¡LA TRANSGRESION AL

¡LA TRANSGRESION AL

PODER! (EL EMPERADOR

HELIOGÁBALO)

CARLOS ESPEJO MURIEL

UNIVERSIDAD DE GRANADA

1. INTRODUCCIÓN

Antes de empezar a desvelar la fascinante vida del emperador Heliogábalo, permítanme que les explique una serie de conocimientos que son necesarios para los que no están versados en las ciencias de la Antigüedad, para así poder comprender mejor qué ocurrió realmente en el mundo romano con la "homosexualidad".

Entrecomillamos el término <homosexualidad>, pues a nuestro entender absolutiza una categoría que, aun siendo importante, no es ni definitoria ni fundamental en la configuración de la personalidad de un individuo (no negamos por ello que es de una gran transcendencia, sobre todo en su relación con los demás); por ello optamos por eludir la sexualidad como elemento diferenciador o utilizar el adjetivo "sexual" para referirnos a las múltiples opciones que tiene ante sí toda persona.

Pero... y en la Antigüedad, ¿se planteaban las mismas dudas, o no? Mucho se ha hablado de la naturaleza bisexual de los antiguos griegos y romanos (Cantarella, 1988), así como del escaso prejuicio que éstos presentaban ante las manifestaciones sexuales de sus paisanos. ¿Cómo es nuestra forma de aproximarnos a esta realidad? ¿Trasladamos nuestros métodos y formas de pensar a más de 2.000 6 2.500 años atrás? La respuesta creemos que es obvia. La primera lección que aprenden nuestros alumnos de Historia es la siguiente: nunca se puede pretender comprender el pasado con la óptica del siglo XX, y por lo tanto, ocurre lo mismo para la sexualidad.

Desde principios de la década de los 90, en Estados Unidos empezó a surgir una corriente que se cuestionaba la adecuación de nuestras modernas categorias sexuales a las de la Antigüedad. Hay que destacar los trabajos de Halperin (1990) y Vinkler (1990). Estos dos autores llegaron a la conclusión de que los clásicos nunca dividieron el deseo en "hetero" u "homo" sino que la dicotomía -que la hubo, pero en otra escala- consistía fundamentalmente en ser más o menos "hombre", es decir, si se era Masculino o femenino, dicho en otros términos: si se era: sujeto activo o pasivo.

Esto no quiere decir que no encontremos en el mundo clásico algo que podamos llamar "sexualidad"; al contrario, los clásicos tenían distintas formas para referirse al "sexo", como concepto abstracto, pero de ahí a conseguir una definición de la sexualidad como una parte permanente y constitutiva del individuo, en el sentido en el que hoy damos como "hetero", "homo" o "bisexual", es una labor difícil, por no decir imposible, de percibir en la Antigüedad.

De este modo, Carnes (1) señala que denominaciones tales como "hacer el amor" o "el amor por los muchachos" se refieren realmente a actos homosexuales, y gracias a las fuentes podemos deducir que algunas personas preferían a los muchachos antes que a las mujeres, y al contrario; pero de ahí a decir que esta faceta cubre un aspecto significante de la personalidad de cada individuo -o incluso, como mencionábamos al principio, "el aspecto" por antonomasia definitorio- va un abismo.

El que sea tan controvertido hablar de "gays" en la Antigüedad va ligado al hecho de que, en principio, la mayoría de los hombres adultos encontraban a las mujeres y a los muchachos como potenciales compañeros/as sexuales (lo cual nos aleja no sólo de nuestro concepto social que distingue entre "homos" y "heteros", sino incluso de nuestro moderno concepto de "bisexualidad" -pues para ello hay ser consciente de que existen ya dos tipos reales de sexualidad-).

Por otro lado, y con mayor o menor dificultad, hoy día nuestra sociedad acepta las relaciones entre hombres y mujeres de igual estatus social, de edades similares e incluso con el puro objeto del goce sexual. Pues bien, nada de todo esto se puede transportar al mundo griego y ni mucho menos al romano, pues en ambos universos los hombres mantenían relaciones sexuales con sus inferiores (cualquiera que fuese su edad o estatus social), relaciones en las que no se esperaba particularmente que el/la joven disfrutara (al ser objeto de deseo poco importaba si disfrutaba o no, sólo tenía que prestarse a satisfacer a su amante). Aunque, como bien sabemos, sobre todo gracias a la iconografía de los vasos griegos y a los exemplos tan significativos de los graffiti pompeyanos, hay honrosas excepciones que nos aproximan a nuestro ideal moderno de reciprocidad.

Bien, creo que con lo que hemos expuesto queda por lo menos claro que no todo el mundo cientifíco está dispuesto a utilizar las mismas modernas categorías sexuales para conocer este interesante aspecto de la vida cotidiana en la Antigüedad. Aun así, ya hemos dejado entrever que las funciones sexuales son bastante distintas de las actuales, pero de ello nos ocuparemos dentro de un momento; antes permítanme que les muestre de dónde extraemos nuestros datos para poder proceder a la reflexión.

Para aquél que no conozca bien la antigüedad clásica, diré que las fuentes con las que podemos contar para aproximarnos a este interesante y "oscuro", universo (digo <oscuro>, porque aún somos muy pocos los que nos dedicamos a estudiar esta "pornografía" como la llaman algunos), son dos exclusivamente: las literarias y las arqueológicas. Dentro de las primeras ocupan un lugar privilegiado los textos que nos han llegado de los autores clásicos, y, concretamente, por lo que respecta a sus informaciones sobre el deseo homosexual, señalo a Hesíodo, Platón, Lisias, Aristófanes, Estratón de Sardes, Jenofonte, Aristóteles, Esquines, Catulo, Tibulo, Propercio, Ovidio, Petronio, Plinio, Lactancio, Valerio Máximo, Polibio, Tácito, Estacio, Herodiano, Tito Livio, etc... Entre ellos contamos con escritores que ocupan un espectro desde el siglo VIII ane hasta el IV dne, con multitud de oficios: agricultores, filósofos, comediógrafos, poetas, novelistas, historiadores, juristas, etc... En ellos tenemos recogidos desde expresiones sobre la belleza de hombres hasta descripciones de actos sexuales, pasando por el comportamiento de pareja o los celos.

En cuanto al segundo tipo de fuentes, diremos que hemos de centrarnos exclusivamente casi en las representaciones artísticas (o sea, ,desechamos la numismática, la epigrafía, etc ... ) para centrarnos en las producciones materiales, como la cerámica (los vasos griegos, y algunos romanos, son auténticas enciclopedias visuales), la orfebrería, las pinturas al fresco, algún mosaico que otro, y alguna que otra escultura.

