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Las asimetrías de la globalización y los movimientos de resistencia global -Volver anterior- - Nota: se autoriza la difusión de este texto, siempre que se haga referencia a María José FARIÑAS DULCE. Profesora Titular de Filosofía y Sociología del Derecho Universidad Carlos III de Madrid.
1.- LAS RECETAS NEOLIBERALES DE LA GLOBALIZACIÓN. El término "globalización" no siempre tiene un uso neutro, a pesar de las muchas definiciones más o menos técnicas y procedimentales, que sobre el mismo se han realizado en las últimas décadas, y a pesar de la carga de evidencia, inevitabilidad, superficialidad y novedad con la que se nos intenta presentar el proceso de globalización en nuestras vidas. Tras el término "globalización" existe toda una construcción ideológica, realizada por la doctrinas del neoliberalismo económico, herederas de Milton Friedman, que –como ha señalado Alain Touraine- son las auténticas creadoras de los actuales contextos de la globalización de los mercados y de su comprensión espacio-temporal. Es decir, cuando hablamos de "globalización" debemos tener en cuenta, que "se trata de una construcción ideológica y no de la descripción de un nuevo entorno económico. (Porque) constatar el aumento de los intercambios mundiales, el papel de las nuevas tecnologías y la multipolarización del sistema de producción es una cosa; (pero) decir que la economía escapa y debe escapar a los controles políticos es otra muy distinta. Se sustituye (en este caso) una descripción exacta por una interpretación errónea" e ideológicamente interesada, cuando se afirma y se propaga normativamente, que nada ni nadie debe controlar el proceso global del capital y que se deben despolitizar las redes económicas y financieras. Dicha interpretación ideológica convierte al actual proceso de globalización en un nuevo proceso de universalización, de "occidentalización" (o, incluso, de "americanización") y de imperialismo de las estrategias neoliberales, que afecta e impera en todos los ámbitos de nuestra vida: especialmente en el ámbito político y en el económico, pero también en el cultural, en el social, en el de las comunicaciones y las informaciones, en el jurídico y en el medioambiental.... Como apunta Anthony Giddens, demarcándose de sus iniciales y entusiasta de definiciones, la globalización es una "ideología propagada por librecambistas que quieren desmantelar los sistemas de bienestar y recortar los gastos estatales". Por ello, se puede afirmar que la teoría de la globalización tiene poco mérito intelectual, sin embargo –como apunta James Petras- "sirve a un propósito político fundamental: una racionalización ideológica de las crecientes desigualdades de clase". Y sirve, también, para justificar los flujos económicos y militares, que transitan en sentido unidireccional de los centros "imperiales" de poder económico, financiero y militar hacia los países dominados y subdesarrollados. En efecto, la globalización es una ideología en sí misma ("la historia de los ganadores contada por los ganadores"), esto es, una ideología paneconomicista y monocultural al servicio de un grupo particular, que pone en marcha un nuevo proceso de dominación hegemónica o de colonización a escala planetaria cada vez más intenso; que logra reemplazar la primacía del estado-nación por la de las nuevas empresas transnacionales (ETN) y sus ciegos mecanismos financieros; y que pretende anular las culturas locales mediante la imposición de una supuesta "cultura global", cuya misión es la de homogeneizar social y culturalmente el mundo. La globalización implica, pues, una ideología única, dogmática y triunfalista o, incluso –como apunta Raúl Fornet-Betancourt- "una ideología totalitaria", es decir, el triunfo del monoculturalismo ultraconservador de la sociedad global, cuyos universales absolutos e incuestionables son el "libre mercado", la "tecnología" y el "capital". Por lo tanto, los procesos actuales de globalización de la economía y de las finanzas son, en realidad, una guerra de liberación a favor del capital, que nos conduce inexorablemente a una nueva "dictadura del mercado global", la cual atenta directamente contra las estructuras sociales, culturales, solidarias e igualitarias de las democracias modernas. Por ello, se puede afirmar, que no estamos viviendo ahora en un nuevo orden económico global, sino en un nuevo "desorden económico global", sustentado por una lógica hobbesiana y darwinista, que convierte a aquél en una auténtica estrategia o guerra económica –parafraseando a Hobbes- de todos contra todos, sólo sometida a las "amorales" reglas económicas