Un murmullo atronador invadió la serena calma del sueño en mitad de la noche; falto de piedad, penetró en mis oídos, y en cientos de oídos, miles tal vez, amedrentados ante la sobrecogedora fuerza capaz de destruir, de borrar del aire los sonidos nocturnos, cadenciosos...
Era víctima de una pesadilla, o quizá, de lo más recóndito de mi conciencia, surgía un patético coro de voces que pugnaba, desde el pensamiento, por desbordarse a la realidad. El inimaginable caos se hizo cierto, se confundió el sueño con el mundo palpable, el aliento... La respiración ahogada... Extendí la mano, y apareció el agua... ¡Agua!
Desperté entonces, un tibio consuelo recorrió mi mente al vislumbrar, en medio de la oscuridad, el interior de la tienda, pero el horror de mis sueños pudo distinguirse de nuevo, incesante y nítido, acechando sin tregua tras la endeble lona. ¡Lluvia! El cielo entero parecía desplomarse sobre la diminuta cúpula donde nos cobijábamos; eso que llamaba "lluvia" taladraba mis oídos con su apoteósico clamor, y mucho me equivocaría si no taladrase también el doble techo que protegía mi tienda de campaña. Permanecí unos segundos en silencio, sobrecogido, como mi compañero, como dos náufragos perdidos a la deriva, en medio de la tormenta más salvaje que jamás habíamos visto. Era una tormenta descomunal, una tormenta que reventaba el aire para sumir al mundo en el Apocalipsis de las fuerzas desatadas; una tormenta capaz de helar la sangre sin hacer diferencias entre los mortales. No parecía sino que un océano, rebelde e impetuoso, se hubiese dado la vuelta sobre la tierra, para abalanzarse, sin remordimiento, sobre el indefenso pedazo de mundo que ocupábamos.
Hubo un largo paréntesis de silencio entre nosotros: Alex y yo nos limitábamos a asistir, impasibles y aterrorizados, al terrible espectáculo del que el azar nos había elegido como testigos. Luego, miré el reloj, temeroso tal vez de ofender la voluntad de esa fuerza todopoderosa, creadora de aquel espacio aterrador sin tiempo ni sentido. Las 3:20... ¡Dios mío!, aquél era sólo el comienzo del fin, el prólogo tan sólo de una madrugada de catástrofe y horror...
La lluvia seguía desbordando nuestra lógica, enternecida y atontada por el solitario cabalgar, libre y destructivo, del agua sobre la tierra. Vinieron a mi memoria las imágenes de la caótica masa de nubes que cubría el continente, el inmenso mar de grisáceo algodón que sobrevolamos antes de aterrizar en Guatemala; no había duda: en aquel momento, éramos fagocitados por el desproporcionado monstruo que el huracán Gerta dejó tras de sí para barrer regiones enteras en un amasijo de agua y lodo. Sin sospecharlo habíamos sido devorados en mitad del silencio, para dirigirnos inexorablemente, hacia la profundidad de sus entrañas... Descargaba sobre el pálpito de nuestro asombro toda la fiereza, toda la voracidad de su afán destructivo.
En medio del caos, cuando se hacía irremediable el envío de truenos demoledores, "quiebracimientos", cuando comenzaron a estrellarse pedazos de cielo contra la lona de la tienda, se desató, hilarante e inexplicable, la ironía de todos aquellos quienes, como nosotros, padecían en silencio. Alguien, muy cercano, haciendo gala de un humor picante, gritó: "¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos!"
Y justo en ese momento, sentí bajo mi esterilla, el tacto frío y desapacible de un riachuelillo de aguas bravas que se había colado de imprevisto... No era de extrañar: bajo el suelo plastificado, un océano de agua dulce en toda regla, luchaba desde su presidio por levantar las piquetas y convertir nuestra tienda en un navío sin rumbo, en un mar momentáneo, sin horizontes...
Iñigo y Juanjo sabían sacarle punta a cualquier contratiempo, por tremendo que pareciese, sin embargo, la totalidad de la expedición, que se convertiría en una tropa de avezada marinería de la noche a la mañana - y nunca mejor dicho -, utilizó la náutica para afrontar con coraje y valentía los terribles designios de la naturaleza. Cientos de voces aisladas surgieron en la cruel monotonía de la lluvia, incapaz ahora de ahogar los sonidos, en medio de su clamor estridente. Zuriñe hacía surf en la esterilla allá, en el pedazo de océano reservado al Grupo 7, mientras que Helio perjuraba, renegaba y gritaba, pronunciando tacos impronunciables en portugués, y prometiendo al destino la falsa promesa de que jamás dormiría en tienda.
La curiosidad, cuando el ambiente comenzó a hacerse más distendido, me hizo presa y, primero con timidez, luego con inusitada decisión, abrí la cremallera de la puerta, para levantar luego el doble techo y dirigir una mirada de asombro al exterior. No pude distinguir nada, la tormenta sobrecogedora había convertido el mundo en una eterna sucesión de grises, de matices tenebrosos, donde ni siquiera una luz servía de faro, de guía, en medio del infierno paralelo que el agua dedicó esa noche a la expedición.
Cerré enseguida y, al instante, se levantó Joaquín, mi amigo guatemalteco: "Cuate, ¡qué lata de lluvia!". Joaquín siguió durmiendo; quizá nosotros también deberíamos haber tratado de encontrar ese sueño inalterable ante el mundo y las fuerzas desatadas de la naturaleza, aunque no resultó tarea fácil.