De este segundo tipo de fuentes hemos podido extraer unas conclusiones tan interesantes como las que ya antes Carnes mencionaba sobre la ausencia o no de placer en los "muchachitos", como el sexo en grupo, o las distintas habilidades eróticas de nuestros antepasados.

Existe un tercer tipo que engloba la religión. Me refiero concretamente a ciertos rituales que detentan una carga hornoerótica muy importante. Fundamentalmente son los ritos iniciáticos o de transición, como los llamó el gran estudioso Van Gennep (198l), pues por medio de una ceremonia se pretende subrayar la transición de estatus de los mas Jóvenes a la edad adulta (bien por mutilación o iniciación sexual, bien por disciplinas no urbanas en las que exponen fundamentalmente el aspecto selvático de la civilización, y por lo tanto, del hombre o la mujer).

Para completar el estudio, es decir, para hacernos una idea exacta del fenómeno <homosexual>, en la antigüedad, no debemos olvidar la figura de la mujer y los roles sexuales. De la primera tengo que advertir que desgraciadamente, dado que en éstas civilizaciones no detentaban un rango especial, su participación activa y su huella es mínima; más aun cuando nos referimos al terreno sexual que se adentra en la parcela de lo privado. Queremos decir con esto que si el mundo greco-romano era un mundo de hombres, lógicamente se hablaba, se dramatizaba, se componia y se procuraba diversión sólo para los hombres; luego, lo que hacían las mujeres a nadie interesaba (salvo si no respondían a las expectativas que de ellas se tenían: tener hijos, ser esposas dignas, llevar la economía doméstica, lo que Incluía controlar a la servidumbre de la casa, ofrecer placer al amo y señor cuando lo pidiera, no frecuentar los Iugares públicos, etc... ). Esta es la razón de que desgraciadamente sólo conozcamos un nombre femenino protagonista del amor "homosexual", entre mujeres, la griega de tan bello nombre: Safo.

Lo cual quiere decir, en primer lugar, que un auténtico estudio sobre el lesbianismo está aún por hacer (un buen comienzo sería rastrear los ritos iniciáticos femeninos). En segundo lugar, que todo aquello que podamos hablar sobre lesbianas debemos hacerlo en torno a conjeturas, pues no hay datos o hechos que corroboren nuestras hipótesis (esto no quiere decir que no podamos pensar que ellas también impondrían el modelo de sumisión a sus esclavas y, en consecuencia, también podrían obtener placer de ellas en el recinto cerrado del hogar, o incluso acceder a otros encuentros como en aquellas manifestaciones festivas que se celebraban exclusivamente para mujeres en Grecia y en Roma; pero repito, todo esto, aunque yo lo comparto, corre el peligro de derrumbarse si no se demuestra fehacientemente). Y en cuanto al segundo y último punto de esta reflexión introductoria -que ya se extiende más de lo que deseara-, el de los roles sexuales, tenemos que decir muchas cosas, y muy importantes todas ellas:

En Grecia como en Roma las relaciones <homosexuales> se realizaban según unos patrones delimitados y fijos que no slempre se cumplían, pero que debían seguirse. Tales patrones proponían inexcusablemente que estas relaciones, al quedar delimitadas por el ámbito de la educación (paideia), tenían que mantenerse entre un adulto (pedagogo-erastés) y un jovencito (paidés), de donde procede la archiconocida palabra "pederastia", resultado de la unión de paidés (chico) y erastés (amante adulto). Quiere esto decir que en el mundo griego un hombre adulto y casado podía (y debía) encargarse de la educación de un joven, al cual debía iniciar en todos los aspectos de la vida, incluido el sexual; ahora b'eii, tal iniciación se debía producir adquiriendo el adulto el papel activo ("el que penetra") y el jovencito, el pasivo o ("el penetrado"). Se hablaba incluso de que a través del semen del maestro la sabiduría llegaba al neófito.

Ahora bien, a la edad de 16 años o cuando al joven le empezara a despuntar la barba, debía absolutamente dejar ese papel (ya no era, pues, un niño, un <paidés>) y pasaba a desempeñar el papel de amante activo en sus amoríos educativos con ootros jóvenes. Sin embargo, los griegos nos han dejado constancia de términos muy sabrosos que nos indican que hubo adultos que optaron voluntariamente por el papel pasivo en sus relaciones afectivas con otros muchachos o incluso con gente de su misma edad; a éstos los griegos los llamaron eromenoi (como también inventaron un término ligado al color: leikóproptos que significaba lo mismo que erómenos, salvo que aquí la etimología es más rica, pues como he dicho va ligado al color blanco, que era el color de la piel de las mujeres y no de los hombres, que estaban siempre fuera de casa, trabajando en el campo o en el ágora discutiendo de política, pero siempre en áreas públicas a cielo abierto).

En Roma, las relaciones "homosexuales" no están ligadas para nada a la educación, es más, las consideran abominables y las denominan (los bienpensantes romanos y padres de la patria) como <el vicio griego>. Sin embargo, se toleran y se permiten siempre y cuando no pongan en tela de juicio su sistema de valores y la estabilidad del Derecho. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo: en primer lugar, que en Roma un joven podía mantener relaciones "homosexuales" durante su adolescencia; en segundo lugar que ello no procuraba daño alguno a nadie (Espejo 1984) (salvo que adorara tal conducta y se prostituyera), pero cuando llegara la hora del matrimonio tenía que dejar de lado esas costumbres y dedicarse a procrear, que es uno de los pilares fundamentales de la ideología esclavista (se llama el status familiae). Tercero, que si una vez casado este muchacho podía y quería mantener ese tipo de relaciones, no habría problema si ias desarrollaba con inferiores, o sea, con esclavos o con muchachos (que no fueran de noble cuna), pero siempre y cuando él fuera el sujeto activo de la acción. El problema venía si no le gustaba tanto ese rol como el contario, pues aquí sí se descargaba contra él todo el aparato del estado, pues su mal consistía en que aniulaba su condición jurídica y se asimilaba a lo más bajo de la sociedad romana -y tal desequilibrio social no lo toleraría jamás una sociedad tan estratificada y tan arcaica como la romana-. Quiero decir con esto que su actitud se enfrenta directamente al status civltatis y al staius libertatís, pues al someterse a otro varón, lo que se está haciendo no es otra cosa que adoptar el papel que no le queda mas remedio que protagonizar al esclavo, luego, está anulando su vocación de libertad (principio, no lo olvidemos, excluyente en un sistema de producción esclavista); y en segundo lugar, al anular su vocación de libertad, se está negando el principio que otorga mayores ventajas en el mundo romano: la ciudadanía (pues no se puede ser ciudadano si no se reúnen los dos anteriores requisitos: ser libre y ser miembro de una familia en la que se respeten y veneren los antepasados, que al fin y al cabo forjan la memoria histórica de un pueblo).