del mercado. Esto, a su vez, nos conduce a contemplar los actuales contextos de la globalización neoliberal de la economía no como algo novedoso –tal y como la propaganda globalizadora nos anuncia-, sino como otra fase más del desarrollo histórico del capitalismo en el sistema mundial o como una segunda revolución capitalista, favorecida, a su vez, por las consecuencias de las antiguas políticas coloniales, por la caída de los países de régimen comunista y por la utilización de los nuevos instrumentos de la tecnología global por parte del actual capitalismo empresarial y gerencial. Por ello, el capitalismo global se basa, actualmente, en un capital productivo y financiero de ámbito planetario, difuso, flexible, tecnológico, sin nombre y sin ubicación nacional, "pero cada vez más fuerte e incontrolado y cada vez más desintitucionalizado", desregulado social y financieramente y despolitizado. Todo ello favorece, a su vez, la expansión planetaria de las grades "burocracias privadas" o empresas transnacionales (ETN) por encima de las burocracias públicas estatales, especialmente de las más débiles y empobrecidas del planeta (es decir, de los países del "sur global"). Dichas empresas transnacionales (ETN) controlan actualmente más de la tercera parte de la producción industrial mundial, su actividad económica y productiva escapa a cualquier tipo de control político o financiero de carácter democrático, son los auténticos agentes del capitalismo global y del pragmatismo económico y, en ocasiones, favorecen o causan directamente verdaderas agresiones a los derechos humanos de tipo social, de carácter redistributivo o igualitario, así como a los derechos medioambientales y de desarrollo. La acción política, jurídica y económica generada por las "burocracias privadas", al amparo de la sacralización del libre mercado, representa hoy día una auténtica globalización sin democracia (una nueva Lex Mercatoria o un nuevo tipo de "pluralismo jurídico mercatorium"), que impone –aun por encima de las decisiones sociales democráticamente negociadas de los Estados- aquellos modelos de regulación socioeconómica, que más ventajosos les resultan para sus propios y particulares intereses económicos. Lo cual implica en la práctica la existencia de poderes absolutos sin ciudadanos y, por lo tanto, sin derechos democráticos de control y de participación, porque –como señala Hinkelammert- "solamente la burocracia pública tiene ciudadanos, la burocracia privada nada más que clientes". Esto conlleva la existencia de un fuerte déficit democrático entre los nuevos sujetos o gestores de la globalización (especialmente, las grandes corporaciones transnacionales, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio), cada vez más ajenos y ocultos al control democrático de los ciudadanos, pero cada vez más capaces de modelar eficazmente la opinión pública a costes muy bajos, mediante el monopolio de los medios de comunicación de masas y mediante el control de la información y el conocimiento científico y tecnológico. Por esta razón, en los últimos años existe una preocupación especial por las consecuencias negativas, que la acción económica y los métodos de trabajo de las empresas transnacionales provocan en la población de los países donde aquéllas asientan su producción, especialmente por lo que respecta a la violación de los derechos laborales, económicos, sociales, culturales, medioambientales y de desarrollo; prueba de ello es el intento, realizado desde hace más o menos tres décadas, de establecer un Código de Conducta para la acción de las empresas transnacionales, respaldado por la Organización de las Naciones Unidas. 2. LA ASIMETRÍA DE LA DESIGUALDAD. Si efectivamente la globalización actual es una construcción ideológica, entonces no es de extrañar, que el actual proceso de globalización neoliberal no sea un proceso "neutro", ni exista una bondad intrínseca en todo aquello que se nos impone como "global", sino que tiene también sus efectos "perversos" o negativos. Lo primero que salta a la vista es, que los diferentes contextos de la globalización generan polarización social y diferentes tipos de asimetrías en todo el planeta y en las diferentes facetas de nuestra vida. Una de las asimetrías más denunciada en los últimos años, por su aplastante evidencia y dramatismo, es la asimetría de la "desigualdad". El "mercado global" de la globalización, a pesar de sus promesas de progreso y desarrollo para todos, genera cada vez mas, y cada vez más intensamente, desigualdad económica, empobrecimiento e injusticia social entre los seres humanos y entres los diferentes países. Las "desigualdades