Almería, Génesis y Ocaso en el Paraiso

 

 

http://www.alonsocano.tk        ISSN: 1697-2899                   D.L:GR2134/2004

ALMERÍA, GÉNESIS Y OCASO EN EL PARAÍSO.

Mª Carmen Checa Gonzalez
Dpm. Restauración

“Han extendido un mar sin fin
y de ese mar han hecho un camino hacia el alma
Algunos se han embarcado en ese mar
emergen de él ya musulmanes ya cristianos
En este mar que no limitan ni fondo ni playa
prodigios y maravillas hay innumerables”


Fragmento de “ El Libro de los Secretos”, de Farîd ad-Dîn ‘Attâr

Este evocador rincón del sur andaluz sigue siendo una incógnita para el visitante, inclusive para las gentes que en él residen, pero donde jamás se tiene la sensación de ser extranjero recorriendo lugares y parajes que uno parece haber visto ya en un primer recuerdo lejano, a través de su mezcla caprichosa de contrastes, colores y destellos luminosos que separan lo terrenal de la inmensidad del profundo océano.
Es a través de un apasionante viaje en el tiempo donde se comienza a percibir una Almería cargada de calidez y humildad, habiendo sido en un pasado ya lejano recogimiento, moratoria y enclave de importantes culturas y generaciones precedentes que han dejado en ella la misma sensación que en el resto de Andalucía y de sus vecinas ciudades mediterráneas: un legado histórico, tradicional y patrimonial que formará parte indisoluble de su ser para siempre.
Su Historia se halla repleta de períodos de esplendor, y los límites que marcan su territorio corresponde a tres cadenas montañosas que a modo maternal la albergan y protegen, siendo las mismas la Sierra de Gádor, Las Estancias Y Filabres, adentrándose en la vecina ciudad de la Alhambra, que extiende sus ramificaciones a través de Sierra Nevada.
Pero lo primero que el recién llegado percibe al pisar tierras almerienses es su marcado carácter mediterráneo a través de su luz resplandeciente y dorada, así como su ambientillo tranquilo y a la vez de una gran viveza irradiante, que hace saborear y disfrutar hasta el último segundo de estancia en sus playas y rincones. Los luminosos paisajes que ofrece la comarca se encuentran inmersos en unas particulares condiciones climatológicas que van a determinar tanto la actividad humana como la configuración paisajística; quizá por ello es también tierra de poetas, atraídos a través de sus aromas al sentir lírico que inspira su espacio.
Desde la lejana línea del mar se va haciendo visible la dorada costa, orientando al marinero y guiando al viajero a una civilización resultado de la mano del hombre que entremezcla las huellas del pasado con la actualidad a veces incontinente y desafiante.
Numerosa es la herencia recibida por esta bella ciudad del Mediterráneo, desde los comienzos imperfectos pero de gran calidad de los núcleos prehistóricos, cuyos rasgos más primitivos se ven reflejados en yacimientos de gran importancia, siendo el más sobresaliente de todos el de los Millares, constituyéndose este último como centro vital de las investigaciones arqueológicas y la conservación, al tratarse de un auténtico poblado con necrópolis y fortín defensivo.
También pusieron sus ojos de comerciantes por las grandes posibilidades que ofrecían los límites mediterráneos los clanes fenicios, especialistas consagrados del trueque y la compraventa, herederos de la impresionante tecnología marítima de sus antepasados, con conocimientos sobre los vientos, las corrientes marinas y la navegación nocturna empleando como guía y referente la luminosidad en las negras noches de la Estrella Polar. Será a través cronistas clásicos como Ptolomeo, Estrabón o Plinio, como conoceremos el desarrollo y bullicio de las ciudades de Abdera y Baria, posteriormente bautizadas como Adra y Villaricos, respectivamente. De hecho, la mitología griega precisa acerca de la procedencia del nombre de Abdera a través de la leyenda del octavo trabajo de Hércules, cuando el héroe es requerido para llevar a Micenas las yeguas del Tracio Diómedes, las cuáles debían estar sujetas permanentemente a unos pesebres de hierro con cadenas debido a su vigorosidad extrema y atrocidad, pues se alimentaban de la carne de viajeros que por un revés de la fortuna eran hallados en sus costas; El inclemente monarca fue castigado por el propio Hércules con su misma trampa siendo despedazado por sus bestias. El semidiós en una ausencia temporal dejó a Abdero, hijo de Hermes, al cuidado de las fantásticas criaturas, estas volvieron a las ansias de carne y devoraron al desdichado Abdero; en su memoria Hércules fundó la ciudad con su nombre, redujo a las yeguas y las entregó al rey de Micenas Euristeo, el cual las consagró a la diosa Hera.
Pero sin lugar a dudas las raíces más profundas las dejará la vecina civilización islámica, siendo bautizada oficialmente en el año 995 con el majestuoso nombre de Al Mariyyat Bayyana, donde la solemne presencia de la Alcazaba se yergue altanera siendo testigo mudo del paso del tiempo.
Han sido numerosas las especulaciones acerca de la simbología del titulo que le fue conferido a la ciudad, siendo algunos partidarios de su traducción como “ El Espejo del Mar”, mientras que otros se declinan por una traducción más exacta aunque menos poética como “Torre Vigía”, más aceptada esta versión por tratarse, efectivamente de un enclave costero comercial de gran importancia y prosperidad, aunque quizás el declamador prefiera ver en el primer término adjudicado una visión más poética, bucólica y placentera alegoría de esta metrópoli asentada junto al rumor armonioso del policromo Mar Mediterráneo.
El mismo año de su nacimiento se dio vida a esta impresionante fortaleza por mandato expreso del soberano Abderramán III, concebida como un palacio- fortaleza protectora de los súbditos moradores y llegando a convertirse en la más colosal no sólo de la península, sino también de Europa. Su configuración primitiva irá sufriendo modificaciones en función de los monarcas que la irán habitando, llegando a aportar también su granito de arena los mismísimos Reyes Católicos tras su cruzada e introducción en la ciudad en 1489:


