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¿QUÉ ES LA SEXUALIDAD? ¿PARA QUÉ UNA EDUCACIÓN SEXUAL?

Como especie, el ser humano posee una serie de mecanismos y de funciones que persiguen su conservación. Alimentarse, cuidarse, reproducirse son algunos ejemplos de ello. Se trata de elementos fundamentalmente biológicos que transmitidos genéticamente, generación a generación, persiguen el mantenimiento de la especie. Estas cuestiones, comunes a todos los seres vivos, toman una condición especial y distinta en los seres humanos, condicionados no sólo por cuestiones genéticas sino también por los elementos culturales que vienen a ser algo así como su forma última de subsistencia. De esta manera, la necesidad de alimentarse, cubriéndose sus elementos mínimos necesarios, se convierte en algo cualitativamente distinto al trasformarse en gastronomía. Lo que en principio podemos definir como una necesidad biológica se convierte en un medio de expresión cultural y social y, en muchas ocasiones en un medio de satisfacción personal. Este mismo proceso se repite en todo el abanico de necesidades "primarias" humanas, probablemente porque la condición humana, basándose en sus elementos biológicos, solo es posible definirla en relación con el entorno social y cultural en donde se desarrolla y toma cuerpo.

La conducta sexual humana no sólo no es una excepción de este planteamiento sino que con toda probabilidad es posible entenderla como paradigmática para comprender la relación entre lo biológico y lo cultural que define al ser humano. La sexualidad humana posee unos códigos biológicos definidos genéticamente, la estructura y la disposición de los órganos genitales responden de una forma perfecta a la función reproductora, la fisiología de la sexualidad está destinada al mismo fin.... A pesar de todo ello, la sexualidad humana trasciende totalmente su función biológica y cobra un sentido distinto al definirse como la relación más íntima entre personas, siendo uno de los ámbitos donde la comunicación y la expresión de afectos pueden alcanzar el máximo grado de profundidad.

En las manifestaciones individuales de la sexualidad intervienen los modelos culturales donde valores y conceptos quedan definidos por la estructura social, las formas de producción y los modelos sociales. Lo sexual-reproductivo es un aspecto central de los modos de organización social en toda cultura.

Como ejemplos de la importancia de la sexualidad podríamos decir que en determinadas culturas y religiones, el acto sexual era considerado como la expresión máxima de lo humano e incluso como la expresión más perfecta de lo divino. Por lo negativo, esta importancia se expresa en otras culturas por el celo con el que se limitaba y se controlaba la sexualidad de las personas. Si no se hubiera tratado de una cuestión vital, para qué gastar tantas energías en restringir la sexualidad en culturas como la victoriana o en religiones como la católica.

Puede ser conveniente, una vez aclarado que lo sexual va más allá de las cuestiones biológicas y que está definido por los condicionantes culturales de la sociedad en la que se realiza, establecer la diferencia entre dos términos que se confunden con frecuencia. Se trata de la sexualidad y de la genitalidad. Este último, técnico y poco extendido, hace referencia a lo concerniente al acto sexual, sus formas, estilos, prefacios, epílogos, etc. La genitalidad solo es una forma de sexualidad. Habitualmente para hablar de estos asuntos se emplea el termino sexualidad que funciona como sinónimo de genitalidad adulta.

La sexualidad no sólo hace referencia a un campo más amplio que al acto sexual, "coital", también incluye una amplia gama de experiencias corporales y sensoriales placenteras. Según esto, podríamos definir como sexualidad la realización de actividades que generen placer en los ámbitos corporales y sensoriales. Dentro de esta definición podemos incluir actividades como las caricias, los besos, las cosquillas o el masaje y no conducentes necesariamente al acto sexual, al igual que determinados olores, miradas, tonos de voz y expresiones. La vivencia de la sexualidad corresponde al mundo de la multisensorialidad.

Si os dais cuenta, acabamos de realizar dos valoraciones de orden cultural para acercarnos al concepto de sexualidad. La primera está relacionada con una concepción tradicional que pasaba por definir el único atributo de la sexualidad en el orden biológico, entendiéndose aquí como único objeto de esta esfera de lo humano, la función reproductora. El único objetivo lícito de la conducta sexual es la reproducción, teniéndose como "antinatural" cualquier otra instrumentación de la sexualidad. El segundo argumento expuesto hace referencia a la definición de lo sexual de una manera excluyente hacia las formas adultas de la misma, negando la existencia de otras posibles manifestaciones de este fenómeno, por ejemplo las que aparecen antes de la pubertad. Quizás sea oportuna aquí la aclaración de que si bien a lo largo de este documento vamos a apostar por una concepción clara y definida de la sexualidad y de sus manifestaciones nos proponemos plantearla de una forma abierta y flexible, salvando cualquier posible dogmatismo pero, eso sí, asumiendo un planteamiento relativista tanto con nuestra fórmula como con otras posibles que puedan ir apareciendo a lo largo de estos Materiales para la Formación y el Debate.

