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Expedición
Ruta Quetzal 1998
No sé
por qué, pero me ha venido a la mente el día en el que
comenzó la Ruta Quetzal 1998. Éste es un viaje de
estudios, deporte y aventura, del mismo tipo que los celebrados en
años anteriores. El punto de encuentro para todos los
expedicionarios de los 40 países participantes fue el
polideportivo de Boadilla del Monte, a las afueras de Madrid.
Según la carta que nos habían mandado los organizadores
de la expedición, la llegada debía ser entre las cuatro
y las seis de la tarde. Sin embargo, hubo algunos españoles
(los que procedían de fuera de Madrid) que salieron de sus
ciudades con tiempo de sobra por si se topaban con algún
imprevisto, y al no encontrarlo llegaron antes de lo previsto; los
primeros, sobre las tres, todavía sin conocer a nadie y
preguntándose cómo serían los que iban a llegar después.
A éstos
se les sumaron los expedicionarios iberoamericanos que habían
ido llegando durante toda mañana desde el aeropuerto,
procedentes de sus diferentes países de origen,
acompañados por los monitores de la organización. Poco
a poco, nos fuimos concentrando los cerca de cuatrocientos miembros
de la expedición, la mayoría acompañados por
familiares y amigos. Preocupados por la cantidad de gente desconocida
que allí había, empezamos a conversar entre nosotros y
comenzamos a conocernos un poco. Una vez terminadas las despedidas de
los padres, muchos de los cuales parecían más nerviosos
y ansiosos que los propios expedicionarios, pasábamos a
entregar el pasaporte y la cartilla de vacunación. Los
monitores, nos informaban del grupo que nos había tocado.
Cuando
conseguimos terminar (cosa bastante difícil debido a la larga
cola y al calor agobiante) pasamos a la pista cubierta del
polideportivo, donde dejamos nuestras mochilas ordenadas por grupos.
Trescientas y pico mochilas, colocadas como una larga serpiente de
color verde: nuestra casa a la espalda para los próximos
sesenta días.
A pesar de las
presentaciones y saludos, casi nadie fue capaz de recordar más
de un par de nombres (y eso quien pudo conseguirlo). Según
salíamos de la pista, un tanto despistados, nos íbamos
dirigiendo al lugar donde había más gente, que era
donde nos iban a explicar cómo montar una tienda de
campaña, conocimiento indispensable para todos nosotros de
cara a la expedición. Terminada la explicación, nos
fuimos a recoger el equipo oficial: botas, unas sandalias, dos
camisetas, una camisa, y unos cuantos objetos más.
De nuevo en el
polideportivo, montamos el campamento, aunque hubo grupos que no
pudimos hacerlo, ya que faltaban algunas tiendas. Los que no pudimos
montarlas nos dedicamos a recorrer el polideportivo y a intentar
conocer a algunas personas más.
A todo esto,
ya se habían hecho las nueve, hora de cenar. Una vez terminada
la cena, cosa que hicimos rápidamente, nos reunimos todos y
nos explicaron las normas de la expedición, que debíamos
cumplir para el buen funcionamiento de ésta. La
explicación acabó sobre las once, y la gente se fue a
las tiendas.
Una vez
terminado el día, yo creo que todos nos estábamos
preguntando lo mismo: ¿dónde me he metido? Todavía
no estaba claro si nos íbamos todos a Ceuta el día
siguiente, ni lo que íbamos a hacer allí, ni
muchísimo menos lo que iba a pasar después.
Mientras, se
oían las notas del violín que empezó a tocar una
compañera (debían de ser ya las doce y media, más
o menos) llegué a la conclusión de que no tenía
por qué preocuparme ya que estaba en un viaje en el que
cualquiera querría participar, en el que iba a vivir un
montón de aventuras, con un montón de gente genial, de
países diferentes, con culturas distintas de las que iba a
poder aprender un montón, y, por encima de todo, estaba
empezando a sumergirme en la que iba a ser la mayor aventura de mi vida.
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Blanca
Oliver Martí
Valencia (España)
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