“ No se asciende a su alcazaba si no es con fatiga,
ni se trepa hasta ella si no es con pena;
es sólida su aspereza, extraordinaria en su inaccesibilidad”.

Al – Udri, geógrafo 1003- 1085

Pero de todos los reyes de taifas el que alcanzó mayor reconocimiento y trascendencia fue al- Mutasín, conocido con el sobrenombre de “el rey poeta”, convirtiéndose esta época en pináculo esplendoroso de todas las vividas por la ciudad, por la gran afluencia de poetas y literatos atraídos por el cálido perfume del Mediterráneo y el sutil ambiente culto e intelectual que se respiraba:


“Al llegar la mañana mi corazón
quedó profundamente afligido y se
rompieron los talismanes de su entereza”
……………
“El tiempo aún no me ha deparado un amigo
cuya sinceridad me haya satisfecho,
pues siempre al final me he sentido afligido”.
……………
“ Y cuando se acerque a vosotros
os comunicará un mensaje más fragante
y aromático que cualquier perfume.”

Fragmento de al- Muta´asím ibn Sumadih


Bajo su potestad la capital floreció jalonada con jardines y palacios dotados de terrazas y miradores concebidos para completar lo que la vista alcanza, hecho que demuestra no sólo la sensibilidad por lo bello del monarca épico sino también un perceptible deseo de manifestar su dominio más allá de lo puramente visible. Su figura será recordada y venerada a través de sus creaciones paisajísticas como muestran las descripciones del geógrafo al- Udrí:

“ En él plantó toda clase de frutales y otros árboles, además de especies
raras, como plátanos, cañas de azúcar y otros tipos de frutos imposibles
de describir. En el centro de este parque hay una hermosa huerta con quioscos
que tienen pavimento de mármol blanco...”