globales" o los déficit igualitarios son cada vez mas evidentes y alarmantes, tanto en los ámbitos domésticos de cada país como en las escalas internacionales. Ante esta situación de progresión unilateral e imperial, tenemos el deber moral de plantearnos algunas cuestiones, tales como las siguientes: ¿Por qué el amplio crecimiento económico actual y el enorme aumento de la productividad global a escasos costes económicos genera paradójicamente empobrecimiento económico, cultural y social en amplios sectores de la población mundial, tanto en los países de "norte global" como en los países del "sur global"? ¿por qué las pérdidas de empleo y la inestabilidad laboral, ocasionadas por las interdependencias empresariales transnacionales, son tan alarmantes en todo el mundo? ¿por qué la globalización de los mercados productivos y financieros provoca un amplio coste social en las democracias occidentales? ¿por qué los mecanismos institucionales de la globalización (Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio y Banco Mundial, principalmente) siguen utilizando la "trampa" de la deuda externa, que empobrece cada vez mas a los países pobres, a la vez que consienten la corrupción política y económica de las elites económicas y políticas de dichos países? ¿por qué la inicial orientación keynesiana del FMI, que subrayaba los fallos del mercado y el papel del Estado en la creación de empleo, fue sustituida por la sacralización de la "utopía del libre mercado"?¿por qué los principios liberales, que inspiran la política económica global, obstaculizan mundialmente cualquier política de redistribución social de la renta? ¿por qué el trabajo productivo y los valores a él asociados han pasado a un segundo plano frente a la escandalosa especulación financiera? ¿por qué se permite que la especulación financiera "virtual" genere, a la vez, riqueza en abundancia para unos pocos y miseria extrema para muchos? ¿por qué la globalización conlleva desplazamientos económicos masivos, degeneración cultural, contaminación planetaria y una desestabilización y agresión ecológicas irreparables? ¿por qué, finalmente, la competencia global destruye y fragmenta la cohesión social y el tejido comunitario? Es el exceso de consumo y la masiva concentración de riqueza, de propiedades y de poder financiero, político y armamentístico por parte del Norte global y de las clases medias y altas del Sur, lo que está produciendo un empobrecimiento alarmante en el Sur global, haciendo que la brecha de la desigualdad mundial se haya duplicado en menos de treinta años. Las políticas de "ajustes estructurales", de desregulación de los servicios financieros y de privatizaciones de servicios sociales, impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y por la Organización Mundial del Comercio (OMC) como parte del denominado "Consenso de Washington", produjeron –como denuncia Joseph E. Stiglitz- hambre y disturbios en muchos lugares. Además, permitieron acumular fortunas privadas para unos pocos super-ricos y otorgaron licencia para explotar y saquear sin límite a los seres humanos y a la naturaleza. De esta manera, la globalización beneficia a los privilegiados del norte y del sur, es decir, a los grupos socioeconómicos oligárquicos poseedores del capital y a los trabajadores tecnócratas de alta cualificación. Ahora bien, este exceso y concentración de riqueza, así como la distribución extremadamente desigual de la misma y las consiguientes desigualdades sociales, no es que sea nuevo, lo novedoso de esta etapa de capitalismo global y de neoliberalismo globalizado está en el hecho de que ahora el modelo de economía globalizada se impone como el único e inevitable modelo posible, junto con la ideología y el imperio cultural, tecnológico y mediático, que lo sustenta, anulando cualquier diferencia, que no se domestica ante el modelo de civilización dominante. Su legitimación viene dada, pues, por la falta de una alternativa posible, esto es, por la fuerza compulsiva de los hechos, lo cual aporta un escaso y pobre poder explicativo, así como una argumentación tautológica, tras lo cual lo que existe realmente es una clara debilidad estructural. Ademas, una sociedad que se afirmar y se condena asímisma sin alternativas posibles –como señala Hinkelammert-, "solamente puede tener como su criterio de decisión la eficacia formal". Por ello, la ideología de la globalización neoliberal se presenta como el triunfo del pragmatismo económico, de la eficiencia formal del mercado, de la desregulación, de la utopía del libre mercado, del control de la técnica y el monopolio de la información y la comunicación; en pocas