LOS DISCURSOS
DEL DECIR, DEL HACER Y DEL SENTIR.
Reflexión a
dos voces a la lumbre de Eduardo Galeano.
Este
artículo surge de la comunicación epistolar, (vía correo electrónico)
entre un maestro y una maestra de Infantil, que a la luz de lecturas
compartidas y de sus respectivas prácticas reflexionan sobre las
contradicciones entre lo que los enseñantes decimos y lo que hacemos
habitualmente en nuestra práctica.
Mª Carmen Díez.-
Quiero pedirte
algo, Cristóbal. Un artículo para la revista In-fan.ci-a.
Mi idea era que
se hablara de la contradicción existente entre lo que decimos los maestros en
las reuniones, en los cursillos, en las programaciones incluso, y lo que
hacemos realmente. Se nos llena la boca diciendo que hay que jugar en la
escuela, pero luego no damos tiempo, el espacio y el permiso para hacerlo.
Decimos que hay que permitir el movimiento, pero ... cuándo, y cómo, y dónde
....Decimos que hay que dar paso al cuerpo, a la sexualidad, a las emociones,
pero ... ¿se hace?
Puse de ejemplo
aquel gimnasio que tú me constaste que tenías, en el que podían moverse los
niños , ... !Me gustó tanto aquel modo tan natural de incluir su gusto y su
necesidad de movimiento¡ Osea que este sería el tema: ¿moverse o estarse
quieto?. Y el encuadre el que te decía antes de las contradicciones.
...
Espero tu
respuesta. Un abrazo muy fuerte.
Cristóbal Gómez.-
Hola Mª Carmen,
tengo algo escrito sobre tu propuesta de lo que hacemos y lo que decimos. Por
ahora lo he titulado: "Los discursos de decir, del hacer y del
sentir". Para que se convierta en artículo necesita mucho más tiempo de
reflexión. Desde que me lo pediste, me planté el esquema de ver la realidad
a través de ese título y son muchas las ideas que van surgiendo, así como
mucha la complejidad que se va enredando en el discurso. Te mando lo que tengo
escrito y me contestas con tu visión del tema:
"Sabios
doctores de Ética y Moral han de ser los pescadores de la costa colombiana,
que inventaron la palabra sentipensante para definir el lenguaje que dice la
verdad". Eduardo Galeano: El libro de los abrazos.
Hemos visto, a
menudo, a cierto profesorado de Infantil trabajar el contenido del cuerpo
parapetado tras una gran mesa y una vestimenta poco apropiada mientras que sus
alumnos, sentados y quietos en sus sitios, coloreaban el dibujo del cuerpo de
un niño o una niña. No es demasiado extraño, si consideramos que nuestra
formación se ha basado en coger apuntes a mucha velocidad sobre contenidos de
creatividad, motivación o participación. Y es que los discursos se
ritualizan y pierden su significado.
Es la eterna
contradicción entre el discurso del hacer y el discurso del decir, pero que
en la educación cobra unas dimensiones singulares y muy determinantes.
La incoherencia
entre lo que decimos y lo que hacemos expresa un discurso propio que es
captado claramente por el alumnado: lo que hacemos y no decimos, lo que
decimos y no hacemos, lo que decimos que no hacemos y sí hacemos, lo que no
sabemos que hacemos, etc. Todo ello produce, como consecuencia, o una gran
culpa que escondemos con vergüenza o una racionalización justificadora, de
pretensión pedagógicas, que intenta disculparnos y que siempre nos delata.
Existen
experiencias pedagógicas basados en el juego, la libertad o el movimiento,
pero nos han llegado como algo excepcional. Hemos estudiado a Freinet, Tonucci
o Freire, como grandes dioses a los teníamos que adorar pero nunca osar
parecernos a ellos. En las Escuelas de Magisterios ha faltado el discurso de
la posibilidad, mientras que se nos ha ofrecido la adoración de los apóstoles
pedagógica que han producido desautorización en el futuro profesorado. Y es
que en las escuelas de profesores hemos seguido aprendiendo a ser buenos
alumnos en vez de aceptables educadores.
