Cuentos para pensar - pensamientos/poesia alimentacion animales

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empezamos
Bienvenido
ELIJA USTED NO ASISTIR A LOS CIRCOS......Ellos NO PUEDEN.
¿algun sueño puede resistir la luz del dia o hay q soñar siempre a oscuras?
¿Te vienes conmigo?
Nadie es capaz de elegir sin miedo. -Que leer-
Porque quien no ama no esta vivo
La música llega hasta el alma
La cordura solo es la locura de la mayoria.-Frases-
Vegetarianos
Recetas
Esto es así
La invitación
La tristeza y la furia
Queda Prohibido
Gente
No te vayas sin leer esto.
LA TORTURA NO ES ARTE NI CULTURA
Gaia
...y así creó al hombre y a la mujer (Platon)
Dios de las almas perdidas....
Guimel
lugares que ver
Y ¿qué harias si....
A los buscadores de sueños, x dskbllados q stos sean x dolorosos q nos parezcan -Tb vemos-
Tu voz no debe sofocarse, porque da vida a mi corazón
Cerrando tus ojos
_
23 de septiembre
Firia
Deja tu huella
lost
Las uvas se desgranan con el reloj del tiempo, muere un año en nostalgia y nace un año nuevo.
máscaras
¡Vestir piel es vestirse de muerte!
A orillas del río Piedra........
cartas q nunka envie
Cuando te hablo a ti
San Valentin
Palabras
Un ángel sin ala
MIS PALABRAS DE DESPEDIDA
Por decir algo
aprender a comer es imoprtant.MINERALES
aprender a comer es imoprtant.PROTEINA VEGETAL
El país de los Pozos
Donde hay....
Martes con mi viejo profesor
nome fastidies ¡ABRAZAME!
onceDEjulio
Cuentos para pensar
  

Te encuentro...


Te escucho...


Te hablo...


Te abrazo...


Te beso...


Te tengo...


Te aprieto...


Te atrapo...


Te absorbo...


Te asfixio...


¿Te quiero?

      A veces me aprece que lo quq hace que Dios sea omnipotente no es el poder, sino la paciencia infinita que da la inmortalidad. Nosotros, los humanos, en cambio, nos enfrentamos con ese grado de urgencia que nos obliga la forzosa concienica de nuestra finitud.

Camino por mi camino


Mi camino es una ruta con un solo carril: el mío.
A mi izquierda, un muro eterno separa mi camino
del
camino de alguien que transita a mi lado, al otro lado
del  muro.


De vez, en cuando, en este muro encuentro un agujero, una ventana, una hendidura... Y puedo mirar hacia el camino de mi vecino o vecina.


Un día, mientras camino, me parece ver, al otro lado
del muro, una figura que transita
a mi ritmo, en mi mis­ma dirección.

Miro esa figura: es una mujer. Es hermosa.
Ella también me ve. Me mira.
La vuelvo a mirar.                                                                                                   


Le sonrío... Me sonríe.


Un momento después, ella sigue su camino y yo apuro
el paso porque
espero ansiosamente otra oportunidad
para cruzarme con esa mujer.                                  
En la siguiente ventana me detengo un minuto.
Cuando ella llega, nos miramos a través de la ventana.
Le digo con señas lo mucho que me gusta.


Me contesta con señas. No sé si significan lo mismo que las mías, pero intuyo que ella entiende lo que quiero decirle.


Siento que me quedaría un largo rato mirándola y dejándome mirar, pero sé que mi camino continúa...


Me digo que, quizá, más adelante en el camino habrá seguramente una puerta. Y a lo mejor yo puedo cruzarla para encontrarme con ella.


Nada da más certeza que el deseo, así que me apuro para encontrar la puerta que imagino.


Kmpiezo a correr con la vista clavada en el muro.


Un poco más adelante, la puerta aparece.


Allí está, al otro lado, mí ahora deseada y amada com­
pañera. Esperando... Esperándome...                                                              . "


Le hago un gesto. Ella me devuelve un beso en el aire.


Me hace una seña como llamándome. Es todo lo que necesito. Avanzo contra la puerta para reunirme con ella, a su lado del muro.


