Hay un rincón en la serranía de Cuenca que os invito a ver. Yo lo visité siendo niño. La carretera comienza a bajar y de pronto todo el paisaje se convierte en cielo azul y pinos. Es un valle enorme en forma de cono. En lo más profundo está el nacimiento del río Cuervo. Las aguas son puras y frías como un puñal. El lecho es de roca. La transparencia es tan grande que las carpas se mueven en un ambiente irreal. Los pinos son una cúpula enorme en lo alto. El viento se desgarra en ella y las agujas de sus hojas cabrillean en el charco. Cuando alguien señalando los troncos comentó que se utilizan desde antiguo para mástiles de barcos, todos los ojos recorrieron impresionados su longitud. Y al acabar arriba, el pino había cobrado un interés nuevo. Eran futuros navegantes. El mar.
Cuenca ha servido al mar sus pinos y sus hombres. En un rincón de nuestra iglesia, bien acogido por el gótico, se encuentra una pintura en tabla de Ntra. Sra. De la Antigua, devoción muy sevillana. Es una copia mandada hacer por un belmonteño en agradecimiento de un desembarco feliz del viaje a Indias. Es el año 1601.
El manchego quiere al mar. Y lo quiere de una manera íntima, inconsciente pero intensamente. Es que lo añora. Quizás por semejanza. Sus llanuras son suaves y dulces como el Mediterráneo y sobre ellas ondean las espigas blandamente. Quizás por contraste. Sus caminos son secos y polvorientos y desean el alivio de la espuma del mar.
Cuando todas las tardes, roto ya el atadijo fuerte de la luz intensa, yo subía por los caminos del Belmonte alto y encontraba el azul del cielo morir en el horizonte, añoraba el mar.
Ahora vivo junto a él. Cuando todos los días, roto ya el atadijo de los trajines del día, yo bajo la cuesta de El Calvario y ando la calle San Miguel, rebullente de turistas baratos, de escaparates y luces de neón, me sale al pie la escalera brusca de Playamar. La bajada es emotiva porque cada plano nos va acercando al mar de la cultura. Al mar aprisionado entre tierras y unido a ellas por la Historia. Al Mare Nostrum de los romanos. Y allí frente a él, siempre cambiante en su juego de olas, añoro las llanuras de mi tierra y creo una geografía sentimental, imaginada y seguramente irreal. Es que estoy viviendo esta correspondencia entre Castilla y las tierras litorales, entre el páramo sediento y el mar borracho de sal. ¡Mediterráneo, en medio de tierras! ¡Castilla, en medio de mares, obligada a levantar una fortaleza en cada montículo para defender su integridad! Ambos tienen tendencia a completarse.
Cuando me habéis elegido para ser vuestro pregonero de este año, pensé que no sería difícil porque no tendría que cambiar de oficio. Os agradezco mucho dejarme decir entre vosotros lo que continuamente digo delante de gentes extrañas.
Pregonar significa vocear en público las alabanzas de algo. Mis clases de literatura ya son célebres en Torremolinos: el día que toca Fray Luis de León mis alumnos se dan con el codo sonriendo. Los compañeros anteriores les han puesto en antecedentes en una chirigota estudiantil y agradable. Pero cuando los voy introduciendo en la figura humana y deslumbrante de nuestro paisano, sus ojos se tornan serios y atentos y siguen emocionados la incidencia de un excelso escritor, mordido por la envidia y perseguido por escribir en castellano.
Pregonar es vocear en público. Pero vocear no es dar gritos. Eso es gritar, que implica un estado de ánimo irritado y confuso. Vocear es aguantar la voz, mantener lo que se dice, y esto no es posible sin una fuerza interior que soporte el proceso. Quiero decir que hay que conocer lo que se vocea y, sobre todo, amarlo. Yo os aseguro que amo a mi pueblo. Y os aseguro que conozco a mi pueblo.
Pasé mi infancia en Belmonte Era un Belmonte hermoso, puro y honesto, de familias completas. Después la emigración nos ha mordido como una sierra. Era el Belmonte de la farmacia de Alfredito, baja y profunda con olor a mortero, de la escuela de Doña Josefa de tarimas altas para soportar la humanidad pequeña de la maestra, del casino de Ricardo con toreros en ferias, de la Zapatería de Bernardo con bancos para las tertulias, de la tienda de Escudero, todo mostrador y estanterías.
