A orillas del río Piedra........ - pensamientos animales poesia

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ELIJA USTED NO ASISTIR A LOS CIRCOS......Ellos NO PUEDEN.
¿algun sueño puede resistir la luz del dia o hay q soñar siempre a oscuras?
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Nadie es capaz de elegir sin miedo. -Que leer-
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La música llega hasta el alma
La cordura solo es la locura de la mayoria.-Frases-
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LA TORTURA NO ES ARTE NI CULTURA
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...y así creó al hombre y a la mujer (Platon)
Dios de las almas perdidas....
Guimel
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Y ¿qué harias si....
A los buscadores de sueños, x dskbllados q stos sean x dolorosos q nos parezcan -Tb vemos-
Tu voz no debe sofocarse, porque da vida a mi corazón
Cerrando tus ojos
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23 de septiembre
Firia
Deja tu huella
lost
Las uvas se desgranan con el reloj del tiempo, muere un año en nostalgia y nace un año nuevo.
máscaras
¡Vestir piel es vestirse de muerte!
A orillas del río Piedra........
cartas q nunka envie
Cuando te hablo a ti
San Valentin
Palabras
Un ángel sin ala
MIS PALABRAS DE DESPEDIDA
  

A orillas del río Piedra me senté y lloré. Cuenta una leyenda que todo lo que cae en las aguas de este río —las hojas, los insectos, las plumas de las aves— se transforma en las piedras de su lecho. Ah, si pudiera arrancarme el corazón del pecho y tirarlo a la corriente; así no habría más dolor, ni nostalgia, ni recuerdos.


A orillas del río Piedra me senté y lloré. El frío del invierno me hacía sentir las lágrimas en el rostro, que se mezclaban con las aguas heladas que pasaban por delante de mí. En algún lugar ese río se junta con otro, después con otro, hasta que —lejos de mis ojos y de mi corazón— todas esas aguas se confunden con el mar.


Que mis lágrimas corran así bien lejos, para que mi amor nunca sepa que un día lloré por él. Que mis lágrimas corran bien lejos, así olvidaré el río Piedra, el monasterio, la iglesia en los Pirineos, la bruma, los caminos que recorrimos juntos.


Olvidaré los caminos, las montañas y los campos de mis sueños, sueños que eran míos y que yo no co­nocía.


Me acuerdo de mi instante mágico, de aquel mo­mento en el que .un «sí» o un «no» puede cambiar toda nuestra existencia. Parece que sucedió hace tan­to tiempo y, sin embargo, hace apenas una semana que reencontré a mi amado y lo perdí.


A orillas del río Piedra escribí esta historia. Las manos se me helaban, las piernas se me entumecían a causa del frío y de la postura, y tenía que descansar continuamente.


—Procura vivir. Deja los recuerdos para los viejos —decía él.


Quizá el amor nos hace envejecer antes de tiempo, y nos vuelve jóvenes cuando pasa la juventud. Pero ¿cómo no recordar aquellos momentos? Por eso es­cribía, para transformar la tristeza en nostalgia, la so­ledad en recuerdos. Para que, cuando acabara de contarme a mí misma esta historia, pudiese jugar en el Piedra; eso me había dicho la mujer que me acogió. Así —recordando las palabras de una santa— las aguas apagarían lo que el fuego escribió.


Todas las historias de amor son iguales.


 


 


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Es necesario correr riesgos, decía. Soto entendemos del todo el milagro de la vida cuando dejamos _que suceda lo inesperado.


Todos los días nos dan, junto con el sol, un mo­mento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos, ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a su día, descubre el instante má­gico. Puede estar escondido en la hora en que metemos la llave en la puerta por la mañana, en el instante de si­lencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.


- La felicidad es a veces una bendición, pero por lo ge­neral es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sue­ños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos a afrontar muchas desilusiones..., pero todo es pasajero y no deja marcas. Y en el futuro podemos mi­rar hacia atrás con orgullo y fe.


Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusio­nes, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia, atrás —porque siempre miramos hacia atrás – oirá que el corazón le dice: “¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días?¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenias miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia: la certeza de que has desperdiciado tu vida.”


