El silencio - Historia de la Música Bachilerato la

 

LA MUJER EN LAS OPERAS DE MOZART

 

Sobre las óperas de Mozart se ha dicho a menudo que pueden gustar incluso a quienes en general no gustan de la ópera o hasta sienten antipatía por este género. Se trata de un hecho constatado que seguramente se debe a que en ellas los convencionalismos que el público está habituado a aceptar como parte inevitable de una rutina, de un mecanismo conocido, se convierten en elementos llenos de originalidad y  frescura. En Mozart no hay nada estereotipado: ni las situaciones dramáticas ni los personajes. Todo parece nuevo, único e irrepetible. Únicamente en la ópera seria, de corte heroico, donde los personajes deben responder obligatoriamente a un arquetipo, apenas hay lugar para la psicología; por eso no los vamos a incluir en este estudio, que se centra en las óperas bufas y en las óperas en alemán de su período de madurez. Las ordenaremos cronológicamente porque, si bien, a partir de El Rapto en el Serrallo, nos encontramos ya en la perfección del estilo y el grado de calidad es equivalente en todas, aun teniendo cada una su personalidad e incluso su lenguaje musical propio, la sucesión cronológica nos muestra con asombrosa evidencia el desarrollo humano del propio Mozart, su progresivo conocimiento del mundo y los seres humanos, así como los cambios que experimenta en su concepción de la vida.

 

Es singular que este hombre, que nunca habría soñado en escribir un manifiesto con ideas musicales o extramusicales, no ya a la manera exorbitada de Wagner, sino ni siquiera en el tono mesurado y circunspecto de Gluck, resulte precisamente aquél en cuya obra encontramos mayor cantidad de materia para la reflexión filosófica. A menudo nos sorprende,  más aún que por su genio musical, por su poderosa inteligencia y por la hondura de sus análisis psicológicos, tan minuciosos y refinados como los de Shakespeare, Dostoievsky o Proust. No es de extrañar que otros filósofos, como Kierkegaard, encontrasen en él una fuente inagotable de referencias para su propio discurso filosófico.

 

Debemos advertir que cuando se trata de hacer un estudio de los personajes femeninos de Mozart en una sola sesión, la principal dificultad estriba en decidir qué material dejamos fuera. La riqueza y variedad es notablemente mayor en ellos que en los masculinos (aun siendo en éstos mucha) y pone de manifiesto el interés particular que Mozart sintió siempre por la psicología y los sentimientos de la mujer.

 

Desde luego no debemos creer que Mozart refleje en su música las ideas corrientes en su época sobre la mujer. Sería contradictorio pensar que su obra tiene una validez intemporal y, al mismo tiempo, que lo que allí se expresa son ideas caducas. Aquello que nos habla y nos conmueve en su música es siempre lo que hay de eterno en el género humano, en su doble aspecto, femenino y masculino. Indudablemente, debemos pensar que Mozart estaba familiarizado con el pensamiento ilustrado de su época, por lo menos desde su iniciación en la masonería. En el libreto de La Flauta Mágica no faltan discursos explícitos de tono roussoniano. Pero la música de Mozart va siempre mucho más lejos y contradice a menudo las ingenuidades y los prejuicios de ese mismo pensamiento tal como los reconocemos hoy, en la perspectiva de los siglos. Una ingenuidad era la creencia roussoniana en la bondad natural del ser humano, que queda desmentida en la soberbia pintura de Don Juan y, de modo aún más descarnado, en la debilidad consustancial de los personajes de Così fan Tutte. Un prejuicio es el de la posición subordinada de la mujer en la naturaleza y la sociedad, tal como lo desarrolla Rousseau en el Emilio, en el capítulo dedicado a la educación de Sofía, o Kant en su pequeño tratado sobre Lo Bello y lo Sublime. Este prejuicio, que se tambalea en todas las óperas de Mozart por la talla y el lugar que otorga en ellas a las mujeres, llega a contradecirse directamente, como  veremos, en La Flauta Mágica, ya que la verdad que encierra esta obra no está en las ideas de Sarastro, roussoniano convencido que dice a Pamina “un hombre debe guiarte”, sino en los caminos misteriosos hacia la luz que la propia Pamina descubre a tientas y por los que finalmente conduce a su amado Tamino.

 

Pero hasta llegar a ese punto debemos recorrer también nosotros un largo camino que se inicia diez años antes con el estreno en Viena de

 

 

El Rapto en el Serrallo

 

Esta ópera, junto a Idomeneo, es la que inaugura la última década de la vida del compositor, de los veinticinco a los treinta y cinco años, durante la que producirá un cúmulo de obras maestras.

 

El momento de su vida es particularmente feliz. Se acaba de prometer para casarse y se ha instalado de forma independiente en Viena, convencido de que sus dotes artísticas, sobre las que ejerce ya pleno dominio, encontrarán allí el terreno más favorable. Es conmovedor leer en las cartas que dirige entonces a su familia la descripción del entusiasmo con que se precipita al escritorio y permanece allí componiendo con la mayor alegría. La concepción del mundo y de los seres humanos que transpira esta obra no es aún de madurez. Lo que prevalece en ella es la expresión de la inocencia feliz, que por esencia está destinada a no durar. Cuando en otras óperas más tardías nos maravillamos por la finura de su percepción psicológica o por su sentido trágico del mundo, o cuando en La Flauta Mágica el dolor se ha transfigurado por fin en serenidad y en puro amor, aún echamos de menos este júbilo encantador, este latido de los veinte años que es la atmósfera dominante en El Rapto.

 

Los dos personajes femeninos de esta ópera pertenecen, como los masculinos a categorías sociales distintas. En Blonde, la sirvienta, encontramos cualidades encantadoras: es vital, bondadosa, valiente, leal. Su dúo con Osmín, el guardián del serrallo, que está empeñado en someterla y despotrica contra las libertades que los europeos conceden a sus mujeres, no sólo es un número divertido; principalmente nos encanta por la bravura y la dignidad con que esta joven, tan segura de sí misma, se defiende de los embates y las amenazas de un redomado machista.

 

Constanza, por su parte, asume un papel privilegiado y misterioso en esta ópera tan fresca y alegre. Mozart la escoge para dar salida a uno de los aspectos más sorprendentes y, en parte, inquietantes, de su música de juventud. Ciertamente son muchas las obras de Mozart, desde su época más temprana en que, en medio de un ambiente de encanto, de ilusión y de gracia, se nos hace asomarnos inesperadamente, por unos instantes, a un abismo de sufrimiento y desolación insondables. Una de las arias de Constanza nos la muestra abatida por un dolor demasiado grande, que ni siquiera las circunstancias de su prisión ni su nostalgia de Belmonte bastan para explicar; un dolor reconcentrado, solitario, incomunicable, cuya extensión los demás personajes no podrían sospechar. Y sin embargo, se hace patente que es precisamente la experiencia de este sufrimiento el crisol donde se ha formado el carácter tan noble, bondadoso y sereno de Constanza. Hay en ella una especie de sabiduría de la que los demás carecen. En este aspecto Constanza prefigura claramente a Pamina; por ello, más que un rasgo de la personalidad, se diría que es una teoría del conocimiento lo que Mozart esboza aquí por vez primera; una teoría que enlaza con el pensamiento griego, tal como lo enuncia Esquilo en Agamenón, cuando dice que “es mediante el sufrimiento como los humanos alcanzan el conocimiento”. La expresión más acabada de esta idea la encontraremos en Pamina, aniquilada por la desdicha antes de acceder a un plano de humanidad más alto. Pero, en mayor o menor grado, aparece también en la Condesa, en Doña Elvira y en Tamino. Es significativo que al plantear un tema tan importante para él como debió ser éste, Mozart emplee casi siempre a mujeres.

