ALMERÍA, GÉNESIS
Y OCASO EN EL PARAÍSO.
Mª Carmen
Checa Gonzalez
Dpm. Restauración
“Han extendido un mar sin fin
y de ese mar han hecho un camino hacia el alma
Algunos se han embarcado en ese mar
emergen de él ya musulmanes ya cristianos
En este mar que no limitan ni fondo ni playa
prodigios y maravillas hay innumerables”
Fragmento de “ El Libro de los Secretos”, de Farîd
ad-Dîn ‘Attâr
Este evocador rincón del sur andaluz sigue siendo una incógnita
para el visitante, inclusive para las gentes que en él residen,
pero donde jamás se tiene la sensación de ser extranjero
recorriendo lugares y parajes que uno parece haber visto ya en un primer
recuerdo lejano, a través de su mezcla caprichosa de contrastes,
colores y destellos luminosos que separan lo terrenal de la inmensidad
del profundo océano.
Es a través de un apasionante viaje en el tiempo donde se comienza
a percibir una Almería cargada de calidez y humildad, habiendo
sido en un pasado ya lejano recogimiento, moratoria y enclave de importantes
culturas y generaciones precedentes que han dejado en ella la misma
sensación que en el resto de Andalucía y de sus vecinas
ciudades mediterráneas: un legado histórico, tradicional
y patrimonial que formará parte indisoluble de su ser para siempre.
Su Historia se halla repleta de períodos de esplendor, y los
límites que marcan su territorio corresponde a tres cadenas montañosas
que a modo maternal la albergan y protegen, siendo las mismas la Sierra
de Gádor, Las Estancias Y Filabres, adentrándose en la
vecina ciudad de la Alhambra, que extiende sus ramificaciones a través
de Sierra Nevada.
Pero lo primero que el recién llegado percibe al pisar tierras
almerienses es su marcado carácter mediterráneo a través
de su luz resplandeciente y dorada, así como su ambientillo tranquilo
y a la vez de una gran viveza irradiante, que hace saborear y disfrutar
hasta el último segundo de estancia en sus playas y rincones.
Los luminosos paisajes que ofrece la comarca se encuentran inmersos
en unas particulares condiciones climatológicas que van a determinar
tanto la actividad humana como la configuración paisajística;
quizá por ello es también tierra de poetas, atraídos
a través de sus aromas al sentir lírico que inspira su
espacio.
Desde la lejana línea del mar se va haciendo visible la dorada
costa, orientando al marinero y guiando al viajero a una civilización
resultado de la mano del hombre que entremezcla las huellas del pasado
con la actualidad a veces incontinente y desafiante.
Numerosa es la herencia recibida por esta bella ciudad del Mediterráneo,
desde los comienzos imperfectos pero de gran calidad de los núcleos
prehistóricos, cuyos rasgos más primitivos se ven reflejados
en yacimientos de gran importancia, siendo el más sobresaliente
de todos el de los Millares, constituyéndose este último
como centro vital de las investigaciones arqueológicas y la conservación,
al tratarse de un auténtico poblado con necrópolis y fortín
defensivo.
También pusieron sus ojos de comerciantes por las grandes posibilidades
que ofrecían los límites mediterráneos los clanes
fenicios, especialistas consagrados del trueque y la compraventa, herederos
de la impresionante tecnología marítima de sus antepasados,
con conocimientos sobre los vientos, las corrientes marinas y la navegación
nocturna empleando como guía y referente la luminosidad en las
negras noches de la Estrella Polar. Será a través cronistas
clásicos como Ptolomeo, Estrabón o Plinio, como conoceremos
el desarrollo y bullicio de las ciudades de Abdera y Baria, posteriormente
bautizadas como Adra y Villaricos, respectivamente. De hecho, la mitología
griega precisa acerca de la procedencia del nombre de Abdera a través
de la leyenda del octavo trabajo de Hércules, cuando el héroe
es requerido para llevar a Micenas las yeguas del Tracio Diómedes,
las cuáles debían estar sujetas permanentemente a unos
pesebres de hierro con cadenas debido a su vigorosidad extrema y atrocidad,
pues se alimentaban de la carne de viajeros que por un revés
de la fortuna eran hallados en sus costas; El inclemente monarca fue
castigado por el propio Hércules con su misma trampa siendo despedazado
por sus bestias. El semidiós en una ausencia temporal dejó
a Abdero, hijo de Hermes, al cuidado de las fantásticas criaturas,
estas volvieron a las ansias de carne y devoraron al desdichado Abdero;
en su memoria Hércules fundó la ciudad con su nombre,
redujo a las yeguas y las entregó al rey de Micenas Euristeo,
el cual las consagró a la diosa Hera.
