ESPEJITO MÁGICO:
. . .
(Las
proyecciones en el profesorado)
"No
somos ranas pensantes, ni aparatos de objetivación y de registro sin entrañas;
hemos de parir continuamente nuestros pensamientos desde el fondo de nuestros
dolores y proporcionarles maternalmente todo lo que hay en nuestra sangre, corazón,
deseo, pasión, tormento, conciencia, destino, fatalidad".
Nietzsche,
"La gaya ciencia"
Mis alumnos y
alumnas son mis espejos y, a veces, me entran ganas de romperlos en mil pedazos.
Tengo más de 20 espejos, pero corro el riesgo de mirarme sólo en los que salgo
favorecido, en aquellos niños y niñas que cubren mis expectativas, que cumplen
mis previsiones, que se comportan según lo previsto. Si siempre interrogo a
estos brillantes espejos: "espejito mágico, ¿quién es el mejor
maestro?"; es indudable que responderán: "el mejor maestro eres tú".
Pero cada alumno nos muestra una cara diferente de nosotros mismos. Cuando
sorprendí a Juan Alberto gritando a José Antonio, y diciéndole: "estoy
harto", me vi reflejado. Eran mis palabras y mi tono de voz. No me gusté
nada. Pero rápidamente comprendí que verme reflejado en el alumnado puede ser
un buen método para corregir mis lagunas. Freud dice que las excitaciones de
displacer interiores "son tratadas como si no actuasen desde dentro, sino
desde fuera, empleándose así contra ellos los medios de defensa de la protección.
Es este el origen de la proyección,..." (Freud, 1920). Suele ocurrir que
rechazamos a muchos alumnos y que sobrestimemos a otros. Cada día las maestras
y maestros estamos completándonos en los demás, esculpiendo nuestras
frustraciones en el barro moldeable del alumnado. Los niños y las niñas son la
materia prima en la que padres y educadores modelamos nuestras carencias,
proyectamos nuestras expectativas, vivimos nuestros deseos. Esta visión de la
educación nos puede enriquecer y a la vez desafiar; como todo lo importante de
la vida. No por ello debemos asumir una nueva responsabilidad o aumentar nuestra
ya dilatada culpabilidad. Esta concepción puede ser un instrumento que podemos
destinar a conocernos mejor y, por tanto, a educar mejor. Mucha literatura
psicológica, bajo la pretensión de objetividad, ha estudiado los estímulos
externos y ha ignorado los internos. No somos objetos que instruyen sin
sentimientos. No enseñamos, sino que nos damos. Nos derramamos cada día sobre
un mar de alumnos y alumnas sin oídos, a pesar de lo cual nos empeñamos en
modelar con palabras. Los niños y niñas no oyen el discurso; como mucho,
perciben el tono, sufren el volumen, captan las miradas. No, no oyen el
discurso, sólo ven lo que somos, lo que hacemos, lo que sentimos. No creo que
se pueda enseñar un contenido objetivable separado de nosotros.
Cuando los docentes
analizamos un tema educativo solemos cometer un error de principio que consiste
en situarnos en una posición de privilegio desde la que percibimos una supuesta
realidad aislada: el alumnado. Un elemento no es más que una parte de la
realidad existente: la dinámica de comunicación entre profesores y alumnos en
un proceso educativo, dentro de un contexto determinado, en un momento histórico
concreto. El análisis de un elemento fuera del contexto en el que se localiza
es una simplicidad. La situación de observador objetivo en la que nos situamos
nos hace partir de una visión parcial y falsa de la realidad, ya que somos
incapaces de vernos a nosotros mismos. Mejor dicho, vemos en los demás la parte
de nosotros que no tenemos, la que nos falta, la que deseamos que el alumnado
tengan para completar nuestros déficit, nuestras carencias y frustraciones,
nuestros deseos,... Solemos mirar a un espejo sin percatarnos de que la imagen
que vemos tiene mucho de nosotros mismos.