 

Cuarteto del segundo acto

 

En el tratamiento dado por Mozart a la mujer en sus óperas, El Rapto destaca especialmente por su tono de respeto y delicadeza.

 

El cuarteto que cierra el segundo acto es uno de los números que no constaban inicialmente en el libreto de la ópera, pero que Stephanie, el libretista, incluyó por deseo expreso de Mozart. Corresponde al momento en que Belmonte y Constanza se encuentran y expresan su entusiasmo, mientras que, paralelamente, se desarrolla el diálogo entre la pareja de criados, también enamorados, Blonde y Pedrillo. A primera vista se trata de una situación común en el teatro de la época; pero Mozart introduce un elemento inesperado y enormemente serio. Apenas se han sosegado las efusiones iniciales, la atmósfera se oscurece, se pierde el tono alegre y confiado y un sentimiento de inquietud se esparce en derredor. Lo que les ocurre a los dos muchachos es que están afectados de celos y dudas. No se atreven a decirlo, pero les persigue el temor de que sus novias, durante su larga cautividad en el serrallo, hayan faltado a la fidelidad. Al principio, las mujeres no entienden nada porque ellos apenas son capaces de expresar, entre balbuceos, el motivo de su preocupación. La inestabilidad tonal de este pasaje refleja claramente la inseguridad y el miedo a ser ofensivos que no les permite ser más explícitos. En realidad, es tanto el respeto que les inspiran sus novias, que cuando, después de mucho insistir ellas, aciertan a exponer sus temores, lo hacen más bien en el tono de un niño que confiesa una falta, una debilidad incurable. Inmediatamente Blonde reacciona indignada y Constanza es de nuevo la imagen de la inocencia herida. Esto basta para abrumar de arrepentimiento a los dos muchachos que, después de uno de esos pasajes extrañamente contemplativos que a menudo aparecen en los números de acción de Mozart, suplican perdón con una melodía tan maravillosa, desbordante de un amor tan rendido y sincero, que nos parece capaz por sí misma de suscitar tal perdón.

 

Pero lo que más interesa destacar aquí es que durante todo el episodio la imagen de la mujer ni por un momento se ha visto empañada. Al contrario, su dignidad sale reforzada incluso, frente a la debilidad manifiesta de los hombres. Conviene recordar este tratamiento cuando afrontemos el caso de las desventuradas protagonistas de Così fan Tutte.

 

 

Las Bodas de Fígaro

        

Hay un salto gigantesco por lo que se refiere al estudio psicológico y la caracterización de los personajes entre El Rapto y Las Bodas. En el primero, los protagonistas, con toda su ternura, su encanto y su profundidad, están, sin embargo, muy lejos del grado de complejidad que convierte a cada personaje de Las Bodas en un individuo perfectamente real, inconfundible e irrepetible.

 

Venite, inginocchiatevi

 

El arquetipo de la sirvienta graciosa y vivaracha que se remonta como mínimo a la comedia del arte y culmina en las obras de Molière, sirve  a Mozart de base para la creación de algunas figuras femeninas, tan perfectamente diferenciadas, que apenas se encontraría entre ellas otro rasgo común que el de su posición social y su juventud.

 

De entre todas, Susana es la que presenta mayor riqueza de matices, la más interesante, y, como mujer, la más llena de atractivo y encanto. Se diría que el afectuoso trato que le dispensa la Condesa y su intimidad con el brillante Fígaro le aportan una especie de distinción mayor de la que cabría esperar en una sirvienta.

 

La escena en que ayuda a Cherubino, el paje adolescente, a disfrazarse de mujer en presencia de la Condesa es muy del gusto rococó. En una pintura de Fragonard, habría tenido, sin duda, un tono picante. Mozart, por su parte, la trata en un tono delicado y poético, en el que ciertamente tampoco está ausente la sensualidad. Mientras dirige los movimientos del paje, Susana canta un aria que tiene todo el carácter de un número de conjunto, ya que la joven no cesa de dirigirse, ora al muchacho, ora a la Condesa. La orquesta, que presenta un tejido polifónico riquísimo, por completo independiente del canto, parece describir los vivaces y flexibles movimientos de Susana y, en general, despliega tanta gracia que toda el aria parece un compendio de encanto femenino. En ella hay, sin duda, humor: la afectuosa ironía con que Susana trata siempre al paje; pero aparece también la admiración: antes de que Susana pronuncie las últimas palabras que dirige a la Condesa, “mirad qué guapo es”, una modulación en la orquesta nos ha advertido ya del asombro que la belleza del muchacho le produce.

 

Crudel, perché finora

 

De acuerdo con la Condesa, Susana tiende una trampa al Conde y le concede una entrevista en el jardín, con el propósito de que sea la propia Condesa quien acuda y lo desenmascare. Por otro lado, Susana pretende también evitar que el Conde, en su despecho por haber sido rechazado, apoye la demanda  que Marcelina, la vieja ama de llaves, ha interpuesto contra Fígaro para impedir su boda con Susana.

 

El Conde se nos presenta desde el principio como un hombre débil, sujeto por entero a sus impulsos: es orgulloso, voluptuoso, celoso y vengativo. Aunque muy interesado en mantener una apariencia amable de gran señor ilustrado, civilizado y moderno, que halaga su vanidad, su perfil coincide con el de lo que hoy llamaríamos un acosador, que se vale de su posición de poder para perseguir a una u otra de las sirvientas del castillo. Desde el primer acto vemos cómo importuna a Susana y la amenaza con apoyar las pretensiones de Marcelina y frustrar su boda, si la joven persiste en rechazarle. En el dúo que escucharemos a continuación, Susana emplea contra el Conde la única arma de que dispone, la misma atracción que sobre él ejerce. La primera frase del Conde, seria y apasionada, nos lo muestra concentrado en el objeto de sus deseos. La respuesta de Susana llega con una modulación introducida por el viento-madera que revela la distancia emocional que la separa del Conde y con la que se inicia el juego de la seducción, basado en la afectación de una ingenuidad equívoca y una sumisión que incita a la posesión.