Pero sin lugar a dudas las raíces más profundas las dejará
la vecina civilización islámica, siendo bautizada oficialmente
en el año 995 con el majestuoso nombre de Al Mariyyat Bayyana,
donde la solemne presencia de la Alcazaba se yergue altanera siendo
testigo mudo del paso del tiempo.
Han sido numerosas las especulaciones acerca de la simbología
del titulo que le fue conferido a la ciudad, siendo algunos partidarios
de su traducción como “ El Espejo del Mar”, mientras
que otros se declinan por una traducción más exacta aunque
menos poética como “Torre Vigía”, más
aceptada esta versión por tratarse, efectivamente de un enclave
costero comercial de gran importancia y prosperidad, aunque quizás
el declamador prefiera ver en el primer término adjudicado una
visión más poética, bucólica y placentera
alegoría de esta metrópoli asentada junto al rumor armonioso
del policromo Mar Mediterráneo.
El mismo año de su nacimiento se dio vida a esta impresionante
fortaleza por mandato expreso del soberano Abderramán III, concebida
como un palacio- fortaleza protectora de los súbditos moradores
y llegando a convertirse en la más colosal no sólo de
la península, sino también de Europa. Su configuración
primitiva irá sufriendo modificaciones en función de los
monarcas que la irán habitando, llegando a aportar también
su granito de arena los mismísimos Reyes Católicos tras
su cruzada e introducción en la ciudad en 1489:
“ No se asciende a su alcazaba si no es con fatiga,
ni se trepa hasta ella si no es con pena;
es sólida su aspereza, extraordinaria en su inaccesibilidad”.
Al – Udri, geógrafo 1003- 1085
Pero de todos los reyes de taifas el que alcanzó
mayor reconocimiento y trascendencia fue al- Mutasín, conocido
con el sobrenombre de “el rey poeta”, convirtiéndose
esta época en pináculo esplendoroso de todas las vividas
por la ciudad, por la gran afluencia de poetas y literatos atraídos
por el cálido perfume del Mediterráneo y el sutil ambiente
culto e intelectual que se respiraba:
“Al llegar la mañana mi corazón
quedó profundamente afligido y se
rompieron los talismanes de su entereza”
……………
“El tiempo aún no me ha deparado un amigo
cuya sinceridad me haya satisfecho,
pues siempre al final me he sentido afligido”.
……………
“ Y cuando se acerque a vosotros
os comunicará un mensaje más fragante
y aromático que cualquier perfume.”
Fragmento de al- Muta´asím ibn Sumadih
Bajo su potestad la capital floreció jalonada con jardines y
palacios dotados de terrazas y miradores concebidos para completar lo
que la vista alcanza, hecho que demuestra no sólo la sensibilidad
por lo bello del monarca épico sino también un perceptible
deseo de manifestar su dominio más allá de lo puramente
visible. Su figura será recordada y venerada a través
de sus creaciones paisajísticas como muestran las descripciones
del geógrafo al- Udrí:
“ En él plantó toda clase de frutales
y otros árboles, además de especies
raras, como plátanos, cañas de azúcar y otros tipos
de frutos imposibles
de describir. En el centro de este parque hay una hermosa huerta con
quioscos
que tienen pavimento de mármol blanco...”
Pero este ambiente bucólico y preservado con celo a los ojos
del extraño por el hombre árabe no tardaría en
desaparecer tras la conquista cristiana iniciada en el territorio almeriense
con la capitulación de Vera en el año 1488, produciéndose
la misma de forma pacífica y con escasa resistencia por parte
de la comunidad despojada de su paraíso privado. Así,
tanto la fundación por parte del nuevo dominio gobernador castellano
de la implantación de la iglesia como poder supremo así
como de un naciente sistema administrativo, instauró definitivamente
los nuevos cimientos que extinguirían definitivamente el sultanato
nazarí, aunque la expulsión incuestionable se encuentra
en torno al año 1570, año en que el último reducto
morisco es reducido y derrotado en tierras almerienses siendo sustituido
por el asentamiento y repoblación de núcleos de cristianos
viejos.
