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Publicado en In-fan-ci-a nº 131, Marzo-Abril 2003 (En catalán)

   

LA CONQUISTA DE LA CLASE.

El PERIODO DE ADAPTACIÓN EN EDUCACIÓN INFANTIL

El transito de la familia a la escuela

El proceso de adaptación a la escuela de los niños y niñas, que se separan de sus familias por primera vez, es muy complejo, ya que supone la elaboración y la aceptación, no siempre voluntaria, de una nueva situación que lleva emparejada pérdidas y ganancias. Aunque no se puede prever todas las variables que van a estar presentes, ya que no se conoce a los niños, ni a sus padres, sí se puede plantear ciertos principios de procedimientos que van dirigiendo la actuación a medida que se van produciendo los acontecimientos.

Dice Alexander Lowen que cuando un niño pierde la fe en su madre (o su padre) debido a la separación, empieza a perder la fe en sí mismo, porque es la madre la que da seguridad a sus primeros tanteos en la vida, la que le refuerza sus comportamientos, la que da seguridad para el reto que supone la exploración del mundo. Por ello, el tránsito a la escuela es tan importante y la relación con la familia es imprescindible. La entrada al colegio es una primera conquista, de un mundo ajeno a la familia, que requiere una atención especial, mucha ayuda y paciencia. Los cambios importantes de la vida requieren tiempo de elaboración porque debemos, a la vez, ir cambiando nosotros.

Mucha literatura sobre el periodo de adaptación en Infantil ha conceptualizado este tránsito como un tiempo en el que hay que crear unos hábitos en el colegio y una aceptación de normas. La creación de hábitos mecanizados y rutinas parte de concepciones mecanicistas que eliminan los deseos y necesidades infantiles y no espera una construcción lenta y efectiva del proceso de socialización. La autonomía es un objetivo a muy largo plazo, y necesita de la seguridad de sí mismo en todo momento. No podemos soltar a los padres y madres sin cogernos a otro lugar. Cuando a los 5 años se establecen amistades con los iguales es posible ir soltándose del cordón umbilical. Este tránsito se debe realizar en un ambiente cálido y amoroso. Esto no está reñido con el establecimiento de normas y responsabilidades. El deseo individual tiene su límite en el deseo de los demás. Este es el origen de la aceptación de las normas sociales y es el camino que va del egocentrismo a la socialización efectiva.

Dos a priori: oler a madre y soñar la escuela

Es muy importante que la escuela huela a madre, es decir, que algún familiar haya impregnado con su presencia todos los espacios del aula. En nuestro caso, el aula estuvo abierta durante la semana anterior al comienzo del curso para que vinieran a conocerla. Era importante, conocer al maestro, ver el colegio y jugar en sus espacios, sin la ansiedad que crea la separación. Ir al colegio un ratito, un par de días, con la madre o el padre, sin tener que quedarse, y luego irse a casa, no produce tanta ansiedad. Es muy importante, para la elaboración de la nueva situación, poder soñar la escuela, es decir, poder elaborar la separación después de haber conocido el lugar a donde iban a ir. Pero tan importante es la elaboración de la separación por los niños y niñas como por sus familiares. La angustia que provoca a los padres y madres la separación se transmite a sus hijos. Por ello, en los primeros encuentros no formalizados que se tengan con las familias es imprescindible dar confianza y hablar de esa angustia. Incidir en que se hable a los hijos de lo maravilloso del Colegio y no se compense la nueva situación con chucherías y regalos.

En definitiva, antes de quedarse en el colegio, es importante vivir la escuela. Debemos diseñar una entrada en la que se pueda ir a ver el aula con algún familiar y luego volver a casa a decirlo y soñarlo. La reflexibidad del pensamiento es un proceso que ayuda a asimilar cualquier nueva situación.

Los objetos transicionales

Los niños y niñas necesitan de objetos afectivos que a modo de bastón les permitan estar sin la madre, y que estén cargados de su presencia; es lo que Winnicot denomina los objetos transicionales.