 

Pero el verdadero hallazgo de este dúo llega cuando las palabras del Conde “mi sento, dal contento, pieno di gioia il cor” se elevan de pronto en una melodía de acento tan conmovido y sincero que nos descubre inesperadamente un sentimiento profundo allí donde pensábamos que sólo había sensualidad. La misma Susana se siente entonces sorprendida y confusa y por unos instantes interrumpe su ejercicio de coquetería, hasta que las apremiantes preguntas del Conde, que ansiosamente pretende asegurar su conquista, le obligan a reiniciarlo. Hay, por lo tanto, en este dúo un punto verdaderamente doloroso. Además, se nos revelan en él aspectos nuevos que enriquecen la personalidad de ambos caracteres. Cada uno de ellos es mejor de lo que cabría deducir de su comportamiento: al Conde, hasta cierto punto, lo redime la sinceridad de su afecto, que lo vuelve vulnerable, y a Susana, su impulso instintivo de compasión.

 

Dove Sono

 

La Condesa no sólo es uno de los personajes más nobles de Mozart, sino también uno de los más complejos. Conserva en gran medida la animación y el garbo de su juventud, como muestra en las iniciativas que toma para deshacer los enredos del Conde, para proteger a Susana y a Fígaro del despecho de aquél y, finalmente, para tratar de recuperar el amor de su esposo. En cualquier caso, desde su primera aparición, se percibe bien que esta mujer ha madurado en el dolor. La belleza de su alma se manifiesta en que es esencialmente fiel; por eso las traiciones del Conde no sólo la mortifican, sino que se nos aparecen como una profanación de esa  misma belleza. Si la discusión que se entabla entre los esposos en el acto segundo nos parece tan violenta y la sensación de maltrato tan evidente, no es porque se produzcan una agresión o una injuria efectivas. En todo momento (y a veces con cierto fastidio), el Conde siente que la dignidad de su mujer resulta  inatacable. Lo que se revuelve entonces en nosotros es el sentimiento de la injusticia cometida contra un inocente.

 

En el aria de la Condesa, “Dove sono”, Mozart se sirve de la estructura habitual de Aria-Rondó precedida de un recitativo acompañado para mostrarnos una rica sucesión de sentimientos y matices. Ya en el recitativo aparece una interesante variedad, que comienza con la incertidumbre y el temor a la reacción que su pequeño complot con Susana pueda suscitar en el Conde y  prosigue con su intento de cobrar ánimos atendiendo a la inocencia de su propósito. Pero este intento resulta vano: la música ahonda mucho más que las palabras y la lleva al centro de su desasosiego, como si le dijera “¿para qué tratas de engañarte?”. Así, mientras continúa repitiéndose “¿Qué mal hago en cambiar mi vestido con el de Susana?”, un simple motivo de los violines, puntualizando su frase, nos revela lo amarga y humillante que, en realidad, encuentra su situación. Finalmente, no puede más y, abandonándose, da rienda suelta a todo el dolor que le provoca la traición de su esposo. Una vez que comienza el aria, el sentimiento dominante es el del anhelo de un tiempo pasado en que fue amada. Sencillamente vemos cómo se despiertan en ella toda la ternura y la dicha sosegada que entonces fueron cotidianas y que se han conservado intactas en algún lugar de su corazón. Al final, la sección de cierre, como era de rigor, en tempo rápido, sirve a Mozart para describir toda la esperanza, la resolución y la energía de que todavía es capaz esta mujer que, con todas sus heridas, sigue siendo tan fuerte.

 

Deh, Vieni, non Tardar

 

El aria que canta Susana justo antes del desenlace de la ópera resulta, en cierto sentido, excepcional. Está demostrado que Da Ponte fue obligado a incluirla por la insistencia de Mozart, en contra de su propio criterio. El argumento alegado por el libretista era que, desde el punto de vista teatral, un aria aquí resultaba incómoda por cuanto interrumpía innecesariamente la acción, justo en el momento en que había ya comenzado a precipitarse hacia su desenlace. Desde su punto de vista, tenía razón. Mozart lo sabía, pues nadie tenía un instinto teatral más fino que el suyo, y, sin embargo, insistió. Este aria es un instante congelado fuera del tiempo. Y podemos decir que tampoco es propiamente Susana, ese personaje tan definido y consistente en su individualidad, la que se expresa en ella. No hay aquí interés psicológico alguno. Se trata sencillamente de un canto en elogio del amor, que significativamente ha sido puesto en boca de una mujer. Dado que todo el contenido de esta ópera gira en torno al amor, sería tentador establecer alguna relación con el diálogo platónico sobre el mismo tema, en que el discurso que sirve de corolario sale de labios de otra mujer, Diótima, a la que el propio Sócrates cede la palabra. Pero el amor que canta Mozart por boca de Susana no es todavía aquél que se eleva por encima de los sentidos en pos de la Belleza absoluta. Probablemente este aria sea uno de los mejores ejemplos que puedan darse de la sensualidad en la música de Mozart. El tono acariciador de la melodía, la cálida morbidez del viento-madera, el ritmo arrullador, los suspiros de las cuerdas hacia el final, todo tiende a expresar el gozo y el embeleso del amor humano, de la atracción entre dos seres. Y sin embargo, a qué distancia está este gozo de la mera voluptuosidad física de un compositor como Debussy. En Mozart, la dimensión humana sigue dominando gracias a la poesía que impregna y ennoblece el deseo, a un arrobamiento cuya correspondencia sólo podríamos encontrar en el “Cantar de los Cantares”, en los mejores poemas de John Donne o en las imágenes eróticas de San Juan de la Cruz (pensemos si no podría haber cantado Susana estos mismos versos                       

                                “El aire de la almena,

          cuando yo sus cabellos esparcía,   

                              con su mano serena

                              en mi cuello hería,

                              y todos mis sentidos suspendía.

                                 Quedéme y olvidéme, 

                              el rostro recliné sobre el Amado;

                              cesó todo y dejéme,

                              dejando mi cuidado

                              entre las azucenas olvidado”.)

