|
|
|
ESTAMPAS DE DEVOCIÓN
EN LA
ESPAÑA DEL SIGLO XIX
Jorge Jesús Cabrerizo
Hurtado
Licenciado en Historia del Arte por las Universidades de Granada
y Complutense de Madrid.
Continuando con el extenso ensayo que va siendo publicado en esta revista,
este artículo desarrolla un planteamiento general del panorama
de la estampería devocional española, complementando el
anterior capítulo dedicado Granada y siguiendo las consideraciones
ya planteadas en los números 7 y 8 de “Alonso Cano”
.
Sevilla.
Dentro de las estampas devocionales-verdadero retrato del primer periodo
de transición, destacan las que dejara como muestra indeleble de
un estilo que se va el calcógrafo sevillano Diego de San Román
y Codina (1743-1794). Renovará –mamarrachista al fin- un
“V. R. De S. Vicente Ferrer…” con delicada orla de hojas
de acanto y flores diversas, de rococó mucho menos manido que su
“Puntual Traslado de la Milagrosa Imagen del Sr. Juan Nepomuceno…”,
en la que el marco de rocalla –caracoleo marino inclusive- se convierte
en modelo característico. En esta estampa entra en juego la imaginación
del dibujante, ya que al retrato en sí de la imagen venerada –en
este caso en la parroquia de San Miguel de Sevilla- se le enriquece con
un fondo paisajístico natural que recoge el momento del martirio
del santo. Pero, comúnmente, la vera efigie tan solo representará
la imagen, embellecida por el marco añadido rococó, fuera
de toda ficción secundaria.
No obstante no nos podemos dejar engañar. San Román y Codina
también augura tempranamente y tal vez sin planteárselo
la llegada de la nueva depuración estética decimonónica
con estampas como su –renovada de anterior molde- “Virgen
de Roca-Amador” que, por su purismo al captar la hermosura medieval
de la pieza original retratada, puede inducir a creerle visionario del
nuevo gusto romántico. Más visionario si cabe dada la tardanza
en entrar en nuestro país la vena neo medieval del nuevo gusto.
Una Virgen sencilla en trazos, como expresión de la planicie de
la pintura original aquitana. Un medievalismo manifiesto por el tema y
su resolución, pero también por el marco con letras góticas
que rodea a la Señora, aunque exteriormente remarcado por nuevas
formas en rocalla sobria. La cierta fidelidad en la captación del
tema –recordemos que es anterior a San Román y rescatado
por éste- acrecienta este puente profético hacia la nueva
estética del XIX. Sin duda sin proponérselo el artista que
realizó la estampa.
Pero San Román innova en sus marcos decorativos. No permanece ceñido
a un prototipo inamovible y en sus creaciones más originales gusta
de experimentar con el realismo más o menos puro. Se aleja de la
rocalla. Caso significativo será el retrato del paso de misterio
completo –frontal incluido- de “Verdadera Efigie de la Milagrosísima
Sra. de la Piedad con el acompañamiento y adorno con que haze (sic)
su Estación annual (sic) el Viernes Sto.…”, lograda
estampa vera efigie por su complejidad y efectiva realización,
permitiéndose tan solo la libertad de un par de ángeles
llorosos del más rancio barroco retirando un cortinaje superior.
Su más franca y alcanzada obra, por mor de lo venidero, será
un “Sr. San Pantaleón…” de hermoso y sencillo
trazo, dibujado y grabado por él, que no se enmarca más
que con una sobria caja de línea espontánea. Tal vez solo
pretendiera con el uso del marco casi inexistente un retorno al original
modo de presentar las estampas, de carácter medieval y renacentista.
Pero en esa búsqueda de lo clásico se escapa de las manidas
formas de su época y, con ello, San Román aboga por la renovación
venidera desde finales de su siglo XVIII sevillano.
Renueva igualmente un “Sancte Sebastiane ora pro nobis…”
de sobrio marco rectangular rayado, o con la imagen de “Santo Tomás
de Aquino” que reproduce a finales del XVIII el cuadro conservado
en el Colegio Mayor de dicho santo, representando su tentación
–tizón humeante en primer término-.
Híbrido de transición también -con marco sencillo
rectangular pero rocalla en los créditos- su estampa de “La
Trinidad”.