Desde entonces, y tras el paso de unos siglos de crisis y vorágine
que dieron alcance a todos los estamentos, se abre una nueva etapa de
esplendor a partir del s. XVIII, donde asistimos a un sorprendente aumento
de la población, y, por consiguiente, a un resurgimiento de la
imperecedera ciudad de sus propias cenizas tras el acoso de calamidades
y epidemias que fueron superadas estoicamente sin impedir este notorio
acrecentamiento.
De esta suerte, en casi todos los territorios que sucumbieron al invasor,
los primitivos lugares santos erigidos se vieron sometidos a una purificación
y renovación del culto para dedicarlo a la nueva deidad religiosa
como estandarte que deja clara evidencia de la superioridad y preponderancia
de los nuevos ocupantes; esta nueva medida se llevará a cabo
reutilizando materiales de los edificios consagrados ya existentes,
eso sí, manteniendo en la mayoría de los casos el continente
de estos con transformaciones y alteración de su fisonomía
originaria. Así, la jerarquía eclesiástica manejará
a los hilos administrativos procedentes de impuestos y rentas del pueblo
controlando un porcentaje bastante elevado del terreno laborable y convirtiéndose
por ello en objeto de críticas y juicios de evaluación
tanto por parte de ilustrados como de liberales. Sin embargo este clima
no detuvo la gran expansión constructiva de carácter religioso
que tuvo lugar a partir de 1730, clara consecuencia del próspero
ambiente económico que se respiraba en la zona.
Como consecuencia casi inmediata de todo lo acontecido durante este
siglo y también en épocas anteriores por el aumento demográfico
y las posibilidades que el paraíso de recursos inagotables almeriense
ofrecía, así como por el descontento generalizado por
la gran desigualdad existente entre clases sociales, en el s. XIX se
producirá una auténtica transformación emparejada
a la mecanización y la Revolución Industrial basada fundamentalmente
en la explotación de recursos naturales y mineros como el carbón
que tanto favorecieron este impulso, así como los nuevos medios
de transporte terrestres y marítimos que favorecieron enormemente
la calidad y efectividad del tráfico comercial con otras orillas
mediterráneas y atlánticas, con lo que se podría
afirmar con rotundidad que Almería entró con buen pie
en el nuevo siglo gracias a su inagotable fuente de tesoros puestos
de forma incondicional al servicio del ser humano. Pero la diosa fortuna
no tardará en cambiar de bando provocando que a mediados del
s. XIX gran parte de la población se tenga que ver obligada a
abandonar sus hogares y cálidas tierras en pos de un futuro mejor
sin que existan para ello un génesis que pueda ser considerado
como motivo determinante, siendo destino de acogida cualquier país
susceptible de promesas y esperanzas para el aturdido emigrante.
A pesar de su anómala situación geográfica esta
región ha sabido sortear los estragos y precarios acontecimientos
propios del capricho del tiempo y de la suerte, siendo desde el finales
del s. XIX moratoria amable y suave de nuevas especies agrícolas
confiriéndole ventaja su dulce clima y la generosidad de sus
infinitos caudales.
Tras el patente adormecimiento vivido durante la era medieval y moderna,
en el preludio de la edad contemporánea emergieron con gran fuerza
las labores de minería y explotación de las Sierras almerienses
en una época perfecta para su desarrollo propiciada por la abundancia
de yacimientos de plomo y el mineral de hierro, lo que relanzó
su fama perdida atrayendo a gran cantidad de especialistas venidos de
otras tierras lejanas confiriéndole un carácter dotado
de un cierto aire cosmopolita y modernizado que entraba con fuerza en
el enérgico y vivaz mundo de lo industrial, lo que no impidió
que esta misma actividad tuviese sus efectos y repercusiones negativas
al producirse una inmoderada deforestación y una exagerada erosión
de la zona. De esta forma, y como todo edén terrenal no perdura
en el cenit eternamente, este nuevo emporio retornó al olvido
del triunfador desfallecido tras el agotamiento de sus recursos, el
desafío de oponentes más poderosos y la célebre
crisis del 29.