Nuestra
estabilidad depende en buena medida de la confluencia de nuestro discurso
racional con nuestra actuación. Pero somos más lo que hacemos que lo que
pensamos. Y actuamos en función de las narraciones que consciente o
inconscientemente hemos construidos a lo largo de nuestra vida. Es por ello
que inventamos un discurso que sea congruente con nuestros actos; o mejor,
asumimos discursos existentes en nuestra cultura que confluyan con nuestra
acción.
La contradicción
entre el hacer y el decir nos produce esquizofrenia. Existen varias
posibilidades para evitar esta incongruencia que nos crea desasosiego: no oír
ningún discurso nuevo que ponga en tela de juicio la acción, (hay una mayoría
de educadores que evitan cualquier curso, lectura o conversación que le
cuestione), buscar una serie de argumentos para rechazar a quienes dicen algo
distinto de lo que hacemos (a menudo se suele minusvalorar a la persona que
tiene nuevas ideas por joven, rojo, insatisfecho, inestable, excesivamente
emocional, etc.), o por la única vía que produce crecimiento personal,
cambiando nuestras actuaciones en consonancia con nuestro nuevo pensamiento y
poniendo estos en entredicho ante cualquier nuevo razonamiento.
La razón es un
instrumento que empleamos para justificar nuestra situación sentimental,
actitud, necesidad o deseos; es una tabla de salvación; el paraguas de un
equilibrista que utilizamos cuando nos desestabilizamos. Ante cualquier
desajuste emocional la razón impone su lógica y nos vuelve a poner los pies
en la tierra. Al cambiar nuestra actuación nos desestabilizamos y el miedo a
perder ese equilibrio nos hace rechazar cualquier transformación.
Las personas
cambiamos al adaptar nuestras acciones a las nuevas ideas. Esto requiere un
gran esfuerzo, una actitud positiva hacia el cambio, capacidad de frustración,
y una gran estabilidad personal.
La aceptación de
una opinión o una actuación educativa que no somos capaces de llevar a cabo
solemos rechazarla con un sinfín de justificaciones para evitar entrar en
crisis.
Entre los tópicos
que empleamos para impedir cualquier cambio en nuestra actuación en el campo
educativo sobresalen los siguientes:
·
Eso ya
lo intentamos y no sirvió para nada.
·
Las
cosas son así y no se pueden cambiar. Siempre ha habido listos y tontos, no
vamos a arreglar el mundo, ...
·
Cuando
yo era joven también pensaba así, ya te darás cuenta cuando seas mayor.
·
Yo
enseño bien, si no quieren aprender ..
·
La
teoría es muy bonita pero lo que vale es la práctica.
·
El
problema es de los niños de ahora, de los padres, Administración, etc.
No obstante, la
mayoría de las veces, sobretodo en educación, ni siquiera buscamos
argumentos justificatorios de lo que hacemos porque existe un discurso pedagógico
con una aceptación inapelable por los poderes científicos y políticos que
nos impide argumentar en contra. En estos casos solemos cerrar nuestra puerta
del aula, hacer lo que podemos, queremos o sabemos y, fuera, repetir el decir
políticamente correcto. Esto explica la gran cantidad de profesionales de la
enseñanza que en poco tiempo se han unido al discurso de la contrarreforma
educativa. El poder que tuvieron los Movimientos de Renovación Pedagógica en
décadas pasadas y su concreción en la LOGSE produjo un enmudecimiento del
profesorado que no cambió su práctica educativa. Este profesorado es el que
se ha enganchado al nuevo discurso de la contrarreforma, que reduce las
dificultades educativas actuales a temas de disciplina.
Por otro lado,
preferimos que sean normas exteriores las que se impongan para no tener que
asumir nosotros el conflicto que nos genera la incertidumbre de nuestra
actuación.
Quizás lo que
hacemos esté más relacionado con lo que sentimos. Nuestros sentimientos de
ira ante nuestros desaciertos, de miedo a lo desconocido, de vergüenza a
reconocer nuestras lagunas, etc., nos hace actuar de forma discreta para
evitar esos sentimientos y, a posteriori, buscamos argumentos justificatorios.