                                                                                                    

 

Final de la ópera

 

         En el final de la ópera encontramos de nuevo una escena de arrepentimiento, perdón y reconciliación, pero de carácter muy distinto a la que habíamos escuchado en El Rapto. El Conde ha mordido el anzuelo. En la oscuridad del jardín ha tenido un encuentro amoroso con una mujer que él ha tomado por Susana, pero que era la propia Condesa, disfrazada. Después ha creído ver a Fígaro haciendo la corte a la Condesa, que, naturalmente, es en realidad Susana. Esto hace que monte en cólera. Grita, alborota, llama a todo el mundo, mientras sujeta a Fígaro y mientras la falsa Condesa busca refugio precipitadamente en un pabellón del jardín en el que, siguiendo la tradición del vaudeville francés, se ha escondido un nutrido grupo de personajes. Mozart encuentra el tono justo para esta difícil escena en la que sólo la rabia del Conde tiene acentos de verosimilitud, en tanto que la orquesta y los demás personajes, con sus fingidas súplicas de perdón, participan ya del buen humor y el regocijo con que el espectador se promete el desengaño del Conde. Cuando por fin aparece la Condesa, la música se torna súbitamente seria y un velo de estupefacción se extiende por la escena. El Conde necesita aún unos instantes para comprender lo que ha sucedido y calibrar cuál es su verdadera situación. Resulta asombroso hasta qué punto Mozart es capaz de mostrar en la desnuda melodía del Conde, sin asomo de duda,  todo el arrepentimiento, la vergüenza y la desolación que lo embargan. ¡Qué distinta de aquella otra melodía en la que Belmonte y Pedrillo pedían también perdón a sus novias! Aquella estaba llena de ternura, de candor, como un niño cogido en falta, que aún puede ofrecer tesoros de pureza, generosidad y bondad. Lo que queda al conde es sólo el anonadamiento ante la evidencia abrumadora de su culpa. Se presenta con las manos vacías, sin poder ofrecer otra cosa que su sincera contrición. Y entonces ocurre algo prodigioso: sin la menor resistencia, sin vacilación, como provocado mecánicamente por el arrepentimiento mismo del Conde, brota del personaje de su mujer un sentimiento que lo inunda y lo purifica todo. Todos los personajes, no sólo el conde, se ven implicados en la reconciliación, en el restablecimiento final de la armonía. Resulta sobrecogedor. Y si la Condesa, más que nunca, nos inspira en ese instante un absoluto respeto, es porque de algún modo se hace evidente que han sido sus sufrimientos los que ahora la hacen capaz de tanta bondad,  y especialmente de su naturalidad en la bondad.

 

 

Don Juan

 

La ci darem la mano

 

De todas las mujeres pertenecientes a las clases trabajadoras, Zerlina, la campesina del Don Juan es la más abiertamente popular. Ni siquiera forma parte del servicio doméstico de un noble y no se halla en absoluto al corriente de los usos de la buena sociedad. En la música que escribe para ella, Mozart suele incluir ciertos rasgos populares (compases de tres o seis por ocho, pedales en el bajo, etc.)  No nos sorprendería mucho enterarnos de que no sabe leer; y, sin embargo, su personalidad es muy rica y, desde luego, mucho más interesante que la del representante masculino de su misma clase, su prometido Masetto. Uno de los efectos de su falta de instrucción es la existencia en ella de una especie de moral natural, libre de muchas restricciones, que la hace comportarse con sorprendente desenvoltura allí donde otras, incluida la Despina de Così fan Tutte, habrían mostrado o, al menos, simulado recato. No es que no acepte los convencionalismos sociales en que se expresa la moral dominante; es que éstos apenas forman parte de su mundo. Es más inteligente que Masetto, como ella sabe bien y le resulta fácil ganárselo en cualquier circunstancia. Afortunadamente para el joven, el rasgo dominante en ella es la bondad, lo que al final les protegerá a ambos de males mayores; pero se trata de una bondad espontánea, al margen de reflexiones teóricas, que en principio, no ve gran peligro en divertirse un poco con un señor atractivo y galante que la mira bien.

 

En este dúo, Zerlina se limita a dejar que obren en ella los recursos de que la naturaleza la ha dotado para el juego de la seducción. Queda patente que los titubeos que muestra ante Don Juan son sólo parte de ese juego en el hecho de que desde el principio cante la misma melodía que él, poniéndose a su nivel y estableciendo una complicidad. Como esta melodía pertenece al mundo elegante de Don Juan y no al popular de Zerlina, nos asombra la facilidad con que el impulso erótico da alas a la joven campesina y le dicta el tono adecuado a cada respuesta. Independientemente de las palabras con que Zerlina opone el grado de resistencia preciso ante de Don Juan, la música nos muestra la perfecta sintonía entre los dos.

 

Con la aparición del segundo tema en la dominante, a cada avance decidido de Don Juan, responde Zerlina con un gesto de indecisión que es pura coquetería, destinada a inflamar aún más el ánimo de su galanteador. Pero en todo ello no apreciamos sombra de cálculo o disimulo, sino una perfecta naturalidad, una especie de conocimiento instintivo. Finalmente, cuando Zerlina entona una secuencia modulante sobre las palabras “non son più forte”, Don Juan está ya tan ciego de deseo que podemos considerarle más seducido que seductor. En realidad, nos inclinamos a pensar que se han cambiado las tornas; y cuando, en ese momento, se inicia una danza campesina en compás de seis por ocho, tenemos la impresión de que es Zerlina quien ha tomado las riendas, llevando a Don Juan a su propio terreno. Especialmente perturbadores resultan entonces los cromatismos de las cuerdas, que desmienten el inocente ritmo de baile y revelan la sensualidad subyacente a todo este pasaje.

 

 

Ah, taci, injusto core

 

Aunque las otras dos mujeres protagonistas de esta ópera pertenecen a la aristocracia, hay un rasgo en ellas que las distingue esencialmente de la Condesa de Fígaro: las dos están poseídas por una pasión. En el caso de Doña Ana, se trata del odio y el afán de venganza hacia Don Juan, que ha matado a su padre; en el de de Doña Elvira, del amor pasional por el hombre que la ha seducido y abandonado; un amor que se expresa unas veces como despecho, otras como ira, otras como desprecio, pero que en el fondo es siempre el mismo deseo de poseer al hombre que escapa de ella.

 

Podemos decir que el mundo de esta ópera es mucho más duro que el de Las Bodas. Aquí el deseo opera con una violencia destructora, aunque sólo Don Juan es tan impío como para rechazar hasta el final la salvación que se le ofrece y es aniquilado por ella. En el caso de las mujeres, por el contrario, cada una será finalmente liberada: Doña Elvira, una vez más, por la purificación que opera en ella el dolor, cambiando su pasión hacia Don Juan en un sentimiento de pura compasión que la lleva a despojarse de su orgullo y a tratar, hasta el último momento, de salvarle. Doña Ana, por su parte, encontrará la paz en el amor abnegado y paciente de Don Octavio, verdadera antítesis de Don Juan, al que muchas veces se ha acusado de ser demasiado virtuoso como para resultar dramáticamente eficaz. Por cierto que también interesa al fondo de nuestro estudio el que tan frecuentemente se haya hecho notar la falta de masculinidad de Don Octavio y que la misma observación se haya apuntado a menudo sobre Tamino, por la sencilla razón de que ninguno muestra la más mínima dosis de agresividad, ni siquiera cuando son víctimas de algún abuso. Parece algo irónico que en esa prisión de los roles, en la que históricamente se ha encuadrado a cada persona según su sexo, algunos de los que se han asignado al varón sean notorios defectos desde el punto de vista ético, tales como la agresividad o la competitividad. Consecuentemente, la liberación de la tiranía de los roles, debería suponer también, al menos para los hombres, una elevación moral.