En consecuencia, podemos decir que hay un denominador común en la Antigüedad a la hora de estudiar las relaciones "homosexuales", y éste es: la imposición de roles y su consiguiente negativa a la elección libre del placer (lo interesante del siglo xx, aparte de los movimientos de liberación gay-lesbianos y bisexuales, es que nuestro sistema, al ser «utópicamente>, más igualitario, ha permitido que la sumisión obligatoria se desestime, que no imperen pues los modelos pederásticos, y sí la promiscuidad o la libertad absoluta en los contactos). (2)

Siguiendo con Roma, tenemos que decir que en esta cultura la "homosexualidad" se manifiesta no de forma distinta, pero sí se analiza y se observa bajo un prisma eminentemente romano. Me explico. Ya he dicho que las relaciones pederásticas se conciben en Roma como el <vicio griego>; pues bien, según vaya asentándose Roma como poder político y militar se va a ir produciendo una escisión en su organigrama ideológico, dando espacio por un lado a los que siempre han mantenido el vigor militar, religioso y tradicional del alma romana, y por otro a los que cada vez más se sienten atraídos por aires nuevos, más frescos y más refinados, que proceden de Grecia, Asia Menor o el cercano Oriente. Estos últimos van a ir implantando en Roma las modas, las costumbres y los cultos de esos pueblos, entre cuyos hábitos estaba la pederastia. Ante tal hecho, la vertiente más purista romana, lógicamente, va a reaccionar en contra de todas esas modas, costumbres y cultos, aferrándose a la ruda y gloriosa realidad romana y, atacando a la "homosexualidad" no por lo que era sino por lo que representaba (entre otras cosas porque algunos de los protagonistas de ese sector conservador y puritano habían mantenido relaciones "homosexuales" sin ningún tipo de prejuicio, dentro de las «normas,> establecidas para "ese" amor, que nunca les supuso obstáculo alguno en su conciencia). Junto a esta reacción encontramos justamente la contraria, la de aquéllos que hacen abuso de todas estas nuevas modas y escandalizan al resto de los romanos con sus actitudes y provocaciones, por ejemplo: saliendo a las calles ataviados con velos transparentes del color preferido por las prostitutas (el azafrán), con andares y movimientos oscilantes, adornados con pedrería, colgantes Y collares, así como con la cabeza llena de bucles simétricainente dispuestos (tras horas de peluquería) y embadurnados de perfumes (Herod. Hist., V.3-6). Y en este segundo bando es en el que encontramos a nuestro querido emperador Heliogábalo.

2. ¡LA TRANSGRESION AL PODER! (EL EMPERADOR HELIOGÁBALO)

Tres son las fuentes (3) con las que hemos trabajado para conocer la vida de este notable emperador del que la historiografía ha guiardado un curioso silencio (4). Para aquél que desconozca todo sobre su vida diremos que gobernó Roma entre el 218 y el 222, siendo elegido por los ejércitos provinciales, que ya están definitivamente asentados en la dirección del Imperio. Se llamaba Vario Avito Basiano. Era hijo de Soemis y de Sexto Vario Marcelo, un caballero sirio muy influyente durante Septimio Severo. Cambió su nombre por el de Marco Aurelio Antonino cuando subió al trono, para lo cual su abuiela Mesa declaró que era hijo natural de Caracalla. Después adoptó como sobrenombre el de Heliogábalo, que era el nombre del dios patrono de Emesa, al que antepuso violentamente en el variado panteón romano, traspasando para ello a su templo el culto de los judíos y de los samaritanos, el culto cristiano, y todos los objetos sagrados del culto romano, con el fin de que sus sacerdotes poseyeran los secretos de todas las religiones. Se dice que su gobierno no fue tal sino que las riendas del poder las llevaron su abuela y su madre, así como sus libertos. De su madre se dice que mantuvo "una vida similar a las de las meretrices" (HA Heliog. 2.1) y que el nomb re de Vario le venía al emperador de haber sido concebido de un semen variado (uario). Finalmente, del mismo modo que fue entronizado por el ejército, fue este mismo el que le obligó a abdicar en la figura de Alejandro Severo, para después aplicarle el castigo de "los tiranos monstruosos", o sea, el de arrastrar públicamente su cadaver y arrojarlo al Tiber (que era lo peor que podía suceder en la Antigüedad, pues ningún familiar o amigo podría honrarlo como era debido ni acompañarlo en el día de los difuntos, ni darle culto en el entorno familiar).

Bien, hasta aquí por lo que se refiere a la figura oficial del emperador, pero ya podemos imaginarnos que si le dieron tal castigo y se le desconsideró tanto, tuvo que deberse a una importante razón, y ésta fue la escandalosa vida que llevó. Veamos en primer lugar cómo hacía sus apariciones en público este emperador:

Herod. Hist., V.3-6: "Se vestía con los más costosos modelos tejdos en púrpura y oro y se adornaba con collares y brazaletes; en su cabeza llevaba una corona en Forma de tiara cubierta de oro y de piedras preciosas. Su atuendo estaba entre las vestiduras de los sacerdotes fenicios y la lujosa indumentaria de los medos (…). Al verlo de esta manera, Mesa se enfadaba mucho (…) aquellos atavíos no eran propios de hombres sino de mujeres".

Herod. Hist., V.6. 1 0: "... y no trataba de ocultar sus vicios. Aparecía en píblico con los ojos pintados y con carmín en sus mejillas, afeando su rostro, hermoso de natural, con maquillajes lamentables".

Herod. Hist., V.7.8: "Sentían aversión por él al verlo con la cara maquillada, con más exageración que la permitida a una mujer decente, y ataviado afeminadamente con collares de oro y vestidos ligeros, bailando de tal forma que todos se fijaran en él".

HAHeliog. 23.5: "Deseaba utilizar una diadema cuajada de piedras preciosas, para adquirir mayor hermosura y un semblante más parecido al de una mujer".

HA Heliog. 29.2: "Uncía a un pábilo (5) dos o cuatro mujeres bellísimas, o bien a tres o más, y así era paseado; sin embargo la mavor parte de las veces le paseaban desnudo, yendo desnudas tambien las mujeres que tiraban del carro".