palabras, como el pretendido triunfo del Capital sobre el Estado. Todo lo cual se impone, a su vez, como un dominio universalista y como un nuevo poder imperial, basado en el "inevitable" dogma globalizador. Así, por ejemplo, la ideología neoliberal impuesta por el mercado global va transmitiendo la idea de que es mejor que muchos individuos trabajen en peores condiciones laborales (las cuales en algunos países se aproximan bastante a situaciones anteriores a la de la revolución industrial, con nuevas y nada sofisticadas formas de esclavitud), a que exista tan sólo una elite de trabajadores protegidos (y "malcriados") socialmente. Esto es lo que provoca, que muchos países llamados ahora periféricos o semiperiféricos se vean condicionados a modificar sus legislaciones laborales y tributarias, haciéndolas menos proteccionistas (es decir, salarios más bajos, desprotección social de los trabajadores, degradación de la clase trabajadora, ausencia de presión fiscal) hasta el punto de competir entre ellos, para conseguir el mejor tipo de inversión extranjera en sus territorios; o que se vean obligados a seguir las directivas de las políticas de los "ajustes estructurales" y a poner en marcha políticas de privatizaciones masivas de servicios sociales, como la sanidad, la educación, la vivienda, las pensiones (que a la larga, por cierto, son más costosas y menos eficaces); o que se vean obligados a traspasar al sector privado las empresas públicas vinculadas a sectores estratégicos, como la electricidad, el gas, el petróleo, el agua, las infraestructuras de las comunicaciones, aeropuertos, carreteras, flota marítima, puertos...; o a realizar medidas de deforestación o a permitir verdaderos ataques y desastres ecológicos en sus territorios; y, todo ello para conseguir la implantación de empresas productivas en sus países y para que el capital pueda circular libremente. Mientras tanto, las nuevas formas económicas y financieras de las empresas transnacionales (ETN) o las nuevas "burocracias privadas" compiten entre sí -como señala Roht-, cual "nuevos señores feudales", para imponer, sin ningún tipo de control e, incluso en algunos casos, bajo el respaldo de las armas bélicas, las normas de regulación social y jurídica, que más les convenga a sus intereses de acumulación salvaje de capital, generando así un nuevo tipo de pluralismo jurídico mercatorium al margen de los derechos estatales y sin ningún tipo de control democrático. Situaciones, como las apuntadas anteriormente y otras similares, están generando nuevas formas, directas o indirectas –y nada sutiles-, de violación de los derechos humanos en todo el mundo, provocadas por la enorme desigualdad existente en los intercambios capitalistas globales y por el reparto inequitativo de las ganancias económicas; ya que, desde hace mas de una década, la mayor parte del comercio y de la producción global está en manos de países, que representan únicamente un cuarto de la población mundial y que aspiran a dominar al resto. La lógica acumulacionista y utilitarista del libre mercado global está produciendo niveles escandalosos de empobrecimiento económico, cultural, social y medioambiental en muchos países y en muchos sectores sociales, agravando así las crisis sociales. Y ello, porque tras la puesta en marcha de las políticas de "ajuste estructural", tras la privatización de los servicios públicos y tras el recorte presupuestario en gastos sociales lo que existe realmente es apropiación privada –incluso, rapiña- de bienes y servicios públicos y, consecuentemente y desde la perspectiva de los ciudadanos, pérdida de derechos, al dejar a un amplio número de ciudadanos sin acciones jurídicas en defensa de su salud –al carecer de cobertura médica-, su educación, su cultura, su vejez, su alimentación –recuérdese el intento de privatización del agua potable en Ecuador-, su vivienda, su seguridad, su medioambiente... Todo este tipo de gastos sociales se definen en la ideología del neoliberalismo como costes económicos, que el mercado no se puede permitir, ya que generan distorsión en el mismo. En definitiva, la ideología de la globalización va vaciando de contenido emancipatorio a la institución política de la ciudadanía, ya que los seres humanos en este comienzo de siglo cada vez somos menos ciudadanos, es decir, tenemos menos derechos y, por el contrario, cada vez se nos dirige a ser más "clientes" frente a los proveedores privados del "mercado global", que ahora nos proveen también de servicios de educación, sanidad, cultura, pensiones...; claro está, tan sólo para aquellos privilegiados que tienen capacidad y solvencia económica para ese tipo de consumo global. El "mercado" se convierte, de esta manera, en el gran igualador y diferenciador de las sociedades y de los seres humanos; su criterio de inclusión o exclusión social está centrado únicamente en la capacidad económica para el consumo. Es decir, si los seres humanos no alcanzan a ser "sujetos consumidores", sujetos "mercantilistas" o, incluso, "hiper-consumidores globales", simplemente no existen y quedan automáticamente excluidos y al margen de las nuevas relaciones sociales, jurídicas, económicas, culturales...., que el "hiper-mercado" de la globalización genera.