 

Otra diferencia significativa con Las Bodas y, aún más, con El Rapto, la encontramos en el grado mucho mayor en que los personajes femeninos son expuestos a la humillación y al insulto. En el caso de la Condesa, podemos decir que su honor nunca sufre menoscabo y que, aparte de la deslealtad de su esposo, no se comete ninguna verdadera falta de respeto hacia ella. Aquí, por el contrario, la mujer queda completamente expuesta y asistimos a una sucesión de brutales ataques a su dignidad, desde el intento de violación de Doña Ana en el acto primero al endurecido cinismo y la crueldad con que Don Juan se burla de Doña Elvira cuando ésta le suplica que abandone su vida disipada.

 

Buena muestra de lo que acabamos de decir la encontramos en el terceto “Ah, taci, injusto core”, entre Doña Elvira, Don Juan y el criado de éste, Leporello. Al iniciarse el terceto, Doña Elvira aparece en el balcón de su casa y, creyéndose sola, comienza a desahogar su corazón en una bella melodía de acentos delicados. En ella descubrimos  toda la ternura que aún guarda en su memoria para el hombre que la ha maltratado y de la que se acusa en secreto, como de una debilidad. Desde la calle la observan, sin que lo note, el propio Don Juan y su criado, Leporello. Por casualidad, Don Juan acaba de encapricharse de la criada de Doña Elvira y se propone llegar hasta ella utilizando el amor que Doña Elvira le tiene, haciéndola creer que de nuevo la ama, que está arrepentido y quiere volver a su lado. Cuando se adelanta y se muestra, percibimos con qué astucia toma la misma melodía de Elvira, se disfraza con ella, tratando de aprovechar el estado psicológico en que la mujer se encuentra en ese momento. Doña Elvira, sorprendida, tarda un instante en reconocerle. Dice “¿no es aquél el ingrato?” y, a la respuesta afirmativa de Don Juan, una súbita modulación a la subdominante  y un diseño nuevo e intensamente expresivo en los violines nos revela sin sombra de duda, la emoción que se apodera de esta mujer que, aun sabiendo que su amor es una locura, lo siente más fuerte que ella. Después de unos compases en tono algo más neutro, que tienen el carácter de un recitativo aparte, durante los cuales Elvira se mantiene indecisa y expectante, Don Juan toma la iniciativa. Una modulación cromática nos lleva a una tonalidad muy alejada de la principal, como si el seductor  quisiera apartar completamente a su víctima del curso lógico de sus pensamientos, llevándola fascinada a un mundo de novedad e ilusión. En seguida despliega todo su poder de seducción en una melodía cautivadora, mientras los violines continúan mostrándonos el corazón palpitante de Elvira. Aquí, por unos momentos, consigue Mozart que veamos a Don Juan con los ojos de Elvira y que, independientemente de nuestro juicio sobre él,  admiremos con deleite su poderoso brillo y su encanto. Pero, una vez salida de su primera impresión, Elvira se recobra y emplea toda su energía en defenderse. Este pasaje es enormemente dramático: mientras la mujer se aferra a su dolor, que es la prueba más segura de los engaños de Don Juan, éste le suplica con un patetismo violento. Las actitudes de cada uno se realzan eficazmente por el contrapunto jocoso que introduce Leporello, escondido debajo del balcón, cuando susurra a Don Juan “si continuáis así, voy a reírme”. Es aquí donde se alcanza el punto de mayor humillación para Elvira. No sólo su dignidad como mujer se resiente; hasta la misma dignidad humana se ve pisoteada.

 

La estructura musical del terceto es la de un pequeño movimiento de sonata, pero, como ocurre a menudo en los conjuntos de Mozart, la intensidad de los acontecimientos escénicos es tan fuerte que, cuando llega la repetición, los elementos ya escuchados se perciben como integrados en un orden nuevo, que en este caso está dominado por el sentido de la expectación ante lo que acaba de ocurrir y lo que vendrá como resultado a continuación.

 

 

Così fan Tutte

 

La última ópera bufa de Mozart comparte con otras grandes producciones del espíritu humano, como Don Quijote o El Tiempo Perdido, dos aspectos fundamentales: por un lado, la paradoja aparente de estar llena de humor y ser, al mismo tiempo, profundamente triste, y, por otro, el hecho de que esa tristeza viene motivada por la convicción final de que la desilusión y el derrumbamiento de los pilares que sustentaban los más nobles anhelos del ser humano y sus aspiraciones a una vida digna son el resultado inevitable de la experiencia y la observación directa de la realidad.

 

Aunque los personajes, especialmente las mujeres, están tratados con simpatía y cariño, ninguno puede escapar a la dura ley que conduce al fracaso de los ideales de elevación en las relaciones humanas. Por lo demás, tampoco se trata de la obra de un poderoso escéptico, sino de quien ha sido conducido al escepticismo por la fuerza de la evidencia. Sólo hay que contemplar el camino recorrido desde El Rapto, para apreciar lo arduo de todo el proceso.

 

El viejo argumento de la prueba de fidelidad, que se remonta, al menos, hasta Ovidio y que cuenta entre sus ejemplos más destacados con el episodio de El Curioso Impertinente del Don Quijote, reaparece en esta ópera para mostrar una visión mecanicista del amor en la que los conceptos de fidelidad, virtud, abnegación, entrega, no juegan ningún papel desde el momento en que se trata sólo de la obediencia ciega a una ley natural, positiva, que rige mecánicamente en todo el universo.

 

Mozart ha puesto en música el pensamiento de Voltaire, contra el que, siendo más joven, se había expresado con tanta acritud, al crear el personaje de Don Alfonso, el filósofo positivista que asume la tesis del hombre-máquina. Para él, lo razonable es no tratar de oponerse a las leyes de la naturaleza formando ideales ilusorios, pues aquéllas deben cumplirse sin excepción. Así, los distintos personajes, con toda su variedad psicológica y su riqueza de matices, sólo creen tener voluntad, pero de hecho son autómatas que responden ciegamente a leyes mecánicas.

 

Desde la primera escena, cuando se produce la apuesta, ya resulta evidente que los hechos darán la razón a Don Alfonso, pues aunque los dos jóvenes se exaltan hablándonos de lo sublime y elevado de su amor, lo que en realidad vemos en ellos es la vanidad del macho ufano y satisfecho. En el fondo sólo su complaciente creencia en el propio mérito les hace pensar que sus amadas nunca podrían fijarse en otros. Como la música pone esto de relieve desde el principio, en los tres sensacionales tríos de la primera escena, podemos decir que Don Alfonso gana su apuesta sobre la trivialidad del amor desde el mismo momento en que los dos petimetres cometen la frivolidad de aceptarla. 