C.D., LXXX-V. 14-3-4: "Cuando trataba con alguien en el tribunal tenía más o menos la apariencia de un hombre, pero en cualquier otro lugar sólo mostraba afectación en sus gestos Y en el tono de su voz. Por ejemplo, le gustaba bailar, no solo en la orquiesta, sino también en cualquier vía, ya caminara, realizara sacrificios, recibiera los saludos o pronunciara un discurso. Y para terminar (y volver así a la historia que había empezado), fue otorgado en matrimonio y se le llamó esposa, señora y reina. De este modo trabajaba con la lana, a veces llevaba una rededilla en la cabeza y los ojos pintarrajeados con albayalde y corinto. De hecho, una vez, se afeitó sus mejillas y asistió a una fiesta para señalar el evento; pero después se arrancó los pelos para así parecerse más a una mujer".

Además, si recordamos lo que dijimos antes sobre la invasión de modas y costumbres procedentes de otras áreas mas refinadas del imperio, y la reacción en contra que provocaban entre el sector más reaccionario de Roma, entenderemos la incomprensión que desató ante las siguientes innovaciones que impuso:

HA Heliog. 19: "En efecto, fue el primero de todos los ciudadanos privados que cubrió sus lecho con colchas de oro, (…). Después ofreció durante el verano festines, engalanado con distintos colores, de manera que un dia exhibía el verde, otro dia el verdemar, otro día el azulado, y así sucesivamente, cambiando continuamente de color durante todos los días del verano. Fue el primero que tuvo marmitas de cocción autónoma y el primero tambien que tuvo marmitas simples, vasos de cien libras de plata grabados y algunos de ellos deshonrados con figuras muy libidinosas. Fue el primero que inventó el vino aromatizado con almacija y con poleo y todos los combinados que mantiene nuestro boato actual. En cuanto al vino rosado, utilizado ya por otros, lo volvió más oloroso añadiéndole trozos de piñas. (...) Para él la vida se reducía a la búsqueda de nuevos placeres. Fue el primero que hizo morcillas de pescado, de ostras normales, de ostras lisas y de otras conchas marinas similares, de langosta, cangrejos y esquillas. Cubrió de rosas los triclinios, los lechos y los pórticos y, una vez que estaban adornados así, caminaba sobre ellos; y los cubrió también con todo tipo de flores, con lirios, violetas, jacintos y narcisos. Solamente nadaba en piscinas rociadas con nobles perfumes o con azafran. Tampoco le gustaba acostarse en lechos que no tuvieran pelo de liebre o plumas de perdiz, de debajo de las alas; y cambiaba con mucha frecuencia los colchones".

HA Heliog,. 21: "Alimentaba a sus perros con trozos de hígado de ganso. Sentía una pasión especial por los leones y leopardos privados de sus garras, a los que, una vezque les habían adoctrinado ya sus domadores, al servir el segundo y tercer plato, hacía recostarse inesperadamente a los pies de sus invitados para llenarlos de espanto y suscitar carcajadas, puesto que todos ellos ignoraban que estaban domados. Enviaba a las caballerizas uvas de Apamea para alimentar a sus caballos y daba de comer a sus leones y otros animales, loros y faisanes. Hizo servir también durante diez días consecutivos treinta tetinas de jabalinas diarias con sus matrices, guisantes con piezas de oro, lentejas con ceraunias, habas con trozos de ámbar y arroz con perlas blancas. Rociaba además a los peces y las setas con perlas blancas en lugar de pimienta. En sus triclinios de artesonado giratorio cubría a sus invitados de violetas y flores, hasta el punto de que algunos de ellos murieron al no poder salir al exterior. Mezclaba el agua de sus piscinas y baños con vino aromatizado y con vino de rosas y ajenjo".

Todo esto nos demuestra una personalidad muy refinada que sacaba de sus casillas al resto de la nobleza romana. Además de esta excentricidad exquisita, Heliogábalo se caracterizó por otros elementos que conformaron su difícil personalidad. Me explico: ya hemos visto como le gustaba aderezarse para ir pareciéndose cada vez más a una mujer; pue bien, el siguiente paso que tenemos registrado será el único que hasta ahora hemos encontrado en la Antigüedad en el que se produce un importante cambio, nos estamos refiriendo concretamente al cambio de sexo: el emperador, además de intentar aparentar ser una mujer y desarrollar los papeles propios de ella (recordemos como escardaba la lana, se llamaba a sí mismo en femenino, etc …), esta vez va mas lejos v pretende -visto que se siente mujer- incorporar una vagina a su cuerpo de varón. Veamos cómo nos lo cuenta Dión Casio:

D.C. LXXX.16.7: "Llevó su obscenidad hasta tal punto que preguntó a los médicos si podian idear la manera de introducir en su cuerpo una vagina de mujer por medio de la incisión, prometiéndoles a cambio enormes sumas de dinero".

Lo que se pretende decir en este texto es que en primer lugar se subraya la idea femenina que de su propia persona tenía el emperador Heliogábalo, pero en segundo lugar, lo que llama la atención es que estamos hablando de un transexual que ha llegado a las más altas estructuras del estado, que es el cabeza visible de todo un Imperio, que, aunque exagerado y repugnante -desde el punto de vista de algunos romanos-, no duda en ejercer su voluntad y en afirmar su sexualidad. ¿Se imaginan por un momento a un presidente de una república o a un monarca europeo que declarase abiertamente, no ya su homosexualidad, sino su sincero deseo de transexualidad?. Imagínense por un momento el discurso de Nochebuena ante las cámaras del país de un transexual mal maquilllado, con una peluca desproporcionada y amanerado. Grotesco, ¿verdad? Pero no van por ahí mis reflexiones, lo que pretendo poner de manifiesto es que pese a todos los problemas que podían tener los <gays> en la Antigüedad, por lo menos pudieron acceder a los puestos más relevantes de su sociedad sin renunciar a su sexualidad, y lo que es más, haciendo publica ostentación de su condición. En esto nos dieron una buena lección de urbanidad los conservadores romanos.

Veamos a continuación los datos que tenemos recogidos sobre su matrimonio:

D.C. L X.15.1: "El marido de esta "mujer" era Hierocles, un esclavo cario, ya favorito de Gordius, de quien había aprendido a llevar un carro".