Un objeto que traen de casa está siempre cargado de una cálida energía. No debemos de despojar al alumnado de esos elementos que agarran con fuerza y les da seguridad. Muy al contrario, debemos de presentarlos al grupo. Dotándolos de valor en la asamblea estamos aceptando su identidad aún dependiente, dando seguridad y abriendo el camino de la integración en el grupo.

Los objetos transicionales son puentes entre los progenitores y los primeros amigos. Pasado un tiempo, estos objetos de apego se van sustituyendo por amigos y amigas que, al ser otras personas con necesidades y deseos diferentes, provocan un proceso de negociación que ayuda a la socialización de los individuos. Por supuesto, la educación infantil debe promover un tipo de relaciones en el aula, en un tiempo libre, en el que puedan darse este tipo de interacciones. En nuestra aula de 3 años, los objetos que los niños y niñas traen en sus manos se integran en la clase, se guardan, si quieren desprenderse de ellos, en un lugar especial y los agarran con fuerza a la hora de salir al patio o cuando el tiempo se hace infinito. Así, a lo largo del curso, Andrés ha ido cambiado su bolígrafo por su amigo Pablo, Andrea va sustituyendo sus peluches por Lourdes y Alejandro va soltando su trapito para agarrarse a Angel.

Socialización afectiva

En el proceso de socialización se pasa de los brazos cálidos de una madre o un padre a la incertidumbre de una compleja red de relaciones afectivas, pasando por objetos o sujetos de tránsito que sustituyen los lazos familiares. Este tránsito es el que debemos de trabajar en la Educación Infantil. Los momentos de gran emotividad en el aula son rituales de socialización de gran fuerza, como las canciones, los juegos o los cuentos. Pero nosotros hemos empleado, además, un elemento cálido que se agarra entre todos con fuerza, con el que descargamos la agresividad que nos produce la nueva situación, a la vez que nos une afectivamente a los demás. Este elemento es "la manta". Todos alrededor de una gran tela, aferrados con fuerza, la movemos sin parar, manteando al lobo, a la bruja o a cualquier elemento simbólico que tengamos a mano. En esta catarsis colectiva estamos creando un nuevo objeto transicional, pero éste es de todos. También jugamos a meternos debajo, como si de un vientre materno se tratara buscando seguridad. Otros días sustituimos la tela por una gran cuerda en círculo, a la que nos agarramos, y a la que nos atamos afectivamente mientras jugamos a "estirar, estirar que el demonio va a pasar". Estos juegos van convirtiendo al aula en el primer espacio afectivo fuera del hogar y representan la arqueología de la socialización.

Espacios afectivos.

El aula, desde el primer día está distribuida por rincones de actividad, espacios que evocan el hogar con sus diferentes dependencias. Estos espacios están claramente limitados por muebles y responden a la diversidad de necesidades y deseos del alumnado en un mismo tiempo. En estos espacios se muestran múltiples materiales y actividades sugerentes que se adaptan a las características, deseos y necesidades de la heterogeneidad del alumnado. Existen niños y niñas que necesitan expresar con juegos violentos la agresividad que les produce la separación. Para ellos tenemos un rincón de movimientos, el gimnasio, con pelotas, aros, telas, etc. Otros, sin embargo, necesitan tranquilidad, y pueden ir a la biblioteca a evadirse con algún cuento, o a las construcciones. Cada día, todo el alumnado pasa mucho tiempo libre jugando en el espacio que desea, sin ningún tipo de turnos, obligación, o norma que no sea el comportamiento adecuado en cada rincón y la correcta utilización del material. Creemos que cada uno va en cada momento donde necesita, y puede desarrollar las mismas capacidades en diferentes rincones. Dibujar con colores, realizar un collar, recortar, modelar con la plastilina o jugar con las construcciones, pueden desarrollar habilidades psicomotrices, perceptivas o manipulativas de igual forma. Pero además, al dejar libertad para elegir la actividad, estamos desarrollando la autonomía, la voluntad, la responsabilidad, y cubriendo las necesidades de cada cual.

La distribución de la clase por rincones impone los primeros límites en la escuela de infantil de forma sutil y lógica. No podemos jugar con la pelota en el espacio de la pintura porque se derrama. La disciplina comienza, desde el principio a ser autodisciplina en el proceso de socialización. La lógica del funcionamiento de cada actividad va creando las normas de convivencia. La reflexión en grupo de los conflictos que van apareciendo nos ayudan a crear normas de convivencia, a la vez que elaboramos en nuestro interior la necesidad de aceptar normas sociales.