 

Así es también como la música restablece desde el principio el equilibrio en el grado de responsabilidad correspondiente a cada sexo, que parecía roto desde el momento en que son sólo las mujeres quienes deben aportar la prueba de fidelidad. Sólo que la palabra “responsabilidad” queda precisamente fuera del orden de pensamiento de Così fan Tutte, pues el determinismo es aquí absoluto y no existe ningún espacio en el que pueda imponerse la libertad de decisión de los personajes. Todo se desarrolla conforme a lo previsto, con la puntualidad de un reloj, en un mundo de exactitud geométrica, pero en el que nada es ya noble, ni bueno, ni sagrado. Estamos muy lejos de Fígaro o Don Juan donde cada personaje podía actuar de una forma u otra y la libertad de acción era el principio básico de las relaciones humanas. Al final, Don Alfonso defenderá a las muchachas diciendo sencillamente que su comportamiento ha sido conforme a la naturaleza.

 

Por otro lado, cuando Don Alfonso, al comenzar la ópera, desaconseja la prueba y advierte a los jóvenes que no corran detrás del sufrimiento que sin duda les provocará su desengaño, semeja una de esas divinidades que tratan en vano de proteger a los mortales de sí mismos, previniéndoles del terrible escarmiento que les reportará su mucha curiosidad, como Helios aconsejando a Faetón que no quiera conducir el carro, o Júpiter entristecido por la insistencia de Sémele en contemplar un esplendor que la reducirá a cenizas. Finalmente, cuando el desarrollo de los acontecimientos le ha dado puntualmente la razón, recomendará a todos no dejarse abatir demasiado por el conocimiento de lo que la naturaleza realmente es, sino más bien procurarse el gozo epicúreo de cuanto nos ofrece. Expuesta con toda amabilidad y sensatez, esta renuncia incluso al dolor por todo lo que se ha perdido, nos parece, sin embargo, el colmo del horror.

 

                                     Soave sia il Vento

 

Podemos decir que para Mozart ésta fue una obra de despedida. El, que podría haber dicho, como Sócrates, que, si de alguna cosa se preciaba de saber algo, era precisamente del amor, dice adiós a la ilusión de amar sobre la que había asentado todo lo que le parecía bello y elevado en el mundo.

 

El momento de la ópera en que más claramente se expresa esta despedida es el terzettino del primer acto, en el que las muchachas, pañuelo en mano dicen adiós a la barca que aleja a sus enamorados por la bahía de Nápoles. Sabemos que lo que en realidad se aleja para siempre es su mundo de alegres esperanzas, su confianza, sus ilusiones. La música se sume en un nivel de contemplación extática, como apartada del tiempo y del espacio, una especie de maravilloso instante congelado del que no quisiéramos despertar. El propio Don Alfonso, que a partir de ese momento, las conducirá como un astuto Mercurio por los pedregosos caminos del mundo real, contiene su ironía y respeta ese instante de conmovido adiós.

 

Una donna a quindici anni

 

Entre los personajes femeninos de Così, Despina es probablemente la encarnación más ajustada que hizo Mozart del tipo de criada astuta y desenvuelta, habituada a llamarlo todo por su nombre y que maneja en gran medida, con audacia y habilidad, los hilos de la trama. Despina comparte punto por punto la moral de Don Alfonso, de quien se convierte en natural aliada, y hace cuanto puede por instruir a sus señoras acerca del verdadero valor de las relaciones amorosas. En la “escuela de los amantes”, como reza el subtítulo de la ópera, a ella le correspondería una cátedra.

 

También resulta interesante observar hasta qué punto la posición social de los personajes femeninos determina sus nociones sobre el amor. Las dos hermanas, a pesar de todas sus diferencias de carácter, comparten un punto de vista que no corresponde ni al mundo aristocrático de Doña Ana y Doña Elvira, con su insistencia sobre el honor, ni al popular, más espontáneo y libre de trabas, de Zerlina o Despina. El suyo es el mundo sentimental de la clase media acomodada, de la Carlota de Goethe o la Pamela de Richardson. Representan, por así decir, la tendencia más moderna y, al mismo tiempo, la más vulnerable a la ironía de la obra.

 

El juicio de Despina sobre la noción sentimental del amor resulta demoledor y, si nos atuviéramos sólo al texto, nos parecería sencillamente fría y cínica. Afortunadamente, la música de Mozart salva para ella un elemento en el que quizá Da Ponte no había pensado: la frescura. Con su temperamento alegre lo anima todo y, con su constante disposición a participar en enredos y travesuras, se convierte en el nervio de casi todas las situaciones. Finalmente, sirve de contrapunto perfecto a la tendencia de sus señoras a mostrarse remilgadas e incluso algo envaradas, al estilo burgués, un poco cursi, que tanto desde la perspectiva aristocrática como desde la popular, es siempre considerado ridículo.

 

Prenderó quel brunettino

 

A medida que la acción avanza vemos accionarse los resortes que, sin que las muchachas lo adviertan de un modo consciente, van minando su decidida voluntad de mantenerse fieles.

 

Un momento decisivo se produce cuando, convencidas de que no será más que un inocente pasatiempo, consienten en escuchar una serenata preparada por sus nuevos pretendientes y en un corto paseo por el jardín. Este duetto es uno de los pasajes en que, tanto la espiritual Fiordiligi como la más condescendiente Dorabella, parecen movidas por un impulso idéntico. Sólo que en este caso la música es mucho más consciente de la naturaleza y el alcance de dicho impulso. Evidentemente, el nervioso regocijo, más o menos contenido, que las anima no sería el mismo si la diversión que se prometen fuera tan inocua como piensan. Que justo en este momento se vuelvan tan ciegas ante el peligro al que se están exponiendo  forma seguramente parte de la mecánica de las cosas, pero a la vez nos impide encontrar culpa ninguna en ellas.  No serían necesarias las palabras con que Don Alfonso las defenderá después (“necesidad del corazón”, “ley natural que no admite excepciones”) La música hace todo eso explícito aquí.

 

Desde el punto de vista de los condicionantes sociales, es también interesante notar que, aunque en este duetto por primera vez las dos hermanas admiten en parte el sentir de Despina, el tono con que lo expresan es muchísimo más elegante. Incluso cuando, bastante después, Dorabella se haya entregado a Guglielmo  y reciba de buen grado los elogios de Despina, cantará un aria que, aun queriendo acercarse al estilo de las de ésta, posee una distinción que hubiera sido impensable en la camarera.

 

 

                                      Fra gli amplessi

        

Una vez que Fiordiligi, de las dos hermanas, la dotada un temperamento más delicado y sensible, advierte que se ha enamorado de Ferrando y está cada vez más cerca de traicionar a su prometido, toma la decisión, drástica y hasta quijotesca, de abandonar en seguida ese lugar que se ha vuelto tan peligroso y partir en busca de Guglielmo. No es la primera vez que Fiordiligi adopta ese tono de heroína, aprendido, sin duda, en las páginas de la literatura sentimental, con la que la suponemos muy familiarizada. De hecho el dúo comienza como si fuera un aria seria, tratada sin ninguna ironía. En un número anterior, el rondó “Per Pietá, ben mío, perdona”, Fiordiligi ha mostrado ya su arrepentimiento por lo atolondrado y peligroso de un juego que parecía inocente. Ahora, la certeza de haber tomado en firme la decisión adecuada la llena de un gozo sereno. Parece que se halla más lejos que nunca de su caída.

