Las carencias siempre nos arrojan a una encrucijada y, en semejante condición, no siempre logramos optar por lo más conveniente. De hecho, a causa de muchos motivos que sería tedioso enumerar, mostramos una marcada inclinación a escoger la vía más difícil. Pero en el girar del mundo, tarde o temprano todo se vuelve paradoja. Las cosas se arreglan por sí mismas, a poco que las dejemos fluir y aceptando con mansedumbre nuestra pequeña parte de responsabilidad en la creación de los problemas cuando surgen. Aún nos cuesta reconocer que, a veces, el don de ser racionales no facilita necesariamente la existencia. Casi siempre es el corazón, y no la mente, como se pudiera pensar, el que guarda consigo la llave maestra.
Tardamos demasiado en darnos cuenta de los errores que vamos cometiendo, pero aún más en ver la lógica aplastante que los avala. Acabamos atiborrándoos de comida o de alcohol, o del otro o la otra que se nos cruzan al paso, pidiéndoles que nos den algo de lo que ellos mismos carecen. La cuestión no es con qué tratamos de completarnos sino por qué lo hacemos, Cuanto más empeño ponemos en ocupar la vacante, mayor se vuelve la brecha, más escépticos nos volvemos, más defraudados nos sentimos respecto a ese padre o esa madre, a ese compañero o compañera que se supone deberían iluminarlo todo, embajadores de Dios en nuestras vidas aparentemente incompletas e insustanciales. Cuando la angustia llega al límite de lo que es posible soportan igual que los torturados desconectan sus sentidos cuando el dolor ya ha invadido cada molécula de sus cuerpos, sobreviene un silencio, una luz, un alivio, un milagro o se detiene el corazón, que al cabo de un segundo vuelve a latir para que el ciclo se reinicie. si el órgano en cuestión deja de palpitar definitivamente, con toda probabilidad una criatura está empezando a nacer en algún lugar del mundo, en ese preciso instante.
Para que el circuito de energía no se detenga, lo lleno ha de vaciarse, lo vacío ha de llenarse, la puerta que se cierra debe impulsar la apertura de otra puerta El anverso surge con su reverso. Lo malo surge con lo bueno. La espalda con el frente. La vida con la muerte. Un autobús se detiene en seco cuando va a cruzársele una niña que pasa con su bicí, ponqué un mecánico no cayó en la cuenta de que el depósito estaba perforado y perdía gasolina. Una azafata queda atrapada en un atasco y no puede coger su avión, que acaba por estrellarse. No sabe que desde la noche anterior espera un bebé. Una emigrante colombiana rellena un boleto de la Lotería Primitiva y antes de sellarlo, varía un dígito porque se acuerda de su madre, sustituyéndolo por la que era su cifra de la suerte. El palpito la lleva a convertirse en millonaria en un país ajeno, pero su madre muere a miles de kilómetros, en el preciso instante en que la estaba recordando. Un hombre de mediana edad, solitario y enfermo de cáncer, altera su recorrido habitual por el parque y se agacha para recoger un periódico que se le cae a la mujer que resulta ser el amor de su vida. Una corresponsal de guerra salva la piel gracias a un niño huérfano que grita en un idioma que ella desconoce y se pasa cinco años intentando adoptarlo. Lo consigue gracias a una abogada que ocupa la habitación contigua en el hotel donde se aloja, con la que se ve obligada a compartir el cuarto de baño y termina siendo su mejor amiga. La vida es así de cruel, de poética, de selectiva, de maravillosa, de inmunda, de terrible, de perfecta. Y comparándonos con lo que Ella es globalmente, no somos, al margen de la Totalidad, más que diminutos granitos de arena en la playa eterna que es el universo. ¿Quiénes somos para disponer el fin último de lo que nos ocurre? En el hambre hay una desoladora falta de fe. Una inclinación voraz a controlarlo todo. Una carencia esencial de confianza. Un hábito equivocado de autosuficiencia. Resuena tanto la voz de nuestros egos que nos resulta imposible escuchar nos a nosotros mismos. Pero también es signo de sabiduría. Un aviso de que es preciso equilibrarnos a un nivel que hemos desatendido. No acertamos a darnos cuenta de que lo opuesto no es lo opuesto. No tenemos en consideración que no queda en nosotros ni una sola de las células que nos formaban hace siete años. Nos resistimos a los cambios, porque nos recuerdan a un tiempo el nacer y el morir. Nuestro final y nuestro parto. Queremos dirigir cada nota del concierto, cada paso del proceso. Anestesiados, damos órdenes al cirujano que nos está operando a vida o muerte, a corazón abierto. Pero el mundo, antes y después de que existiéramos, alcanzó la perfección. Y sigue siendo perfecto, por y a pesar de nuestra presencia. La vida no se detiene, no se equivoca. Algunos tardamos demasiado en reconocer esa ley universal: la del perpetuo equilibrio. Mientras intentamos denodadamente mantenernos estables en la cuerda floja, todo está preparado para reparar el pequeño contratiempo de nuestra caída.
Pasé una eternidad en mi torre... Cambiaron todas las cosas sin tenerme en cuenta. Nacieron y murieron niños, ancianos, adultos y jóvenes. Surgieron soluciones para grandes problemas, en el mismo segundo en que estallaban guerras y revoluciones. Aumentó el precio de la bombona de butano. Y después bajó. Inventaron comidas nuevas. Se hundieron barcos. Se suicidaron cientos de ballenas. Se escribieron libros, se pintaron cuadros, se levantaron edificios en los mismos solares en los que acababan de desplomarse sin peso las casas donde tantos hombres y tantas mujeres fueron felices y desgraciados, donde comieron, respiraron, jugaron, ganaron, perdieron, hicieron el amor y se mataron, donde crecieron, donde evolucionaron sus almas, donde eligieron estar, donde se mudaron dejando una historia a las espaldas, donde se casaron y divorciaron, donde aprendieron, donde soñaron, donde esperaron, donde rompieron vasos y platos, donde estrenaron televisores, donde compraron y vendieron los objetos más queridos, donde se encontraron y se extraviaron a sí mismos, donde empezaron y terminaron de quererse. Navidades, Semana Santa, carnavales, vacaciones de verano, el día de la madre, Fin de Año. Y yo allí arriba, en mi cueva de ermitaño, con mi trabajo perfecto y la retahíla de hábitos que parecían hacer el universo previsible. La vida pasó delante de mi puerta sin tocar el timbre.
Me limité a mantenerme viva, como si una parte de mi ser estuviera conectada a una máquina. Y me visité a diario, sin saber realmente hasta qué punto mi parte ausente sentía o comprendía algo. Y en cada visita renové, sin darme cuenta, la esperanza de que en cualquier momento, la otra yo abriese los ojos y dijese hola, dónde estoy, esa clase de cosas que suelen decirse tras un desmayo. Que todo fuera igual que antes. Pero no fue posible. La vida siguió su curso. Y esa otra yo se fue debilitando Y acabó por morir porque yo la visitaba, sí, pero había dejado de acariciarla, de sonreírle, de hab1arle, convencida de que no podía escucharme. Se fue extinguiendo paulatinamente, por falta de amor porque todos los lazos que nos unían desaparecieron. Ninguna de sus células es la misma. La que ha despertado soy yo. (...) Ha reventado mi alma como una semilla en la oscuridad de la tierra, para dar luz a un germen distinto. No puedo detener el proceso. La vida es hoy. No me espera. O me arriesgo y me abro paso hasta la luz o me pudro en mi temor a ser detenida por el gélido abrazo de la escarcha. Ésta es la hora. No fue ayer. No será mañana.