 


Pobre de quine escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.


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                            A veces nos invade una sensación de tristeza que no


logramos controlar, decía él. Percibimos que el instante mágico de aquel día pasó, y que nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y su arte.


 


Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entien­de de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz.                   


Ese niño que fuimos un día continúa presente. Bie­naventurados los pequeños, porque de ellos es el Reino de los Cielos.


Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.


Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de matar el cuerpo y los que tratan de matar el alma, aunque su crimen sea menos visible a  lo ojos del  hombre.''


Prestemos atención a lo que nos dice el niño que tenemos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra miedo, porque está solo y casi nunca se le escucha.


Permitamos que tome un poco las riendas de nues­tra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de otro.


Hagamos que se vuelva a sentir amado.


Hagamos se sienta bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos acostumbrados, aunque parezca estupidez a los ojos de los demás.


Si escuchamos al niño que tenemos en él alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos el contacto con ese niño, no perderemos el contacto con la vida.


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—. ¿Conoces el ejercicio del Otro? Pertenece a una historia escrita hace cien años, cuyo autor...

—Olvida al autor y cuéntame la historia —dije mientras andábamos por la única plaza de Saint-Savin.


Un sujeto encuentra a un viejo amigo, que vive tratando de acertar en la vida, sin resultado. «Voy a te­ner que darle un poco de dinero», piensa. Sucede que, esa noche, descubre que su amigo es rico, y que ha ve­nido a pagar todas las deudas que ha contraído en el correr de los años.


Van hasta un bar que solían frecuentar juntos, y él paga la bebida de todos. Cuando le preguntan la razón de tanto éxito, él responde que hasta unos días antes había estado viviendo el Otro.


—¿Qué es el Otro? —preguntan.


—El Otro es aquel que me enseñaron a ser, pero que no soy yo. El Otro cree que la obligación del hombre es pasar la vida entera pensando en cómo reunir dinero para no morir de hambre al llegar a viejo. Tanto piensa, y tanto planifica, que sólo descubre que está vivo cuan­do sus días en la tierra están a punto de terminar. Pero entonces ya es demasiado tarde.


—Y tú ¿quién eres?


—Yo soy lo que es cualquiera de nosotros, si escu­cha su corazón. Una persona que se deslumbra ante el misterio de la vida, que está abierta a los milagros, que siente alegría y entusiasmo por lo que hace. Sólo que el Otro, temiendo desilusionarse, no me dejaba actuar.


—Pero existe el sufrimiento —dicen las personas del bar.


—Existen derrotas. Pero nadie está a salvo de ellas. Por eso, es mejor perder algunos combates en la lucha Por nuestros sueños que ser derrotado sin siquiera sa­ber por qué se está luchando.


—¿Sólo eso? —preguntan las personas del bar.


—Sí. Cuando descubrí eso, decidí ser lo que en realmente siempre deseé. El Otro se quedó allí, en mi habitación, mirándome, pero no lo deje entrar nunca más, aunque algunas veces intentó asustarme, alertándome de los riesgos de no pensar en el futuro.



 

Titulo: A orillas del Río Piedra me senté y lloré.


Autor: Paulo Coelho.

  En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo. Pero ¿qué ocurre cuando la timidez sacrifica un amor adolescente? ¿Y qué sucede cuando, al cabo de once años, el destino hace que una mujer reencuentre a su amado? A ella, la vida le ha enseñado a ser fuerte y a dominar sus sentimientos. A él, que posee el don de la curación, la religión le ha servido como refugio de sus conflictos interiores. Pero a ambos los une un solo deseo: el de cumplir sus sueños. El camino que habrán de recorrer es escabroso, y el sentimiento de culpa un obstáculo casi insalvable. Pero será a orillas del río Piedra, en un pueblito del Pirineo, donde ambos descubrirán su propia verdad. A orillas del río Piedra me senté y lloré es una novela fascinante y tierna que, con una prosa poética y transparente, nos sumerge de lleno en los misterios últimos de la vida y el amor. Según Kenzaburo Oe (premio Nobel de Literatura 1994), “Paulo Coelho conoce los secretos de la alquimia literaria”.