De pequeño, apenas creía en el devenir de los segundos; supongo que a todo el mundo le ocurre... En realidad, no pensaba que tanto la duración de una clase, como la vida media de las estrellas podían ser medidas según algo impensable que alguien vino a llamar "tiempo". Mucho menos plantearme cuestiones como el verdadero significado del paso de los años. Era un niño: creía en la vida sin relojes.
Hoy he cumplido 18 años: mayor de edad según dicen. Y más que el hecho de darme cuenta de que, mientras crecía, también iba cayendo en leyes inquebrantables de minutos y de horas, prefiero mirar a mi alrededor desde el lugar en que me encuentro y alegrarme de que, aquí y ahora, esas leyes no tienen sentido. En la Ruta Quetzal no hay más segundos que los que marcan nuestros pasos, ni más manecillas que las que nos señalan como miembros de esta experiencia única: la experiencia de vivir sin tiempo.
Cuando hace ya más de un año, me introduje por primera vez en esta fábrica de sensaciones que es la Ruta Quetzal, apenas intuía lo que iba a encontrar al otro lado del mundo. Y sé que resulta un tópico que intentaré evitar, decir que aquí establecemos lazos de unión entre culturas que hacen de la tolerancia un ideal común durante estos días de convivencia.
No, no hablaré de tolerancia, sino del tiempo. Del tiempo que aquí no pasa. De la sensación difusa de que los días dejan de serlo para nosotros, y, si lo son, no están marcados más que por el despertar precipitado que siempre sucede a la noche. Y luego: cada vez es diferente. Porque siempre queda una nueva ciudad por visitar o una conversación que se prolonga hasta la llamada para el almuerzo. El tiempo aquí no pasa, no existe.
Y si existe, no se mide más que en duchas de instante o en esperas eternas, en sonrisas prolongadas o en breves silencios que hacen pensar en lo sucesivo: días inexistentes tras el Atlántico, recorriendo Venezuela, tras este largo periplo que hoy termina por España y Portugal. Días - que no lo son - venideros, en los que el mundo se nos abrirá por dentro, se nos mostrará sin duración a los sentidos. El presente y el pasado de cada lugar que pisemos se reunirán con el futuro de cada uno de nosotros, para hacernos saber de la vida que sólo cronometran las hojas de hierba y la lengua de los corales. De la vida sin tiempo.
Así, hoy intento darme cuenta que, desde hoy, me acompaña una cifra diferente. Lo hará durante un año. Aunque, por fortuna, aquí puedo prescindir de años y de cifras: son lo de menos cuando se pone el sol...