Los principales espacios vivenciales que tenemos en la clase son los siguientes:

·    La alfombra. En ella se construye la socialización, a la vez que elaboramos identidad de aula mientras realizamos actividades colectivas: organizamos proyectos, jugamos, leemos cuentos, dramatizamos, resolvemos los conflictos y analizamos lo que hemos hecho a lo largo de la jornada. En el tiempo libre, la alfombra se convierte en gimnasio y en espacio de juego simbólico.

·    Espacio de la cocinita y la casita. Espacio imprescindible para vivir sus respectivas casas en forma de juego, sus preocupaciones, las relaciones entre géneros, los primeros tanteos sociales, etc.

·    Espacio de construcción. Es una pequeña alfombra en donde jugamos con los encajables, construcciones, herramientas, etc.

·    Rincón de plástica. En este espacio se encuentra la pintura, el modelado, la pizarra, material diverso al alcance de la mano y mesas de trabajo.

·    Rincón de juegos lógicos. Es un rincón con una mesa central y material estructurado al alcance de la mano: ensartados, puzzles, encajables, dominó, etc.

·    La biblioteca. Es un santuario tranquilo en donde están los cuentos, el libro de las canciones, el álbum de fotos, juegos de tarjetas, y la caja de los tesoros.

En muchos de estos espacios (casilleros, perchas, lista de asistencia, tarjetas, etc.) aparecen sus fotografías con el nombre. Los niños y niñas pasan horas mirándose, reconociéndose, diferenciándose, construyendo su identidad.

La narración mitológica.

Necesitamos de narraciones que organicen la realidad (Bruner, 1997). En estas edades es el cuento el que, de forma idónea, acopla la realidad al pensamiento del niño. En los cuentos se resuelven, de forma simbólica, las preocupaciones del alumnado en estas edades. Los primeros días narramos y jugamos los clásicos cuentos de lobos. Principalmente funciona "Los tres cerditos". Este cuento da pie a vivir los sentimientos que les afectan: miedo y angustia a la nueva situación, representado en el lobo, y la dualidad pequeño-grande en la que se mueven, proyectándose en los tres cerditos. Dice Bettelheim, en "Psicoanálisis de los cuentos de hadas", que el niño se identifica progresivamente en cada uno de los cerditos reconociendo la evolución de su identidad. Los tres cerditos representan los distintos estadios del desarrollo humano y el niño comprende que tenemos que despojarnos de nuestras primeras formas de existencia si queremos trascender a formas superiores. Otra historia que nos ha funcionado ha sido la del cuento "¡Mua!", en donde aparece un monito, llamado Gugu, que llora porque su mamá se ha ido a por comida. En él proyectan y elaboran sus angustias de separación y sus llantos. Por supuesto, narramos el cuento, lo contemplamos en diapositivas, cantamos la canción, jugamos, dramatizamos y vivimos su historia.

Rituales afectivos: canciones y juegos.

Cantar en grupo es un ritual de catarsis colectiva. A la vez, es un elemento socializador, ya que cantamos en grupo, compartiendo la palabra, el ritmo y la melodía. La canción de Gugu, el monito que lloraba porque "su mamá se ha ido", fue creada para ello. Los niños y niñas que lloraron al entrar son los que aún, al finalizar el curso, la recuerdan con más entusiasmo. También son importantes las canciones que se cantan mitad con la voz mitad con el cuerpo, en esta edad en la que la capacidad simbólica no está muy desarrollada y los esquemas motores se cuelan entre las medias palabras: "Con un pie yo bailo", "Saco una manita", etc. Los juegos en los que movemos el cuerpo son imprescindibles en este periodo en donde el lenguaje no es elaborado y permanecen aún los esquemas psicomotrices muy unidos al pensamiento.

Con juegos como "Se parece a su mamá, o a su papá", los chavales se cargan de seguridad al identificarse con sus progenitores, a la vez que hacen la proeza de entrar en un aro y saltar desde una silla, ("cuando entra cuando sale, al subir y al bajar").

