Este puede ser uno de los cuadros más cargados de
simbolismos iconográficos de la Historia del Arte. También es famoso
por esa forma que flota en primer plano sobre el suelo y que no es otra
cosa que una calavera pintada mediante una técnica que sólo permite
verla desde un determinado ángulo: anamorfismo se llama. Pero el cuadro
visita nuestra página de historia de la música para recordarnos,
mediante un detalle que a menudo pasa desapercibido, que también los
instrumentos se apuntan a la moda de la polifonía que caracteriza
todo el Renacimiento. En efecto, los instrumentos más apreciados en
esa época eran los polifónicos, es decir, aquellos que por sí mismos
(como el laúd o el órgano) podían tocar varias melodías a la vez, podían
hacer polifonía. Pero, ¿qué ocurre con los demás instrumentos que no
son polifónicos? En el cuadro está la respuesta, porque esos
cilindros de distintos grosores que asoman junto al libro de
partituras son un estuche de flautas traveseras de distintos tamaños.
Todos los instrumentos se fabrican por familias a imitación de las
voces humanas para poder tocar, también ellos, la polifonía. Y los músicos
cargan en sus estuches con al menos un ejemplar de cada tesitura:
soprano, contralto, tenor y bajo.