El proceso de globalización significa literalmente convertir "algo" en global; o lo que es lo mismo, en universal, en racional y en absoluto, es decir, descontextualizar o "deslocalizar". Ahora bien, debemos preguntarnos, entonces, qué es lo que a la ideología neoliberal de la globalización interesa convertir en "global" e imponer como válido universalmente para todos y en todo lugar; y, consecuentemente también debemos cuestionarnos, qué es lo que no interesa globalizar y, por tanto, queda automáticamente marginado del proceso globalizador. 3.1.- El "capitalismo global". Interesa convertir en "global", principalmente, el "capitalismo global y salvaje" y el libre mercado global, basado en la supremacía de un capital financiero, especulativo, aventurero, tecnológico, virtual, inmaterial, inmediato, difuso, sin nombre, desregulado y desinstitucionalizado formalmente; el cual puede, sin embargo, llegar a producir cambios devastadores en las economías y modos de producción locales –incapaces de competir con las estrategias de importaciones baratas-, así como quiebras importantes en las finanzas públicas de muchos Estados centrales y semiperiféricos, que ven como sus grandes empresas nacionales llevan su producción fuera del país, desplazando fiscalmente sus sedes a otros países con escasa presión fiscal. Esto implica realmente un imperio del poder económico sobre el poder político, incapaz ahora de ejercer un contrapeso equilibrante sobre aquél. Dicho imperio económico se construye, a su vez, sobre la ficción interesada de la posibilidad de una obtención ilimitada de beneficios económicos y financieros dentro del "mercado global"; lo cual en la práctica representa, sin embargo, la explotación más despiadada e ilimitada de los seres humanos y de la naturaleza. Se globaliza, pues –en palabras de Subirós-, "una economía virtual dirigida por individuos que raramente pisan la calle, y mucho menos una planta industrial o un campo de cultivo, una economía de despacho gestionada a través de infinitos terminales de ordenador, con órdenes de compra y venta entrecruzándose noche y día en el ciberespacio, auténticos B-52 de la finanzas, que provocan catástrofes económicas desde el anonimato, sin ensuciarse las manos, amasando fortunas para un puñado de ejecutivos e intermediarios y desencadenando paro y hambrunas en regiones y países enteros". Interesa convertir en "global" un determinado tipo de régimen político, a saber: la democracia "global" de carácter meramente formal y liberal; es decir, una democracia "ritual" y procedimental, una democracia débil e incompleta, basada en una política no intervencionista, desreguladora, privatizadora, mercantilista, asistencializadora. Una democracia formal, que se limita a poner en marcha procesos electorales carentes de discusión y de decisión popular a cerca de valores como la igualdad real de los individuos, la justicia social, la solidaridad intergeneracional e intergrupal, el respeto por las diferentes identidades....; valores todos ellos , que fueron negociados democráticamente, durante décadas, en los Estados Sociales. Se trata, por lo tanto, de globalizar una concepción dogmática de la democracia representativa, donde los criterios de legitimación de la esfera pública se tornan minimalistas y los valores sociales son sustituidos por criterios de orientación económica y financiera en manos de las oligarquías socioeconómicas. La globalización, pues, "debilita la calidad de la democracia", ya que el poder económico difuso del "mercado global" y sus instituciones económicas y financieras (no democráticas) cierran o dificultan cada vez más los cauces democráticos de participación política de los ciudadanos en las decisiones negociadas democráticamente. La ideología neoliberal de la globalización rechaza y margina cualquier otra forma de alcanzar una democracia de carácter social, cultural y económico, esto es, una democracia plena, participativa y emancipatoria de toda la ciudadanía y para todos los aspectos que atañen al desarrollo de la dignidad humana. Por