Aurelio Miró Quesada

Era una húmeda noche de agosto de 1980, poco después de la restauración del sistema democrático en el Perú, cuando tuve la suerte de conocer a don Aurelio Miró Quesada Sosa ( 1907 - 1998 ). Venía con una carta de recomendación firmada por un funcionario amigo de la Cancillería, y don Aurelio me atendió gentilmente en su despacho de la planta baja del venerable edificio de El Comercio, en el centro de Lima. No obstante ser yo apenas un primerizo estudiante de Historia, el catedrático emérito me concedió un buen rato para charlar sobe temas y personajes de común interés.

Más importante aún, ya entonces me franqueó el acceso como colaborador al decano de la prensa peruana y me recomendó que centrara mi atención en materias de la historia nacional. Después se repitieron esos encuentros vespertinos con don Aurelio, gracias a la amable complicidad de su hija Lucero, quien por entonces lo ayudaba en la oficina. Recuerdo que cierta vez le manifesté mi euforia por haber conseguido, en una librería antigua, algunas de sus obras publicadas en los años 1930 y 1940, y él me firmó una dedicatoria que me describía como " investigador de la literatura y de la historia " ( una calificación que cuadraba mejor al propio don Aurelio ).

Guardo particular memoria de la entrevista que tuvimos poco antes de mi largo viaje de estudio e investigación a España, a comienzos de 1984. Una carta de recomendación de don Aurelio me permitió acceder con liberalidad a la biblioteca de la Real Academia de la Historia, en Madrid, y creo que otras letras suyas facilitaron mi acercamiento al profesor Juan Pérez de Tudela, de la Universidad Complutense de Madrid, que vino a dirigir mi tesis doctoral allí. Cuando me despedía en su despacho de El Comercio, dijo en tono benevolente: " siga usted mandando sus colaboraciones al diario, pues tiene buena pasta para la historia y el periodismo...".

Animado por tan generosos comentario, he mantenido constante mi vinculación coin este gran periódico limeño. A partir de entonces se reforzó, además, mi relación personal con don Aurelio, con su familia y con España. En cuanto a la madre patria, debo mencionar especialmente la acogedora ciudad de Montilla, en la campiña andaluza, donde el Inca Garcilaso de la Vega residió por treinta fructíferos años en el siglo XVI.

Coincidí en septiembre de 1993 con Aurelio Miró Quesada, Franklin Pease y varios otros intelectuales de primera talla en las IV Jornadas del Inca Garcilaso, realizadas bajo el auspicio del Excmo. Ayuntamiento de Montilla en la propia Casa del Inca. Como si fuera un alter ego del cronista cuzqueño, don Aurelio relataba con minucia y emoción los detalles de su estadía en esa señorial morada, donde había combinado la dedicación a los caballos y la guerra con la lectura de los clásicos y los escritores del Renacimiento. Acompañado de su esposa y de su hija Beatriz, el académico peruano fue laureado como miembro de honor de la Cofradía del Vino de Montilla, en una curiosa y alegre ceremonia.

Nuestro contacto personal se intensificó durante los últimos años en torno al Inca Garcilaso y a Montilla. Una reseña mía en El Comercio ( 21 de Septiembre de 1994 ) se dedicó ala cuarta edición de su exitoso libro El Inca Garcilaso, y en abril de 1996 contribuí al establecimiento de una sociedad hispano-peruana de buena voluntad, la Asociación " Amigos de Montilla ", en la cual don Aurelio asumió la presidencia de honor. Me recibió otra vez en su despacho del centro de Lima, junto al Embajador Jaime Cáceres Enríquez, para firmar a la cabeza de los miembros de dicha Asociación.

Estuve invitado por el doctor Miró Quesada y su familia en las reuniones que se hicieron para celebrar sus dos últimos cumpleaños, en 1997 y 1998. Más recientemente, el 28 de agosto pasado, intervine en el acto de homenaje que le rindió con toda justeza la Biblioteca Nacional del Perú. Manifesté en esa ocasión que don Aurelio era sin duda el " príncipe de los garcilasistas ", el más profundo conocedor de la vida y la obra del cronista mestizo. Y creo que este término puede servirle de timbre de gloria permanente hoy, cuando ha abandonado el terrenal mundo, porque del Inca Garcilaso heredó nuestro moderno amauta Aurelio Miró Quesada las mejores virtudes: su ánimo sereno, su espíritu humanista, su pluma elegante y, sobre todo, su profundo amor al Perú.

Teodoro Hampe Martínez

Escritor. Profesor de la Universidad Católica del Perú.




volver al sumario