 

El dúo propiamente dicho comienza con la irrupción de Fernando, que renueva en tono lastimero sus apasionadas súplicas. En realidad, la íntima emoción con que se expresa el joven es uno de los aspectos más difíciles de resolver de toda la ópera, pues nos hace pensar que, de hecho, se ha enamorado de Fiordiligi, hasta tal punto no hay en su música sombra de distanciamiento o de ironía.

 

Es muy interesante observar el juego de relaciones tonales y modulaciones que emplea Mozart para describir los cambios que van operándose en Fiordiligi en el transcurso del dúo. Así, cuando advierte la presencia de Ferrando, reacciona indignada, desentendiéndose completamente de la línea melódica de él y pasando de la tonalidad de “mi menor” a la, distante, de “do mayor”. Después de un pasaje altamente dramático y muy rico armónicamente, en el que Fiordiligi resiste con todas sus fuerzas, Ferrando restablece la tonalidad inicial, dando comienzo a una asombrosa melodía en “larghetto”, de belleza casi hipnótica. Todavía realiza Fiordiligi un último y denodado esfuerzo, suplicando al Cielo; se introduce en una tonalidad distinta, donde Ferrando la sigue, hasta alcanzar por fin una disonancia que es en realidad el acorde de dominante de una tonalidad nueva, tan alejada, que pensamos que, si hubiera conseguido resolver en ella, habría introducido un cambio de ambiente tan rotundo que seguramente el hechizo de Ferrando se habría roto y ella hubiese podido escapar.  Pero justo en ese momento Ferrando lleva el tono disonante al acorde en segunda inversión de  “la”, desde donde se inicia la vuelta a la tonalidad de partida en una modulación maravillosa (en realidad una de las más bellas de todo Mozart) que, subrayada por el oboe, expresa dulcemente el cumplimiento de lo inevitable. Realmente nos parece oír la voz de la naturaleza, a la vez ineluctable y hermosa.

 

A partir de este momento, el acuerdo entre los dos personajes es total. Sus voces se funden en una serie de terceras paralelas que ya sólo expresan júbilo y delectación (una vez más señales inequívocas de aprobación en la naturaleza). De la inquebrantable voluntad de Fiordiligi no queda nada. Ha desaparecido sin dejar rastro.

 

La Flauta Mágica

 

Después de la cuarta representación de Così fan Tutte, el teatro se vio obligado a cerrar debido al luto oficial declarado a la muerte del emperador José II. Se iniciaba así el año de 1790, especialmente amargo en la vida de Mozart, no sólo a causa de sus grandes dificultades económicas y los sucesivos fracasos de sus proyectos de conciertos por suscripción y de su viaje a Frankfurt, sino, especialmente, por el hundimiento psíquico en que se sumió. En las cartas que dirige a su mujer se encuentran frases como: “Si la gente pudiera ver en mi corazón, me avergonzaría. Para mí todo es frío, con un frío de hielo. Si estuvieras aquí, tal vez encontraría más gusto en los cumplidos que me dirigen; pero, así, me parece todo tan vacío…” No pudo acompañar a Haydn en su viaje a Londres, a pesar de la prometedora oferta que  había recibido del director de la ópera, porque carecía del dinero necesario. Y cuando los dos amigos se despidieron, Mozart le declaró llorando su presentimiento de que no volverían a verse.

 

Su producción decreció de un modo alarmante. Hasta mayo y junio no compuso sus dos últimos cuartetos y, desde entonces, nada hasta diciembre, cuando terminó una de sus obras más perturbadoras y dolorosas, el Quinteto en Re Mayor. Si descontamos el fastidioso encargo de una pieza para órgano mecánico y la orquestación de algunas obras de Händel para el barón Van Swieten, eso es prácticamente todo lo que compuso durante un año.

 

Nunca sabremos la causa de todo ese abatimiento, del desasosiego y la sequedad que aparecen en muchos pasajes de estas obras, incluso cuando la música parece fluir en ellas con la mayor facilidad. El trasfondo amargo de Così fan Tutte era ya un indicio, cuando menos, de infelicidad, pero no basta para explicar un derrumbamiento semejante. Lo único evidente es que el proceso fue muy doloroso y que le transformó. Sin esta crisis, esta noche oscura de 1790, nunca habríamos conocido al Mozart de La Flauta Mágica, del concierto para clarinete y del último concierto para piano, obras en las que sencillamente percibimos cómo la más absoluta belleza desciende sonriendo, sin el menor esfuerzo, sobre nosotros. ¡Qué diferencia con los esfuerzos sobrehumanos de Beethoven por sobreponerse y domeñar su tragedia personal con su energía de creador! Aquí, bien podemos decir que no queda ni rastro del hombre; que nada se interpone entre nosotros y la luz de lo completamente bello y bueno. Entendemos a Schopenhauer, cuando se refiere al poder de la música para revelar, sin conceptos, la realidad subyacente al mundo. Sólo que difícilmente atribuiríamos ese poder a una música distinta de ésta.

 

Esto último explica también que, aunque La Flauta Mágica sea una obra llena de ideas y aunque haya indicios para suponer que el propio Mozart intervino, más aún de lo habitual, en la formación del libreto, los conceptos que se ponen en boca de los personajes, como decíamos al principio de este trabajo, tomados del acervo intelectual masónico, apenas tengan importancia, comparados con el contenido verdadero, que está en la música y que pertenece al ámbito de lo inefable. Al escucharla, sentimos que “sobre aquello de lo que no se puede hablar” según la frase de Wittgenstein, Mozart canta.

 

Aria de Pamina

 

La Flauta Mágica desarrolla una historia simbólica de búsqueda y aspiración hacia lo alto, de purificación y acceso, a través del amor, a la verdadera Sabiduría, que es el Amor. La fuente de que se nutre su pensamiento es el platonismo, tal como ha pervivido a lo largo de siglos de cultura europea. Así, el primer paso de la ascensión de Tamino es el embeleso que le provoca la belleza de Pamina cuando contempla su retrato. Es decir, Tamino se siente atraído en primer lugar por una imagen de una imagen de la verdadera belleza. En el siguiente estadio, según Platón, ya no habrá de contentarse con la belleza que reside en un solo ser y, por eso, a partir de un cierto momento de su iniciación, se mostrará dispuesto a renunciar incluso a la propia Pamina para proseguir su búsqueda.

 

Pero, aunque los protagonistas de este proceso, Pamina y Tamino, están, cada uno, bien definidos musicalmente, desde el principio se conciben como pareja y, aun antes de conocerse, ya saben que se pertenecen. Da la impresión de que, del mismo modo que la pareja formada por Papageno y Papagena en relación a una humanidad todavía elemental e ingenua, Tamino y Pamina simbolizan el lado femenino y el masculino del género humano en su anhelo de absoluto. Los dos deben, por tanto, recorrer un camino misterioso, al final del cual alcanzarán una revelación, pero cada uno lo hará de modo diferente.

