Un ángel sin ala - pensamientos animales poesia

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ELIJA USTED NO ASISTIR A LOS CIRCOS......Ellos NO PUEDEN.
¿algun sueño puede resistir la luz del dia o hay q soñar siempre a oscuras?
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Nadie es capaz de elegir sin miedo. -Que leer-
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La música llega hasta el alma
La cordura solo es la locura de la mayoria.-Frases-
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No te vayas sin leer esto.
LA TORTURA NO ES ARTE NI CULTURA
Gaia
...y así creó al hombre y a la mujer (Platon)
Dios de las almas perdidas....
Guimel
lugares que ver
Y ¿qué harias si....
A los buscadores de sueños, x dskbllados q stos sean x dolorosos q nos parezcan -Tb vemos-
Tu voz no debe sofocarse, porque da vida a mi corazón
Cerrando tus ojos
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23 de septiembre
Firia
Deja tu huella
lost
Las uvas se desgranan con el reloj del tiempo, muere un año en nostalgia y nace un año nuevo.
máscaras
¡Vestir piel es vestirse de muerte!
A orillas del río Piedra........
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Cuando te hablo a ti
San Valentin
Palabras
Un ángel sin ala
MIS PALABRAS DE DESPEDIDA
  

Las carencias siempre nos arrojan a una encruci­jada y, en semejante condición, no siempre logramos op­tar por lo más conveniente. De hecho, a causa de muchos motivos que sería tedioso enumerar, mostramos una mar­cada inclinación a escoger la vía más difícil. Pero en el girar del mundo, tarde o temprano todo se vuelve paradoja. Las cosas se arreglan por sí mismas, a poco que las deje­mos fluir y aceptando con mansedumbre nuestra pequeña parte de responsabilidad en la creación de los problemas cuando surgen. Aún nos cuesta reconocer que, a veces, el don de ser racionales no facilita necesariamente la exis­tencia. Casi siempre es el corazón, y no la mente, como se pudiera pensar, el que guarda consigo la llave maestra.


 


Tardamos demasiado en darnos cuenta de los errores que vamos cometiendo, pero aún más en ver la lógica aplastante que los avala. Acabamos atiborrándo­os de comida o de alcohol, o del otro o la otra que se nos cruzan al paso, pidiéndoles que nos den algo de lo que ellos mismos carecen. La cuestión no es con qué tratamos de completarnos sino por qué lo hacemos, Cuanto más empeño ponemos en ocupar la vacante, mayor se vuelve la brecha, más escépticos nos volvemos, más defraudados nos sentimos respecto a ese padre o esa madre, a ese compañero o compañera que se supone deberían ilumi­narlo todo, embajadores de Dios en nuestras vidas apa­rentemente incompletas e insustanciales. Cuando la angus­tia llega al límite de lo que es posible soportan igual que los torturados desconectan sus sentidos cuando el dolor ya ha invadido cada molécula de sus cuerpos, sobreviene un silencio, una luz, un alivio, un milagro o se detiene el co­razón, que al cabo de un segundo vuelve a latir para que el ciclo se reinicie.  si el órgano en cuestión deja de pal­pitar definitivamente, con toda probabilidad una criatura está empezando a nacer en algún lugar del mundo, en ese preciso instante.