Era el Belmonte del demonio en las noches de San Bartolomé, de los Santos Inocentes con porras pidiendo limosna, de caramelos de perra chica en tarros de cristal, del cine de Agapito. Allí vi mi primera representación teatral a una compañía de la legua, Santa Genoveva de Brabante, de un sentimentalismo ingenuo y entrañable. Era la época del tango en el bar de Paulino, de bandurrias, de violines y banderas en la misa mayor, de la procesión del Corpus San Andrés arriba tintineando la custodia de plata, la blandura del junco al pie y en el aire, incienso y hierbabuena. Era el Belmonte, en fin, de Don Joaquín, muerto en olor de popularidad.
Pero era un Belmonte engañoso. Anidaba debajo el rencor y el odio. Acababa una guerra civil y los hermanos estaban divididos. Los niños de la posguerra corríamos las calles con alpargatas y nuestras meriendas eran escasas.
A raíz de esto se formó un clasismo social de lo más absurdo. El que merendaba y el que no. El que tenía abrigo. Un duro era capaz de diferenciar a las personas. Yo conservo un recuerdo triste de aquella época. Mendigos en las puertas de las iglesias. Primeros y segundos domingos en las monjas, terceros en la Parroquia y cuartos en la iglesia de los frailes. Damas de San Vicente de Paúl. Y los tontos Paraguay y Bautista, tontos de hambre, perseguidos por un enjambre de niños, a tortolones por las calles del pueblo con una lata en la mano deseando comida. Hoy que el trabajo ha disminuido esta desigualdad, Belmonte vuelve a ser hermoso.
Pasé mi infancia en Belmonte. Mejor dicho, parte de mi infancia. Apenas mediada, salí de él. Ya no volvería más a vivir el calor de su ambiente sino a retazos. Vueltas deseadas ardientemente desde el internado. Mi formación fue escolástica, de pensamiento monolítico. Horas largas de pensar. Mi carácter fue haciéndose retraído, serio quizás antes de tiempo, vuelto hacia mí mismo, encastillado en la fortaleza interior. Así, al encontrarme en solitario con el yo, me preparé sin saberlo para la crítica, para la observación y para la duda. A veces el dogmatismo barato engendra una duda fecunda que hace reaccionar contra él.
He vuelto a vosotros en temporadas continuadas. Nunca he resaltado en vuestra vida social. Desde mi silencio he pasado desapercibido entre vosotros hasta tal punto que hoy puedo moverme entre vuestras gentes, que son las mías, a sabiendas de que la mayoría no saben realmente cómo soy. Quizás alguien de vuestros jóvenes cuando más se fije a mi paso para decir "¿quién es ése?".
Yo, amante del paseo solitario, del pensamiento al hilo del camino, de la contemplación en la serenidad de una cumbre, pienso que he tenido un puesto de privilegio para observar nuestro pueblo. Os aseguro que lo conozco y que lo quiero.
Estoy escribiendo estas líneas en una tarde dulce típica de Málaga. Málaga a la caída de la tarde tiene esencialmente jazmín y sal. Hasta mí llegan ambos olores. La brisa está quieta y el mar lame dulcemente la arena.
Os invito al paseo. Belmonte tiene dos terrazas bien distintas: los Molinos y el Castillo. La primera es suave, familiar. El pueblo está blandamente debajo. Desde aquí se le sorprende sin forzarlo. Es el Belmonte laborioso, agricultor, abanico de surcos, de tierras de sembradío y verde pámpanas de viña. La otra, no. Desde el castillo, el caserío está arrodillado, sumiso, abajo. El sitio lo eligió el Marqués para eso, para el dominio. A mí me gusta más el cerro de los molinos. Si miráis desde aquí la iglesia, la encontráis amplia, fecunda, de regazo maternal. Si la miráis desde una almena, estará erguida, poderosa, otro puntal más de dominio.
El cerro de los molinos es de la gente llana. Desde aquí Villaescusa se la coge de la mano. Villa hermana, expuesta a los mismos soles y unidas por el llano. Desde el castillo es otra. Hosca, subida a sus ribazos, enemiga. El Marqués enfrentó a sus gentes en sus intrigas ambiciosas hace quinientos años.
