” (1814).
Excelente “Santa Teresa de Jesús”, de trazo limpio,
y curiosa “Santa Rita” (1810). Extraordinario, como una ilustración
de cuento, su “Señor San Antonio Abad”, siendo tentado
en paisaje irreal. Una de las mejores obras será su “Sr.
San Isidro Labrador…” (1800).
Manuel Jurado y González (1827-1858) apela por la sencillez estilística
del marco: una leve línea en “Sr. S. Antonio Abad”
(que no es vera efigie), “R. Hermandad de N. Señora de la
Salud…” (1845), lograda aunque tosca estampa, el “Verdadero
Retrato de Sta. María Magdalena…” (1853), con escenografía
aceptable, un “Verdadero Retrato del Cristo de la Expiración…”
(1835) de pulcra simetría, las curiosas y correctas “Verdadero
Retrato de Nuestra Señora de la Cabeza…” (1847) y “La
Divina Niña María de la Presentación…”
(1831).
Andrés Giraldos (Madrid 1781-Granada 1854) es uno de los grandes
virtuosos del grabado decimonónico que, por suerte, dejó
en Granada buenas muestras de su arte. Estas muestras despuntan sobre
la mediocridad imperante en el comercio y la producción masiva
de estampas devocionales en la ciudad de la Alhambra.
Es uno de los grandes grabadores del siglo XIX granadino, quizás
el único verdaderamente notable dentro del tema religioso. Bueno
en técnica, sutilísimo burilista, imaginativo y correcto
en las soluciones arquitectónicas de los enmarques, todo son virtudes
en la obra de un elegante caballero de la calcografía que, con
su aire de buen hacer que trae de la capital del reino, gana más
en tanto que resulta incomparable con los artistas de su entorno.
El simple hecho de que firme y feche sus obras con total exactitud es
muestra de dicha elegancia y buen hacer Una lección para los lugareños,
aún sin desbastar. En él se da un curioso caso, dignificante
de su oficio, al aunar obras de devoción con grabados originales
de dibujos realizados ex profeso -no vera efigie- y estampas (siempre
devocionales) sobre cuadros clásicos, para surtir a hermandades
y cofradías sin titular concreto. Su calidad tiene eco en una buena
clientela, pudiente, tales como los ayuntamientos de importantes pueblos
para los que graba a sus patronos; los Dominicos; Cofradías como
la de los médicos o Ilustres Colegios como el de abogados.
“N. Sra. de la Fuensanta…” (1844), venerada en la ermita
de Huelma, es elegante en suma. Deja respirar a la imagen en un entorno
natural que inteligentemente enmarca la historia de la milagrosa aparición
de la Virgen. Grabó unas “Ánimas de la parroquial
de Santa María Magdalena…” (1814) inspiradas en una
pintura de Mengs, un “Verdadero Retrato del Señor San Nicolás…de
Bari” (1815) (L.4), y el extraordinario “Verdadero Retrato
de N. Sra. del Rosario…” (1815) -maravilloso en su sobria
presentación, equilibrada composición y finísimo
acabado-, las tres obras sobre dibujo de Francisco Enríquez.
Vuelve a grabar a la Virgen dominica en caprichosa fantasía paisajística
dibujada por él mismo –rompimiento celeste y ángeles
adoradores: bajo la Virgen se desarrolla una batalla naval- entre 1814
y 1844. También imagina, dibuja y graba un “Verdadero Retrato
del Niño Jesús” (1816), venerado en la iglesia dominica
del convento de la Santa Cruz. Realiza unas preciosas “Ánimas
de la parroquial de San Pedro y San Pablo…” (1815), un “Verdadero
Retrato del B. Juan Bautista de la Concepción…” (1831),
y “El Santísimo cristo de la Salud…” (1844).
De su buril nace una “Santa Teresa de Jesús” (1817)
para el Colegio de Abogados de Granada.