Pero este ambiente bucólico y preservado con celo a los ojos del extraño por el hombre árabe no tardaría en desaparecer tras la conquista cristiana iniciada en el territorio almeriense con la capitulación de Vera en el año 1488, produciéndose la misma de forma pacífica y con escasa resistencia por parte de la comunidad despojada de su paraíso privado. Así, tanto la fundación por parte del nuevo dominio gobernador castellano de la implantación de la iglesia como poder supremo así como de un naciente sistema administrativo, instauró definitivamente los nuevos cimientos que extinguirían definitivamente el sultanato nazarí, aunque la expulsión incuestionable se encuentra en torno al año 1570, año en que el último reducto morisco es reducido y derrotado en tierras almerienses siendo sustituido por el asentamiento y repoblación de núcleos de cristianos viejos.
Desde entonces, y tras el paso de unos siglos de crisis y vorágine que dieron alcance a todos los estamentos, se abre una nueva etapa de esplendor a partir del s. XVIII, donde asistimos a un sorprendente aumento de la población, y, por consiguiente, a un resurgimiento de la imperecedera ciudad de sus propias cenizas tras el acoso de calamidades y epidemias que fueron superadas estoicamente sin impedir este notorio acrecentamiento.
De esta suerte, en casi todos los territorios que sucumbieron al invasor, los primitivos lugares santos erigidos se vieron sometidos a una purificación y renovación del culto para dedicarlo a la nueva deidad religiosa como estandarte que deja clara evidencia de la superioridad y preponderancia de los nuevos ocupantes; esta nueva medida se llevará a cabo reutilizando materiales de los edificios consagrados ya existentes, eso sí, manteniendo en la mayoría de los casos el continente de estos con transformaciones y alteración de su fisonomía originaria. Así, la jerarquía eclesiástica manejará a los hilos administrativos procedentes de impuestos y rentas del pueblo controlando un porcentaje bastante elevado del terreno laborable y convirtiéndose por ello en objeto de críticas y juicios de evaluación tanto por parte de ilustrados como de liberales. Sin embargo este clima no detuvo la gran expansión constructiva de carácter religioso que tuvo lugar a partir de 1730, clara consecuencia del próspero ambiente económico que se respiraba en la zona.
Como consecuencia casi inmediata de todo lo acontecido durante este siglo y también en épocas anteriores por el aumento demográfico y las posibilidades que el paraíso de recursos inagotables almeriense ofrecía, así como por el descontento generalizado por la gran desigualdad existente entre clases sociales, en el s. XIX se producirá una auténtica transformación emparejada a la mecanización y la Revolución Industrial basada fundamentalmente en la explotación de recursos naturales y mineros como el carbón que tanto favorecieron este impulso, así como los nuevos medios de transporte terrestres y marítimos que favorecieron enormemente la calidad y efectividad del tráfico comercial con otras orillas mediterráneas y atlánticas, con lo que se podría afirmar con rotundidad que Almería entró con buen pie en el nuevo siglo gracias a su inagotable fuente de tesoros puestos de forma incondicional al servicio del ser humano. Pero la diosa fortuna no tardará en cambiar de bando provocando que a mediados del s. XIX gran parte de la población se tenga que ver obligada a abandonar sus hogares y cálidas tierras en pos de un futuro mejor sin que existan para ello un génesis que pueda ser considerado como motivo determinante, siendo destino de acogida cualquier país susceptible de promesas y esperanzas para el aturdido emigrante.
A pesar de su anómala situación geográfica esta región ha sabido sortear los estragos y precarios acontecimientos propios del capricho del tiempo y de la suerte, siendo desde el finales del s. XIX moratoria amable y suave de nuevas especies agrícolas confiriéndole ventaja su dulce clima y la generosidad de sus infinitos caudales.