Sólo, la
aceptación de nuestros sentimientos, la conciencia de nuestras dificultades y
la comprensión de complejidad de la labor educativa, nos pone en el camino de
cambiar nuestras actuaciones, aceptando los sentimientos que nos produce, y
cuestionando nuestros pensamientos. Ya lo dijo Nietzsche en la Gaya Ciencia: "Los
pensamientos son la sombra de los sentimientos, siempre son más oscuros, más
vacíos, más simples que éstos".
Espero tu
respuesta. Un abrazo.
Mª Carmen Díez.-
Cristóbal: veo
que Galeano nos alumbra a los dos con sus palabras calientes. Cada vez lo
citamos más personas. Por lo visto, necesitamos guía. Cuando leí tu
escrito, me vinieron unas cuantas ideas que te pongo aquí ahora.
¿ Motivación?
"Un
hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir el alto
cielo.
A
la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida
humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El
mundo es eso-reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.
Cada
persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos
iguales. Hay fuegos grandes, fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay
gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que
llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman;
pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin
parpadear, y quien se acerca, se enciende."
(El
libro de los abrazos. E. Galeano).
Hace poco, en un
curso en el que participé en Plasencia, salió a relucir el papel de "la
motivación" en nuestro oficio de maestros. Yo dije mi versión, que venía
a ser ésta:
Motivación viene
de motivo, motor, moverse: mover-se, es decir, moverse a uno mismo, porque el
motor está dentro, en el centro y en la piel de cada cual (en el fondo-fondo,
y en la forma-forma). Pero, por lo visto, los maestros lo que nos creemos es
que vamos a poder pasar a los niños "nuestro" propio motor. ¡Y eso
que ni siquiera hablamos de nuestro motor "verdadero", aquel que nos
invade, nos inflama, nos lleva a actuar, a soñar, a vivir...!. Más bien
hablamos de esos motorcitos de juguete, de esas "motivaciones", que
tan poco tienen de motor "movedor". Hablamos del otoño, de los vehículos,
del "señor cuadrado", y de cosas por el estilo.
Los niños, en
cambio, hablan de sus miedos a crecer "porque los viejos se mueren",
de sus dudas sobre si se pueden o no casar con sus padres, hermanos, o amigos,
de sus ganas de abrirlo todo para averiguar qué hay dentro de un palo de
agua, de una pelota, de una barriga, de una mantis religiosa... Ellos hablan
de lo que les hace salir de sí mismos y lanzarse activamente hacia la
realidad, externa e interna, para aprehenderla, tomarla... y quedarse con
ella.
Y nosotros los
maestros, seguimos empeñados en conseguir sacarlos de sus motivos: motores, y
llevarlos a nuestros pobres, secos y uniformados currículos. ¡Contradicciones!.
Una vez leí en
un precioso libro de Laura Esquivel, "Como agua para chocolate",
que: "todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para
producir fósforo. Pero si bien todos nacemos con una caja de cerillos en
nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el
experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno
tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela
puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que
haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento
nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro
interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase
el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona
tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la
combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía
el alma. En otras palabras, está combustión es su alimento. Si uno no
descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se
humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo".
De otro modo lo
escribe Galeano con eso de "los fueguitos". Y es que tanto las
cerillas, como los fuegos, hablan de incendio, de lumbre, de quemarse...
Pensemos en la palabra "incentivar", que tan relacionada está con
"motivar". Un incentivo sería un motivo añadido a otro motivo, un
motor sobre otro motor. Pues bien, incentivar, o incendiar, sería aquí
dejarse encender por esa llama interna que hay que buscar y encontrar personal
e intransferiblemente.
Acompañemos,
pues a los niños a buscar sus motores, sus motivos, sus incendios..., y apuntémonos
con ellos a intentar satisfacer y volver a alentar una y mil veces sus deseos.
¿Participación?
Participar:
parte: par-te.
