DESDE EL MUNDO INCA

Daniel Cabello Moreno, Sevilla (ESPAÑA)
Expedición Ruta Quetzal 1995


Mientras el disco dorado del sol todavía caldea inclemente el aire de sus dominios terrenos, emprendemos nuestro viaje a Cajamarca. Cortinas encarnadas se entornan, como queriendo mirar con admiración la grandiosa luminosidad del sol peruano, y el interior del autobús queda en una penumbra que agradecen los cansados ojos de los expedicionarios. Poco a poco, los chicos van cayendo, uno tras otro, en los brazos de aquel dios griego del sueño. El griego Morfeo en la tierra de Viracocha. El dios del sueño y la noche en el reino de Inti, en el reino de la luz y del día. Antes de que mis ojos se cierren, me atrevo a mirar por detrás de mi cortina, para ver por última vez la deslumbrante luz del dios inca.

Mi temor a los luminosos destellos se traduce en sorpresa cuando compruebo que contemplo un paisaje completamente distinto al que esperaba. La intensa luz ha dado paso a suaves destellos naranjas y rosados, de una luz crepuscular que se va derramando ante mí, extendiéndose por las interminables llanuras, de doradas arenas hace un momento, y que ahora aparecen como si estuviesen envueltas en papel tornasol, llenas de bellas siluetas con las que parece jugar la ya débil luz de un sol que ve cómo las montañas, que allá en el horizonte casi se confunden con el color asalmonado del cielo, quieren engullirlo hasta las entrañas de la tierra peruana.

Interminables planicies rosadas, interrumpidas por las redondeadas siluetas de alguna que otra duna de arena removida por el viento, y por pequeños montículos donde crece el matorral duro, casi negro, como si fuese el único ser vivo que se atreviese a enfrentarse a las adversas condiciones que cada día impone Inti en su territorio.

Pero de repente, el limpio cielo, sólo ocupado por finas franjas de nubecillas que reflejan los destellos solares, se ve rasgado por fantasmas negros. Bandadas de pájaros de siniestra silueta sobrevuelan la planicie con vuelo uniforme, para descender a la vera de otros oscuros congéneres que, entre los matorrales y las dunas, esperan pacientemente la caída de las sombras.

Donde la llanura acaba, se eleva, majestuosa y llena de agreste elegancia, la cordillera montañosa que, como un reflejo del terreno que la precede, se ve desnuda de vegetación que la proteja del calor del día y el frío de la noche, y muestra al aire su esqueleto rocoso, que ya aparece poblado por las sombras de la inminente noche que se avecina. El sol, cansado del trabajo de todo un día recorriendo el firmamento, ofreciendo su luz a los hombres, regalando su cálido abrazo, es ahora incapaz de resistir la atracción de la tierra que, rasgándose por donde el horizonte se recorta con las oscuras siluetas de las montañas, se traga la bola anaranjada para darle su merecido descanso. La oscuridad se va adueñando de todo y el paisaje se ve totalmente envuelto en las sombras de la noche. Pero siempre quedará la imagen de esa gran llanura bañada por el sol y de esas majestuosas montañas que ahora se aparecen plateadas de luna. Siempre quedará la imagen de la libertad y la grandiosidad de las planicies peruanas.