Reinando Felipe II, por consejo y dirección del famoso cronista Ambrosio de Morales, entre los años 1574 a 79, se pide a los rublos que rellenen una especie de estadillos sobre sus costumbres, situación económica, monumentos célebres, etc. Como consecuencia de estos trabajos, existen en la biblioteca de El Escorial actualmente seis Tomos en folio, manuscritos, designados desde entonces con nombres diversos, aun cuando el más admitido es de Relaciones Topográficas. Con ellas intentaba el dicho cronista "obtener la descripción e historia general de la monarquía". Los pueblos que aparecen descritos en total son 636, de los que 44 son de nuestra provincia.
Los vecinos de Villaescusa delegan este trabajo en una comisión formada por el licenciado Juan Ramírez Ballesteros, Alonso Tercero, Agustín de Tévar, Francisco de Lodares y Juan Díez Campaya. Devuelven esta relación rellena el 30 de noviembre de 1575. Los belmonteños lo encargan al bachiller Pedro Vago y la devuelven en primero de abril de 1579, cuatro años después.
En esos documentos hay datos y anécdotas curiosas que os condenso. Villaescusa es un ejemplo hermoso y por desgracia demasiado ignorado por los belmonteños, de lucha de un pueblo por un derecho elemental: su independencia y su grandeza.
Nació siendo una aldea dependiente de la fortaleza-caserío de Haro. Belmonte en ese momento nos más que unas chozas de gentes laboriosas que queman pinos para hacer carbón. Es una aldea de Alarcón. El Infante don Juan Manuel, dueño de estas tierras, edifica en ella un palacio de cuya época es sin duda el gótico de la iglesia del convento. Belmonte consigue ser villa del rey Pedro en documento que extiende en Sevilla en 8 de julio de 1299. La deja al fuero de Sevilla en cuanto a sucesiones pero en comunidad con Alarcón y sus tierras; así es que cuando en Alarcón se manda que los bienes vuelvan al tronco, en nuestra villa heredan padre de hijo y al revés. Dice textualmente "Sponte fecit villam Belmonte". Espontáneamente. Belmonte tenía buenos padrinos.
Villaescusa se ha quedado atrás. Pero enfoca una política certera buscando la amistad de los poderosos Maestres de Uclés. Uno de estos Maestres, amigo de una moza de buen ver llamada Calandria de Viles, la cual "estando preñada, la envió a parir - el Maestre- a este pueblo que está bajo buen cielo y clima, porque alumbrase bajo buena constelación". O quizás por buscar discreción en la aldea el señor Maestre. Es el hecho que el mozo recibió el nombre de Don Viles, que el pueblo mandó albricias al Maestre, que la moza pidió que se cambiase el nombre del lugar por el Vilescusa, en honor de su hijo, y así se hace con contento del vecindario, ya que el Maestre se había sentido espléndido y liberó por treinta años al pueblo de bagajes, gente de guerras y otras cargas.
Villaescusa, casi cien años después que Belmonte, consigue ser villa a 7 de febrero de 1387 de la pluma del poderoso Maestre Don Fadrique.
Pero llegamos al siglo XV. Han pasado otros cien años y Belmonte está en el esplendor de los Pachecos. Don Juan ha conseguido el Maestrazgo de Uclés y el Marquesado de Villena. No cabe más. Su ambición es conseguir el mismo poderío que tuvo Don Juan Manuel.
Ha edificado ya en su pueblo la fortaleza del castillo, la Iglesia Parroquial erigida en colegiata y privilegiada por el Concilio de Basilea, el convento de Padres Franciscos, el Hospital de San Andrés y ha cercado el caserío con una muralla enorme. Se obliga a todos los vecinos e moradores de la dicha villa a que hagan los dos tercios de cal y canto. Él haría el tercio restante. "E a su merced place de facer e mandar facer a su costa la tercia parte de la dicha cerca e que nosotros fagamos las otras a nuestra costa". Así lo afirman los alcaldes ordinarios Pero Lopes e Gil Ferrandes e Ferrant Ramires. La cerca "se faga de ocho pies en ancho e de 35 en alto demás del cimiento". Costó al pueblo cada año de obra cien mil maravedíes.