esta razón, no debemos olvidar, que cuanto mayores son los procesos de desregulación jurídica y de privatización de servicios sociales esenciales, mayor es la ausencia de los valores referidos anteriormente, mayor la carencia de derechos y más dramático es el déficit democrático de las actuales sociedades post-nacionales, cuyas estructuras democráticas se legitiman únicamente en base a meros criterios minimalistas y economicistas, donde el procedimiento se convierte en un valor exento de cualquier potencial transformador o emancipador para los ciudadanos. Interesa convertir en "global" una cultura única, absoluta, universal, racional, de progreso, hegemónica o, en definitiva, una "cultura global". Por "cultura global" habría que comprender a aquélla, que ilegítimamente intenta hablar en nombre de toda la humanidad, traspasando los límites de su propia legitimidad y de su propio contexto real de referencia, e imponiendo sus propios y unilaterales fundamentos éticos y estéticos, como mecanismos de homogeneidad y de dominación cultural. Una "cultura global", pues, utiliza su propia y unilateral interpretación de la realidad como mecanismo de control y cohesión social, y como medio de dominación. La ideología de la globalización intenta imponer un determinado modelo monocultural, como una especie de cultura "hegelianamente" global, esto es, una cultura descontextualizada y universalmente válida para toda la humanidad. Ahora bien, tras dicho modelo podemos percibir, en realidad, un nuevo intento"imperialista" de control político, tecnológico, estratégico y económico del mundo, por parte de la cultura del neoliberalismo americano. Porque, como ha señalado Giulio Girardi, "la globalización cultural (...) es el aspecto más profundo de la dominación, porque penetra en la vida íntima de los espíritus, destruyendo su originalidad e identidad", y atentando directamente contra el igual derecho a la identidad propia de las personas y de los pueblos. La retórica neoliberal de la globalización intenta imponer un modelo de dominación monocultural y monolítico, el cual se presenta él mismo como superior, avanzado, racional, civilizado, desarrollado y moderno, pero cuyos principales valores se basan en el individualismo, en la eficiencia financiera, en la cultura consumista capitalista, en la competitividad y en la dominación hegemónica, esto es, en la ley del más fuerte. Se trata de un nuevo intento de homogeneizar la pluralidad o de una nueva forma de neutralizar y controlar las diferencias, que amenazan la imposición de dicho modelo civilizatorio. En definitiva, un nuevo intento de alcanzar la "unidad", mediante el presupuesto epistemológico de la reductio ad unum, intentando marginar, ocultar, reducir o inferiorizar las diferencias, que pudieran amenazar a aquélla. Es por ello, por lo que en el ámbito de la cultura es donde la globalización y su inversión ideológica se hacen más evidentes, porque provoca la idea de que es imprescindible mantener una nítida separación de las culturas y, por lo tanto, también sería imprescindible defender a la "civilización occidental" de las amenazas de otras culturas, por ejemplo, del Islam. Así la cultura se está convirtiendo en una importante dimensión de conflicto entre lo global y lo local, entre el modelo hegemónico y las heterogéneas subculturas de resistencia, que son visibles en la actualidad en todo el mundo, y que representan una "actitud intelectual y estética de apertura hacia experiencias culturales divergentes". En definitiva, tras la imposición de la "cultura global" y bajo el disfraz de la universalidad se encierra, en realidad, una nueva forma de dominación imperialista o una nueva forma de occidentalización e, incluso, de americanización, la cual se sustenta en una vacuidad ideológica y moral, en argumentos tautológicos carentes de fundamentación (como la ya referida inevitabilidad del dogma de la globalización), así como en un alto grado de injusticia, desigualdades y desequilibrios sociales. Esta es la lógica perversa de una nueva hegemonía imperial, basada en el tendencioso y unilateral proyecto globalizador. 3.4.