En el cementerio.
Me quedé quieta, sentada sobre mármol blanco,
en la hora ya tardía los grises y las sombras
lo penetraban todo.
Jamás antes hube sentido en mi exterior
aquella bofetada de solemnidad.
El frío acero retumbaba con insistencia,
con amargo eco. Eran las campanas de la capilla
que repicaban una y otra vez martirizando mi silencio.
Y de pronto, como un gesto olvidado,
acudió a mis ojos la humedad;
hasta entonces desterrada y a la cual no di permiso para el regreso.
¡Lloré!, ¡lloré despacio, sin gemidos,
sin amarga desesperación...
Y recordé, si, en ese instante
se atropellaron en mi mente, numerosas imágenes,
abundantes recuerdos.
Y continué estando quieta, continué sentada
sobre mármol blanco, ¡allá!, ¡en el cementerio!.