Otro juego que funciona es el de "Los dedos van al colegio". Es un juego de dedos en el que cada uno se levanta para ir al colegio y llama al siguiente para que lo acompañe. Todos se van levantando a la llamada de los niños y niñas, menos el pulgar que es más dormilón y hay que gritarle más fuerte hasta que se levanta apesadumbrado. En este juego se proyectan cuando por las mañanas les cuesta salir del dulce nido.

Las sustancias afectivas

Llamamos sustancias afectivas al agua, al barro, la tierra, la plastilina, la pintura, etc. Estas sustancias son imprescindibles en un aula de infantil y sobretodo en el periodo de adaptación. Los niños con más dificultades se tranquilizan cuando tocan pintura, barro o agua con sus manos. Igualmente funciona tocar caracoles o lombrices de tierra. Hay algo en lo viscoso que obra milagro en el comportamiento de los niños y niñas con más dificultades. También tenemos en la biblioteca "la caja de los tesoros", en donde metemos objetos para tocar, acariciar y ver: telas, lanas, algodón, cristal, objetos brillantes, etc., y fueron muy utilizados en los primeros días cuando la necesidad de obtener sensaciones agradables era imprescindible.

La vida en el aula.

Cuando cuidamos a alguien nos cuidamos a nosotros mismos. Los muñecos y peluches que tenemos en la casita cumplen esta función de objetos en los que los niños y niñas se proyectan, mientras los cuidan, consuelan, obligan a comer, etc. Pero son los animales los que mejor sirven para ello porque tienen vida. Los caracoles, los pollitos, las ratitas, los gusanos de seda, etc. han ido entrando en clase y enganchando afectivamente a todo el alumnado. Los animales son elementos de comunicación de primer orden para aquellos niños y niñas que tienen dificultades de relación con los demás o un comportamiento algo revoltoso. La inquietud de los primeros días se calmaba cuando los caracoles acariciaban el alma de los chavales a través de sus pequeñas manos. Creo que la baba del caracol, las plumas de los pollitos, el cuerpo de los gusanos de seda y el pelo de nuestras ratitas, tienen algo que produce un efecto apaciguador, curativo y saludable. Por ello se hace necesario llenar nuestras aulas de seres vivos en esta etapa infantil.

Además, hemos aprendido con los animales en el aula procesos de alimentación, cambio, crecimiento, texturas, colores, formas, número, etc., pero siempre de forma afectiva, vivida, sentida. Lo más fácil de aprender es lo que llega al alma atravesando el cuerpo.

Cristóbal Gómez Mayorga

Maestro de Educación Infantil

C.E.I.P. "El Romeral"

Vélez-Málaga

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

ALBOROUGH, JEZ.- ¡Mua!. Montena, Grijalbo Mondadori. Barcelona, 2000.

BETTELHEIM, BRUNO.- Psicoanálisis de los cuentos de hadas. Crítica. Barcelona, 1995.

BRUNER, J..- La educación puerta de la cultura. Visor. Madrid, 1997.

DÍEZ, Mª CARMEN.- La oreja verde de la escuela. Ediciones de la torre. Madrid,1995.

DÍEZ, Mª CARMEN.- Proyectando otra escuela. Ediciones de la torre. Madrid,1996.

LOWEN, Alexander.- Miedo a la vida. Era naciente. Buenos Aires, 1980.

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RODRIGUEZ GONZÁLEZ, Mariano.- El niño acorralado. Ed. Libertarias. Madrid, 1994.

SANTOS GUERRA, M.A..- La escuela que aprende. Morata. Madrid, 2001.

STENHOUSE, L..- Cultura y educación. Publicaciones MCEP. Sevilla, 1997.

TONUCCI, F..- A los tres años se investiga. Hogar del libro. Barcelona, 1986.

TRUEBA, Beatriz.- Talleres integrales en Educación Infantil. Una propuesta de organización del escenario escolar. Ediciones de la Torre. Madrid, 1989.

WINNICOTT, D.W..- Realidad y juego. Gedisa. Barcelona, 1996.