Volviendo a la aproximación del concepto, otra característica de la sexualidad es la de cumplir múltiples funciones incluso simultáneamente. Por la sexualidad se satisfacen necesidades biológicas, comunicativas, afectivas, sociales y culturales.

En el orden biológico, la sexualidad cumple una función energética reguladora que debe añadirse a la de la reproducción. En este sentido podemos citar a modo de ejemplo la formulación que realiza el psicoanálisis de la sexualidad como un instrumento para la liberación de tensión e inseparablemente generador de placer. Este es un planteamiento básico que se inscribe en una concepción mucho más compleja y que excede nuestro marco de discusión, pero que debe ser tenida en cuenta para entender cuestiones como la sexualidad infantil, los ciclos que componen la respuesta sexual humana, o la intervención de los biorritmos en la frecuencia de relaciones sexuales.

Desde el ángulo de la afectividad y de la comunicación, la sexualidad permite a las personas un grado de expresividad y de interacción insuperable. Fundamentalmente cuando las actividades sexuales no están marcadas por cuestiones morales y culturales que las limiten y las ensombrezcan. Esta vertiente de la sexualidad no es una variable exclusiva de la sexualidad realizada entre dos personas, es igualmente válida para el autoerotismo, donde también hay lugar para la expresión de los afectos.

En el sentido personal, la sexualidad aparece como un ámbito fundamental para la percepción que cada persona tenemos de nosotros mismos. Por un lado, en lo que respecta a la identidad sexual, ésta tiene un peso importantísimo en la concepción que cada uno tiene de sí mismo. A esta cuestión, que aparece a edades muy tempranas y que repercute enormemente en la forma de entenderse a los niños y las niñas, hay que sumarle las consecuencias que para personas de todas las edades tiene el uso de su sexualidad. Por supuesto esta percepción está íntimamente ligada al concepto de sexualidad que cada uno tenga, pero siempre incide en sentimientos valorativos de grado de competencia, aceptación, proximidad con otras personas, etc. En función de cómo ejercemos nuestra sexualidad recibimos de nosotros mismos una imagen concreta y significativa de cómo somos.

A todas estas variables, se le suma la social. Aunque definamos la sexualidad como algo que pertenece al ámbito privado de nuestras vidas, la estructura social a la que pertenecemos marca de una manera determinante cómo realizamos y vivimos nuestra sexualidad. Los mitos, los prejuicios, los estereotipos, los roles, son cuestiones que modelan significativamente los usos sexuales de todo grupo, sea cual sea el momento histórico y la sociedad donde se encuentre. Al mismo tiempo, todos hacemos un uso social de nuestra sexualidad. Además de las experiencias íntimas que la conforman, con respecto a las personas que nos rodean, nuestra sexualidad cobra múltiples significados. Desde las relaciones de poder que se establecen en este ámbito de la pareja a la forma de hablar de sexo con nuestras amistades incluyendo también una cuestión extensamente analizada en los últimos años: la seducción como instrumento de relación social.

Todas estas variables que definen la sexualidad de cualquier persona se constituyen a la vez como determinantes y a veces como frenos de la sexualidad. Así, podemos decir que la sexualidad está condicionada por factores de orden biológico, afectivo, relacional, social y cultural, determinantes inevitables que modelan la sexualidad humana pero que en ocasiones pueden estrangular en exceso e incluso amputar la sexualidad individual. Probablemente una de las funciones de la educación sexual sea la de ayudar a percibir las características, en todos estos ordenes, que configuran la sexualidad de todos y cada uno de nosotros y tratar de impedir que cualquiera de estas cuestiones se constituya en un factor de limitación y frustración en nuestra vida sexual.