- La "sociedad de la información y de la comunicación". Interesa convertir en "global" el valor de la tecnología, el control monopólico de las técnicas de comunicación y de información, el desarrollo tecnológico, el control del conocimiento, de la ciencia y del saber, junto con su expansión mundial. Como consecuencia de la revolución informática y tecnológica acaecida en las últimas décadas, el control tecnológico de la información, del conocimiento, de la ciencia y de los medios de comunicación se ha convertido hoy en día en uno de los mecanismos más importantes de concentración de poder, y no precisamente democrático. Hasta tal punto esto es así, que se llega a convertir a la propia "tecnología" global (que no es más que un "determinismo" tecnológico) en una especie de nuevo valor supremo y universal de la sociedad informatizada y cibernética, en base al cual se fundamentan los criterios de la maximización del crecimiento económico, de la descentralización del proceso productivo y de la ingeniería financiera, a través de lo que ya se denomina en el mundo empresarial como las "compañías virtuales" o el "cibercapitalismo". Las nuevas tecnologías y las formas simultáneas de comunicación masivas están produciendo cambios en todos los ámbitos de nuestra vida cotidiana, desde la cultura (o tecnocultura), las formas de estructuración y distribución del trabajo, la política, la religión, la institucionalización social, el ocio y el esparcimiento, imponiendo su propia lógica determinista en los lugares más diversos y dispersos del planeta. Este nuevo sistema de comunicaciones virtuales y de tecnología global conlleva, además, una nueva forma de organización social "desinstitucionalizada", "desorgánica" y sin tejido comunitario; esto es, lo que Manuel Castells ha denominado como la "sociedad red". Esta nueva "sociedad red" está basada en una estructura de red, en la que –utilizando un lenguaje propio de la teoría de sistemas- conviven múltiples y complejos nudos de relaciones y de circuitos de comunicación, los cuales forman finalmente la complejidad del tejido social actualmente existente. Otros autores comparan ya las nuevas relaciones sociales con un "cyberspace", entendido en sentido metafórico, como un marco de relaciones, que hace alusión a nuevas zonas de actividad, a nuevos modos de actuación y a nuevos espacios de comunicación y de generación de ideas, que poco tienen que ver ya con las estructuras e instituciones normativamente funcionales y orgánicas de las sociedades "modernas". 3.5.- Los "derechos del mercado y en el mercado". Interesa convertir en "global" un tipo de derechos humanos compatibles con la lógica del "mercado global". Se consolida como "global", pues, el respeto universal y formal de los derechos humanos, en cuanto concepto propio de la cultura occidental; pero tan sólo se globalizan los derechos humanos de carácter individual (civiles y políticos), es decir, los derechos, cuya titularidad recae en el "individuo" (ficción jurídica) en abstracto y en las grandes empresas y corporaciones transnacionales (ETN), dotadas de personalidad jurídica. Derechos, en definitiva, que no representan ninguna limitación al principio de la libertad de mercado, y que son compatibles, por lo tanto, con la ideología neoliberal y privatista del mercado global. Los "derechos del mercado y en el mercado" son los derechos de la sociedad capitalista, es decir, aquellos que garantizan la libertad, la propiedad privada y la seguridad (esto es, el contenido básico de la "Property" inglesa según fue teorizada por John Locke) de los "individuos" y demás personas jurídicas, es decir, las manifestaciones jurídicas del señorío autónomo, racional y posesivo de la personalidad de cada individuo. Las diversas facetas de la "Property" se constituyen en los "derechos humanos", ya que el individuo tiene derechos en cuanto que es propietario de su ser y de sus manifestaciones tanto físicas como intelectuales. El derecho a la propiedad privada se convierte, así, en la base de otros posibles derechos, ya que la realidad social y política de los individuos está estructurada en torno a elementos de posesión. En realidad, se defiende una individualidad, que –como señaló Macpherson- "sólo puede ser plenamenete realizada acumulando propiedades, y que, por tanto, sólo puede ser alcanzada por unos pocos y, únicamente, a costa de la individualidad de los demás". Los "derechos del mercado" aparecen en la ideología neoliberal de la globalización, como los únicos derechos humanos dotados de validez universal, a la vez que son utilizados por la retórica globalizadora como fundamento de su propia legitimación formal. Cualquier otro tipo de derecho, que pudiera suponer una interferencia redistributiva o igualitaria en la estructura acumulacionista del funcionamiento del "mercago global", sencillamente es deslegitimado como "derecho humano", en cuanto vetustas reclamaciones decimonónicas, debiendo ser eliminados, mediante la estrategia de la política de los "ajustes estructurales" y de las privatizaciones de los servicios públicos esenciales de ciudadanía (salud, educación, vivienda, pensiones, seguridad....). Se marginan