Tras el patente adormecimiento vivido durante la era medieval y moderna, en el preludio de la edad contemporánea emergieron con gran fuerza las labores de minería y explotación de las Sierras almerienses en una época perfecta para su desarrollo propiciada por la abundancia de yacimientos de plomo y el mineral de hierro, lo que relanzó su fama perdida atrayendo a gran cantidad de especialistas venidos de otras tierras lejanas confiriéndole un carácter dotado de un cierto aire cosmopolita y modernizado que entraba con fuerza en el enérgico y vivaz mundo de lo industrial, lo que no impidió que esta misma actividad tuviese sus efectos y repercusiones negativas al producirse una inmoderada deforestación y una exagerada erosión de la zona. De esta forma, y como todo edén terrenal no perdura en el cenit eternamente, este nuevo emporio retornó al olvido del triunfador desfallecido tras el agotamiento de sus recursos, el desafío de oponentes más poderosos y la célebre crisis del 29.
El s. XX almeriense se caracterizará por ser un ciclo de fuertes contrastes, donde la desigualdad y las calamidades se entremezclan con un florecimiento cultural y un desarrollo de centros literarios y eventos ilustrativos que son concluyente testimonio de la necesidad del pueblo de escapar de la dura realidad en la que se ven envueltos. Son años de crisis, donde se establece un paralelismo entre los avances como la llegada del ferrocarril o las innovaciones portuarias que serán al mismo tiempo continente y medio de escape de gran cantidad de emigrantes en búsqueda de un mañana mejor. Ni siquiera su modesta situación geográfica pudo salvarla de las embestidas y hecatombes de la Guerra Civil como ocurrió con el resto de la península, sucumbiendo al bombardeo de la marina alemana.
Pero el pueblo siempre prefiere olvidar en la medida de lo que la realidad le permita, por ello, y a pesar del analfabetismo que reinaba en la Almería de los albores de siglo, el año 1900 será claro paradigma de los nuevos aires que impregnan la cultura insertándose con fuerza en la búsqueda de las nuevas corrientes modernistas, innovadoras y liberales propias del momento histórico en que se desarrollan y claramente tendentes al anticlericalismo reinante hasta el momento. Un dato importante por la originalidad que caracteriza al evento es la celebración entre finales del s. XVIII e inicios del s. XIX de lo llamados Juegos Florales a los que acudían escritores y poetas de diversos rincones, y cuya aspiración primordial era la de ensalzar al mejor trabajo literario del año. Este evento se mantuvo hasta el declive del círculo literario en 1912, perdiéndose con ellos una de las tradiciones más bellas de la comarca, que tenían algo de bucólico e idílico, recordando quizás las festividades de sus ascendientes romanos.
El tránsito experimentado en toda España de la dictadura a la democracia trajo consigo un período de prosperidad y dinamismo en la consolidación del arte y la cultura en general terminando con el hacinamiento y abriendo un horizonte abierto a toda clase de manifestaciones artísticas y espirituales de gran calidad por las que un creciente público se interesaba cada vez más, formando parte del panorama artístico actual.
Pero quizás la faceta artística más destacable de Almería por la gran importancia que ha supuesto en la centuria pasada es la cinematográfica, encontrando en sus parajes naturales el escenario idóneo para desarrollar diversos géneros tales como historias intimistas, bélicas o de aventuras, pero, fundamentalmente del Oeste, convirtiéndola en el corazón del cine estadounidense en la extensión española para la boyante industria cinematográfica internacional de la época. Los parajes y escenarios desérticos, lunares y enormemente especiales del desierto de Tabernas fueron los que contribuyeron enormemente a este desarrollo, puesto que serán el proscenio adecuado para la filmación de toda esta clase de géneros, llegando a crearse a escala real la reproducción de un auténtico mini Hollywood español que aún hoy pervive gracias al uso que se ha hecho del mismo como centro de ocio y entretenimiento para el turista que desea pasar un rato agradable y cargado de dinamismo, leyenda y ficción.
Como escenario vivo y real rodeado de un aire de glamour, por sus tierras cabalgaron actores y actrices de prestigio tales como el Clint Eastwood, Yul Brynner, Raquel Welch o el mismísimo Sean Connery, y se realizaron películas de renombre como la superproducción “Cleopatra” o “Patton”, convirtiéndola por unas décadas en el sueño dorado de una generación a caballo entre un ambiguo pasado y un presente aún por discernir.