Adentrándonos ahora en el mundo de la educación sexual, quizás sea importante detenerse a meditar en las consecuencias que deseamos para este tipo de educación. En este orden de cosas quizás debamos aplicar una pregunta que atañe a todo proceso educativo: ¿transformar o reproducir?. ¿Deseamos dar a nuestros hijos e hijas una educación en el terreno de la sexualidad que perpetúe los esquemas y las vivencias existentes, cargados de tabúes, prejuicios y limitaciones, o pretendemos que sus aprendizajes les permitan encontrar otras formas de satisfacción y de expresión?. La pregunta no es baladí. De la respuesta que demos dependerá la posibilidad de fomentar en nuestros hijos una determinada actitud de ellos mismos hacia la sexualidad y en definitiva hacia sí mismos. Desde este planteamiento debemos tener claro que siempre existe una educación sexual, aunque a veces se pretenda hacer creer que es posible no realizarla. Incluso cuando en una casa, en una familia, en una sociedad, a los niños y a las niñas no se les habla de sexualidad, se les está dando información sobre ella: es algo malo, algo sucio sobre lo que debemos evitar hablar. A veces, desde la posición de padres y madres, el silencio como respuesta ante la sexualidad aparece como fruto de inseguridades personales y con la idea de que si el tema no se aborda puede que no se produzcan problemas, todo se desarrollará normalmente. "En definitiva a nosotros nadie nos explicó nada" es un argumento frecuente en muchas casas y en muchas A.P.A.s.. Nosotros, desde aquí, realizamos una apuesta clara por una educación sexual como un elemento importante para el desarrollo de la infancia.

Durante mucho tiempo la educación sexual estaba condicionada por una serie de factores que la definían como algo nocivo y causante de problemas. Vamos a hacer un breve repaso de algunas de estas cuestiones que Fernando Barragán realiza en su libro "La Educación Sexual, guía teórica y práctica", donde realiza una revisión de distintas experiencias de educación sexual en centros educativos. Este autor define dos momentos distintos de la educación sexual, previos a los planteamientos y programas actuales.

El primer modelo parte de tres premisas expuestas ya anteriormente: no existe la sexualidad infantil y juvenil; por tanto estas personas no piensan en el sexo; de lo que se deduce que no hay que hablar de ello. Estas tres premisas sustentan el llamado modelo represivo que justifica la ausencia de educación sexual, defendiendo que la información en este área despierta prematuramente el comportamiento sexual, siendo a todas luces este tipo de información negativo para las personas. Este modelo no quiere saber nada de todas las evidencias científicas que rebaten los argumentos en los que se sustenta, además de interpretar como patológica o enferma cualquier manifestación sexual en los niños y las niñas.

Con el tiempo, tanto las evidencias científicas como las cotidianas dieron lugar a que se desarrollara otra postura distinta ante la educación sexual, configurándose el llamado modelo preventivo, que plantea la educación sexual como una necesidad, para reducir los riesgos y las complicaciones de la sexualidad. Desde este punto de vista, la educación sexual debe ser una actividad de transmisión de información objetiva y científica, identificando conocimiento sexual con conocimiento biológico y definiendo sus objetivos como claramente preventivos. Este modelo, aún asumiendo la existencia de la sexualidad infantil y concediéndole un valor a la educación en este área del desarrollo, peca de resultar más informador que educador; de reducir la sexualidad a sus componentes biológicos, dejando a un lado los elementos afectivos, psicológicos y sociales que son en definitiva los que definen la sexualidad humana; y por último no deja de entender la sexualidad como un problema para el que hay que desarrollar recursos con los que paliar sus consecuencias. No se va más allá de prevenir los embarazos y las enfermedades.

Tanto el modelo represivo como el preventivo conviven actualmente en muchos espacios de nuestra sociedad. A pesar de que su aparición es distante en el tiempo, cada uno ha sobrevivido a distintas circunstancias en función de los intereses y valores de determinados grupos sociales.

Desde aquí queremos definirnos por un tercer modelo de educación sexual que apueste por un punto de vista comprensivo de los fenómenos que atañen a esta parte de la existencia humana, tratando de comprenderla de la manera más amplia y completa posible. Este tercer modelo incluye en cierta medida muchos de los aspectos del modelo preventivo, ya que consideramos de máxima necesidad realizar un aprendizaje suficiente de los riesgos que entraña la sexualidad y de las distintas formas de combatirlos. Sin embargo, la diferencia fundamental estriba en que la prevención no es con mucho el único objetivo de la educación sexual, y que consideramos necesaria la inclusión en este campo no sólo los elementos biológicos que la determinan sino también los elementos afectivos, emocionales y comunicacionales que dan forma a la realidad global de la sexualidad humana. Desde este nuevo prisma podemos definir como objetivo de la educación sexual la consecución del máximo de bienestar en este ámbito de la condición humana, tanto con uno mismo como con los demás, pudiendo utilizar la sexualidad como un medio de satisfacción y de comunicación:

Todo ello en un contexto donde entendamos la sexualidad como una parte, no poco importante, de la realidad humana, condicionada por elementos culturales y biológicos, que tiene una expresión particular en cada persona y que para cada individuo reviste unas características peculiares, que son en último extremo la manifestación de gustos, usos y elecciones personales y que como tales merecen respeto e intimidad. Respeto hacia las elecciones y conductas de los demás; intimidad desde el momento de que se trata de un ámbito de la experiencia privada.

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