La puerta es muy estrecha. Paso una mano, paso el
hombro, hundo un poco el estómago, me retuerzo un
poquito sobre mí mismo, casi consigo pasar mi cabeza...
Pero mi oreja derecha se queda atascada.   
Empujo.                                                                                                                                        

No hay forma. No pasa.
Y no puedo usar mi mano para retorcerla, porque rió,
podría poner ni un dedo allí...


No hay espacio suficiente para pasar con mi oreja, así-.'que tomo una decisión... (Porque mí amada está allí, y me espera).


(Porque es la mujer con la que siempre soñé y me está llamando...)


Saco una navaja de mi bolsillo y, de un solo tajo rápido, me atrevo a darme un corte en la oreja para que mi cabeza pase por la puerta.


Y lo consigo: mi cabeza consigue pasar. .  Pero, después de mi cabeza, veo que es mi hombro el que queda atrapado.


La puerta no tiene la forma de mi cuerpo.


Hago fuerza, pero no hay remedio. Mi mano y mi cuerpo han pasado, pero mi otro hombro y mi otro brazo no pasan...


Ya nada me importa, así que...


Retrocedo, y sin pensar en las consecuencias, tomo impulso y fuerzo mi paso por la puerta.


Al hacerlo, el golpe desarticula mi hombro y el brazo queda colgado, como sin vida. Pero ahora, afortunada­mente, en una posición tal que puedo atravesar la puerta...


Ya casi estoy al otro lado.


Justo cuando estoy a punto de terminar de pasar por la hendidura, me doy cuenta de que mi pie derecho se ha quedado enganchado al otro lado.


Por mucho que me esfuerzo y me esfuerzo, no consigo pasar.


No hay forma. La puerta es demasiado angosta para que mi cuerpo entero pase por ella.


Demasiado angosta: no pasan mis dos pies...


No lo dudo. Estoy ya casi al alcance de mi amada.


No puedo echarme atrás... Así que, agarro el hacha y, apretando los dientes, doy el golpe y desprendo la pierna.


Ensangrentado, a saltos, apoyado en el hacha y con el bra­zo desarticulado, con una oreja y una pierna menos, me encuentro con mi amada.


—Aquí estoy. Por fin he pasado. Me miraste, te miré,


me enamoré. He pagado todos los precios por ti. Todo vale en la guerra y en el amor. No importan los sacrificios. Valían la pena si eran para encontrarse contigo, para poder seguir juntos... Juntos para siempre......, /


Ella me mira mientras se le escapa una mueca.

—Así no, así no quiero... A mí me gustabas cuando estabas entero.
- El buscador -
  

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como


un buscador,...


Un buscador es alguien ,que busca; no necesariamente alguien que encuentra. ,


Tampoco es alguien que, necesariamente, sabe qué es lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.


Un día, el buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Había aprendido a hacer caso riguroso de estas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo. Así que lo dejó todo y partió.


Después de dos días de marcha por los polvorientos
caminos, divisó, a lo lejos, Kammir. Un poco antes de lle­
gar al pueblo, le llamó mucho la atención una colina a la
derecha del sendero. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores
encantadores. La rodeaba por completo una especie de
pequeña valla de madera lustrada.


Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar.


De pronto, sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en aquel lugar.


El buscador traspasó el portal y empezó a caminar len­tamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles.


Dejó que sus ojos se posaran como mariposas en cada detalle de aquel paraíso multicolor.


Sus ojos eran los de un buscador, y quizá por eso des­cubrió aquella inscripción sobre una de las piedras:


Abdul Tareg, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días


Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que aquella pie­dra no era simplemente una piedra: era una lápida.


Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en aquel lugar.


Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Se acercó a leerla. Decía:


Yamir Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas


El buscador se sintió terriblemente conmocionado.


Aquel hermoso lugar era un cementerio, y cada piedra era una tumba.


Una por una, empezó a leer las lápidas.


Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto.


Pero lo que lo conectó con el espanto fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los once años...


 


Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a


llorar.


El cuidador del cementerio pasaba por allí y se acercó.


Lo miró llorar durante un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.