El s. XX almeriense se caracterizará por ser un ciclo de fuertes
contrastes, donde la desigualdad y las calamidades se entremezclan con
un florecimiento cultural y un desarrollo de centros literarios y eventos
ilustrativos que son concluyente testimonio de la necesidad del pueblo
de escapar de la dura realidad en la que se ven envueltos. Son años
de crisis, donde se establece un paralelismo entre los avances como
la llegada del ferrocarril o las innovaciones portuarias que serán
al mismo tiempo continente y medio de escape de gran cantidad de emigrantes
en búsqueda de un mañana mejor. Ni siquiera su modesta
situación geográfica pudo salvarla de las embestidas y
hecatombes de la Guerra Civil como ocurrió con el resto de la
península, sucumbiendo al bombardeo de la marina alemana.
Pero el pueblo siempre prefiere olvidar en la medida de lo que la realidad
le permita, por ello, y a pesar del analfabetismo que reinaba en la
Almería de los albores de siglo, el año 1900 será
claro paradigma de los nuevos aires que impregnan la cultura insertándose
con fuerza en la búsqueda de las nuevas corrientes modernistas,
innovadoras y liberales propias del momento histórico en que
se desarrollan y claramente tendentes al anticlericalismo reinante hasta
el momento. Un dato importante por la originalidad que caracteriza al
evento es la celebración entre finales del s. XVIII e inicios
del s. XIX de lo llamados Juegos Florales a los que acudían escritores
y poetas de diversos rincones, y cuya aspiración primordial era
la de ensalzar al mejor trabajo literario del año. Este evento
se mantuvo hasta el declive del círculo literario en 1912, perdiéndose
con ellos una de las tradiciones más bellas de la comarca, que
tenían algo de bucólico e idílico, recordando quizás
las festividades de sus ascendientes romanos.
El tránsito experimentado en toda España de la dictadura
a la democracia trajo consigo un período de prosperidad y dinamismo
en la consolidación del arte y la cultura en general terminando
con el hacinamiento y abriendo un horizonte abierto a toda clase de
manifestaciones artísticas y espirituales de gran calidad por
las que un creciente público se interesaba cada vez más,
formando parte del panorama artístico actual.
Pero quizás la faceta artística más destacable
de Almería por la gran importancia que ha supuesto en la centuria
pasada es la cinematográfica, encontrando en sus parajes naturales
el escenario idóneo para desarrollar diversos géneros
tales como historias intimistas, bélicas o de aventuras, pero,
fundamentalmente del Oeste, convirtiéndola en el corazón
del cine estadounidense en la extensión española para
la boyante industria cinematográfica internacional de la época.
Los parajes y escenarios desérticos, lunares y enormemente especiales
del desierto de Tabernas fueron los que contribuyeron enormemente a
este desarrollo, puesto que serán el proscenio adecuado para
la filmación de toda esta clase de géneros, llegando a
crearse a escala real la reproducción de un auténtico
mini Hollywood español que aún hoy pervive gracias al
uso que se ha hecho del mismo como centro de ocio y entretenimiento
para el turista que desea pasar un rato agradable y cargado de dinamismo,
leyenda y ficción.
Como escenario vivo y real rodeado de un aire de glamour, por sus tierras
cabalgaron actores y actrices de prestigio tales como el Clint Eastwood,
Yul Brynner, Raquel Welch o el mismísimo Sean Connery, y se realizaron
películas de renombre como la superproducción “Cleopatra”
o “Patton”, convirtiéndola por unas décadas
en el sueño dorado de una generación a caballo entre un
ambiguo pasado y un presente aún por discernir.
La articulación real en la actualidad hace surgir numerosas dudas
acerca de la proyección actual que debe presentar la difusión
del patrimonio histórico presente en la provincia al resto de
la humanidad, si bien es sabido que debe ser considerado como un bien
común que es necesario conservar para su uso y disfrute ante
la gran cantidad de posibilidades que este ofrece, aunque para ello
se haga necesaria la instauración de una estructura con las menos
fisuras posibles y donde sea posible ir resolviendo aquellas contrariedades
y carencias que vayan surgiendo a lo largo de este extenso camino. Sin
embargo se revela la posibilidad, al existir cada vez una mayor demanda
de la protección y el bienestar de esta heredad, de crear una
serie de itinerarios que permitan un acercamiento más estrecho
a la enorme diversidad y caudal que hace de Almería una ciudad
inteligente y cosmopolita, abierta a las sensaciones de la nueva era
y que sabe adaptarse y proteger la riqueza que la abriga.