Villaescusa queda asfixiada ante tamaño poderío. Imposible parece desarrollar con este vecino su independencia dorada. Pero una vez más se impone el genio diplomático de nuestras gentes vecinas. Los Reyes Católicos están en guerra con Portugal. El Marqué, llevado de su ambición, toma partido por el portugués. Le interesa más la debilidad de doña Juana que la entereza de Isabel. A Villaescusa le interesa más el partido de los Monarcas Católicos. Esto les valdrá más adelante para conseguir privilegios y exacciones y el apoyo de la realeza, nada menos que de la de los Reyes Católicos. Aquí comenzará el esplendor de Villaescusa, la villa de los siete obispos.
Pero de momento las dos villas son ahora enemigas. Las escaramuzas se suceden. Hay movimiento de tropas y Villaescusa va a sufrir muchos daños de los partidarios del Marqués. Se da el sitio de Garcimuñoz por las tropas reales. Jorge Manrique, Conde de Paredes, teniendo su real en Santa María del Campo, acude al cerco, hace prisioneros en gentes y en ganadas y a la vuelta, las gentes del marqués le hacen emboscada y recibe una herida mortal en loa riñones. El mismo marqués le manda sus propios cirujanos. Maese Rodrigo y maese Lorenzo. Pero todo es inútil. El cadáver del poeta, cortesano y guerrero, es llevado a Uclés a descansar junto a su padre. "Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar que es el morir".
Son los días en que una partida de belmonteños, envalentonados por el belicismo de su señor, invaden el término vecino para desposeerlos de sus bellotas, pero las mujeres de Villaescusa defienden valientemente su propiedad hasta que acuden los hombres. Pero sobre todo hay recogido en esta crónica un hecho singular. Corre el año 1477. Hace tres años que ha muerto don Juan y le ha sucedido en el marquesado su hijo Don Diego. Son las primeras horas de una mañana espléndida. La muralla y las almenas de Belmonte están cuajadas de gentes en armas como corresponde a tiempos de guerra. Cinco puertas tiene la villa y en las cinco trajina la soldadesca. En una de ellas, en la puerta Sur llamada de Toledo, se ha elevado el rastrillo; dos caballeros, jinetes en dos caballos enjaezados, la atraviesan. Lo hicieron para su mal porque nunca más volverían. Son don Alonso de Guzmán y don Juan de la Hallada, escuderos del Comendador de Belmonte. El brillo de las armaduras y los penachos de las lanzas se pierden pronto al filo de la muralla hasta ganar la altura del camino de Villaescusa. Van a retar a esta villa. Es un lance caballeresco típico de la época. Los villascuseros responden al reto y dos vecinos, Pedro y Lorenzo Ramírez, salen al campo a caballo con lanzas. Queda muerto en la primera embestida Pedro. Gran revuelo en la villa y los caballeros belmonteños son perseguidos hasta la de Tresjuncos. Allí se acogen al derecho de asilo de la iglesia, pero son sacados de ella por la masa tronante y ahorcado en la plaza don Juan y degollado don Alonso.
Las gentes, ahíto el odio, vuelven su paso rápido y sobrecogido por el polvo del camino. En la villa bien cercada en vano esperan desde las murallas flameantes el regreso triunfal de los caballeros. El aire se ha quedado en calma y la alegría, transformada en luto, da paso a una herida fría de rencor.
La guerra llevada a las masas otrora laboriosas y calmas, cobra una profundidad negra y, lo que es peor, se hace duradera.
Si alguien aún conservara algún rescoldo trasmitido, ambos pueblos habrán de desterrarlo de su convivencia por anclado al pasado y por ingenuo.
¡Villaescusa, Monreal del Llano, antiguo asiento de poblado ibérico, El Pedernoso, Rada de Haro, Carrascosa, pueblos hermanos, unidos a Belmonte desde el collado de los Molinos! Que vuestra relación en el futuro siga siendo harinera, trajinante, mercantil y fecunda.