Original dibujado y grabado posterior a 1779 , San Román y Codina
inicia con su “V. R. del Beato y Exdo. P. Miguel de los Santos…”,
trinitario, un tipo de hornacina decorativa finisecular alejada de estruendos
rococós, que hará escuela en la estampa venidera. Se trata
de una arquitectura fingida de carácter neto: arco en semicírculo
rebajado sobre dos pilares rectangulares de basa y capitel mensular simples,
decorados con sendas guirnaldas de flores. Las enjutas superiores se remarcan
y son centradas por desnudos círculos decorativos –en el
caso de esta estampa nombrada, aparecen tapadas por guirnaldas y una filacteria
de Gloria-. Un rayado horizontal sencillo, sin gradaciones de ningún
tipo, hace de fondo a la figura.
En óvalo -en sencillez nada recargada afecta al nuevo gusto- enmarca
el retrato del “Beato Juan de Ribera” (fechado sobre 1796,
lo que contradice su fecha de defunción conocida), realizado sobre
cuadro atribuido a Ribalta.
A manera de anécdota reseñar la existencia de una estampa
que representa al “Cristo de Torrijos”, firmada “S.Román
y Codina sculpt.” en 1840: cuarenta y seis años después
de su muerte Posee marco como el descrito en el caso del Padre Miguel
de los Santos y técnica de rayado similar. Sin duda obra de San
Román… aunque patinen las fechas.
También en Sevilla, quien se adentra más
en el siglo XIX adscrito a este rococó en creciente desuso será
Francisco Gordillo (muerto en Méjico sobre 1830), calcógrafo
viajero que trabajará en Segovia, Madrid, Sevilla y Méjico
entre 1774 y 1830 y que nos dejará muestras de su arte en piezas
tales como una exquisita “N. S. de la Antigua…” reutilizada
de un original de principios del XVIII, o una “V. R. de Nuestra
Señora de la Consolación…” (1782). Su estampa
de “San Mamés” (1774) reprime el exceso con una bella
y sencilla rocalla superior en el enmarque y los créditos, junto
con sendos pilares, más moderados en su estética.
Gordillo no desdice de un cierto barroco clásico en su original
retrato de “Fray Sebastián de Jesús, Siervo de Dios”
(dibujado y grabado por él en 1779), con cerco ovalado efectista
en el que juega con la efigie del reverendo fraile que supera los límites
que lo enmarcan para dar limosna a un pequeño que aparece fuera
del encuadre. Una guirnalda sencilla vegetal decora la parte alta del
óvalo. En 1767 ya ensayó óvalo similar pero recargado
de rocalla para enmarcar al mínimo “Fray Diego Pérez”.
San Román y Gordillo se unen en una bella estampa finisecular -con
estallido de rocalla, celajes y glorias-: la “V. R. de la Milagrosa
Imagen de N. S. de Belén…”, renovada por el primero
sobre original del segundo.
El anónimo “Retrato del S .S. Christo de la Corona…”,
realizado en madera, o el “V. R. de la Milag. Ima. del S. S. Joseph…”
(original de 1774 renovado en 1803) de Molina, juegan con un híbrido
gusto por la rocalla en falsas arquitecturas y marcos que ya se decantan
hacia una nueva sensibilidad estética.
Rubrica como Molina este grabador que no sabemos realmente de qué
Molina se trata, al existir tres firmas similares en obras de fines del
XVIII y primeros años del XIX en Sevilla, Granada y Cádiz:
todos ellos calcógrafos. Correa, en su Repertorio, no los tiene
por la misma persona, y los nombra tres veces diferenciados, mientras
que Vázquez Soto los identifica como J. Molina -lacónica
solución-, que tanto vale para el calcógrafo José
Molina y Garrido (pero que nos resulta lejano en fecha y geografía,
ya que trabaja en Méjico) o Joaquín Molina, muerto en Madrid
a mitad del XIX (pero xilógrafo). Vázquez Soto lo cree,
no obstante, miembro heredero de la decadencia del grabado granadino,
de los “mamarrachistas”. Realiza una“Verdadera Efigie
de N. P. Jesús de la Sentencia…” (1807) y también
una interesante “Verdadera Imagen del santísimo Cristo de
San Agustín…” (1806).
Sucede igual con estampas de los Amat, también
de plena transición entre centurias y cierta transformación
en lo que a temas decorativos de marcos se refiere, como su “R.
de N. S. de los Dolores…”, en el que marco y moldes de letras
son híbridos notables entre el decorativismo refinado y obsoleto
del rococó y un nuevo gusto depurado. Los Amat proceden de la segunda
mitad del XVIII y fueron buenos cultivadores de la rocalla decorativa
(“Verdadero Retrato de N. Sra. de la Paz…”).