D.C. LXXX.15.3-4: "Ciertamente, también otros hombres eran frecuentemente honrados por el emperador, volviéndose poderosos, algunos por el apoyo que le habia prestado y otros porque habían cometido adulterio con él. Dado que deseaba tener una reputación de adúltera, en este aspecto también imitaba a la mayoría de las mujeres impúdicas, y a menudo se permitía ser pillado "in fraganti", a consecuencia de lo cual acostumbraba a ser violentamente reprendida por su "marido" y golpeada, hasta ponerle los ojos morados. Su afecto por este esposo no era una inclinación suave sino una pasión ardiente y firmemente asentada, más aún cuando después de este severo trato vejatorio, lo amaba aún más y deseaba coronarlo César en se mismo instante".

HA Heliog. 10.2 y 10.5: "Durante su gobierno Zótico gozó de tanto poder, que los jefes de las distintas cancillerías lo respetaban como si fuera el marido de su emperador (…). Heliogábalo se casó con Zótico y consumó el acto sexual con él, de forma que tenía a su disposición una pronuba (6) a la que gritaba: "golpea cocinero" y esto incluso cuando Zótico se encontraba enfermo".

Lo primero que llama nuestra atención no es sólo el hecho de celebrar una boda entre dos seres del mismo sexo, sino que, además, el marido fuera un esclavo (luego estaba invirtiendo intencionadamente todas las reglas posibles del intercambio sexual romano); lo que le obliga, sin dilación alguna, a respaldar los roles femeninos en el matrimonio romano: ejemplifica de la mejor manera el papel pasivo de la matrona romana, recluida en el gineceo, a cargo de la casa y las labores domésticas, que se somete a su marido, sexual e intelectualmente, y que además le permite que la golpee por el mero afán de poder demostrar a todos que "su hombre la ama". Se aprecia, pues, el carácter masoquista de esta relación, a la vez que el gusto del emperador por los hombres fornidos que cosechaba del campo de los deportes.

En cuanto a la figura de Zótico, podríamos añadir los siguientes datos que nos ofrece Dión Casio:

D.C. LXXX.16: "Aurelio Zótico, un nativo de Esmirna, a quien también se apodaba "el cocinero" por el empleo de su padre, entró en la via del emperador a través del amor y del odio, y fue este último el que lo salvó. Este Aurelio no sólo tenía un cuerpo escultural, visto que era un atleta, sino que superaba con creces a todos los demás en el tamaño de sus partes pudendas. Este hecho se lo notificaron al emperador aquellos que estaban al acecho de tales cosas, y el hombre fue rápidamente arrancado de los juegos y llevado a Roma, acompañado por una inmensa escolta, mayor que la que Abgarus había tenido en el reinado de Severo o Tiridates en el de Nerón. Lo nombraron cubiculario antes siquiera de que lo hubiera visto el propio emperador, se le honró con el nombre del último abuelo, Avitus, se le adornó con guirnaldas como en una fiesta, y entró en el palacio iluminado por la deslumbrante luz de un montón de antorchas. Sardanápalo (el emperador Heliogábalo), viéndolo, saltaba con movimientos rítmicos, y cuando después Aurelio se dirigió a él con el saludo usual "¡ave, mi señor emperador!", inclinó su cuello hasta asumir una pose encantadoramente femenina, y dirigiendo sus ojos hacia él con una melosa mirada, le respondió sin ningún titubeo: "no me llames señor, llámame señora". A continuación Sardanápalo se encontró con él en los baños, y, descubriendo que la realidad era igual a su reputación, ardió incluso en mayor deseo, y reclinado sobre su pecho, cenó como hacen algunas damas enamoradas. Pero Hierocles temiendo que Zótico pudiera cautivar al emperador de manera más completa que él mismo pudiera y que por ello él podría temer alguna consecuencia terrible, como tan a menudo occure en los casos de amantes rivales, motivó a los escanciadores, que estaban de su parte, para que administraran una droga que abatiese la enorme potencia masculina del otro. Y así Zótico, tras toda una noche de azoramiento, siendo incapaz de conseguir una erección, se vio privado de todos los honores que había recibido y se le expulsó del palacio y de Roma, y posteriormente de Italia; y así salvó su vida".

Son muchos los datos que nos ofrece este suculento texto. Para empezar hay que señalar la realidad sexual -que ya hemos mencionado para Roma y Grecia- que tenían las personas. Ese atleta, Zótico, del que no sabemos si acostumbraba a ir con hombres o no, cuando se le lleva a palacio, no opone ninguna resistencia ante la presencia de una aventura erótica con el emperador. Se podría pensar que si se negaba, su cabeza corría peligro, lo cual no deja de ser cierto (son muchos los abusos que se recogen en una sociedad esclavista, y muchos más los abusos de poder en sistemas políticos absolutistas), al igual que también se podía pensar que Zótico era "gay", pero como los textos no nos dicen nada al respecto, nosotros debemos señalar la realidad que nos ha llegado, y ésta expone la facilidad con que podían producirse estos intercambios sin cuestionar para nada la categoría sexual de las personas, que además es la clave interpretativa, pues el mismo autor ni siquiera osa hacer el más mínimo comentario, puesto que forma parte de la realidad de la época. Quiero dcir que no se sorprendería nada; somos nosotros los sorprendidos, pero en el siglo XX (además, estaría el hecho de que ciertos actores y deportistas solían tener una pésima reputación).

Otro dato en el que luego nos detendremos (aquí sólo quiero señalarlo), es la descripción de los órganos sexuales y la relación existente entre tamaño y placer. Que fuera además famoso por ello no es de extrañar, pues los atletas ejecutaban sus ejercicios desnudos.

Otro elemento vendría dado por los celos que acechan (aunque aquí de manera muy interesada) a Herocles respecto de su pareja. O sea, una manifestación más del amor, sin importar el sexo, y una prueba más de la consideración de pareja entre Heliogábalo y Herocles.

Por último, tendríamos las reiteradas muestras de femineidad del emperador, subrayándose su pasividad, además del hecho en sí de querer reafirmar su condición expresándose en femenino.

En cuanto a las manifestaciones puramente sexuales, nos encontramos con los siguientes párrafos:

HA. Heliog. 5: "…cometiendo todo tipo de ruindades, dejándose incluso copular y poniéndose celoso como las mujeres (7) (…). Pues, ¿quién podía soportar a un emperador que absorbía placer por todas las cavidades de su cuerpo, cuando nadie toleraría un comportamiento similar ni siquiera en una bestia? En fin, se limitaba en Roma, como única actividad, a procurarse emisarios que le buscaban individuos con buenos cojones y se los llevaran a su mansión, a fin de poder disfrutar de sus cualidades. Representaba en la corte la leyenda de Paris, haciendo él mismo el papel de Venus, de tal manera que, inesperadamente, dejaba caer sus vestidos hasta los pies y se ponía de rodillas, desnudo, con una mano en su pecho y la otra en sus vergüenzas, echando hacia atrás sus nalgas y presentándoselas a su amante. Depilaba todo su cuerpo y configuraba además su rostro con la misma figura con la que se suele pintar a Venus, pues consideraba que la recompensa más importante de su vida sería que lo creyeran digno y capaz de satisfacer la pasión de muchísimas personas".