 

Según el principio de iniciación que es común a todas las religiones mistéricas, incluyendo el cristianismo en su vertiente mística, así como el misticismo islámico y el judío, la purificación, la renuncia de sí y el abandono de los deseos, son un paso previo al conocimiento. Lo que se conoce como purificación activa es la ascesis, en la que la voluntad se niega conscientemente a sí misma. Esta es la vía que sigue Tamino al afrontar las sucesivas pruebas y en la que necesariamente debía fracasar el jovial y bonachón Papageno, aún menos afín al ascetismo que Sancho Panza. Pero existe un segundo camino, considerado más perfecto, que a veces se alcanza en una segunda fase y que se conoce como purificación pasiva. En ésta, el sujeto ha perdido ya las riendas, no tiene poder de elección, sino que se convierte en objeto inerte de todo el proceso. Se adentra entonces en lo que los contemplativos llaman la noche oscura, a través de la cual es conducido al más absoluto vacío interior.

 

Este es el camino destinado a Pamina. No se puede interpretar de otro modo su maravillosa aria del segundo acto que como una suprema experiencia de aniquilamiento en el sinsentido, la desolación y el abandono, hasta el punto de hallarse dispuesta a morir en silencio, sin ningún gesto heroico, en medio de un sufrimiento sin esperanza en el que ya no se sabe ni se comprende nada, excepto lo mucho que  se continúa amando.

 

 

Der Hölle Rache

 

Sobre los demás personajes femeninos de la ópera, la Reina de la Noche y sus damas, caben distintas interpretaciones, aunque ninguna realmente definitiva, hasta el punto de que lo único realmente seguro sobre estas figuras es su ambigüedad. Pero quizá sea éste, precisamente, como veremos en seguida, un rasgo revelador.  

 

Las dos explicaciones más habituales parecen excesivamente reduccionistas. La primera es la que pretende que se trata de símbolos del Antiguo Régimen,  fundado en la existencia de privilegios y desigualdades que, a la luz de la nueva mentalidad ilustrada, resultaban irracionales y antinaturales (nótese bien que para estos ilustrados la desigualdad en sí no sería un problema, con tal de que pudiera considerarse “natural”, como por ejemplo, la que ellos basaban en las cualidades personales, la cultura, el sexo o la raza). Pero lo cierto es que, a lo largo de toda su vida, Mozart no dio señal, que nos haya llegado, de interés alguno por la política. Sus reflexiones profundas eran intemporales y referidas a la esencia del ser humano.

 

La segunda interpretación, que ve en el mundo de la Noche, habitado por la Reina, una alegoría del Mal, el Engaño y el Odio, frente al reino luminoso de Sarastro, símbolo del Bien, la Verdad y la Fraternidad, no puede explicar por qué muchos elementos buenos tienen su origen precisamente en la esfera de  la Reina.

 

Ciertamente, la Reina gobierna en un universo de apariencias engañosas entre las que Tamino se extravía y de las que sólo consigue librarse avanzando por un camino de purificación; pero, de acuerdo a la interpretación de la ópera que estamos dando, esos engaños (o ilusiones) no tendrían su origen en ningún mal absoluto, sino en la inconsciencia propia del mundo material. Si convenimos en que toda La Flauta Mágica describe un proceso ascendente desde la materia al espíritu, sería lógico considerar a la Reina como una representación de la naturaleza inconsciente entregada por entero al impulso vital y a las leyes físicas.  Para esto cuenta, en realidad, con todos los atributos: es femenina y fértil como han sido siempre las divinidades asociadas a los cultos telúricos, las diosas madres; se abandona fácilmente a sus emociones (el dolor ante el recuerdo de su hija, el entusiasmo con que nombra a Tamino su paladín, la loca exaltación con la que ordena la muerte de Sarastro); y  produce indistintamente el bien y el mal. No hay ninguna razón para dudar de la espontánea bondad con que sus tres damas salvan a Tamino o para desconfiar del natural encanto de éstas. Tampoco hay atisbo de maldad en las conmovedoras súplicas que dirige a Tamino. Por lo demás, personajes tan positivos como Papageno, los tres muchachos y la propia Pamina, así como instrumentos tan adecuados para el bien como la flauta y las campanillas mágicas, proceden del mundo de la Reina. 

 

Añadamos a esto que la ambivalencia de la Reina presenta un carácter claramente dionisíaco: igual que Dionisos, la Reina gobierna un universo cuyo motor es el impulso ciego e irracional; su medio, como el de Dionisos, es la noche; su instrumento, significativamente, la flauta; igual que el joven dios, la Reina presenta un rostro a veces amable y, a veces, terrible; así como Dionisos era afeminado, vestía de mujer y se acompañaba de un séquito de mujeres, ella es mujer y se comporta en ocasiones con el furor “báquico” de una ménade (toda el aria en que conmina a Pamina para que asesine a Sarastro, parece un trasunto de la madre de Penteo, poseída por Dionisos, a punto de despedazar a su hijo). Finalmente, no olvidemos el poderoso vínculo que el culto de Eleusis establecía entre Dionisos y Démeter, la diosa de la tierra, desgarrada también por el secuestro de su hija Perséfone. Si supiéramos algo más acerca de la reconciliación entre Dionisos y Apolo, que formaba parte fundamental de este culto, y del papel desempeñado por Orfeo en los misterios dionisíacos, quizá entenderíamos mejor el paso de tantos elementos del mundo de la Reina al de Sarastro.

 

                                      Tamino mein!

 

Toda la música asignada a Pamina desmiente una y otra vez el papel subordinado que reservaban a la mujer los ilustrados masones del templo de Sarastro que ni siquiera pensaron en hacerle participar de las pruebas a las que someten a Tamino. Ya la hemos visto en su aria del segundo acto descender a las simas del dolor, mucho más lejos de lo que su firmeza de asceta conduce a Tamino. En el terceto con Sarastro y Tamino, la joven expresa conmovedoramente el anhelo de una inalcanzable felicidad, a la vez que una resignada aceptación del orden del mundo que produce en ella tesoros de dulzura. En su escena con los tres muchachos asume una dimensión trágica que no posee ninguno de los demás personajes.

 

Finalmente, cuando se presenta ante Tamino en el momento crucial de la última prueba diciéndole “Yo misma te conduciré; el amor me guía”, y cuando, a continuación, inicia la marcha delante de él, protegiéndole de los peligros simbólicos del fuego y del agua, Mozart confiere con toda evidencia a su amor, acrisolado por el sufrimiento, el carácter de un impulso instintivo hacia lo alto, en la fuente de toda sabiduría.

 

Alberto Rubio (Profesor de Música)

 

 

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