Este modelo característico de marco en rocalla lo continúa
en la Sevilla del naciente XIX el joven José María Martín
(1789-1853) en una de sus primeras obras, el “V. R. de la Milagrosa
Imagen del Sr. S. Antonio de Padua. Que se venera en su convento de esta
Ciudad de Sevilla…” (1805) (Lám. 1), retardataria calcografía
cuyo estilo pronto dejará olvidado el magnífico grabador
para sus estampas venideras.
Calcógrafo sevillano que también trabaja puntualmente para
la Málaga de 1831, José María Martín es el
más fecundo y tal vez el indiscutible patriarca del arte de la
estampa devocional en la Sevilla decimonónica. Hace gala de un
arte popular, prototípico y funcional, pero sin renunciar a una
calidad básica que descubre sus piezas como bellas estampas: sobrias
siempre en marco, de una dignidad notoria. Cabe destacar su acentuada
estética bien definida, que da coherencia a toda su producción
y permite reconocer una estampa suya de entre las del resto de su misma
época. Cuestión de estilo personal. Simplifica notablemente
los créditos de sus estampas, salvo en excepciones puntuales. La
crítica lo recordará como “el último de los
grabadores de estampas” . En él se une la vera efigie con
una imaginativa resolución particularmente bella del santoral más
solicitado de la época, con estampas de iconografías prototípicas
pero originales. En el complejo y rico panorama de la mariología
sevillana, Martín se atreve con las más importantes advocaciones
de la ciudad. Graba “Nuestra Señora de la Iniesta Patrona
de Sevilla…” (1819); “Nuestra Señora de los Reyes…”
(1844); “Nuestra Señora de las Aguas…” (1841);
“Nuestra Señora de la Correa…”; “Nuestra
Señora de los Remedios…”; “Nuestra Señora
del Reposo, o Norabuena lo pariste…”; “Nuestra Señora
del Valle”; “Retrato de María Santísima de las
Nieves”; “Imagen de María Santísima de las Nieves”;
“Efigie de Nuestra Señora de la Regla” -preciosa y
bien acabada estampa cofradiera-; “Nuestra Señora de Gracia…”;
“Nuestra Señora del Valme”; o el “Verdadero Retrato
de María Santísima del Rosario…”–cierta
inseguridad en los créditos, demasiado extensos- (grabada en 1785
y retocada por él en 1815, probablemente), que retoma como tema
en otras ocasiones.
El “Retrato de Nuestro Padre Jesús, con el título
de las Completas…” (1824) es otro de los pocos ejemplos que
tenemos de este artista, parco y conciso en los créditos, en que
se extiende en el texto. Suyos serán también un “Ecce
Homo…”; “Nuestro Padre Jesús” -realista
con paisaje y composición originales imaginadas por el artista-;
y “Jesús Nazareno Cautivo…”; “Nuestro Padre
Jesús de los Desamparados” (1851); el “Santísimo
Cristo de la Quinta Angustia…”; la “Efigie del Santísimo
Cristo de Torrijos…” (1823),
En el santoral sevillano destacan sus interpretaciones de “San Fernando”;
“San Sebastián…”; “Las Santas Justa y Rufina…”
(1845); “San Isidro Labrador”; bella “Santa Catalina
V. y M.” -quintaesencia del estilo de Martín-; “Santo
Domingo de Guzmán F.”; “San Benito Abad Fundador”;
Lindo “San Roque Confesor”; “El Glorioso Mártir
Señor San Román”; “Santa Rosalía V. de
Palermo” -en escenografía imaginada-; “El Glorioso
Mártir señor San Lorenzo” (1845); más enredado
es su “San Caralampio…”; digna y preciosa –angelito-
“Santa Lucía V. y M.”; correcto“San Francisco
de Paula” (1847); “Santa Lutgarda Virgen…” (1825),
- complejo-. Bellísima pieza su “Santa Filomena” (1843).
Hermosa la dibujada y grabada por él “Copia de las Imágenes
de Nuestra Señora de las Maravillas y del Patriarca San José…”
(1808).
La lista es interminable. Su profusa producción no se contradice
con un buen hacer eficaz pero elegante, sin renunciar a valores de originalidad,
personalidad y estética. Unas imágenes que, además,
se acercan al fiel y se liberan del marco de la iglesia en que se encuentren,
al ser situadas por Martín en paisajes reales de su amada Sevilla.