Los maestros y
maestras, igual que todas las personas, vemos con los ojos que hemos construido
a lo largo de nuestras vidas. Hemos construido el mecanismo de ver, y a través
de él apreciamos una parte distorsionada de la realidad. A veces, la realidad
percibida no es más que un espejo de nuestro interior. Percibir al alumnado
como seres incompletos puede que sea una imagen del espejo en el que reflejamos
nuestra imperfección. Es necesario un desdoblamiento en el que, a la vez,
seamos actores del proceso y observadores del mismo. En el que seamos capaces de
vernos allí actuando como maestros y maestras. Esta esquizofrenia nos salva de
la locura. Es saludable realizar un zoom en nuestro trabajo, alzar la mirada,
salirnos de nosotros mismos y vernos allí, actuando, derramándonos en los demás.
Racionalizar nuestro trabajo, tomar conciencia de él desde fuera, descargado de
culpa es, sin duda, una gran actividad terapéutica.
Los profesores, al
proyectarnos, nos convertimos en inventores de alumnos y alumnas. En la escuela
no se produce una selección del alumnado, en el sentido darwinista de que son
los mejores los que se adaptan y los que tienen más dificultad fracasan, sino
que se despliega todo una serie de normas y estructuras organizativas frutos de
concepciones históricamente construidas en la que encajan ciertos alumnos.
Estos se conceptualizan como los mejores, cuando en la mayoría de los casos ni
siquiera se han adaptado a un sistema sino que han encajado en una organización
que se ha hecho para ellos. En una escuela distinta o con un profesorado
diferente, ¿triunfarían los mismos?. Llamar alumnos buenos a éstos que
encajan en el sistema escolar y malos alumnos a los que no cumplen las
expectativas es darle una consideración moral a una relación meramente
funcional. Una vez más se está produciendo un fenómeno de proyección, en el
que valoramos, potenciamos y evaluamos positivamente al niño o la niña que
encaja en una organización de la que nos sentimos responsable. En este sentido,
castigar a un niño puede ser un acto en el que proyectamos nuestra culpa y nos
liberamos de ella en un ritual de purificación. Nietzsche, que siempre tiente
un aforismo para todo, dijo en la Gaya Ciencia. "El castigo tiene como
finalidad mejorar a quien lo aplica, éste es el argumento último de quienes
defienden el castigo". Los educadores necesitamos reflexionar sobre el fenómeno
de la trasferencia que se produce en la actividad educativa y las proyecciones
que realizamos si no queremos quedar atrapados en una espiral de incomprensión
que nos lleva irremediablemente a la angustia. Que bien lo explica Mª Carmen Díez
en su libro Proyectando otra escuela: "Al transferir, uno puede y suele
proyectar en el otro sus conflictos, o identificarse con él, idealizarlo,
negarlo, quererlo, odiarlo, intentar dominarlo, someterse a él..., porque cada
cual lo que juega es su manera de querer." El intento de objetivación y
racionalización científica del acto didáctico es un proceso de resistencia en
aras de evitar el sufrimiento que conlleva proyectar nuestros sentimientos y
revivir experiencias traumáticas pasadas. El acto educativo es una actividad
emocional, de sufrimiento y satisfacciones, es un ritual de vida.
Los educadores
somos profesionales que trabajábamos con material intangible. Nuestros objetos
de trabajo son las actitudes, los sentimientos, el deseo, las expectativas, la
afectividad, los valores, el conocimiento, etc.; de ahí, la dificultad de su
modelado, la imposibilidad de su finitud. Creo que se educa a alguien cuando se
ocupa un lugar en su deseo y en el deseo de su madre, y de su padre, y de su
amigo. Aquí reside el secreto, que no es poco.
Desde que creo que
en el proceso educativo, más que enseñar o instruir, uno se da, y que uno no
puede dar lo que no es, me dedico a estudiar ética, filosofía, teorías de la
comunicación, sociología, antropología, psicología y demás ciencias de lo
etéreo. Me he convertido sin saberlo en un escultor del aire. Es bueno saberlo
ahora que corren malos vientos.
Cristóbal Gómez Mayorga
Maestro
de Educación Infantil
Colegio
El Romeral de Vélez-Málaga.
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