Sigamos el paseo. Os aconsejo que para subir partáis como yo de un callejón muy belmonteño. Lo llamaré por su nombre familiar. Para nosotros siempre ha sido el callejón de la Carlota. No es calle, es paso. Aquí no entra el sol. La fábrica de la casa nos encajona. Apenas una portada de labor. A la derecha un tapial de huerto con hiedra volcada y las copas de los árboles sonoras de pájaros.
Acompañadme. Pronto la andadura se empina en el repecho del atrio de la iglesia. La mole de la colegiata preside todo rebullente de vencejos. Atrio de la iglesia, paseo de clérigos, de sacristanes y entrada de canónigos. El azul del cielo vuelca su luz desde la espadaña de la cúpula. ¡Qué placer en las últimas obras, cuando esta veleta se trajo al suelo, tocar el hierro forjado que rasgó mil tardes de mi infancia el viento frío del invierno!
La iglesia parroquial, activa en otro tiempo de sotanas, liturgias, cirios, campanas, misas simultáneas en diversos altares; hoy quieta y expuesta como un museo. Si queréis pasar al interior, un arco rebajado bajo tres lóbulos os abrirá amablemente camino. Un gótico cordial de ojivas truncadas, vuelto sobre sí mismo, poco comprometido, de la decadencia. Tocad el herraje de la puerta: clavos señoriales, abiertos en flor y dragones de hocicos dentados. Al abrir el cancel, una bocanada de humedad os acoge. En el muro del coro la talla de madera del Cristo lleva con dignidad el drama del Calvario. No os dejéis engañar por el coro; la colegiata tiene tres naves largas, enormes de arcos de ojivas, de bóvedas bien trazadas. Pero la mejor de todas es la de la Capilla Mayor.
Poneos debajo, en el centro. Las nerviaciones de piedra comienzan a subir como surtidores alrededor vuestro y se juntan arriba formando el equilibrio de una estrella. Por fuera la veleta prolongará este escape hasta lo alto. En ninguna época el hombre tuvo ansias de perfección como en la gótica. Después vino el Plateresco, estilo rico, cargado, deslumbrante -el oro de América- pero no atrayente: le faltaba espíritu. Detenernos en detalles de historia, en rejas, retablos, tablas, pinturas, escudos, maderas sería interminable. Dios bendiga a aquellos de nuestro pueblo que han hecho que este recinto siga en pie.
Pero nuestro paseo es al aire libre. Y bien libre está a la entrada del atrio de las monjas. Monjas altas. Tuvo buena idea el que hizo este banco al filo del esquinazo. Esa callejuela a la derecha conduce en bajada suave por la antigua cerca del convento hasta la tronera. Luego se hará brusca y nos sacará del pueblo por la Puerta Nueva. Este es el camino que recorre el viento de Belmonte: desde la Gotera a los bajos de la planicie, jugueteando por los bajos del dédalo de callejuelas, lamiendo escudos, alisando el óxido de las rejas nobles y remansándose en la quietud de las placetas. Aire fresco en verano y calmoso en invierno. Aquí comienza el atrio y es buen comienzo este esquinazo. Siempre al contemplar el aplomo perfecto de su traza, conservado a través de siglos, he deseado conocer al albañil que lo dirigió. Y erigiría un monumento en medio a este artesano anónimo. Su vertical es el patrón de todas las verticales de Belmonte. El día que yo vea caer los sillares bien montados de esta esquina me parecerá que ha caído el eje de mi pueblo.
Conservan en su poder las monjas que marcharon a Olmedo un Libro Becerro de pastas rugosas y hojas que crujen como si el tiempo estuviera congelado en ellas. En él se habla de la fundación en La Alberca por el infante Don Juan Manuel bajo el título de San Ildefonso de un convento de monjas que "traigan los velos prietos ante los rostros", domingo 22 de enero de mil trescientos y treinta y cinco. En 1499 se trasladaría a Belmonte a este palacio titulándolo de nuevo de Santa Catalina. Era Priora Doña Sancha de Guzmán y Prior de la colegiata a quien Alejandro VI le hizo el encargo, Don Diego de Inestrosa.
Esta cerca sirvió de frontera cinco siglos a la virginidad de estas mujeres. La mala técnica de un aficionado de nuestros días al hacer la caja de la calle en uno de los últimos arreglos, descarnó los cimientos y la puso en peligro de derrumbamiento. Escuchad lo que dice este libro en su folio 128. Es el año 1826.
