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DIARIO DE UN AVENTURERO

Hoy es 29 de diciembre de 1996. Son las 16:15 y me encuentro a 7.000 metros de altitud y a 35 grados bajo cero. Para muchas personas podría tratarse de una situación atípica, singular y extraordinaria. Pero para mí, estas situaciones se van convirtiendo ya en algo cotidiano. Hoy estoy escalando en Marruecos, mañana en Pirineos, el mes que viene en Ecuador, dentro de otros meses en Asia. En fin, sé lo que quiero decir...

Cuando me encuentro en estos lugares siento que estoy como en casa. Quiero decir que me muevo, actúo, pienso y hasta respiro como en mi propia casa. Y no deseo que nadie piense mal: no es que mi casa sea un congelador ni nada de eso, sino que paso tanto tiempo en este ambiente que, cuando me encuentro en él, me siento con plena autosuficiencia y en absoluta armonía, hasta el punto de que, a veces, fuera de él, en situaciones típicas para la mayoría de la gente, me siento extraño e incluso, casi inútil.

El 15 de Diciembre de 1996 partía desde el aeropuerto de Madrid-Barajas con destino a Buenos Aires (Argentina) y desde allí realizaría un puente aéreo para ir a Mendoza, cerca de la frontera con Chile. El verano austral mermó mi salud cuando llegué aquí, debido al extremo contraste de temperaturas, entre el frío invierno de España y el caluroso verano de Argentina. Sobre todo, cuando llegué a la base de la montaña, a 4.300 m. de altitud, donde de nuevo volvió a ser extrema la temperatura, alcanzando hasta 40 grados bajo cero.

Mendoza es uno de los puntos desérticos más desagradables (climatológicamente hablando) que he conocido de Sudamérica, al situarse en la Pampa Argentina. Y, como he dicho, allí sufrí bastante los efectos del clima ambiental, física y socialmente hablando, porque, por si fueran pocos los sofocos que viví por el calor, no había otra cosa peor que me pudiera ocurrir al llegar, que haber realizado un viaje de miles de kilómetros para escalar una montaña, y que la ley del lugar me denegara el permiso por ser menor de edad. Gracias a mi afanada e inaguantable pesadez, el administrativo estatal que me atendió, cambió de actitud y decidió que yo era mayor de edad. Ahora tenía permiso, previo pago de cien dólares para escalar el Aconcagua, y por tanto, debía decir que tenía 21 años.

Mendoza es una ciudad de más de un millón de habitantes en medio de la inmensa pampa argentina. A sus alrededores sólo hay desierto y grandes montañas casi sin nieve por estas fechas. La mayoría de los glaciares han desaparecido en los últimos años, debido a los efectos que el cambio climático ha provocado en este lugar. Sus calles y avenidas están diseñadas en forma simétrica (como la mayor parte de las grandes urbes de Sudamérica, cuyo diseño tiene su génesis en la creatividad práctica de los arquitectos españoles que acudieron a las colonias).

En la estación de autobuses de Mendoza cojo un expreso con destino a Puente del Inca, una pequeña localidad araucana situada a 2.750 m. de altitud. Aquí la población es mayoritariamente militar, debido a la proximidad de la frontera chilena, trabajando en los puestos aduaneros, aunque también existe una proporción importante de personas que se ofrecen como arrieros, guías, cocineros, porteadores, etc. ante la asistencia masificada de escaladores de todo el mundo que vienen aquí a ascender el Aconcagua por sus diversas caras. Por ello, Puente del Inca se convierte en punto de encuentro y partida de todos aquellos alpinistas del mundo que vienen al Aconcagua.

Desde aquí partí hacia Plaza de Mulas, donde iba a instalar el campo base, a 4.300 m. de altitud. Con casi 50 kg. de material a la espalda y 53 km. de distancia, creí que lo más adecuado era realizar este tramo en dos días, haciendo una parada en Confluencia, a 3.500 m. de altitud (aproximadamente, la altura del Mulhacen, la cima más alta de la Península Ibérica, con 3.482 m.). Tras haber entregado en la entrada del parque el correspondiente permiso a los rangers (son personas que se encargan de que se respeten los principios rectores del Parque, además de informar a los escaladores y de "socorrer" a los accidentados), casualmente me vi sorprendido al encontrar allí un equipo cinematográfico de Hollywood, filmando una película que iban a titular Siete años en el Tibet y cuyo protagonista era Brad Pitt.

En fin, después de dos días bastante pesados, la inacabable cuesta y la compañía de los cóndores, siempre rondando mi cabeza, parecían decirme que nunca llegaría a mi destino. Pero de una forma u otra, llegué al tan esperado campo base. Y por si acaso no se me hubieran hecho pesados e incómodos esos 53 kilómetros recorridos, la buena fortuna (más bien mala) me quiso dar la bienvenida con uno de los días más fríos conocidos en el Aconcagua en los últimos veranos (algo excepcional, desde luego: casi cuarenta 40 grados bajo cero esa primera noche). El resto de los días se dio una temperatura algo más normal, teniendo en cuenta la altitud y las condiciones, que osciló entre 0º y -35º.

Me quedaban duros días, los más duros, sin duda alguna, para hacer realidad lo que había venido a hacer aquí, que era escalar esta montaña. Desde el primer momento intenté racionalizar lo mejor posible mi estrategia de escalada. Después de varios meses de preparación en Picos de Europa, Sierra Nevada, Atlas y Alpes y de una experiencia que se iba consolidando poco a poco, tras 12 días aclimatando por encima de los 4.000 m. e instalando campos de altura a 5.300 m. y 5.700 m., alcancé la cumbre, con 6.959 m. (en la actualidad, 6.961 m.), el día de mi onomástica, el 29 de Diciembre de 1996. Pero antes de hacer cumbre había realizado otros dos intentos, que se vieron frustrados tras padecer principio de edema cerebral. No obstante, nada impidió que ese día hiciera cumbre a 7.000 m. y que alcanzara con ello, el punto más alto de América.

Cuando bajé de la montaña, lo único que quería era comer bien, descansar y regresar a mi casa con mi gente. Para lo cual, como hago después de toda gran escalada, dejo en manos de mi madre la labor de recuperación, con sus dotes culinarias en la gastronomía mediterránea y su calidad única de amiga y madre. A ella le debo gran parte de mis logros.

 

 
David Jesús Moscoso Sánchez
Puente Gentil (Córdoba), ESPAÑA