Para que el circuito de energía no se detenga, lo lleno ha de vaciarse, lo vacío ha de llenarse, la puerta que se cie­rra debe impulsar la apertura de otra puerta El anverso surge con su reverso. Lo malo surge con lo bueno. La es­palda con el frente. La vida con la muerte. Un autobús se detiene en seco cuando va a cruzársele una niña que pasa con su bicí, ponqué un mecánico no cayó en la cuenta de que el depósito estaba perforado y perdía gasolina. Una azafata queda atrapada en un atasco y no puede coger su avión, que acaba por estrellarse. No sabe que desde la no­che anterior espera un bebé. Una emigrante colombiana rellena un boleto de la Lotería Primitiva y antes de sellarlo, varía un dígito porque se acuerda de su madre, sustitu­yéndolo por la que era su cifra de la suerte. El palpito la lleva a convertirse en millonaria en un país ajeno, pero su madre muere a miles de kilómetros, en el preciso instante en que la estaba recordando. Un hombre de mediana edad, solitario y enfermo de cáncer, altera su recorrido ha­bitual por el parque y se agacha para recoger un periódi­co que se le cae a la mujer que resulta ser el amor de su vida. Una corresponsal de guerra salva la piel gracias a un niño huérfano que grita en un idioma que ella desconoce y se pasa cinco años intentando adoptarlo. Lo consigue gra­cias a una abogada que ocupa la habitación contigua en el hotel donde se aloja, con la que se ve obligada a compar­tir el cuarto de baño y termina siendo su mejor amiga. La vida es así de cruel, de poética, de selectiva, de maravillo­sa, de inmunda, de terrible, de perfecta. Y comparándonos con lo que Ella es globalmente, no somos, al margen de la Totalidad, más que diminutos granitos de arena en la pla­ya eterna que es el universo. ¿Quiénes somos para dispo­ner el fin último de lo que nos ocurre? En el hambre hay una desoladora falta de fe. Una inclinación voraz a con­trolarlo todo. Una carencia esencial de confianza. Un hábi­to equivocado de autosuficiencia. Resuena tanto la voz de nuestros egos que nos resulta imposible escuchar nos a nosotros mismos. Pero también es signo de sabiduría. Un aviso de que es preciso equilibrarnos a un nivel que hemos desatendido. No acer­tamos a darnos cuenta de que lo opuesto no es lo opues­to. No tenemos en consideración que no queda en no­sotros ni una sola de las células que nos formaban hace siete años. Nos resistimos a los cambios, porque nos recuerdan a un tiempo el nacer y el morir. Nuestro final y nuestro parto. Queremos dirigir cada nota del concierto, cada paso del proceso. Anestesiados, damos órdenes al ci­rujano que nos está operando a vida o muerte, a corazón abierto. Pero el mundo, antes y después de que existiéra­mos, alcanzó la perfección. Y sigue siendo perfecto, por y a pesar de nuestra presencia. La vida no se detiene, no se equivoca. Algunos tardamos demasiado en reconocer esa ley universal: la del perpetuo equilibrio. Mientras intenta­mos denodadamente mantenernos estables en la cuerda floja, todo está preparado para reparar el pequeño con­tratiempo de nuestra caída.


 


 


Pasé una eternidad en mi torre... Cambiaron todas las cosas sin tenerme en cuenta. Nacieron y murieron niños, ancianos, adultos y jóvenes. Surgieron soluciones para grandes problemas, en el mismo segundo en que estalla­ban guerras y revoluciones. Aumentó el precio de la bom­bona de butano. Y después bajó. Inventaron comidas nue­vas. Se hundieron barcos. Se suicidaron cientos de ballenas. Se escribieron libros, se pintaron cuadros, se levantaron edificios en los mismos solares en los que acababan de desplomarse sin peso las casas donde tantos hombres y tantas mujeres fueron felices y desgraciados, donde comie­ron, respiraron, jugaron, ganaron, perdieron, hicieron el amor y se mataron, donde crecieron, donde evoluciona­ron sus almas, donde eligieron estar, donde se mudaron dejando una historia a las espaldas, donde se casaron y di­vorciaron, donde aprendieron, donde soñaron, donde es­peraron, donde rompieron vasos y platos, donde estrena­ron televisores, donde compraron y vendieron los objetos más queridos, donde se encontraron y se extraviaron a sí mismos, donde empezaron y terminaron de quererse. Na­vidades, Semana Santa, carnavales, vacaciones de verano, el día de la madre, Fin de Año. Y yo allí arriba, en mi cueva de ermitaño, con mi trabajo perfecto y la retahíla de hábi­tos que parecían hacer el universo previsible. La vida pasó delante de mi puerta sin tocar el timbre.


 


Me limité a mantenerme viva, como si una parte de mi ser estuviera conectada a una máquina. Y me visité a dia­rio, sin saber realmente hasta qué punto mi parte ausente sentía o comprendía algo. Y en cada visita renové, sin dar­me cuenta, la esperanza de que en cualquier momento, la otra yo abriese los ojos y dijese hola, dónde estoy, esa cla­se de cosas que suelen decirse tras un desmayo. Que todo fuera igual que antes. Pero no fue posible. La vida siguió su curso. Y esa otra yo se fue debilitando Y acabó por morir porque yo la visitaba, sí, pero había dejado de acariciarla, de sonreírle, de hab1arle, convencida de que no podía es­cucharme. Se fue extinguiendo paulatinamente, por falta de amor porque todos los lazos que nos unían desapare­cieron. Ninguna de sus células es la misma. La que ha des­pertado soy yo. (...) Ha reventado mi alma como una semilla en la oscuridad de la tierra, para dar luz a un germen distinto. No puedo detener el proceso. La vida es hoy. No me espera. O me arriesgo y me abro paso hasta la luz o me pudro en mi temor a ser detenida por el gélido abrazo de la escarcha. Ésta es la hora. No fue ayer. No será mañana.