OTRA ALTERNATIVA EN LOS VIAJES DE AVENTURA

Pedro Álvarez López, Vigo (ESPAÑA)
Delegado de la Asociación Jóvenes Aventureros


Recientemente leía un artículo donde su autor, Wilson, afirmaba que una nación poseía tres riquezas: la material, que todos comprendemos y que todos deseamos alcanzar, incluso supervalorándola; la cultural, que engloba nuestro patrimonio histórico, artístico y literario, nuestra identidad como pueblo; y, por último, la que permanece completamente desconocida, y quizá por eso sea la menos apreciada: la riqueza biológica. Y es que los millones de años de evolución mediante ensayo y error, dispersaron por todos los rincones de la biosfera una reserva de documentación genética insustituible, que apenas hemos explorado y que guarda las soluciones a múltiples problemas que afectan al bienestar humano: fármacos contra enfermedades, nuevas especies comestibles de gran rendimiento y controladores biológicos como sustitutos de insecticidas, son algunas de las aplicaciones que obtendríamos de un mayor conocimiento de los organismos vivos.

El hombre, desde los estados más tempranos de su evolución, ha estado en contacto directo con el medio natural. Ha sido en él donde creció como especie biológica y de donde, durante varios miles de años hasta llegar a nuestros días, obtuvo comida, refugio y seguridad. Como resultado, la sociedad humana actual, alejada del ambiente en que vivieron sus antepasados, muestra una predisposición genética hacia él y hacia todo lo que él engloba; es lo que los científicos llaman biofilia. Esto significaría que para que una persona pudiese disfrutar de una calidad de vida aceptable, necesitaría destinar parte de su tiempo a establecer un contacto con la Naturaleza: pasando en ella sus ratos de ocio, practicando deportes al aire libre o, simplemente, observándola. El hecho de que una familia medianamente acomodada, que viva en un núcleo urbano, trate de comprarse una casa en las afueras de la urbe, buscando la tranquilidad y satisfacción que le produce el contacto con el campo o, el auge que está teniendo en los últimos años deportes como el senderismo, son buenos ejemplos de biofilia.

Es posible que esta tendencia, también haya ayudado a definir los viajes de Aventura´92 y Ruta Quetzal hacia algunas de las zonas más exóticas del planeta. En todos ellos, el contacto intenso y continuo con la naturaleza fue uno de sus rasgos característicos aunque, paradójicamente, en contadas ocasiones fuese su objetivo prioritario. Lo normal fue buscar una "disculpa" en la riqueza cultural (restos arqueológicos, costumbres ancestrales...) para acercarnos a la riqueza biológica.

Sin ánimo de restarle importancia a nuestro patrimonio cultural, pienso que la exploración y acercamiento a la biodiversidad, junto con el estudio de sus procesos biológicos, podría y debería ser un fin en sí mismo en los viajes de aventura, comparable por ejemplo, a la visita de un templo maya. Los organismos vivos constituyen una parte muy importante de la herencia de un país, al igual que lo son las peculiaridades de su lengua y su cultura. Si alguien propusiese eliminar, la Catedral de Santiago de Compostela o la Mezquita de Córdoba, todos y con razón, nos opondríamos a ello. Pero, cuando se trata de la destrucción de un hábitat biológicamente inexplorado, de una elevada riqueza faunística, y con posibles endemismos todavía no descritos por la ciencia, además de cientos de especies sin estudiar, muy pocos serían capaces de comprender la magnitud de tal desastre. Pero el caso es que la pérdida de biodiversidad representa el proceso más importante de cambio ambiental, ya que se trata del único que es completamente irreversible: el agua contaminada podríamos depurarla, el aumento de temperatura debido al efecto invernadero podríamos corregirlo si redujésemos las emisiones de gases que lo causan, pero para recuperar una especie extinta, requeriríamos de una evolución de miles de años y, en todo caso, la nueva especie que se crease, sería distinta a la que se extinguió. Desde que una especie muere, la información genética contenida en su ADN se pierde y, con ella, las soluciones que tras millones de años de evolución había logrado contra las presiones selectivas de su ambiente. Y lo peor de todo es que ni siquiera podemos cuantificar la importancia de esa pérdida, ya que el conocimiento que tenemos de la biota terrestre (conjunto amplio de formas vivas) es tan limitado que, por lo general, no sólo no disponemos de una idea aproximada del número de especies que viven en un territorio, sino que de las ya conocidas (salvo que les hayamos dado un valor económico) lo único que sabemos de ellas es un nombre latinizado que les dio un autor, probablemente, hace más de cincuenta años.

Cuando en la Ruta Quetzal me paseaba por las selvas de Centroamérica recorriendo las ciudades mayas, y veía a mi alrededor cientos de especies arbóreas sin que las pudiese reconocer ni nombrar, sabiendo que sus bóvedas contenían hasta millones de especies distintas de insectos, la mayor parte de ellos todavía no descritos por la ciencia, me preguntaba por qué estando en una de las zonas con mayor diversidad biológica del planeta, no destinaban al menos un ratito para enseñarnos y explorar esos tesoros que deberían estar considerados como el patrimonio más importante de la humanidad. Lo malo es que mientras no seamos capaces de valorar correctamente la riqueza biológica, ni le dedicaremos el tiempo necesario que requeriría su estudio, ni buscaremos los medios de conservarla inalterada para que lo hagan las generaciones futuras.

Sin intención de ser pesimista, incluso el propio símbolo de nuestra expedición, el quetzal, está sufriendo una presión por la reducción y fragmentación de su hábitat que, ojalá me equivoque pero, de no cambiar la tendencia, su futuro se verá restringido, al igual que ocurrió con tantas otras joyas biológicas, a los parques zoológicos o a los especímenes depositados en museos (que en términos de biodiversidad es lo mismo). Esperemos que al menos en el caso del quetzal, por tratarse también del símbolo de Guatemala, las autoridades tengan una consideración especial.