HA. Heliog. 6.4-5: "Trasladó a la corte a muchos individuos cuya complexión corporal le había agradado, haciéndoles abandonar el teatro, el circo o el anfiteatro. Pero amó a Hierocles hasta tal punto, que besaba sus partes sexuales, lo cual es vergonzoso incluso decirlo, y afirmaba que, actuando así, celebraba las festividades de Flora".

HA. Heliog. 8.6-7: "Construyó unos baños públicos en la mansión imperial y, al mismo tiempo, abrió al pueblo los de Plauciano, para poder descubrir así las cualidades de los hombres mejor dotados sexualmente. Y puso un particular empeño en que buscaran a los "onobelli"(8) por los lugares más escondidos de toda la ciudad y entre los marineros. Así llamaban a aquellos individuos que parecían más viriles".

HA. Heliog. 9.3: "Sin embargo, comenzaron a traicionarle sobre todo aquellos que se dolían de verse postergados por otros hombres mejor capacitados sexualmente para practicar la lujuria (libidines) y que disponían de más dinero".

HA. Heliog.11.7: "Tenía amigos lascivos, algunos de ellos ancianos y con aspecto de filósofos, que arreglaban su cabeza utilizando una redecilla, que admitían haber sufrido algunas obscenidades y que se jactaban de tener marido. Según algunos autores, éstos fingieron tales vicios para hacerse más gratos al príncipe imitando sus aberraciones".

HA. Heliog. 12.4: "En los banquetes colocaba a su lado preferentemente a viejos degenerados y disfrutaba sobre todo con sus manoseos y estrujones, y solamente ellos le ofrecían la copa cuando bebía".

HA. Heliog. 25.4: "Ordenó que en los adulterios que representaban los mimos se realizaran de verdad aquellas escenas que sólo suelen ejercerse de forma fingida".

HA. Heliog. 26.3-5: "Reunió en unos edificios públicos a todas las meretrices que pululaban por el circo, por el estadio, por los baños y por otros lugares, y pronunció una arenga entre ellas como si se tratara de una arenga militar, llamándolas "compañeras de armas" y discutió con ellas sobre las distintas clases de posturas y placeres. Admitió después en una asamblea como ésta a alcahuetes y libertinos, que hizo buscar por todas partes, y a los muchachitos y jóvenes más disolutos. Y, habiéndose presentado ante las meretrices con autendo afeminado y las tetillas al aire, y ante aquellos degenerados con el atuendo exterior que utilizaban los jóvenes que se prostituyen".

HA. Heliog. 31.6-7: "… figuraba en su séquito un gran número de alcahuetes, alcahuetas, cortesanas, degenerados y seductores dotados además de buenos cojones (…). También rasuró los miembros viriles de sus íncubos usando la misma navaja con la que él se afeitaba".

HA. Heliog. 32.9: "Inventó ciertas clases de placeres de tal refinamiento que superó a los spintrias (9) de los antiguos emperadores y se conocía todos los dispositivos de Tiberio, Calígula y Nerón".

D.C. LXXX. 13: "Se casó con muchas mujeres y fornicó con incluso algunas más sin sanción legal alguna; pero no es que sintiera necesidad de ellas, sino que simplemente quería imitar sus acciones cuando yaciera con sus amantes y quería hacerlas cómplices de su desenfreno asociándose con ellas de forma indiscriminada. Utilizó su cuerpo tanto para hacer como para permitir que le hicieran muchas cosas extrañas, de las que nadie podría resistir hablar u oir sobre ellas; pero sus actos mas conspicuos, aquellos imposibles de ocultar, fueron los siguientes: le gustaba ir a las tabernas por las noche, llevando una peluca, y allí ejercer el oficio de las buhoneras. Frecuentaba los prostíbulos más notorios, expulsando a las prostitutas para hacer él mismo de puta. Al final, dispuso una habitación aparte en el palacio y allí llevaba a cabo sus indecencias, siempre de pie, desnudo, a las puertas de la habitación, como hacen las rameras, corriendo las cortinas que colgaban de arandelas de oro, mientras que con una voz suave y melosa abordaba a los transeúntes".

Del primer texto debemos señalar los siguientes elementos:

- un primer grupo en el que se nos menciona los comportamientos sexuales del emperador y los de la sociedad romana en general. Me explico: cuando se nos dice "cometiendo todo tipo de ruindades", "dejándose incluso copular", o "que absorbía placer por todas las cavidades de su cuerpo" (per cuncta cava corporis libidinem recipientem), nos está exponiendo todas las artes eróticas utilizadas por Heliogábalo para producir o producirse placer, y que a la sociedad romana le parecían "antinaturales", y por supuesto, "bajísimas", ya que el emperador de Roma, el primer ciudadano entre sus iguales del Imperio, no sólo era un pathicus (varón libre que en sus relaciones "homosexuales" desempañaba el papel pasivo), sino que además practicaba la fellatio, que es el acto más ruín que se podía producir en la Antigüedad, hasta tal punto que las prostitutas cobraban un plus por practicarla (creemos se debía a la falta de aseo personal).

Mas adelante vuelve a insistir Elio Lampridio en la vocación pasiva de Heliogábalo, cuando se refiere a sus nalgas y su desnudez, presentadas ambas ante su amante; y al gusto particular del emperador por los hombres bien dotados no sólo de un enorme pene, sino de unos grandes testículos (bene vasatos).

- Y un segundo grupo en el que se nos señala la feminidad del emperador. Feminidad que le empuja lógicamente a ser sumiso en sus relaciones sexuales y a aderezarse como cualquier mujer haría (depilación, maquillaje, peluquería…). Pero en este texto, además, sirviéndose de la sátira, Elio Lampridio une dos elementos ideológicos importantísimos en la figura del emperador: "la venustas". Tenemos en el texto a Heliogábalo representando privadamente el juicio de Paris, del que como todos sabemos resulta elegida la diosa Venus. En roma, la primera y mayor cualidad moral que debía tener la auténtica matrona era la venustas (que comprendía la belleza física, la bondad de carácter y la sabia discrección); de ahí que, aunque a modo de sátira, se nos ridiculice a Heliogábalo, lo que tenemos ante nosotros es el gran papel que toda mujer quisiera alguna vez representar en su vida; y por lo tanto, eso es lo que se limita a hacer "nuestra emperatriz".