"Cerca caída y edificada, aprovechando la cal de los escombros con los que se hizo el cimiento añadiendo un poco de nueva cal a tres espuertas. Se cayó un pedazo de cerca del cercado de abajo que cae hacia la tronera de la muralla y hace rinconada, donde fusilaron los franceses a tres españoles, por lo que se puso una cruz en dicha pared en la parte de arriba en una como ventanica o nicho. El pedazo desaparecido fue de veinte pasos de largo y costó el hacerlo 1200 Pts." Mirad cómo las monjas cuidaban los detalles. Se marcharon para nuestra desgracia. A mí me enseñaron a leer y a rezar. Sor Catalina, monja recia asturiana, de maternidad frustrada. La pollada de niños alrededor de su hábito blanco. La correa era negra. Escaleras de yeso encalado y en la última, el agua fría del aljibe en una cantarilla de barro. Era difícil beber en ella a mis siete años y el agua nos caía sobre el pecho. Ella nos contaba de un infierno de demonios de azufre, asustando para llevarnos a una moral estrujada y reseca. Las escaleras eran maderas atravesadas de cuchillos por donde las almas condenadas subían descalzas. Nosotros encontrábamos la salvación en la huida y en la imaginación nuestras piernas empezaban a correr alejando el peligro. Pero ella, como adivinando nuestros secretos pensamientos, nos pintaba la vigilancia extrema de unos demonios con un celo excesivo en el tormento. Nosotros acabábamos calmando la sed en el barro rezumante de la cantarilla.
Sor Rosario, que aún vive, nos compensaba bien pronto con su humanidad desbordante. Nunca he visto después paciencia mayor con los niños.
Este es el atrio de las monjas. La subida es suave y muy pronto se ensancha el recinto hasta la barbacana de piedra. Barbacana hermosa de proporciones clásicas. El diámetro de sus bolas es el exacto. Perdonad que haga una pregunta que quiero que sea desnuda: ¿Quién tiró las bolas que faltan?
Tiene la serenidad de lo clásico. Pero aquí se volvió a cometer la torpeza de descarnar los cimientos. Siempre he conocido aquí estos olmos huesudos y todas las primaveras han echado hojas para los pájaros. El último de todos era una acacia pero alguien la cortó.
Si alguna vez cae esta barbacana, preferiré no volver a ver el atrio. Belmonte, lo acabamos de ver, nació en este sitio. Aquí ha comenzado a morir si no ponemos remedio.
Vamos a terminar nuestro paseo bajando al caserío. Dejamos las calles estrechas, empinadas y tuertas, calles de capellanes, nobiliarias, y nuestro paseo se ensancha en las casas de labor. Tapiales, portones hechos para las yuntas y abiertas de nuevo para los tractores. Plazas de Belmonte. Nosotros decimos placetas. Nuestro pueblo tiene una gama completa de placetuelas y plazas. Cada una su encanto. Placeta de Las Paulas, rancia y de aguas huidizas, de un relieve especial en mi geografía sentimental. En la de Los Sastres los niños de mi barrio visitábamos la Cruz de Mayo: hermosa exaltación a la cruz del Salvador , con aroma asfixiante de latas de albahaca , de juncos, tomillos y espliegos, perdida ya para el recuerdo. Placeta de El Almudí, cercada hasta hace poco de piedras nobles: un paisano nuestro ganó dinero fuera para destruir el edificio que le da nombre. Aquí podíais comprar buenas mantas de artesanía en las ferias antiguas. La placeta de La Estrella se ha hecho femenina por la Virgen. Un arreglo de otra paisana nuestra, hecho con buen gusto y con respeto, me ha devuelto el orgullo de mis gentes. Yo he tenido la suerte, como muchos de vosotros, de conocer aún la estructura medieval de las Ferias de San Miguel. Esta placeta resonaba con el tin-tin de los caldereros y el brillo de los cobres.
Plaza Mayor, respetuosa, seria. No en vano desde aquí el reloj de la villa ha marcado el ritmo del tiempo. Plaza de farola. A García Sanchiz, que conoció "españoleando" el Ayuntamiento antiguo, le chocó su escudo: una sirena con cabeza de hombre. En su libro Las Soluciones, plagado de retórica, cuenta una comida con gazpacho manchego tomada en la Posada de Luciano.
