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14.- INCIDENCIA
DE LOS MEDIOS DE DIFUSIÓN EN LA MÚSICA LIGERA;
EVOLUCIÓN DEL JAZZ; EVOLUCIÓN DEL BLUES, EL ROCK Y EL POP.
La
invención del fonógrafo en 1877 marcó un antes y un después en
las formas de producción y de escucha de la música. Mientras que durante
siglos el oyente necesitaba la presencia concreta del músico para
que se diera el hecho comunicativo de la música, el mencionado
aparato -y sobre todo, todos los que se desarrollan de forma
vertiginosa a partir de la Primera Guerra
Mundial- se salta los contextos habituales que se dieron
durante siglos en los distintos estilos musicales (la iglesia, la
fiesta, el concierto...), y se adueña de la interpretación
musical de una forma que hoy parece irreversible. El fenómeno no
deja de tener ventajas (todas las músicas son accesibles en todos
los momentos), pero también ha acarreado no pocos inconvenientes.
Uno muy importante es el hecho de que la música deja de ser algo
excepcional y se convierte en no pocas ocasiones en un ruido más,
esto es, en algo que nos invade sin que nosotros seamos
conscientes, sin que podamos hacer gran cosa para evitarlo.
Como el oído es el
menos libre de los sentidos (los oídos no tienen párpados), la
industria musical creada en torno a la música y sus formas de
difusión actual diferida (la radio, sobre todo) ataca mediante la
repetición y otros recursos para incidir en nuestros gustos y
apetencias musicales, para condicionarlos, para determinarlos. Toda
la música comercial se basa en esos principios de mercadotecnia
que la sitúan en el terreno movedizo de las modas que duran poco;
de ahí, el nombre de música
ligera con que también se la conoce. Al estar producida, no
como una necesidad de expresión sino como un negocio, esta música
suele ser de poca calidad.
Pero no todas las
músicas de la tradición no culta, no escrita han sido siempre
pasto de la industria. Una buena muestra de ello es el jazz, originalmente la música
popular contemporánea de los negros estadounidenses, cuya
difusión posterior la ha convertido en una de las manifestaciones
musicales más importantes de nuestro tiempo. Las primeras
manifestaciones de las formas prejazzísticas
corrieron a cargo de las bandas que acompañaban fiestas y
ceremonias, de los cantores de blues
(cantos o piezas de carácter melancólico, de ritmo lento y
sensual adaptado a la danza semiestática)
y de los pianistas que interpretaban el ragtime, imitación
al piano de los ritmos típicos de las mencionadas bandas. Los
barrios negros de algunas ciudades del sur (principalmente Nueva
Orleáns) fueron la cuna del jazz, cuyas características formales
eran el ritmo sincopado y la improvisación, elemento fundamental
que determina el predominio de la ejecución sobre la partitura. A
finales del siglo XIX el barrio negro de Nueva Orleáns contaba
con más de doscientas salas de baile y cabarets.
El estilo de Nueva Orleáns, llamado hot (caliente) alcanzó su apogeo hacia 1917 con
músicos como Louis Armstrong. En 1917 fueron clausurados los
locales de Nueva Orleáns y los jazzmen se
trasladaron hacia el Norte; este hecho determinó la difusión
universal del jazz. Los dos nuevos centros fueron Chicago y Nueva
York. En Chicago actuó una orquesta de
blancos llamada Original Dixieland Jazz Band,
de donde se tomó el término Dixieland para
designar al jazz interpretado por músicos blancos al estilo de
Nueva Orleáns. Este estilo va evolucionando de la mano de músicos
como el clarinetista Benny Goodman y el pianista Joe Sullivan.
En Chicago cobran importancia las célebres jam sessions,
que consisten en exhibiciones de solistas como los mencionados.
En Nueva York el jazz afincó en el
barrio negro de Harlem. Allí aparecería
la figura más importante de este período, Duke Ellington,
al que se considera el músico más completo de la historia del
jazz. A partir del crack económico de 1929 comienza el glorioso
período clásico del jazz, que se convierte en entretenimiento
para evadirse de la crisis. Empiezan a destacar cantantes como Ella Fitzgerald
y guitarristas como Django Reinhardt. A partir de esta época y
durante todo el siglo las variantes del jazz (en las que no nos
podemos detener) se suceden: el be-bop (que acentúa la
africanidad), el cool (que
reacciona contra lo anterior), el soul jazz, el free jazz (que influirá
en la música culta), etc.
Justo en la época de
efervescencia de muchos de esos estilos (los años 50 del pasado
siglo) surge la música que denominamos pop, contracción de popular. Ésta deriva de la
fusión de estilos como la música country de los vaqueros americanos, el jazz, el blues
y otros. Al fundirse todas ellas de forma homogénea, crearon
primero el rock and roll, un estilo que muchos
creyeron efímero. Tras sucesivas evoluciones, los derivados del
rock han dado como resultado ese amplio magma de estilos
interrelacionados que solemos conocer como pop.
La historia del pop y
del rock, por demasiado cercana, es difícil de resumir. Suele
decirse que comenzó en 1954, cuando el grupo The Comets,
intentando fundir medio siglo de músicas blancas y negras, crea
la canción Rock around the clock. Era algo tan nuevo, tan inesperado
y tan excitante, que sacudió a la juventud mundial. El estilo era
la síntesis de lo que habían intentado durante décadas músicos
blancos y negros, esa música llena de ritmo y a la vez de
melancolía, de ritmo y blues (rhythm and
blues), que, al fundirse con el folclore de los países de los que
provenían los colonos americanos, da lugar al mestizo rock, bien representado
por el blanco Elvis Presley y el negro Chuck Berry.
A partir de 1963, el
peso del rock se traslada a Inglaterra, gracias a los Beatles
y a su grupo rival, los Rolling
Stones, que sentaron las bases de
lo que luego ha sido el sustrato de muchos estilos del pop y el
rock.
A mediados de los
sesenta la música pop no era tan sólo una interesante
manifestación de la cultura (o contracultura) juvenil. Era una
poderosa industria y un saneado negocio para los países que
lograban imponer sus modas. Por ello Estados Unidos inicia el
contraataque con el soul,
y luego los derivados múltiples (los cientos de etiquetas que
parecen servir sólo para un grupo) se suceden con velocidad vertiginosa.
En los setenta el heavy
rock de Led
Zeppelín, la música
disco (pensada para el consumo masivo en grandes salas de
baile), el punk de Sex Pistols,
la new wave...
En los ochenta, el tecno
pop que incorpora los sintetizadores. Y en los noventa, ese estilo
que tiene un nombre pretencioso: New Age
Music (Música para la Nueva Era).
En todas esas décadas
ha habido artistas valiosos, que muchas veces no se han pegado a
ninguna etiqueta: Vangelis,
Queen, Dire Straits, Supertramp...
Pero lo corriente ha sido el fenómeno con cuya constatación
comenzábamos este escrito: la música de consumo ha ido dejando de
ser una forma de expresión (un arte) para convertirse en un
negocio.
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