Sobre dibujo de Luis Muriel realiza “La Santísima Virgen
María. En la forma de Pastora Divina…” (1827), con
moderno enmarque efectista, letra decimonónica en delicada rúbrica…
sorprende en la Granada del momento, feudo de pocas calidades. Con dibujo
de Francisco Morales, será su “Martirios de San Cosme y San
Damián…” (1829), originalísimo y brillante,
pleno en su acertada composición y habilidosa complicación
del desarrollo iconográfico: toda una obra de ingeniería
de la estampa al servicio de la devoción, que roza la estampa de
calidad -reproducción de obras artísticas religiosas- o
incluso el grabado original de tema religioso, algo tan escaso y valioso.
Pero es estampa devocional. Lo es, ya que fue creada exclusivamente para
ello, pero sin renunciar a una cuidada artisticidad. Este compromiso ético
de Giraldos con su arte lo encumbra y sitúa a distancia enorme
de sus contemporáneos granadinos, mucho más limitados -sino
mezquinos- a la hora de realizar de mala gana su oficio.
Las imágenes de “San Bonoso y San Maximiano, patronos de
Arjona” (entre 1814 y 1844), también le fueron encargados
en su grabado.
“Nuestro Padre Jesús de la Humildad…” (1832),
en sobria arquitectura académica clacisista, es correcto en su
desarrollo. “La singular y portentosa impresión de las llagas
en el cuerpo de N. Sr. P. San Francisco…” (1821) es de enorme
calidad.
Una excelente “Santa Teresa de Jesús” (1818) es reversión
simplificada de la que realizara el año 17.
Para Alcalá la Real consuma la excelente “Ánimas de
la parroquial de la ciudad de Alcalá la Real” (1817). La
“Imagen del Ssmo. Cristo de la Luz” (1837) será encargo
de la Villa de Dalias, de la que el Crucificado es Patrono y Protector.
Una bellísima “El Patriarca San José…”
(1822), “Santa Catalina de Sena” o “La Milagrosa Imagen
de Nuestra Señora de las Mercedes…” (1821), también
para Alcalá la Real, son piezas igualmente destacadas.
Un grabador enigmático de firma J. C. realiza un interesante “S.
Francisco de Paula” (1830) pleno de gusto decimonónico.
De José Gómez tan solo se conoce su buena obra, de aceptable
floritura, “Verdadero Retrato de N. Sra. de la Caveza (sic) patrona
de la ciudad de Motril…” (1802).
G. Merino (1804-1807) realiza un “Jesús del Mayor Dolor…”
(1806) casi en escenografía carcelaria, y una curiosa -y todavía
añejamente rococó en detalles- “Nuestra Señora
del Tránsito…” (1805). “Nuestra Señora
de Gracia…” (1807) es de más acertada arquitectura,
acorde con los gustos nacientes.
Francisco Castro realiza una única obra conocida. Se trata de su
“Verdadero Retrato de la Purísima Concepción, Patrona
de España” (1827).
P. González, correcto y muy acertado a pesar de sus limitaciones,
graba la “B. M. V. De Mercede (sic)…” (1848) y una lograda
“Tutelar de la Corte de María…” de más
fino trazo.
Felipe Vallejo (1811-1829) recupera la estampa de Giraldos del “Verdadero
Retrato del Niño Jesús…” (1821), renovada a
expensas de dos hermanos comisarios de la cofradía de la que la
imagen es titular, con su característico marco de recio floreado
como en relieve semicilíndrico y tiestos –a la sazón
macetas- cónicos en las esquinas inferiores.
Vallejo también es buen profesional. Sin alcanzar el genio y la
limpieza del maestro Giraldos, continúa su estela con total eficacia.
Buenos resultaros dieron su buril en estampas como “N. Sra. de las
Necesidades…” (1820) -primorosa pieza-. Suyo es también
un “Verdadero Retrato de Jesús que con el título del
Mayor Dolor…” (1811), de muy buena realización y perspectiva,
junto con un hábil y magnífico rayado. Retocará la
curiosa y barroca estampa que representa el abrazo místico de “S.
