
 |
Índice |
 |
|
|
| |
 |
 |
Abrazar es saludable! favorece el sistema inmunitario, te mantiene sano, cura la depresión, reduce el estrés, induce el sueño, vigoriza, rejuvenece, no tiene efectos colaterales indeseables... en una palabra, es una droga milagrosa.
Abrazar es lo más natural. Es orgánico, naturalmente dulce, no lleva pesticidas ni conservantes ni ingredientes artificiales y es sano al cien por cien.
Abrazar es prácticamente perfecto. 17o tiene partes mecánicas, ni pilas que se gasten, ni exige chequeos periódicos, es de bajo consumo energético, alto rendimiento, a prueba de inflación, no engorda, no exige pagos mensuales ni seguros, a prueba de robos, no está gravado con impuestos, no contamina y, por supuesto, es completamente reciclable. |
 |
|
 |
La sonrisa
Sonreíos los unos a los oíros; sonríe a tu mujer, sonríe a tu marido; sonreíd a vuestros hijos, sonreíos sin que os impone a quién, y eso os ayudará a que crezca vuestro amor por el otro.
Madre Teresa de Calcuta
Muchos norteamericanos conocen bien El principito, un libro maravilloso escrito por Antoine de Saint-Exupéry. Es un libro que, sin dejar de ser un cuento para niños, es también un recurso maravilloso para estimular el pensamiento en los adultos. Muchos menos son los que tienen conocimiento de otros escritos, novelas y cuentos del autor.
Saint-Exupéry era un piloto de caza que luchó contra los nazis y murió en acción. Antes de la segunda guerra mundial, luchó contra los fascistas en la guerra civil española. A partir de aquella experiencia escribió un cuento fascinante con el título de La sonrisa (Le sourire). Éste es el relato que quisiera compartir con vosotros ahora. Aunque no está claro si la intención del autor era escribir un texto autobiográfico o de ficción, yo prefiero creer en la primera posibilidad.
Cuenta el autor que, capturado por el enemigo, lo confinaron en una celda. Por las miradas desdeñosas y el rudo tratamiento que recibió de sus carceleros, estaba seguro de que al día siguiente lo ejecutarían. A partir de aquí contaré la historia tal como la recuerdo, con mis propias palabras.
•Estaba seguro de que me matarían, y me fui poniendo tremendamente inquieto y nervioso. Repasé mis bolsillos en busca de algún cigarrillo que pudiera haber quedado en ellos pese al registro y encontré uno que, con manos temblorosas, apenas pude llevarme a los labios. Pero no lenía fósforos; eso sí se lo habían llevado.
•Por entre los barrotes miré a mi carcelero, que evitaba mantener contacto conmigo. Después de todo, nadie intenta mirar a los ojos a una cosa, a un cadáver. Decidí preguntarle:
•¿Tiene fuego, por favor? '
•Me miró, se encogió de hombros y se acercó a encenderme el cigarrillo.
•Mientras se acercaba para encender el fósforo, sin intención alguna, nuestros ojos se cruzaron. En ese momento, sin saber por qué, le sonreí. Quizá fuera por nerviosismo, tal vez porque cuando dos personas están muy cerca una de otra es muy difícil no sonreír. En todo caso, le sonreí. En ese instante fue como si se encendiera una chispa en nuestros corazones, en nuestras almas: éramos humanos. Sé que aunque él no lo quería, mi sonrisa pasó a través de los barrotes y provocó otra sonrisa en sus labios. Me encendió el cigarrillo y se quedó cerca, mirándome directamente a los ojos, sin dejar de sonreír.
•También yo seguí sonriéndole; ahora ya lo veía como a una persona, no como a un simple carcelero. Pareció como si el hecho de que me mirara hubiera cobrado también una nueva dimensión.
—¿Tienes hijos? -me preguntó.
—Sí, mira.
•Saqué la cartera y busqué las fotos de mi familia. Él también sacó las fotos de sus hijos y empezó a hablar de los planes y las esperanzas que ellos le inspiraban. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. Le dije que temía no volver a ver nunca a mi familia, no poder llegar a verlos crecer. A él también se le humedecieron los ojos.
•De pronto, sin decir nada más, abrió la puerta y sin añadir palabra me guió hacia la salida. Ya fuera de la cárcel, silenciosamente y por callejas apartadas, me condujo fuera de la ciudad. Allí, ya casi en el límite, me dejó en libertad y, sin una palabra más, regresó.
•Aquella sonrisa me había salvado la vida. Sí, la sonrisa... el contacto espontáneo, natural, no afectado entre las personas. Éste es un episodio que cuento en mi trabajo porque me gustaría que la gente pensara en que, debajo de todas las capas defensivas que construimos para protegemos, para proteger nuestra dignidad, nuestros títulos,- nuestros grados, nuestro estatus y nuestra necesidad de que nos vean de tal o cual manera... por debajo de todo eso, sigue estando, auténtico y esencial, lo que somos. No me asusta llamarlo alma. Realmente, creo que si esa parte de ti y esa parte de mí pudieran reconocerse la una a la otra, no seríamos enemigos. No podríamos sentir odio ni envidia ni miedo. Con tristeza llego a la conclusión de que todos esos estratos que tan cuidadosamente vamos construyendo a lo largo de toda la vida, nos distancian de los demás y nos aislan de cualquier auténtico contacto con ellos. El relato de Saint-Exupéry nos habla de ese momento mágico en que dos almas se reconocen.
