Prologo de J.L. Dasilva, poeta .
Leo Vuelo Nocturno. Llego al último verso y regreso al principio. Vuelvo a leer como si fuera la primera vez; como si no lo hubiera leído ya cinco o seis veces.
No me canso de recorrer este camino tan lleno de sentimientos
una y otra vez. Cada vez encuentro algo nuevo, algún detalle que antes pasé
por alto y que me permite adentrarme más y más en el conocimiento que adquiero sobre quien escribe.
Pero la esencia permanece inalterable. Me
acompaña, mientras leo, la imagen de un grito que se origina en el alma y desde allí emerge a la superficie, abriéndose camino entre presente y
pasado, entre amor y dolor, buscando la piel. Y el grito llega al cerebro y se vuelve pensamiento. Y se desliza con fuerza hasta alcanzar la mano y la
mano se convierte en pluma. Y el grito es tinta... se acerca a la punta y estalla sobre el papel. Un grito oscuro, secreto y pesado que se hace verso.
Y con estas palabras (más o menos) se lo describí a un amigo que me preguntó qué estaba leyendo:
Chelo escribe con dolor, desde el dolor. Escribe desde la soledad, desde el vacío inmenso que la muerte deja en quien debe seguir viviendo -y
conviviendo- con la ausencia; desde la amargura que queda tras el abandono cuando el amor se va sin borrar su huella."Hay cosas que no pueden decirse sin haberlas vivido" -cito a Jorge Luís
Suarez en su poema "homenaje"- y este es el caso. Chelo no busca
argumentos para contar una historia ni motivos para escribir. La historia es su propia
vida y los motivos están dentro de ella misma. "Ni con lágrimas puede
salir de mi tanta amargura". Pero Vuelo Nocturno es más, mucho más, que una
colección de sentimientos. Describe -ahí su mensaje- mucho más que dolor,
soledad o amargura, tal vez porque todos estos sentimientos son, a su vez, producto de otro mucho más grande y fuerte: un amor profundo por la vida,
por ella misma -que poco puede amar a otros quien no se ama primero a si mismo- y por cuanto le rodea. Entre líneas, Vuelo Nocturno me muestra la
lucha íntima de un ser que se enfrenta a la oscuridad y a todo cuanto le es adverso y, en medio de su adversidad, llorando cuando el llanto es
inevitable, gritando cuando el grito se hace necesario para ahogar el dolor pero también sonriéndole a la vida,
("Es el dolor efímero
también la distancia
es franqueable, por que
al final del recorrido
nos espera el amor.")
sigue hacia delante sin detenerse, volando en busca de esa luz que conoce o
intuye, aún después de haber cesado el sonido del violín que, en la distancia, le servía de referencia para orientarse.
"Ahora, calla el violín,
mas el murciélago sigue su vuelo."