La articulación real en la actualidad hace surgir numerosas dudas acerca de la proyección actual que debe presentar la difusión del patrimonio histórico presente en la provincia al resto de la humanidad, si bien es sabido que debe ser considerado como un bien común que es necesario conservar para su uso y disfrute ante la gran cantidad de posibilidades que este ofrece, aunque para ello se haga necesaria la instauración de una estructura con las menos fisuras posibles y donde sea posible ir resolviendo aquellas contrariedades y carencias que vayan surgiendo a lo largo de este extenso camino. Sin embargo se revela la posibilidad, al existir cada vez una mayor demanda de la protección y el bienestar de esta heredad, de crear una serie de itinerarios que permitan un acercamiento más estrecho a la enorme diversidad y caudal que hace de Almería una ciudad inteligente y cosmopolita, abierta a las sensaciones de la nueva era y que sabe adaptarse y proteger la riqueza que la abriga.
Para poder llevar a cabo una visita donde sea posible discernir con facilidad las diversas etapas que hubo de atravesar esta ciudad, las cuales son fácilmente cognoscibles y reconocibles por la gran cantidad de testigos patrimoniales que aún perviven, ya sea de manera individual, ya sea ocultas o disimuladas mimetizándose con otro tipo de construcciones posteriores, sería valioso establecer una serie de recorridos por ciclos temporales históricos, ya que quizás por períodos artísticos dificultaría enormemente esta labor al haberse producido la mezcolanza propia de los diversos estilos que han ido superponiéndose unos a otros como ha ocurrido con el resto del creación terrenal. En este entramado paisajístico cabe apreciar tres lapsos tradicionales claramente diferenciados dentro y fuera de la ciudad: el que incluye la Almería musulmana, el perteneciente al ciclo cristiano y el que transcurre entre los s. XVII y XIX, siendo esta última fase la que ha dotado a la región de sus casas señoriales de época con enormes ventanales ricamente enrejados, portadas solemnes y salones sobrios destinados servir de moratoria a las generaciones familiares que por ellos fueron pasando y que aún hoy son atestiguante de la era dorada y teñida de un cierto boato por la que le hizo transitar la suprema fortuna.
Un cuarto trayecto estaría dedicado en toda su plenitud a la Almería retratista y nativa, con enormes singularidades que se funden relatadas en sus playas interminables de arena fina y calas de ensueño y utopía, paisajes lunares y yermos en el corazón de la región, contrastando con las verdes campiñas de plantaciones que surgen como un oasis en el desierto y que invitan a una sensación de relax a través de sus fascinantes matices cromáticos. Muestra clave de ello es el Parque Natural de Cabo de Gata, catalogado por la UNESCO a finales de los 90; A pesar de su aparente aridez, oculta formas de vida muy particulares que han conseguido adaptarse este medio tan especial, siendo esta una zona caracterizada por su variedad fisonómica dotada de un gran eclecticismo salpicada de acantilados, prominentes arrecifes, extensas y tranquilas playas, e intimas calas desiertas que incitan a la relajación y ejercicio de la memoria. De esta zona figuran entre sus mayores encantos El Faro de Cabo de Gata, El Arrecife de las Sirenas o el blanco pueblecito pesquero de San Miguel, dotado en la época del estío de una gran actividad y animación.
Así, dando prioridad al orden cronológico incuestionable, queda establecido el primer tránsito, delimitado por la línea de tiempo que abarcaría el arte islámico, donde nuestro recorrido por la ciudad comenzaría inevitablemente a primera vista por su predominio sobre toda ella en la fortaleza de la Alcazaba y la muralla que en su momento protegió a toda la población dándole la categoría de medina y ocultando una de sus fortunas más preciadas como es la Mezquita Mayor, posteriormente reconvertida en la actual Ermita de San Juan. Este gigante de piedra, de más de 1400 metros de longitud de perímetro amurallado, tiene su acceso por una puerta abierta en una torre albarana, y contiene en su interior tres recintos bien diferenciados: el primero se trataba de un espacio residencial con dependencias y estructuras destinadas a la vivienda, rodeadas por jardines; el segundo venia a ser una pequeña ciudad palaciega al uso con todas las particiones propias de un entramado de estas características, con su mezquita, lugares de recreo y reposo, abastecimiento de sus moradores, donde el edificio en mejores condiciones que se conserva es el de Los Aljibes Califales. Dentro de este ámbito es demostrable que estuvo enclavado el Palacio del anteriormente nombrado como “El Rey Poeta”. El tercer emplazamiento pasó a formar parte de un plan de remodelación por iniciativa de los Reyes católicos dando por resultado un recinto fortificado protegido por torres semicirculares y un foso, todo ello organizado en torno a un Patio de Armas y dominado por la aún mayestática Torre del Homenaje.