El segundo y tercer texto presentan los prototipos de amantes que prefería Heliogábalo, destacando la cantera de donde procedían los próceres del sexo (el circo, el anfiteatro, el teatro o la marina), a los que anteriormente habíamos hecho alusión. Lo cual no es de extrañar, por ser, entre los romanos, los que más ejercitaban su cuerpo y aquellos que tendrían el mejor aspecto físico y la mayor resistencia (10).

En segundo lugar también destacaría de nuevo el rechazo "oficial" romano al sexo oral cuando hace referencia a que el emperador besaba el sexo de su amante (inguina oscularetur). Sin embargo, entre todos los beneficios que nos pueda haber dejado el latín hay uno al que soy especialmente grato, y es a la riqueza de matices que entrañaba. De este modo sabemos que en latín había tres formas de besar (basium, sauium, osculum) (López López, 1980: 115ss), o mejor dicho, tres formas de llamar a los besos, según fueran cándidos que se daban a los bebés o lo que nosotros hoy día llamaríamos un "muerde". En nuestro texto el término que aparece es osculum, vocablo que se utiliza normalmente para referirse a la acción de besar en todos los contextos y situaciones, y en todo tipo de relaciones; pero debido a que, como ha demostrado López López (1980: 119, 122 y 123), en algunos autores conlleva connotaciones sexuales, la mayor parte de las veces, entre hombres; en este contexto estaríamos ante un ejemplo más de dicha teoría (11).

Sólo añadiría una última cosa, la idea (aún vigente hoy día, por más que los sexólogos se empeñen en documentarnos que una cosa nada tiene que ver con la otra) de que cuanto más grande mejor: el emperador buscaba penes exagerados y testículos enormes en la creencia de lograr así el máximo placer.

De los textos quinto y sexto extraemos un nuevo elemento: la presencia o el acompañamiento de ancianos. Ancianos que son tildados de lascivos (improbi), afeminados y pasivos (pati); lo que quiere decir que, como cualquier otra persona, elegía a sus amigos entre los de su misma condición (aunque como señala el texto, hubiera también farsantes interesados). Sin embargo, lo que llama poderosamente nuestra atención es que no se rodeada de jovencitos, y creemos que la respuesta viene dada por la propia condición femenina de Heliogábalo, pues quienes buscaban la compañía de jóvenes eran, normalmente los adultos lascivos, y como el emperador de Roma, femenino como era, no acostumbraba a desempeñar ese papel en sus relaciones sexuales, sino que, como mujer, tomaba el papel que le correspondía, y éste era el de sometido, lógicamente a la hora de elegir compañía de alterne prefería ancianos, que en Roma ya habían desterrado de sus hábitos las prácticas "homosexuales" o si las mantenían aún, preferían someterse a uno más joven (esto no quiere decir que no hubiera ancianos que mantuviesen aún su rol activo con esclavos o con algun que otro amante joven, pero no sería lo más habitual, o por lo menos no es lo que las fuentes nos han hecho llegar).

Otro dato digno de mención es la sutil referencia que hace el autor del texto al modo de vida griego (o filohelénico) cuando nos habla de banquetes, filósofos y escanciadores (12). Ya mencionamos en su lugar la influencia tan poderosa que van a tener las costumbres griegas en la civilización romana, y como parte de la nobilitas de Roma no va a ver con agrado que se corrompan las tradiciones sagradas y ancestrales de su civilización por estas modas estrafalarias. Con lo cual, el texto toma partido sutilmente por esa opción conservadora, lo que permite ser más beligerante con esas actitudes extranjeras.

Y un tercer dato interesante es el vocabulario que usa Lampridio para referirse al "manoseo" y al "sobeteo" al que sometían al emperador los ancianos (adtrectatione et tactu), que conlleva esa imagen de "pulpo" que tantas mujeres conocen hoy en día, y que roza nuestro moderno concepto de acoso sexual.

En cuanto al séptimo fragmento, sólo podemos señalar que, junto con Tiberio (al que se le asocia intencionadamente en el fragmento décimo), Heliogábalo sería el promotor de la pornografía en Roma; pues con la representación de los coitos en la escena no pretendía ridiculizar a los ya maltrechos actores, sino disfrutar con un espectáculo que rápidamente cambiaba su argumento por una representación erótica (13).

Por lo que se refiere a los fragmentos octavo y noveno, también hay mucho que comentar. En primer lugar, ya conocíamos el deseo de ser tratada y reconocida como mujer del emperador Heliogábalo, pero aquí descubrimos una nueva faceta: el deseo de asemejarse a las mujeres de peor condición, social y moralmente hablando, de Roma: las prostitutas y las alcahuetas. Deseo que le llevó a identificarse totalmente con ellas no sólo ya en su aspecto físico, como corrobora el autor cuando describe cómo se presentó ante ellas, sino en el significado que a nivel ideológico tiene que la máxima cabeza visible del Imperio se "rebaje" a considerar aquellas para las que no existe categoría social y sí moral. En una sociedad tan jerarquizara como lo era la romana, tal hecho tuvo que provocar auténticos vómitos entre la nobilitas, puesta tal acto hacía girar 180 grados las instituciones del Imperio.

Junto a esto cabe destacar no tanto la prostitución femenina cuanto la masculina, por lo que de especial, en nuestro contexto tiene. En primer lugar, sabemos que vestían de modo especial (imaginamos que provocativo); en segundo lugar, el arco de edad en el que nos movemos: el autor habla de muchachitos y jóvenes (puerulos et iuvenes) y, por otra seria de estudios ya realizados (Espejo: 1984, 1985, 1988, 1990 y 1991), sabemos que ambos se utilizan en contextos sexuales, aunque de los dos el que tiene mayor connotación "homosexual" es el primero (puer): de este modo cuando Lampridio recoge la realidad de la prostitución masculina escribe: puerorum qui prostituuntur, o sea, los muchachos que se prostituyen.

