La música une y desune, aplaca e
irrita, alegra y entristece. Rara vez deja indiferente, pero pocas veces
produce el efecto esperado. Si algo tienen en común las músicas de
todo tiempo y lugar es que modifican el estado de ánimo; nos invaden
para que nuestra psique les dé un sentido. Un miniaturista de la
corte de Alfonso X pintó juntos a dos juglares: un cristiano y un
árabe; al lado, una jarra de
vino. Y ahora nosotros le buscamos explicaciones a esa imagen que
contradice la realidad política del momento. Quizás la música ya no
es sólo el dictado de una fe, sino el placer de una técnica de toque,
de unos ritmos…, la imitación de unos adornos que asombran y
seducen. Por la mañana se guerrea y por la noche el enemigo acaso
gana alguna batalla de gustos, llenando, por ejemplo, nuestro instrumentario de objetos árabes: laúdes,
rabeles… Al margen de cualquier conflicto o alianza de
civilizaciones, libra la música otras batallas, firma otros tratados.
Pensemos en dos ejemplos: la música de los negros americanos, la
música de los gitanos españoles. El jazz, el flamenco…
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Arcipreste de Hita