—No, por ningún familiar —dijo el buscador—. ¿Qué pasa en este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciu­dad? ¿Por qué hay tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que les ha obligado a construir un cementerio de niños?


El anciano sonrió y dijo:


—Puede usted serenarse. No hay tal maldición. Lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le con­taré...:


«Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta como esta que tengo aquí, para que se la cuelgue al cuello. Es tradición entre nosotros que, a par­tir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensa­mente de algo, abre la libreta y anota en ella:


                               A  la izquierda, qué fue lo disfrutado.


                                                             A  la derecha, cuánto tiempo duró el gozo,


      Conoció a su novia y se enamoró de ella. ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana? ¿Dos? ¿Tres semanas y media...?


Y después, la emoción del primer beso, el placer mara­villoso del primer beso... ¿Cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?


¿Y el embarazo y el nacimiento del primer hijo...?


 


¿Y la boda de los amigos? ¿Y el viaje más deseado?


¿Y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano?


¿Cuánto tiempo duró el disfrutar de estas situaciones? ¿Horas? ¿Días?


Así, vamos anotando en la libreta cada momento que disfrutamos... Cada momento.


Cuando alguien se muere,


es nuestra costumbre


abrir su libreta


y sumar el tiempo de lo disfrutado


para escribirlo sobre su tumba.


Porque ese es para nosotros

el único y verdadero tiempo vivido».
 

Ésta, mi propuesta sobre las relaciones inter­
personales, fue publicada originalmente dentro
del prólogo de la- tercera reedición de
Cartas
para Claudia
(Ediciones del Nuevo Extremo),
en 1989. ... ..


Quiero que me oigas sin juzgarme Quiero que opines sin aconsejarme


Quiero que confíes en mí sin exigirme Quiero que me ayudes sin intentar decidir por mí


Quiero que me cuides sin anularme Quiero que me mires sin proyectar tus cosas en mí


Quiero que me abraces sin asfixiarme Quiero que me animes sin empujarme


Quiero que me sostengas sin hacerte cargo de mi Quiero que me protejas sin mentiras


Quiero que te acerques sin invadirme Quiero que conozcas las cosas mías que más te disgusten


Que las aceptes y no pretendas cambiarlas Quiero que sepas... que hoy puedes contar conmigo...


Sin condiciones.

Había una vez un campesino gordo y feo
que se había enamorado (¿cómo no?)
de una princesa hermosa y rubia
Un día, la princesa —vaya usted a saber por qué—
dio un beso al feo y gordo campesino... 
y, mágicamente, éste se transformé.,;.
en un esbelto y apuesto príncipe
(Por lo menos, así lo veía ella...)
(Por lo menos, así se sentía él..)

Todos los que hemos vivido buscando la verdad, nos he­mos encontrado en el camino con muchas ideas que nos sedujeron y habitaron en nosotros con la fuerza suficien­te como paca condicionar nuestro sistema de creencias.


Sin embargo, pasado un tiempo, muchas de las verda­des terminaban siendo descartadas porque no soportaban nuestros cuestionamientos internos, o porque una «nueva verdad», incompatible con aquéllas, competía en nosotros por los mismos espacios. O simplemente porque estas, ver­dades dejaban de serlo.


En cualquier caso, aquellos conceptos que habíamos tenido como referentes dejaban de ser tales y nos encon­trábamos, de pronto, a la deriva. Dueños del timón de nuestro barco y conscientes de nuestras posibilidades, pero incapaces de trazar un rumbo confiable.


Mientras escribo esto, recuerdo de pronto El principito de Antoine de Saint-Exupéry,


 


«En sus viajes por los pequeños planetas de su galaxia se encontró con un geógrafo que añoraba, en un gran libro de registro, montañas, ríos y estrellas.


El principito quiso registrar su flor (aquella que había dejado en su planeta), pero el geógrafo le dijo:


—No registramos flores, porque no se pueden tomar como referencia las cosas efímeras.


Y el geógrafo le explicó ai principito que efímero quiere decir amenazado de pronta desaparición.


Cuando el principito escuchó esto, se entristeció mucho. Se había dado cuenta de que su rosa era efímera...».