Para poder llevar a cabo una visita donde sea posible discernir con
facilidad las diversas etapas que hubo de atravesar esta ciudad, las
cuales son fácilmente cognoscibles y reconocibles por la gran
cantidad de testigos patrimoniales que aún perviven, ya sea de
manera individual, ya sea ocultas o disimuladas mimetizándose
con otro tipo de construcciones posteriores, sería valioso establecer
una serie de recorridos por ciclos temporales históricos, ya
que quizás por períodos artísticos dificultaría
enormemente esta labor al haberse producido la mezcolanza propia de
los diversos estilos que han ido superponiéndose unos a otros
como ha ocurrido con el resto del creación terrenal. En este
entramado paisajístico cabe apreciar tres lapsos tradicionales
claramente diferenciados dentro y fuera de la ciudad: el que incluye
la Almería musulmana, el perteneciente al ciclo cristiano y el
que transcurre entre los s. XVII y XIX, siendo esta última fase
la que ha dotado a la región de sus casas señoriales de
época con enormes ventanales ricamente enrejados, portadas solemnes
y salones sobrios destinados servir de moratoria a las generaciones
familiares que por ellos fueron pasando y que aún hoy son atestiguante
de la era dorada y teñida de un cierto boato por la que le hizo
transitar la suprema fortuna.
Un cuarto trayecto estaría dedicado en toda su plenitud a la
Almería retratista y nativa, con enormes singularidades que se
funden relatadas en sus playas interminables de arena fina y calas de
ensueño y utopía, paisajes lunares y yermos en el corazón
de la región, contrastando con las verdes campiñas de
plantaciones que surgen como un oasis en el desierto y que invitan a
una sensación de relax a través de sus fascinantes matices
cromáticos. Muestra clave de ello es el Parque Natural de Cabo
de Gata, catalogado por la UNESCO a finales de los 90; A pesar de su
aparente aridez, oculta formas de vida muy particulares que han conseguido
adaptarse este medio tan especial, siendo esta una zona caracterizada
por su variedad fisonómica dotada de un gran eclecticismo salpicada
de acantilados, prominentes arrecifes, extensas y tranquilas playas,
e intimas calas desiertas que incitan a la relajación y ejercicio
de la memoria. De esta zona figuran entre sus mayores encantos El Faro
de Cabo de Gata, El Arrecife de las Sirenas o el blanco pueblecito pesquero
de San Miguel, dotado en la época del estío de una gran
actividad y animación.
Así, dando prioridad al orden cronológico incuestionable,
queda establecido el primer tránsito, delimitado por la línea
de tiempo que abarcaría el arte islámico, donde nuestro
recorrido por la ciudad comenzaría inevitablemente a primera
vista por su predominio sobre toda ella en la fortaleza de la Alcazaba
y la muralla que en su momento protegió a toda la población
dándole la categoría de medina y ocultando una de sus
fortunas más preciadas como es la Mezquita Mayor, posteriormente
reconvertida en la actual Ermita de San Juan. Este gigante de piedra,
de más de 1400 metros de longitud de perímetro amurallado,
tiene su acceso por una puerta abierta en una torre albarana, y contiene
en su interior tres recintos bien diferenciados: el primero se trataba
de un espacio residencial con dependencias y estructuras destinadas
a la vivienda, rodeadas por jardines; el segundo venia a ser una pequeña
ciudad palaciega al uso con todas las particiones propias de un entramado
de estas características, con su mezquita, lugares de recreo
y reposo, abastecimiento de sus moradores, donde el edificio en mejores
condiciones que se conserva es el de Los Aljibes Califales. Dentro de
este ámbito es demostrable que estuvo enclavado el Palacio del
anteriormente nombrado como “El Rey Poeta”. El tercer emplazamiento
pasó a formar parte de un plan de remodelación por iniciativa
de los Reyes católicos dando por resultado un recinto fortificado
protegido por torres semicirculares y un foso, todo ello organizado
en torno a un Patio de Armas y dominado por la aún mayestática
Torre del Homenaje.