Al seguir nuestro periplo nos encontramos con la Mezquita mayor, hoy en día rebautizada y reutilizada en tiempos cristianos para la práctica cultual, despojándola de todo carácter considerado como infiel y por lo tanto susceptible de ser abolido. Su mayor gracia reside en su impresionante estructura arquitectónica modificada con el paso de los siglos pasando de tener tres a siete naves donde aún se pueden ver el muro de la quibla y el mihrab, únicos supervivientes del terremoto que la asoló allá por el s. XVI para ser renombrada como iglesia de San Juan erigiéndose este nuevo templo en su primitivo emplazamiento.
Otros lugares que forman parte de la etapa de su carácter más musulmán y arabesco son el barrio de la Almedina, a los pies de la Alcazaba, que, como virtuosa medina pensada al milímetro para impedir el paso de curiosos e intrusos se configura en torno a un plano de calles enmarañadas. De época califal aún pervive un tramo de la vetusta y recia muralla, así como los cimientos de la Puerta de las Atarazanas; no muy lejos, la puerta de Purchena, antiguamente conocida como la de pechina, una de las más importantes que daban paso al interior de la ciudad y posteriormente derribada en época moderna para la expansión de la urbe, implantando en su lugar la actual Plaza Emilio Pérez García. Otras construcciones que pueden verse son la Muralla de Jayrán en el altozano de un esplendente mirador, y los Aljibes de Jayrán, ordenados construir por el mismo personaje que les confirió su nombre en época de los reinos de Taifas. El trazado peculiar a la usanza musulmana es conservado aún por la llamada Calle de las Tiendas, finalizando en la ya desaparecida Puerta de Pechina.
El siguiente trazado corresponderá al iniciado por los reyes católicos tras la toma de la ciudad y siguiendo el plan propio de cristianización, donde Almería sufrirá una transfiguración inundándose de campanarios, iglesias, conventos y santuarios, dando esa nueva imagen de ciudad conventual
y alejada de toda tradición anterior; Ejemplo de esta metamorfosis son la Catedral, conventos tales como el de las Puras o las Claras, Iglesias como las de San Pedro y Santiago o Santuarios como el de la Virgen del Mar, caracterizándose todos ellos por haber nacido casi simultáneamente siendo sin embargo totalmente diferentes en su concepto e individualidad al haber sido dotadas de diferentes características y estilos con el paso de los ciclos temporales.
La tercera etapa constructiva considerada de gran importancia testimonial para el patrimonio almeriense es la que acontece entre las centurias posteriores al s. XV hasta derivar en pleno s. XX, con inmuebles tan específicos y dotados de imaginación tales como La Estación del ferrocarril, magnifico ejemplar de la etapa de la arquitectura del hierro, donde se combina en su fachada con el cristal, dotándola de un espacio interno muy especial de contrastes lumínicos; el Cable Inglés, embarcadero del mismo período cuya función primordial era la del transporte mineral para su exportación a otros países situados a ultramar. En el terreno cultural más estricto de la palabra sobresalen el Teatro Apolo, de fachada claramente historicista que queda de manifiesto en sus arcos de medio punto, el Casino Cultural, vivienda palaciega con dependencias de estilo refinado a modo del gusto de principios del s. XX; La Casa de la Música, junto a la Catedral y recientemente restaurada y la Escuela de Artes, ambas de estilo clasicista. Extensa es la cantidad de casa señoriales que han ido irrumpiendo en la fisonomía de la urbe con el asentamiento de nobles en la provincia, cuyas reminiscencias persisten en residencias hoy recuperadas para otros menesteres como la Casa Puche o la de Los Vizcondes del castillo de Almansa como pequeña muestra.
Este ensayo no es sino una ínfima muestra de este núcleo espacial imbuido de vida y energía, que invita a la ensoñación y la certeza de estar como en casa, de aspirar imágenes, sonidos y experiencias que raramente se olvidan y que vuelven al recuerdo con el deseo de volver a apreciarlas en todo su explendor, sugiriendo al viajero que se detenga siempre, pues será recibido como se merece.

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