
Por Eduardo Velázquez y Juan Pablo Bellido.
Día 24 de Septiembre de 1993, viernes. Nos pusimos en marcha a las seis de la mañana, tras un fugaz desayuno compuesto de frijol cocido, tamal chiplín y una especie de bollo dulce al que llamaban pan. Nos levantamos con la ilusión de protagonizar una gran aventura: subir al volcán Pacaya. Nos comunicaron que una ciudad había sido evacuada en las faldas del mismo, en previsión de una posible erupción. Era peligroso, aunque, de todas formas, Miguel de la Quadra-Salcedo, nuestro Expedicionario Jefe, siempre creyó en esta aventura; y es que, de esta forma, tendríamos la oportunidad de convivir con el miedo, el riesgo y la emoción que, sin duda, nos producía la idea de poder ascender a un volcán en erupción.
El Volcán Pacaya está a 35 kilómetros de la capital de Guatemala. Su altura es de 2.500 metros, es muy activo, y presenta una erupción explosiva de Norte a Sur; por lo que tuvimos que emprender nuestra aventura por la cara norte. La ascensión fue dura, muy dura. Pero el gusanillo de la aventura empezaba a llenar nuestro espíritu, y nos dio fuerzas para coronar la cima. Según ascendíamos, iba apareciendo un ligero cansancio que, en ocasiones, se convertía en auténtico agotamiento, debido a la falta de oxígeno. De repente, la densa vegetación tropical que nos rodeaba, desapareció, dando lugar a una impresionante muestra de piedras volcánicas, que tornaban de gris todo aquello cuanto nos rodeaba.
Cuando nos disponíamos a emprender el último tramo del volcán, empezó a llover furiosamente, lo que dificultó en gran medida nuestra ascensión. Las piedras, al contacto con el agua, se volvieron contra nosotros: un resbalón sería fatal. Pero el cráter del Volcán Pacaya era ya una realidad, tras una hora entera de fatigosa subida, resbalando continuamente en la tierra oscura formada por pedruscos porosos de lava mutilada. La boca del infierno estaba a menos de treinta metros.
De repente, un temblor de tierra y una impresionante explosión, nos heló la sangre: el gran volcán nos daba la bienvenida. Un centenar de proyectiles rocosos, de todos los tamaños, silbaron en el aire, para caer luego muy cerca de nosotros. Nadie era capaz de moverse. La Madre Tierra, nos había fascinado una vez más. La tormenta se volvió más violenta, y allá en lo alto, luchábamos contra el viento, por mantener el equilibrio. Los elementos de la naturaleza se presentaron ante nuestros ojos: aire, tierra, agua y fuego.
A espaldas del cráter, que rugía y se convulsionaba en repentinos estallidos, la ladera descendía hasta las húmedas y fértiles tierras cercanas al Océano Pacífico, extendidas como una verde alfombra hasta la costa, oculta por la bruma pero presente allá lejos. Las nubes deshilachadas tapizaban el paisaje, haciendo guardia, como ángeles empapados, al majestuoso volcán, al que la naturaleza entera parecía rendir pleitesía. Mientras, los pocos expedicionarios que aún permanecíamos allá en lo alto, cobijábamos la sana esperanza de no ser alcanzados por alguno de aquellos misiles incandescentes, vomitados desde las mismas entrañas de la Tierra. Pero el bombardeo se hizo más intenso, y el suelo parecía querer abrirse bajo nuestros pies; junto al cráter no había refugio alguno, por lo que había que emprender rápidamente la huida. Como si de un ataque aéreo se tratara, decidimos escapar vertiginosamente por la falda de la montaña, sin reparar en su altura y, menos aún, en su pendiente. La precipitación por abandonar aquel infierno, convirtió el descenso en una de las mayores sensaciones de nuestra vida, al dejarnos caer por la ladera, casi como esquiadores de un gran slalom, aunque sin esquís y, por supuesto, sin nieve.
Una vez abajo, miramos al Volcán de la misma forma en que un hijo mira a su madre. Conmovidos ante su majestuosidad, comprendimos que el volcán, irreductible y poderoso, nos había permitido compartir, desde sus alturas, el preciado tesoro de sentir el latido de la Tierra, el pulso fiero y desatado de los elementos. Casi sin mediar palabra, regresamos al campamento, y tras una frugal cena, nos enfundamos en nuestros sacos de dormir. Aquel día, una treintena de expedicionarios tuvo la oportunidad de sentir en sus mejillas, el calor fraguado en las entrañas de nuestro planeta; aquel día, muchos de nosotros comprendimos la insignificancia del hombre ante la magnitud de La Tierra; aquel día, el Volcán Pacaya nos enseñó a ser libres.