Al seguir nuestro periplo nos encontramos con la Mezquita mayor, hoy
en día rebautizada y reutilizada en tiempos cristianos para la
práctica cultual, despojándola de todo carácter
considerado como infiel y por lo tanto susceptible de ser abolido. Su
mayor gracia reside en su impresionante estructura arquitectónica
modificada con el paso de los siglos pasando de tener tres a siete naves
donde aún se pueden ver el muro de la quibla y el mihrab, únicos
supervivientes del terremoto que la asoló allá por el
s. XVI para ser renombrada como iglesia de San Juan erigiéndose
este nuevo templo en su primitivo emplazamiento.
Otros lugares que forman parte de la etapa de su carácter más
musulmán y arabesco son el barrio de la Almedina, a los pies
de la Alcazaba, que, como virtuosa medina pensada al milímetro
para impedir el paso de curiosos e intrusos se configura en torno a
un plano de calles enmarañadas. De época califal aún
pervive un tramo de la vetusta y recia muralla, así como los
cimientos de la Puerta de las Atarazanas; no muy lejos, la puerta de
Purchena, antiguamente conocida como la de pechina, una de las más
importantes que daban paso al interior de la ciudad y posteriormente
derribada en época moderna para la expansión de la urbe,
implantando en su lugar la actual Plaza Emilio Pérez García.
Otras construcciones que pueden verse son la Muralla de Jayrán
en el altozano de un esplendente mirador, y los Aljibes de Jayrán,
ordenados construir por el mismo personaje que les confirió su
nombre en época de los reinos de Taifas. El trazado peculiar
a la usanza musulmana es conservado aún por la llamada Calle
de las Tiendas, finalizando en la ya desaparecida Puerta de Pechina.
El siguiente trazado corresponderá al iniciado por los reyes
católicos tras la toma de la ciudad y siguiendo el plan propio
de cristianización, donde Almería sufrirá una transfiguración
inundándose de campanarios, iglesias, conventos y santuarios,
dando esa nueva imagen de ciudad conventual
y alejada de toda tradición anterior; Ejemplo de esta metamorfosis
son la Catedral, conventos tales como el de las Puras o las Claras,
Iglesias como las de San Pedro y Santiago o Santuarios como el de la
Virgen del Mar, caracterizándose todos ellos por haber nacido
casi simultáneamente siendo sin embargo totalmente diferentes
en su concepto e individualidad al haber sido dotadas de diferentes
características y estilos con el paso de los ciclos temporales.
La tercera etapa constructiva considerada de gran importancia testimonial
para el patrimonio almeriense es la que acontece entre las centurias
posteriores al s. XV hasta derivar en pleno s. XX, con inmuebles tan
específicos y dotados de imaginación tales como La Estación
del ferrocarril, magnifico ejemplar de la etapa de la arquitectura del
hierro, donde se combina en su fachada con el cristal, dotándola
de un espacio interno muy especial de contrastes lumínicos; el
Cable Inglés, embarcadero del mismo período cuya función
primordial era la del transporte mineral para su exportación
a otros países situados a ultramar. En el terreno cultural más
estricto de la palabra sobresalen el Teatro Apolo, de fachada claramente
historicista que queda de manifiesto en sus arcos de medio punto, el
Casino Cultural, vivienda palaciega con dependencias de estilo refinado
a modo del gusto de principios del s. XX; La Casa de la Música,
junto a la Catedral y recientemente restaurada y la Escuela de Artes,
ambas de estilo clasicista. Extensa es la cantidad de casa señoriales
que han ido irrumpiendo en la fisonomía de la urbe con el asentamiento
de nobles en la provincia, cuyas reminiscencias persisten en residencias
hoy recuperadas para otros menesteres como la Casa Puche o la de Los
Vizcondes del castillo de Almansa como pequeña muestra.
Este ensayo no es sino una ínfima muestra de este núcleo
espacial imbuido de vida y energía, que invita a la ensoñación
y la certeza de estar como en casa, de aspirar imágenes, sonidos
y experiencias que raramente se olvidan y que vuelven al recuerdo con
el deseo de volver a apreciarlas en todo su explendor, sugiriendo al
viajero que se detenga siempre, pues será recibido como se merece.

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