“Los santos de la devoción popular se identifican
a veces por leves apuntes paisajísticos que los grabadores dejaron
en sus obras.
Sin guardar extrema fidelidad al entorno real, esbozan lugares conocidos,
edificaciones y otros motivos peculiares de nuestra tierra. Así
podemos constatarlo en las estampas hechas en Sevilla por J. María
Martín.
Pertenece a la larga serie del santoral local realizada por el artista
al final de su vida; serie que también trataron otros grabadores
del s. XIX sin notable éxito artístico pero que tuvo fuerte
demanda. Martín que es un buen grabador de oficio, oscureció
su fama al haberse prodigado en estos ínfimos trabajos, pero, aún
sin calidad artística, contribuyó como el primero a la divulgación
del año cristiano” .
Otros ejemplares grabadores de estampa devocional en
la Sevilla de pleno siglo XIX fueron José Bonifaz (1813-1819),
que nos dejó una interesante “Santa Lutgarda Virgen…”;
José Rico (Cádiz y Madrid, 1787-1827), magnífico
calcógrafo de sensibilidad notable y valida fineza expresiva en
el trazo, realiza para Sevilla la preciosa estampa del “Retrato
Verdadero de la Milagrosa Imagen de Nuestro Padre Jesús de las
Tres Caídas…” (1805) -con dibujo de Josef García-
y un delicado “El Glorioso Mártir San Cristóbal…";
Juan López graba una hermosa estampa ovalada de “Nuestra
Señora de África” (1854); Juan Carrafa (Madrid 1787-1869)
graba para la ciudad de la Giralda una “Imagen de la Milagrosa Virgen
de las Nieves…” sobre dibujo de J. Ribelles; José María
Martín Gutiérrez (1789-1853), que también trabajó
para Málaga, inventa y graba una impresionante estampa de “San
Marcelino presbítero y mártir…” (1807), correcto
y digno en composición como cuadro. Rareza de genio loable.
Valencia.
En valencia, otro de los centros principales de estampería popular
en España, los hermanos Francisco y Manuel Brú realizarán
imágenes de devoción –diseño del primero y
grabado del segundo- al uso. Vicente Capilla –autor de transición-,
posee un “Ecce Homo” y el interesante “Jesús
Nazareno” de la Catedral de Valencia, libre interpretación
de un lienzo de Vicente López. Nicolás Sanchís recrea
un bello y dulce “Niño Jesús del Buen Sueño”.
Junto con ellos, Mariano Brandi; Miguel Gamborino (1760-1828) -muchas
estampas devotas con diseños de Camarón y López-;
José Mariano de Gómez -“Niño Perdido”-;
Bellver graba un “Verdadero…Ecce Homo” sobre dibujo
de Soto; F. Larrosa realiza una buena versión del “Cristo
del Grao de Valencia”, junto con interesantes alegorías pasionistas
del vía crucis conocido como “El calvario de la ciudad de
Valencia”, reproduciendo una curiosa fuente alegórica en
forma de cruz de la que nacen caños de agua –justo de la
situación donde debiesen haber estado las llagas del Salvador-
y que se encontraba situada cerca del Llano de la Zaidía; esculpida
por Vicente Llacer, dibujada por su hermano Bernardo, debe destacarse
la impresionante “Imagen de Jesús Nazareno…”
(1834) que graba Tomás de Rocafort. Sitúa la efigie -sobre
paisaje imaginado de Jerusalén y su característico templo
cupulado- camino del Calvario que espera al fondo, con las dos cruces
de los ladrones ya arriadas, a que llegue el Redentor. Destaca en esta
delicada estampa el rompimiento de luz que hace resplandecer el bello
rostro viril de Cristo.
Mariano Sigüenza recrea la famosa anécdota milagrosa del “Cristo
del Rescate” (1831) en una curiosa estampa para la cofradía
de la misma advocación. Cabe destacar que en Valencia el Cristo
del Rescate es un crucificado, que no el Cautivo de Medinaceli madrileño.
Manuel Cucó retoca una estampa anterior en su “Imagen del
Santísimo Cristo de la Corona” (1833).
Pero, sin duda, la más destacable novedad dentro
la estampería devocional valenciana del diecinueve será
la utilización de la nueva técnica de la litografía
para la realización de las piezas. Esto no sucede en otros núcleos
de actividad grabadora devocional más conservadores, cerrados a
la novedad de las nuevas matrices sobre piedra. En parte, tal rechazo
se debe al interés -mezquino a veces- por seguir rentabilizando
antiguas y obsoletas planchas. De otro lado, la nueva técnica requería
de las necesarias inversiones para adecuar los talleres de estampación.