Y sobre todo, Plaza de El Pilar. Debería ser de Los Pilares, pero en su origen era uno solo. Siento envidia de los que tenéis la suerte de vivir en ella. Plaza medieval, de traza perfecta, plaza hecha para los mercados, para los trajinantes, para las ferias. Mirad los escudos de sus fuentes y os contarán historia. Dos pilones, el dulce y el salobre. Antiguamente el agua que la cruzaba formaba las balsas para lavar los paños. Si yo tuviera que lamentar algo lo haría por los soportales de columnas que la circundaban y que una mala gestión municipal de antiguo las dejó perder.
Este es el recinto principal de la feria antigua. Entonces se unían las compras con la diversión. Hoy ha quedado sola la segunda. ¡Divertíos, belmonteños, por San Miguel o San Bartolomé, es lo mismo! Aprovechaos que está detrás la esquina del invierno. Pronto la lluvia de temporal preparará una sementera larga. Habrá que vendimiar aprisa. Y pintará la nieve y el cierzo dejará sin hojas estos árboles enormes. Mientras tanto sus vecinos saldrán a ella y hablarán a gritos y habrá rebullicio de niños y los viejos se sentarán a su sombra recordando unidos.
¡Visitantes de nuestras fiestas, pueblos vecinos!, esta plaza os acogerá cordial una vez más con sus ruidos y el olor a churros. Lleva haciéndolo ya quinientos años y sabe su oficio. Se hizo para eso.
Y vamos a terminar la andadura en el sitio preciso. No sé si adivináis. El final de Belmonte es La Virgen. Es curiosa una ermita en el llano. Las que están en las sierras suelen ser vírgenes montaraces, de ermitas blancas cercadas por las breñas, morenas de sol, reinas de comarca, señoras de muchos hijos. Su piedad suele ser áspera, de camarín de flores de trapo y exvotos de cera. Sus devotos ascienden tensos y, cuando coronan la altura, se postran. Sólo lo hacen cuando la necesidad los retuerce. Nosotros la tenemos a mano, familiar, para nosotros solos, como para la tertulia. Quizás por eso nunca hablamos de ir a la ermita sino a la Virgen. El sitio está desdibujado por la personalidad de la Señora. Es amiga, es madre. Virgen románica sentada en el sillón para escuchar con calma, con el niño en el regazo, maternal ante todo. No hay mujer en Belmonte que no baje alguna vez a sentarse, a departir amigablemente con ella sus cuitas.
A veces la oración se hace angustia: que no sea, que cure, que no ocurra, que cambie. ¡Madres de Belmonte, todas nuestras madres, con la tragedia de su dolor a la Virgen!
Los que somos de aquí lo sabemos. La Virgen Señora de la Gracia, madre graciosa., oprime su abrazo al Hijo-Niño, Señor Todopoderoso en la piedad popular, y le dice: que no sea, que cure, que no ocurra, que cambie.
Vosotras, muchachas de Belmonte, cada domingo bajáis hasta aquí y paseáis junto a ella. A veces entráis luciendo vuestras galas a hacer la visita. El mozo que os quiere os persigue hasta adentro. No hay vecina mejor enterada que la Virgen de los chismes del pueblo. Es lógico que después, vestidas de novia, bajéis a entregarle vuestro ramo de boda.
Belmonte se nos ha quedado dormido arriba en la penumbra de la tarde. El primer lucero parpadea ya en el azul. Nuestro pueblo es un galeón antiguo anclado en la ribera de La Mancha. Su casco está podrido pero aguanta.
Malditos sean aquellos que intenten manipularte. Malditos los que no te respeten e intenten asfixiar tus tradiciones. Maldito el que, valiéndose de ti, se busque a sí mismo. Maldito el que, pudiendo evitarlo, deje caer tus piedras, el que con mala intención te ofenda, el que ciegue tu evolución libre, el que siembre el odio entre tus gentes. El que se acerque a ti con intención perversa.
Bendice tú a los que desde lejos volvemos a la cordialidad de tus fiestas.
HE DICHO.