Francisco de Paula, la Virgen de la Victoria y Jesús Niño”
(1829) y una pieza de Giraldos, su maestro: el “San Nicolás”
(1821), sin variante notable –salvo dos jarrones decorativos que
aparecen aquí y que no existían en la estampa original-,
estilo decorativo que repite en la estampa del Niño Jesús.
Esto es muestra de humildad y aprecio por su trabajo, de respeto a las
obras que le fueron legadas por Giraldos. Un respeto que, recordando a
los mamarrachistas, coloca a Vallejo en noble posición de primacía
con respecto de ellos.
El maestro de la Real escuela Pía de Granada dibuja, graba y firma
bajo este enigmático seudónimo un correcto -y complicado
en perspectiva y ambientación- un “N. Beato y Extático
P. Miguel de los Santos, especial Abogado contra Cancros y Tumores…”,
en los primeros años del XIX. Meritorio dada la complejidad del
milagro que representa.
Seis piezas aisladas y únicas en el panorama de la estampa devocional
granadina despuntan por su calidad –singularidad excepcional- y
elegancia de ejecución. Estas piezas influyeron levemente en el
estilo de estampería popular granadina, que continuó con
sus rarezas y despropósitos –salvo en las excepciones arriba
nombradas-.
Bartolomé Vázquez realiza (Córdoba 1749- Madrid 1802)
una hermosa pieza que nos lega a Granada, de calidad muy superior a la
que nos tenían acostumbrados los mercenarios del grabado religioso
de la ciudad y su obsoleta mecánica. Se trata de la dulcísima
“Milagrosa Imagen de María Santísima…”,
Inmaculada deliciosa realizada con acierto a expensas del arzobispo y
Virrey de Bogotá don Antonio Cavallero.
Miguel Gamborino (Valencia 1760-Madrid 1828), conocido y muy apreciado
por los eruditos -admirable artista gráfico- deja en Granada -al
igual que Bartolomé Vázquez, como de paso- una única
pieza que refresca el panorama del grabado en Granada con aires de buen
hacer. Se trata de su “Milagrosa Imagen de María Santísima
Señora N…” venerada en la escalera del convento del
Ángel de la ciudad. Muy hermosa y correcta huella que muestra un
perfecto saber hacer de experto burilista, de calcógrafo de nivel.
Esta estampa constituye, dentro del panorama de la ciudad, un auténtico
lujo.
Pedro Celestino Maré (Madrid, 1842-1862) es el tercero de estos
buenos maestros que dejan una pieza única aislada para la historia
del grabado decimonónico en la ciudad de Granada. Será su
imaginativa “Verdadero Retrato de N. Señora de la Cabeza…
cuya hermosa imagen donaron los Reyes Católicos…” (1863)
-monarcas que aparecen abajo de la imagencita en sendos tondos-, venerada
en Capileira.
Mori, calcógrafo catalán, graba un notable “Verdadero
Retrato de N. Sra. de las Angustias…” (1819) con atributos
militares.
Brandi Mariano (Valencia 1779-1819) deja en Granada la impresionante “Imagen
de la Sma. Virgen María…de Belén”, compleja
en calidades y rica en su notable preciosismo en pliegues de telas y juego
de luces.
Antonio Vázquez (Madrid 1795-1817), muy en la línea esencialista
del primer XIX, realiza un “Verdadero retrato de María santísima
de los Dolores…” (1803) (L.5), que representa a la obra cumbre
en imagen de Virgen de José de Mora: la Soledad, venerada por aquel
entonces en el Oratorio de los Filipenses.
A todas estas piezas hay que unirle una caterva de estampas
anónimas que, con mayor o menor acierto estético, –en
demasía lo segundo- pueblan la ciudad andaluza. Una de las dos ciudades
que constituirán los focos principales en el arte del grabado religioso
andaluz. La otra será Sevilla.

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