Y entonces me pregunto, por un lado: ¿Existirán las ver­dades sólidas como rocas e imperturbables como acciden­tes geográficos? ¿O será la verdad sólo un concepto que lleva en sí mismo la esencia de lo transitorio y frágil de las flores? Y, por otro lado, desde una perspectiva macrocósmica:


¿Es que acaso las montañas, los ríos y las estrellas no están también amenazados de pronta desaparición?


¿Cuánto es «pronto» comparado con «siempre»?


¿No son, desde esta mirada, las montañas también efí­meras...?


Creo que lo que me gustaría hoy es intentar escribir sobre algunas ideas-montaña, ideas-río, ideas-estrella con las que me he ido cruzando en mi camino.


Algunas verdades que seguramente son cuestionables para otros, lo serán también para mí, algún día. Pero hoy contienen, me parece, la solidez y la confiatñlidad que da


la indiscutible mirada del sentido común.


I. El primero de estos pensamientos confiables forma par­te inseparable de la filosofía guestáltica y es la idea de saber que


lo que es, es.


(Escribo esto y pienso en ¡a desilusión de quien me lee: «¡Lo que es, es...! ¿Esa es la verdad?».)


El concepto, no por obvio menos ignorado, contiene en sí mismo tres implicaciones que me parece significativo remarcar: saber que «lo que es, es» implica la aceptación de que los hechos, las cosas, las situaciones son como son.


La realidad no es como a mí me convendría que fuera.


No es como debería ser.


No es como me dijeron que iba a ser.      


No es como fue.


No es como será mañana.                        


La realidad de mi afuera es como es.                      


Pacientes y alumnos que me escuchan repetir este concep­to se empeñan en ver en él un deje de resignación, de pos­tura lapidaria, de bajar la guardia.


Me parece útil recordar que el cambio sólo puede pro­ducirse cuando somos conscientes de la situación presen­te. ¿Cómo podríamos diagramar nuestra ruta a Nueva York sin saber en qué punto del universo nos encontra­mos?


Sólo puedo iniciar mi camino desde mi punto de par­tida, y esto es aceptar que las cosas son como son.


La segunda derivación directamente relacionada con esta idea es que


 


yo soy quien soy


Otra vez:


Yo no soy quien quisiera ser.


No soy el que debería ser.


No soy el que mi mamá quería que fuese.


Ni siquiera soy el que fui.


Yo soy quien soy.      


De paso, para mí, toda nuestra patología psicológica pro­viene de la negación de esa frase.


Todas nuestras neurosis empiezan cuando tratamos de ser quienes no somos.


En Déjame que te cuente... escribí sobre el autorrechazo:


...Todo empezó aquel día gris en que dejaste de decir orgulloso


yo soy...


Y entre avergonzado y temeroso bajaste la cabeza y cambiaste tus palabras y actitudes por un terrible pensamiento


YO DEBERÍA SER...


...Y si es difícil aceptar que yo soy quien soy, cuánto más difícil nos es, a veces, aceptar la tercera derivación del con­cepto «lo que es, es»:


 


Tú... eres quien eres


 


Es decir


Tú no eres quien yo necesito que seas.


Tú no eres el que fuiste.


Tú no eres como a mí me conviene.


Tú no eres como yo quiero.


Tú eres como eres.


Aceptar eso es respetarte y no pedirte que cambies.


Hace poco empecé a definir el verdadero amor como la desinteresada tarea de crear espacio para que el otro sea quien es.


Esta primera «verdad» es el principio (en sus dos sentidos, de primero y de primordial) de toda relación adulta.


Se materializa cuando yo te acepto como tú eres y per­cibo que tú también me aceptas como yo soy.


II. La segunda verdad que creo imprescindible la tomo de la sabiduría sufí:


Nada que sea bueno es gratis.


Y de aquí se derivan, para mí, por lo menos dos ideas.


La primera: si deseo algo que es bueno para mí, debería saber que voy a pagar un precio por ello. Por supuesto, ese pago no siempre es en dinero (si fuera sólo en dinero, ¡sería ran fácil!). Este precio es a veces alto y otras muy pequeño, pero siempre existe. Porque nada que sea bueno es gratis.