En un primer momento, solo capitales y provincias de reconocida solvencia
se podían atrever con ello. Una era Valencia. Y, dentro de Valencia,
por su ingenio en el nuevo campo litográfico destaca Alcoy.
Pedro Martí Casanovas, litógrafo y xilógrafo –otro
nuevo hallazgo del siglo- de Alcoy, realizó numerosas estampas
religiosas con la revolucionaria técnica. A él se le une
el nombre de Antonio Pascual y Abad (1809-1882), también de Alcoy.
Tiene el principal establecimiento litográfico de toda Valencia,
siendo nombrado, incluso, Litógrafo oficial del Ayuntamiento de
Valencia desde 1860 hasta su muerte. Suya es la “Imagen de la Santísima
Sangre”. Creó muchas estampas de devoción con a menudo
pintorescas vistas -muy del gusto de la época- de la ciudad donde
se veneraba la imagen representada. P. Rossi litografiará un bello
“El Niño Jesús del Milagro”, venerado por las
Agustinas descalzas de Alcoy. P. Martí dibuja y estampa un tétrico
“Cristo de la Agonía”, con la renovadora técnica,
esta vez imagen con culto en el Hermitorio del Calvario de Potríes.
También será obra suya la magnífica estampa –plenamente
decimonónica en gusto romántico atemperado- de “Verdadero
Retrato de la Preciosa Imagen de la Santísima Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo”, Cristo llacente en su sepultura procesional.
Dignísimas, sin duda, la también litografía anónima
del “Santísimo Cristo de la Fe” –de lúgubre
composición-.
Baleares.
Curioso y destacable capítulo para la historia del grabado religioso
de finales del siglo XVIII –transición- el que protagonizan
los religiosos mallorquines que, con arte nada despreciable, realizan
interesantes estampas de devoción. En Mallorca, Fray Alberto Borguny
(Palma 1707-1772, aprox.), escultor, pintor, arquitecto, poeta y grabador,
tiene una treintena de estampas devotas en su haber, con excéntricas
orlas rococó, al igual que el trinitario Fray Lorenzo Reynes (Palma
1709-1786) y –esta vez en Mahon- Fray Francisco Llodrá.
Cataluña y Galicia.
En Cataluña, el establecimiento de José Coromina (1756-1834)
realiza una ingente cantidad de láminas religiosas, como “San
Francisco de Paula” (1802), de original diseño.
Para la devoción popular en Galicia trabajan Luis de la Piedra
(1769-1818, aprox.), Melchor de Prado y Cayetano Jordán, con un
buen número de estampas devotas cada uno.
No olvidemos, por otra parte, la importancia de Santiago de Compostela
y sus talleres de estampación en la investigación, perfeccionamiento
y difusión de la nueva xilografía a contrafibra en España,
valedera de excelentes resultados en la imprescindible prensa del XIX.
Madrid.
Se ha preferido destacar a la Corte en este estudio por su aportación
al grabado ilustrado, de calidad, frente a la estampería popular.
Pero ello no quita que deba nombrarse la actividad de los grabadores madrileños
–muchos de ellos miembros de la Academia- en la realización
de estampas devocionales. Estas eran, en muchos casos, buena fuente de
ingresos y negocio seguro, al margen de principios estéticos, creativos
o incluso de conceptos ilustrados contrarios a populacherías y
supersticiones de las que las estampas eran buen objeto en demasiados
casos. Por eso no ha de extrañar encontrar obras destinadas al
comercio y la devoción firmadas por el mismísimo Manuel
Salvador Carmona, el máximo representante de los grabados ilustrados
de Corte, o ejecutadas por su hermano Juan Antonio Salvador Carmona, como
es el caso de un efébico “San Sebastián Mártir.
Abogado contra la Peste”. Blas Ametller crea la estampa que reproduce
una popular “Oración de San Francisco…”
Pero estos notables artistas y otros tantos como ellos, grabadores prestigiosos,
intelectuales probadamente interesados en la docencia sobre Arte, adalides
del Gusto y el Decoro, académicos en fin, tendrán un importante
papel en la historia del grabado de tema religioso español del
siglo XIX desde otra perspectiva. Desde la vertiente de la reproducción
de las obras de arte que atesoran valores estéticos y sacros a
un mismo tiempo.

Artículo Formato PDF
|
|