Aprendiendo en la aventura de vivir.

A lo largo de los últimos diez años, he tenido la fortuna de acompañar a Miguel de la Quadra-Salcedo y sus jóvenes expedicionarios en tres ocasiones diferentes: en su primer viaje a la Isla de Guanahaní, en el viaje por el Amazonas, y en la expedición por los Andes. A lo largo de esos años, la empresa ha variado de patrocinadores, su organización ha progresado y mejorado de manera notable, sus itinerarios han sido diferentes, pero sus objetivos generales, sus metas, sus virtudes -- aunque también quizás sus defectos y, sobre todo, sus peligros -- y sus logros sustantivos, han sido los mismos, y siempre, creo yo, superando todas las dificultades, que fueron muchas, logró lo más importante. Haber sido testigo de ese esfuerzo y de esos logros, me ha permitido entender lo mucho que aún queda por aprender en esa tarea tan arriesgada que es educar.

El hecho de que la actual Ruta Quetzal-Argentaria haya sido declarada " de interés cultural universal " por la UNESCO, garantiza el valor intrínseco del proyecto que ha llevado adelante Miguel de la Quadra-Salcedo, con un entusiasmo siempre en pleno florecimiento, desde el primer momento, lo que, en definitiva le ha hecho vencer todas las muchas dificultades, hasta alcanzar el éxito indiscutible que el proyecto merecía.

Sería imposible decir en pocas palabras los muchos valores que yo aprecio en este proyecto que, año tras año, alcanza a ser una realidad de manera casi milagrosa. Me ceñiré únicamente en lo que, para mí es el núcleo más destacable del proyecto: la enseñanza de lo que significa el vivir: ¡ una pura aventura ! Cuando la educación formal en su proyección académica más tradicional puede ser -- y de hecho es, por desgracia -- la más aburrida y adocenada del mundo, las proyecciones prácticas que ponen en contacto a los jóvenes expedicionarios con la naturaleza de los lugares más insólitos de España y América, les sabe infundir la imprescindible curiosidad que la aventura requiere, haciéndoles que la realidad sea para ellos del más grande colorido, plena del perfume y el tacto de lo nuevo.

Pero la aventura es siempre y por encima de todo, una aventura humana. El hecho de que chicos y chicas de 16 y 17 años vivan durante varias semanas las inevitables irregularidades que paisajes nuevos, nuevos medios de transporte, climas inéditos y circunstancias imprevistas pueden proporcionar, ofrece a esos jóvenes situaciones que nunca, en sus vidas ordinarias, podrían imaginar. Pero, además, ellos mismos se abren, quizás por primera vez, a contactos culturales y personales absolutamente originales. ¿ Cómo es y cómo se expresa un indio mapuche o n muchacho polaco, frente a un juvenil gaditano ? La vida diaria con chicos y chicas de otras culturas les dirán que muchas de sus reacciones son semejantes, al tiempo que principios que ellos creían inconmovibles y " naturales " no lo son tanto o no lo son en absoluto, para esos nuevos compañeros y compañeras que el destino les ha deparado. La consecuencia, ésa sí será natural: aprenderán a ser tolerantes, a tratar de comprender antes de hacer afirmaciones que quizás puedan ofender a aquellos que tienen a su lado por primera vez.

La aventura va aún más allá: la aventura es aprender que la solidaridad y el compañerismo valen mucho más que las prendas o los bienes adquiridos en un supermercado, sin que fuesen necesarios y muchas veces, ni siquiera deseados verdaderamente. Quién sabe si una sociedad nueva, más honesta, menos viciada por las ambiciones de los adultos, se está fraguando en estos viajes aventureros. Es muy posible que ese proyecto tan " loco ", sea el remedio de muchos de los males que nos abaten sin razón cotidianamente y frente a los cuales, no sabemos qué hacer. Ojalá que ese espíritu aventurero cunda por todas partes y la hermandad forjada en uno de esos viajes, se difunda para construir esa nueva sociedad de mañana.

José Alcina Franch Arqueólogo Universidad Complutense de Madrid




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