EXPEDICIÓN RUTA QUETZAL 1995

Viaje al Mundo Inca


El día 7 de Julio de 1995, Miguel de la Quadra-Salcedo, creador y director de la Ruta Quetzal, quiso festejar los Sanfermines, a pesar de estar en la otra parte del mundo, a miles de kilómetros de Pamplona. Ese día, los expedicionarios se encontraban en el Parque Nacional de Cotopaxi (Ecuador), preparándose para ascender al volcán activo más alto del mundo, y Miguel improvisó un peculiar encierro, al soltar un rebaño de llamas (el animal doméstico de los incas) detrás de los aventureros de la Ruta.

Estos animales, más bien mansos y sin cuernos, no están acostumbrados a las carreras, y el encierro no tuvo la emoción de los que se viven en la calle Estafeta, pero fue todo un símbolo. Los jóvenes de 39 países se divirtieron con esta actividad, y todos ellos, desde Uka Edwards, de Isla de Pascua, hasta Melannie Gahona, representante de Belice, se enteraron de que ese día era San Fermín y comenzaban las fiestas en Pamplona. "Me hizo mucha ilusión; era como estar en tu propia tierra", comentaba divertida Ester Gochi, Delegada de Jóvenes Aventureros en Pamplona, que estuvo durante dos semanas sin salir de casa, preparando su trabajo para el concurso: un enterramiento inca.

En 1995, la Ruta Quetzal cumplía 10 años, y Miguel de la Quadra-Salcedo se empeñó en sacar adelante uno de los itinerarios más difíciles del continente americano: el Camino Real del Sol, tras los pasos de Antonio de Ulloa, general de la Marina y científico español que, a los 19 años, viajó como astrónomo en una expedición que duró once años, entre 1735 y 1746.

Lo complicado de la Ruta Quetzal de este año era el conflicto armado entre Ecuador y Perú que, aunque se había paralizado, seguía latente, y los expedicionarios recorrieron los dos países y atravesaron la frontera por un lugar cercano a donde estalló el conflicto. La apuesta era peligrosa, pero el resultado fue óptimo. "Hemos sido embajadores de la paz, y los jóvenes han mostrado que la convivencia entre los países es posible" decía Miguel de la Quadra-Salcedo, que se mostró muy orgulloso de que los dos únicos expedicionarios que lograron coronar la cima del Cotopaxi fueran, precisamente, un ecuatoriano y un peruano.

Los estudiantes fueron recibidos por SS.MM. los Reyes de España, que animaron a Miguel de la Quadra-Salcedo a proseguir con esta aventura cultural y de convivencia internacional, por el Vicepresidente de Ecuador y por el Presidente de Perú, Alberto Fujimori, que causó una gran expectación entre los jóvenes aventureros.

Este año, la Expedición Ruta Quetzal combinó la visita a las ruinas y a las ciudades históricas, con el contacto con la naturaleza. Estuvieron en la Mitad del Mundo, el grado terrestre de latitud cero, ascendieron al Volcán Pichincha y al refugio del Cotopaxi ; el arqueólogo Walter Alva, descubridor de las tumbas del Señor de Sipán - uno de los grandes hallazgos de las últimas décadas - les explicó personalmente el mausoleo. Asimismo, estuvieron en Chancán, la mayor ciudad del mundo construida en adobe; pasearon por las líneas de Nazca; surcaron el Lago Titicaca de donde surgió, según la leyenda, el Mundo Inca; descendieron en el techo de los vagones de un tren de vapor por la Nariz del Diablo; visitaron ciudades llenas de historia como Arequipa, Cuzco y Cajamarca, donde Pizarro apresó a Atahualpa, el último rey Inca, bisabuelo de Garcilaso de la Vega, montillano de adopción.

Sin embargo, lo que más les había impactado del viaje fue la gente. Ester Gochi decía: "Nunca más vas a tener la oportunidad de convivir con tantos jóvenes de tantos países. Son culturas y costumbres muy diferentes, pero en el fondo descubres que todos somos iguales y nos importan las mismas cosas".

El Camino del Inca, un recorrido de 40 kilómetros a pie, cargados con la mochila y ascendiendo y descendiendo altísimas montañas, era uno de los puntos más esperados por los expedicionarios, aunque únicamente la mitad pudieron realizarlo. Al final, tras casi dos meses fuera de casa, los expedicionarios sienten en ellos la contradicción: quieren ver a su familia, pero también quieren quedarse en la Ruta. Lo cierto es que han de volver, y vuelven marcados; la pobreza de estos países les impresionó y por ello, aprenden a valorar mucho más las cosas de que disponen: el Espíritu del Quetzal también pervivirá en sus almas.