Es una noche de clara Luna, con una cálida brisa que roza mis mejillas. Pero es una calidez que yo apenas noto, porque para mí, no hay noche que pase, que no sea cada vez más fría.
Porque la tibiez de mi cuerpo no la logra ya ningún Sol, y menos aún la Triste Luna. Y digo triste no por ella, porque con su incansable brillo y belleza, jamás traería a la mente de ningún mortal dicha palabra, pero sí, yo la nombro de tal manera, la Triste Luna, que sola en el cielo no hace más que recordar mi propia tristeza, mi propia soledad.
Escuche en una ocasión, de labios de cierta persona que ya no recuerdo, que tanto la Luna como el Sol, escondían la trágica historia de un gran amor. Una historia como ya tantas otras, de una mujer que no puede ser repartida entre dos hombres, y por la ira del despechado todos sufren, así es el amor.
En este caso concreto, un temeroso Dios, enamorado de una bella joven llamada Luna, al no poder poseerla, obligo a esta y a su amado, a hacer frente a una dura prueba de amor. Si ambos negaban el sentimiento que albergaban en su interior, el les dejaría marchar libres, de lo contrario les condenaría a un gran tormento. La muchacha guardando por el bien del joven, con un tupido velo negro, cubrió la mitad de su rostro bañado en llanto, así pensó ella, si él no contemplaba sus ojos, le sería más fácil negar de su amor. Pero por mucho que el no la mirase, lo cierto es que su alma ya no era suya, y negando que la quería no podría existir. Así que gritó con fuerza al viento que estarían juntos cada noche y cada día, y que ningún mal podría extinguir el fuego de su amor.
Ante dichas palabras, el tormento del que habían sido avisados cernió sobre ellos. Y cuando ya la no tan joven muchacha Luna, cruza el firmamento, su amado Sol ya ha marchado, haciendo que por el paso de miles de años, ni de noche ni de día, pueda tenerle a su lado.
Pero por la fe en los amantes existen los eclipses, para que así todos podamos contemplar, como un amor que ha de existir eternamente, siempre haya la manera de volver a unir sus lazos, de reencontrase en el camino, aunque les cueste llegar.