Formar parte de
algo, ser par, ser "dos": otro y tú..., "dos para ti"...
Pero formar parte
de algo cuando uno quiera y pueda, y no cuando lo digan, exijan, o pretendan
los demás. Hace unos años tuve un alumno que se llamaba Manuel. Algunos
ratos iba sólo por el patio, o por la clase y otros participaba en los juegos
con los demás. Unos días nos hablaba y nos contaba sus cosas. Otros, se
mantenía taciturno, callado o hablando entre dientes. Unas veces aceptaba ir
a los cumpleaños de los compañeros, y otras prefería quedarse con su madre
y su hermano mayor a jugar al baloncesto o al parchís.
A mí me extrañaban
esos contrastes tan señalados y así se lo manifesté a sus padres, que con
muy buen criterio, me dijeron que veían que él estaba eligiendo su propio
ritmo para entrar en relación con los demás y que no encontraban problemática
en ningún sentido esa diferencia que yo notaba con respecto a la evolución
de su hijo y la de otros niños, que ellos lo esperarían pacientemente,
porque les parecía que debían respetar su proceso.
Aprendí mucho de
esta familia. Pude ver lo insistente y pesada que me pongo en ocasiones
queriendo que los niños vayan en el sentido que yo veo "bueno",
aunque ellos mismos no lo vean. Pude ver cómo anteponía mi ritmo y mis
deseos a los suyos. Pude ver la perplejidad con la que encaro algunas de las
diferencias entre los niños. Pude hacer conscientes mis proyecciones y mi
cortedad de vista ante el desarrollo original de cada alumno...
Así que cuando
un día Manuel se escribió una carta a sí mismo y luego se la guardó bien
cerrada en el bolsillo de la camisa, comprendí que tendría que acallar mi
curiosidad, porque posiblemente no tenía pensado dejárnosla leer. Como así
fue. Por suerte, ante la demanda de un amigo, procedió a abrir su carta, en
la que había muy pocas palabras: "AÚPA; MANUEL"...
Ésas eran sus
formas, particularísimas, nuevas, diferentes, suyas. Y desde luego no era yo
quien para forzarlo a la sagrada, pedagógica, y muy valorable participación,
por muy bien vista que esté y por muchos valores solidarios que contenga.
¡
Contradicciones!
¿Creatividad?
Creatividad, en
pura realidad, sólo es una palabra inventada, para capricho de la jerga pedagógica.
Su raíz es crear, que significa "producir de la nada, hacer que empiece
a existir una cosa". O criar, que viene del latín creare, y significa:
"crear, engendrar, procrear, dar a luz".
Juntando y
separando significados, vemos que crear, si se repite es recrear: re crear,
crear, creer, criar
Y si lo vemos en
sustantivo, recreo tiene que ver con: placer, juego. Creación con: invención.
Creencia con: fe en las propias capacidades. Crianza con: alimento, aliento,
nutrición.
Crear viene unido
a imaginar, sortear, inventar o reinventar. Y sueño, imagen, juego, invento,
¡son unas ideas tan alegres!.
Además,
recuerdan también, por asociación de ideas: a lo nuevo, a lo original, a lo
diferente, a lo arriesgado, a lo o fantástico, a lo o artístico, a lo
asombroso, a lo genuino, a lo auténtico, a lo único.
Lo que viene a
ser: producir, elaborar, libar desde uno mismo (con todos los aportes de la
realidad, de los otros, del propio ser), algo antes no visto, ni sabido, ni oído,
algo que no existía con anterioridad.
Yo he visto, de
hecho, en mi clase reinventar palabras, movimientos, mezclas de pintura,
sentimientos...
Y es que no se
trata de pretender ser un genio, sino de vivir la realidad con asombro, valentía
y actitud de búsqueda, porque se nace curioso, pero todo puede quedarse en
nada, si no se da paso al deseo del niño, si no se alienta, protege, provoca
y espera el producto nuevo o reinventado, salido de su motivación, de su
capacidad de creación, salido de su mismidad... Y no de la nuestra. ¡Cuidado
con nuestras contradicciones!