No he tenido más que unos pocos momentos como aquél. Enamorarse es un ejemplo y también observar a un bebé. ¿Por qué sonreímos cuando vemos un bebé? Quizá sea porque vemos a alguien que aún no tiene todas esas barreras defensivas, alguien que, bien lo sabemos, cuando nos sonríe lo hace de forma totalmente auténtica y sin engaños. Y el alma de bebé que seguimos llevando dentro sonríe con melancólico agradecimiento. Hanoch McCarty |
|
|
|
|
 |
 |
El amor y el taxista |
 |
|
 |
|
 |
|
 |
 |
 |
 |
|
El otro día, en Nueva York, cogí un taxi con un amigo. Cuando nos bajamos, mi amigo le dijo al taxista:
-Le agradezco el viaje. Es usted un conductor estupendo.
Durante un segundo, el hombre se quedó atóníiiio. Después reaccionó:
-Oiga, ¿me está tomando el pelo o qué?
-Nada de eso, amigo mío, no tengo intención de molestarlo. Admiro la tranquilidad con que se nueve en medio de semejante tránsito.
-Ah -farfulló el conductor, y siguió su recorrido.
-¿A qué venia eso? -pregunté.
-Estoy tratando de restaurar el amor en Nueva York -me respondió mi amigo-. Creo que es lo único capaz. de recuperar la ciudad.
—¿Cómo es posible que un solo hombre salve Nueva York?
-No es cuestión de un solo hombre. Creo que a ese taxista le he cambiado el día. Suponte que haga veinte viajes. Pues será amable con esos veinte pasajeros porque alguien fue amable con él. Ellos, a su vez, serán más cordiales con sus empleados, servidores o colaboradores, e incluso con sus respectivas familias. En última instancia, la buena disposición podría extenderse a un millar de personas por lo menos. No está mal, ¿no te parece?
-Pero tú confías en que ese taxista transmita tu buena disposición a los demás.
-No estoy confiando en nada -respondió mi amigo-. Me doy cuenta de que el sistema no es totalmente seguro. Hoy puedo encontrarme con diez personas muy diferentes, si de entre esos diez puedo hacer felices a tres, finalmente podré influir en forma indirecta sobre las actitudes de tres mil más.
-Teóricamente suena bien -admití-, pero no estoy seguro de que en la práctica funcione.
-Si no funciona no se pierde nada. No perdí ni un minuto en decirle a ese hombre que estaba haciendo muy bien su trabajo. Ni le di una propina mayor ni una más pequeña. Y si mis palabras cayeron en oídos sordos, ¿qué importa? Mañana habrá algún otro taxista a quien pueda tratar de hacer feliz.
-Oye, tú estás un poco chiflado -señalé.
-Tus palabras demuestran lo cínico que te has vuelto. Este asunto lo tengo estudiado. Lo que al parecer les falta a nuestros empleados de correos, aparte de dinero, por cierto, es que nadie les dice lo bien que están haciendo su trabajo.
-Pero si no están haciendo bien su trabajo,
-SÍ no están haciendo bien su trabajo es porque sienten que a nadie le importa cómo lo hacen. ¿Por qué no decirles una palabra que les anime?
En ese momento pasábamos junto a un edificio en construcción, donde cinco obreros estaban almorzando, Mi amigo se detuvo.
-Qué trabajo estupendo habéis hecho -señaló-. Debe de ser algo muy difícil y peligroso.
Los hombres lo miraron con desconfianza.
-¿Cuándo estará terminado?
-En junio -gruñó uno de ellos.
-Ah. Pues realmente, es impresionante. Debéis de estar muy orgullosos.
Seguimos caminando y yo le señalé:
-No he visto a nadie como tú desde que leí el Quijote.
-Cuando esos hombres asimilen mis palabras se sentirán más felices y, de alguna manera, su felicidad será un beneficio para la ciudad.
-Pero, ¡esa no es una tarea para que la hagas tú solo!
-protesté yo-, Al fin y al cabo, no eres más que un hombre.
-Lo más importante es no descorazonarse. Intentar que la
_ de la ciudad vuelva a ser feliz no es tarea fácil, pero puedo enrolar a más gente en mi campaña...
-Acabas de guiñarle el ojo a una mujer feísima -le señalé.
-Ya lo sé -me respondió-. Piensa que si es maestra de escuela hoy sus alumnos tendrán un día fantástico.
Art Buchwald |
 |
 |
 |
 |
 |
 |
|
|
|