La segunda: darme cuenta de que si algo recibo de fuera, si algo bueno me está pasando, si vivo situaciones de pla­cer y de goce es porque me las he ganado. He pagado por ellas, me las merezco. (Sólo para alertar a los pesimistas y desalentar a los aprovechados, quiero aclarar que los pagos son siempre por anticipado: lo bueno que vivo ya lo he pagado. ¡No hay cuotas a plazos!)


Algunos de los que me escuchan decir esto preguntan:


¿Y lo malo?


¿No es cierto que lo malo tampoco es gratis? Si me pasa algo malo, ¿es también por algo que hice? ¿Porque de alguna forma me lo merezco?


Quizá sea cierto. Sin embargo, estoy hablando de verda­des para mí incuestionables, sin excepciones, universales.   • Y para mí la aseveración de que «me merezco todo lo que me pasa incluido lo malo» no es necesariamente cierta.


Puedo asegurar que conozco algunas personas a las que les han acontecido hechos desgraciados y dolorosos que, sin duda alguna, ¡no merecían!


Incorporar esta verdad (nada que sea bueno es gratis) es abandonar para siempre la idea infantil de que alguien debe darme algo porque sí, porque yo lo quiero. Que la vida tiene que procurarme lo que deseo «sólo porque lo deseo», de pura suerte, mágicamente.


III. Y la tercera idea que creo que es un punto de referen­cia podría enunciarla de la siguiente manera:


Es cierto que nadie puede hacer todo lo que quiere, pero cualquiera puede no hacer nunca lo que NO quiere.


Me repito a mí mismo:


Nunca hacer lo que no quiero.


Incorporar este concepto como una referencia real, es decir, vivir coherentemente con esta idea, no es fácil. Y sobre todo no es gratis. (Nada que sea bueno lo es, y esto es bueno).


Estoy diciendo que si soy un adulto, nadie puede obli­garme a hacer lo que no quiero hacer. Lo máximo que pue­de pasarme, en todo caso, es que el precio sea mi vida. (No es que yo minimice ese coste, pero sigo pensando que es diferente creer que no puedo hacerlo, a saber que hacerlo me costaría la vida).


Sin embargo, en lo cotidiano, en el pasar de todos los días, los precios son mucho más bajos. En general, lo úni­co que es necesario es incorporar la capacidad de renun­ciar a que algunos de los demás me aprueben, me aplau­dan, me quieran. (El coste, como a mí me gusta llamarlo, es que cuando uno se atreve a decir «no» empieza a des­cubrir algunos aspectos desconocidos de sus amigos: la nuca, la espalda y todas esas otras partes que se ven sólo cuando el otro se va).


Estas tres verdades son para mí ideas-montana, ideas-río, ideas-estrella.


Verdades que continúan siendo ciertas a través del tiempo y de las circunstancias.


Conceptos que no son relativos a determinados mo­mentos, sino a todos y cada uno de los instantes que, sumados, solemos llamar «nuestra vida».


verdades-montana para poder construir nuestra casa sobre una base sólida.


verdades-río para poder calmar nuestra sed y para na­vegar sobre ellas en la búsqueda de nuevos horizontes.


verdades-estrella para poder servirnos de guía, aun en nuestras noches más oscuras...

Escribiendo sin «u»
puedo hablar hasta de mi cansancio,
de lo mío, del yo,
de lo que tengo,
de lo que me pertenece...
Hasta puedo escribir de él,
de ellos
y de los demás.
Pero sin «u»
no puedo hablar de ustedes,
del tú,
de lo vuestro.
No puedo hablar de lo suyo,
de lo tuyo,
ni siquiera de lo nuestro.
Así me pasa...
A veces pierdo la -u»...
y dejo de poder hablarte,
pensarte, amarte, decirte.
Sin «u», yo me quedo pero tú desapareces. Y sin poder nombrarte, |   ¿cómo podría disfrutarte?
Como en el cuento... si tú no existes
me condeno a ver lo peor de mí mismo
reflejándose eternamente
en el mismo,
mismísimo,
estúpido
espejo.