EXPEDICIÓN CÓNDOR

David Jesús Moscoso Sánchez


Después de mis últimas actividades en Asia Central y Marruecos, juré una cosa: el próximo viaje lo haría como en los viejos tiempos, es decir, solo, libre para poder vivir al completo cada uno de los segundos de esta experiencia única. Creo que para que una aventura sea considerada como tal en nuestros días, debe ser creada por uno mismo, como si se tratase de un juego, siguiendo eso sí, unos parámetros bien planificados.


Aunque sólo tenía 23 años, ya había viajado lo necesario, escalado suficientes montañas y vividas bastantes situaciones, como para saber maximizar bien mi tiempo y mis recursos. En esta ocasión me desplazaría a Bolivia, con el objetivo de ascender en solitario, sin la ayuda de porteadores, ni instrumentos de seguridad, a algunas de las cumbres más emblemáticas de la Cordillera Real de los Andes: el Illimani, el Huayna Potosí y el Pequeño Alpamayo.

Fueron varias las razones que me llevaron a desarrollar una actividad de esta manera. Quizás estaba un poco asqueado de escalar en lugares masificados, que no me permitían vivir con intensidad las sensaciones que aportan estos parajes en su estado más natural; por ello escogí Bolivia que, en este sentido, es más privilegiado que otros países más conocidos y visitados. Además, quería manifestarme en contra de la dinámica que impera entre las actividades que organizan muchos alpinistas y escaladores, que en contra de toda lógica evolutiva, pretenden ascender a estas míticas montañas con todo tipo de ayudas y comodidades. Y no se les puede acusar de ser irracionales, pero sí de actuar con tantas ventajas que resulta difícil no conseguir el objetivo. Por último, viajar en grupo no me había aportado últimamente buenas experiencias, y teniendo en cuenta mi carácter solitario, autónomo e independiente, la decisión estaba bastante clara.

BOLIVIA, EL PAÍS DEL CÓNDOR

Un vuelo de unos diez mil kilómetros me separan de mi tierra. Antes de aterrizar he tenido la suerte de poder divisar desde el avión algunas de las montañas por las cuales estoy aquí. Me dirijo al Hotel Continental, en el centro de La Paz. Sin perder un segundo, comienzo a hacer los preparativos, y aprovecho para visitar la ciudad y sus alrededores: el Museo Arqueológico de Tiwanaku, el Paseo del Prado, la Iglesia de San Francisco, el Valle de la Luna y el Barrio Español, de estilo barroco.

PEQUEÑO ALPAMAYO (5.375 metros)

Presa de Tuni, en el Valle del Condoriri. Desde aquí comienza mi primera ascensión. El tiempo es bastante inestable, pero hoy se ven las cumbres de las montañas que quiero escalar: son magníficas. La cabeza del Condoriri se muestra respetuosa y el Pequeño Alpamayo presenta un delicado glaciar.

Me despierto a las seis de la mañana, y tras desayunar me pongo en marcha. Me sorprendo por lo bien que me encuentro, pues la altura suele afectar bastante al principio. Voy a toda prisa, y cruzo el glaciar rápidamente. Allí había que descender un muro de roca de unos ochenta metros de desnivel y, posteriormente, elegir una ruta de acceso a la cumbre. Elegí la "Ruta Directísima", de unos setenta grados de inclinación en nieve/hielo, haciendo cima a las diez de la mañana. Tardé en escalar la ruta de esta montaña tres horas y media, cuando lo normal es de siete a nueve horas.

No obstante, el descenso hasta el Campo Base fue lo más complicado, porque además de nevar muy fuerte, se formó niebla y se levantó una fuerte ventisca (era el final del invierno). El problema era que no se veía bien por dónde había que cruzar las grietas del glaciar. Pasé algún momento de pánico hasta que logré alcanzar tierra firme, y calentarme. Unos días después regresé a La Paz para descansar algo y preparar el segundo objetivo.

HUAYNA POTOSÍ (6.088 metros)

El Huayna Potosí es una montaña de fácil acceso, próxima a La Paz. Ofrece increíbles escaladas, entre las cuales destaca la "Ruta de los Franceses", en la cara sur, motivo por el cual volvía una vez más a ella. Si se asciende en estilo alpino, se puede hacer en dos días: un primer día de marcha hasta el campamento argentino, y otro día de escalada por una pared de 600 metros de desnivel y unos sesenta grados de inclinación en nieve/hielo. Una escalada maravillosa que supuso la recompensa justa al ejercicio de la voluntad con que había hecho frente a esta pared.

ILLIMANI (6.447 metros)

El Illimani o "Montaña del Amanecer" (traduciendo su significado desde el aimará) es el punto más elevado de la Cordillera Real de los Andes. Es una enorme mole de hielo y roca que se aprecia con claridad desde cualquier punto del altiplano boliviano; tanto, que parece que está justo ahí, delante de uno. Sin embargo, para llegar a su base son necesarios dos días: uno en coche, y otro a pie.

El Illimani es una montaña que impone respeto; sus paredes están formadas por enormes galerías de cascadas heladas y couloirs, envueltas entre amasijos de témpanos de hielo y roca podrida. No obstante, vista desde fuera de esta posición, supone un escenario de inmensa belleza natural.

Fueron tres días de ascensión y uno de descenso. El primer día no supuso más que una aproximación larga y pesada hasta el Campo Base. Sin embargo, el segundo día fue mucho más duro, pues los casi cincuenta kilos de material que llevaba a la espalda me hacían muy difícil superar la barrera que me llevaría hasta la arista rocosa. Fue aquí, en una especie de balcón de cara al glaciar, donde monté el Campo de Altura, desde el que atacaría la montaña el último día.

A medianoche me desperté para preparar el desayuno. Fue quizá la ascensión más incierta, pues aunque la motivación aún persistía, después de veinte días, las fuerzas estaban flaqueando, a causa de una gripe que había afectado a mi rendimiento. Así que, cuando partí hacia la cumbre solamente pensaba en que, antes o después, llegaría hasta el final, y me tomaría unos días de descanso en la selva tropical y en el Lago Titicaca, como así hice después de haber hecho cumbre.