No deja de ser interesante observar cómo en roma existían muchachos y jóvenes que encontraban en el sexo con adultos una fuente de ingresos y un medio de vida. Sería interesante poder saber de ellos, por ejemplo, si eran ciudadanos libres, libertos que buscaban así un medio de supervivenciaen tan enorme capital ya devastada por tanta crisis, o si eran extranjeros que aplicaban sus conocimientos y técnicas aprendidas en sus lugares de origen; qué clases de personas solicitaban sus servicios, si mantenían o no, además alguna relación heterosexual, etc…

Por último, el fragmento de Dión Casio nos muestra la realidad sexual de la antigua Roma, pues Heliogábalo también mantuvo relaciones sexuales con personas de distintos sexos (fuera con la finalidad que fuese, en este caso, para posteriormente imitarlas cuando yaciera con sus amantes), y no sólo eso, sino que en sus relaciones "homosexuales" también fue activo y pasivo, lo cual es muy interesante, pues es el único documento que nos lo dice (recordemos que hasta ahora siempre se habían referido a él como una mujerzuela viciosa en la que no quedaba agujero alguno por rellenar). Después, nos pone en conexión con el fragmento anterior, pero esta vez deja aún más clara su relación con el mundo de la prostitución, pues "ella misma" ejerció como tal, tanto en la calle como en palacio, con los atuendos y gestos de los que hacían gala las meretrices romanas.

3. CONCLUSIONES

Con todos estos datos me atrevo a decir que estamos hablando de una personalidad extremadamente compleja, pues era una mujer dentro del cuerpo de un hombre; que actuó como hombre en un principio para documentarse (la gran obsesión de su vida) con el fin de poder agradar más y mejor a sus amantes; que reprodujo (trístemente diríamos hoy) hasta en sus más nimios detalles la realidad del mundo femenino con todo lo que conllevaba de desprecio y sumisión; y que además, gozó de un erotismo tan feroz que lo empujó a un mundo tan degradado como interesante, como es el de la prostitución.

Pero lógicamente hay que preguntarse qué reacción provocó esa personalidad tan compleja en la conservadora civilización romana. Pues bien, antes que nada quiero volver a subrayar el hecho de que él no se impuso en el gobierno del estadao como hicieron otros, sino que fue elegido por el ejército (lo cual ya provocaba recelos en el grupo senatorial). Esto quiere decir que el gran enemigo que en principio (y hasta el final) va a tener, va a ser el grupo senatorial, al que paulatinamente se irán sumando otros sectores escandalizados por sus modos de actuar, no sé si exclusivamente por el sexo, o por sus revolucionarias medidas en un terreno en el que ninguna sociedad permite cambios bruscos (y sino, piensen en nuestros actuales líos de fechas en el almanaque con las fiestas católicas y las laicas): la religión (llegó incluso a profanar templos, cambiar de lugar objetos tan sagrados que iban ligados a la fundación de Roma, etc…). Todo esto va a empujarlo a la abdicación (a pesar de que tengamos testimonios recogidos en las fuentes en los que se nos dice que el ejército estaba dispuesto a seguir apoyándolo si abandonaba a ciertos personajes que lo manipulaban y llevaban el Imperio a la ruina, refiriéndose concretamente a su marido y amantes) (HA. Heliog. 15.1) y puesto que no cambió su actitud (su vida), éste fue su final:

HA. Heliog. 16.5 y 17,1-6: "… primero dieron muerte a los cómplices de las liviandades de Heliogábalo de distintas maneras, puesto que a unos les hacían perecer después de arrancarles las partes vitales y a otros les acribillaban a heridas comenzando por sus partes bajas, para que su muerte estuviera en consonancia con la vida que habían llevado; después de esto se dirigieron contra él y le asesinaron en una letrina en que se había refugiado.

A continuación le arrastraron públicamente. Los soldados sumaron una afrenta más a su cadáver, pues le lanzaron a una cloaca. Pero, como se dio la casualidad de que no cabía en ella, le arrojaron al Tiber por el puente Emilio, después de atarle un peso para que no flotara, con el fin de que jamás pudieran darle sepultura. Además habían arrastrado ya su cadáver por la arena del circo antes de arrojarlo al Tiber".

A pesar de tan triste final, quisiera incitar a una pequeña reflexión antes de terminar: he pretendido con este trabajo, en este año dedicado a la tolerancia, llamar la atención sobre un transexual que llegó a las cimas más altas del poder, sin privarse de hacer lo que le apeteció. Una persona honrada y honesta consigo misma que, aunque fuera el antagonista del ideal de princeps, creo que nos da una gran lección, hoy día, tanto por lo que a sinceridad de los hombres públicos se referie, como a la tolerancia de una sociedad que aceptó ser dirigida y gobernada (si se me permite la expresión) por una simpática "loca" descarada, exquisita y plena de vitalidad.

Notas:

  1. En conversaciones electrónicas mantenidas con él.
  2. Con ello no quiero hace ningún juicio de valor sobre tal tipo de conducta.
  3. D. C., Hist. Rom., 80, 11-17: HA Heliog,. 1-35 (hay traducción al español por V. Picón Y A. Cascón en Akal, Madrid 1989), y Herod. Hist., V. 5- 7 (hay, traducción a 1 español por J. J. Torres Esbarranch, G redos, Madrid, 1985).
  4. Sólo hay tres trabajos, y no de gran ayuda, referidos no a la crisis religiosa que desata sino a su vida particular, el de Butter (1910), el de Stuart Hay (1911) (obsérvese la fecha de los mismos), y el de Artaud (1972).
  5. Carro pequeño de una rueda.
  6. Una pronuba es la matrona de la novia. Magie (1967: 126) dice que se refería al atleta, pues éste era un atleta de Esmirna cuyo padre había sido cocinero; de ahí la exclamación: ¡a trabajar cocinero! Y no como en esta traducción señalan v. Picón y A. Casón que gritaba la matrona.
  7. Aunque Magie, 1967: 115 lo traduce como "indulging in unnatural vice with men".
  8. Los que tenían el pene como el de un asno.
  9. Spintrias era el nombre de ciertos individuos que, según Suet. Tib., 43.1 y Tac. Ann., VI.1 inventaban monstruosas cópulas.
  10. Concretamente hoy día en Roma puede verse, en el discreto cuanto maravilloso museo de Villa Borghese, un mosaico en el que aparecen representados distintos gladiadores junto a sus nombres. Pues bien, uno de ellos se llamaba o se hacía llamar, "iaculator", por lo que nos podemos hacer una idea de su naturaleza.
  11. No obstante, y a modo de advertencia, tengo que señalar que los mismo autores que nos informan sobre el emperador Heliogábalo, se censuran a sí mismos ante lo escandaloso que resulta referir ciertos actos; lo que hace que el vocabulario utilizado no esté realmente contextualizado.
  12. Otra referencia más la encontramos en el fragmento décimo de esta selección, cuando dice "placeres de tal refinamiento" (libidinum genera).
  13. Con el aliciente, para los homosexuales, de que los papeles de mujeres eran representados por hombres.