Cristóbal Gómez.-
Hola Mª Carmen:
Quizás, nos
hemos centrado demasiado en el microcosmo de la escuela y en el profesorado y
sea necesario analizar la doble moral de la cultura en la que vivimos, sin por
ello eludir nuestra responsabilidad. Una vez más Eduardo Galeano nos alumbra:
...
la expulsión de los niños pobres por el sistema educativo se conoce bajo el
nombre de deserción escolar;
el
derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se
llama flexibilización del mercado laboral,
el
lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres, entre los derechos de
las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría,
...
"Patas
arriba. La escuela del mundo al revés".
La toma de
conciencia sobre este mundo, que acepta y promueve el doble discurso, nos
tiene que poner en guardia a los educadores que queremos alumbrar un futuro
con más autenticidad. Para ello, debemos partir de nosotros mismos, de
nuestra práctica, del análisis de nuestras contradicciones. Es el discurso
de la práctica el que produce el verdadero cambio, si aceptamos la
incertidumbre de la vida, las contradicciones de nuestras actuaciones, la
complejidad de la realidad y la imposibilidad de su control. A menudo, hemos
comparado nuestra actuación con un discurso racional perfectamente articulado
en donde nuestra actuación siempre salía perjudicada. Más bien, creo que es
el análisis de nuestra práctica y la conciencia de los sentimientos que nos
produce lo que nos tienen que hacer cambiar.
En la escuela nos
hemos equivocado cuando trabajamos desde los objetivos finales y pretendemos
que mediante la repetición de hábitos rutinarios se produzca educación.
Seguimos trabajamos con la metáfora del laberinto de ratas, que a fuerza de
repetición aprenden a accionar una palanca, o con la metáfora de la vasija
vacía que hay que llenar. Debemos interiorizar la metáfora del fueguito,
porque en ella hay calor y afecto; el fuego abrasa como las personas
abrazamos. Más que homo sapiens, somos homo amorosos como dice Maturana en su
"Biología del amor y el Origen de lo Humano": las manos humanas
son más que instrumentos de manipulación, son órganos de caricias.
En la práctica
debemos de trabajar desde la aceptación de identidad incipiente de la
infancia, con sus características de egocentrismo, celos, miedos y
dependencia. El cuerpo es un objeto transicional entre el interior y el
exterior. Los niños y niñas desordenados tienen una mente con desordenes. No
aceptándolos estamos negando su identidad. Es a partir de esta realidad desde
donde podemos tirar de ellos. El constructivismo no sólo es cognitivo sino
también afectivo. No podemos negar la agresividad sino trabajarla en clase añadiendo
la necesidad de no hacernos daño. Ahora estoy trabajando con mis alumnos el
libro de los juegos en el que diariamente luchamos y descargamos agresividad y
luego lo plasmamos en una hoja de papel para ir confeccionando un libro en el
que no solo dibujamos nuestros cuerpos sino que quedan plasmados nuestros
sentimientos. Diariamente, los niños y niñas de mi aula pueden jugar a los
perros, a los caballos y todos lo juegos de fuerza y lucha que emplean el
contacto como herramienta de socialización amorosa.
El intento de
construir una educación conforme a los fines sagradamente establecidos nos ha
hecho organizar unas aulas asépticas, sanas, limpias, sin violencia, de forma
artificial, mediante prohibiciones, y normas claramente establecidas. Evitando
el conflicto y la entrada en el aula de los auténticos sentimientos y
realidades es la forma de no solucionar los auténticos problemas de nuestro
mundo. Que bien lo profetiza Eduardo Galeano:
En
la ciudad del futuro, que ya está siendo ciudad del presente, los teleleniños,
vigilados por niñeras electrónicas, contemplarán la calle desde alguna
ventana de sus telecasas: la calle prohibida por la violencia o por el pánico
a la violencia, la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces
prodigioso, espectáculo de la vida.
"Patas
arriba. La escuela del mundo al revés".
Un "abrazador"
fueguito.
María
del Carmen Díez Navarro, Alicante.
Cristóbal
Gómez Mayorga, Málaga.