y no se globalizan, por tanto, a los derechos de contenido redistributivo e igualitario, es decir, los tradicionalmente denominados como derechos económicos, sociales y culturales, porque entran en confrontación directa con los intereses acumulacionistas y privatistas del neoliberalismo económico, cuyo valor supremo es la libertad de mercado y la defensa de la "sacro santa" propiedad privada. Además, "desde el punto de vista de la empresas que operan transnacionalmente, los derechos humanos como derechos de los seres humanos corporales no son más que distorsiones del mercado.... Por eso, la eliminación indiscriminada de las distorsiones del mercado desemboca, con una lógica implícita, en la distorsión de los propios derechos humanos..". Este tipo de derechos, hoy marginados y no globalizados, son los que afectan directamente al ser humano corpóreo, contextualizado, específico, con subjetividades múltiples y necesidades diversas, atendiendo a su diferente posición en la estructura social, en el ámbito de la producción, en el ámbito del consumo, a su diferente opción cultural, religiosa o sexual. Estos derechos se diferencian de los derechos individuales en que estos últimos tienen como titular de los mismos únicamente al "individuo" abstracto (al ciudadano indiferenciado), el cual representa una ficción jurídica construida sobre una inversión ideológica, a la vez que, sobre una vaciedad antropológica, porque en realidad está representando únicamente a un tipo particular de ser humano, a saber: el propietario libre burgués occidental y de raza blanca. El retroceso en los derechos de carácter social y redistributivo, que estamos presenciando en los últimos años, está provocando un creciente empobrecimiento económico y cultural en los sectores sociales mas débiles de la población mundial, así como un alarmante proceso de marginación y exclusión social de amplios sectores sociales, que son los que van quedando excluidos del mercado social del trabajo y del mercado global del consumo, con los consiguientes mecanismo de falta de solidaridad intergeneracional e intergrupal, que dicho proceso conlleva. 3.6.- El individualismo consumista. Los intereses ideológicos del actual proceso de globalización han reabierto una vieja discusión teórica entre individualismo y colectivismo en el ámbito de las relaciones sociales y laborales. Esto nos conduce, también de nuevo, al resurgimiento de la polémica entre autonomía individual en tensión con la autonomía colectiva, así como a una apelación a la responsabilidad individual; y, finalmente, estamos asistiendo a una disociación entre los derechos individuales y políticos, por una parte, y los derechos económico, sociales, culturales y de desarrollo, por otra parte, a los cuales –como se ha señalado anteriormente- se les pretende desvincular del propio concepto de ciudadanía y se les hace desaparecer del mismo catálogo formal de los derechos humanos. La ideología neoliberal de la globalización, que se presenta a sí misma como un sistema sin alternativas posibles, genera también una ausencia de compromiso ético y político con las normas estatales internas y los valores en los que se basan, así como con las responsabilidades colectivas solidarias derivadas de aquéllas, ya que no habría más alternativa ideológica que la eficacia formal del mercado. Todo ello, conduce a los seres humanos hacia un individualismo posesivo y consumista, que se convierte en un factor poderoso y creciente de desintegración y descohesión social, ya que va dejando carentes de vínculos sociales a un amplio sector de la población mundial, que automáticamente van pasando a convertirse en una especie de nuevos parias de la civilización global . Estos nuevos excluidos de la civilización y del mercado global tienen todos ellos una característica en común, a saber: su falta de capacidad económica para el consumo, su imposibilidad de llegar a ser una especie de "consumidor universal" o transnacional . De esta manera, el consumo o, mejor dicho, la capacidad económica para consumir –basada en una lógica absolutamente individualista- se convierte actualmente en el criterio más importante de inclusión o de exclusión social. Todo ello, nos conduce a un individualismo radical y destructivo, de carácter posesivo, propietario, consumista y egoísta; en una palabra, un individualismo hobbesiano, que se basa en el criterio del imperio de la ley del más fuerte; que abandona a los seres humanos a su propia, individual e insolidaria gestión de los riesgos de alimentación, salud, educación, vivienda, trabajo y condiciones del mismo, vejez, enfermedades....; y que destruye la dimensión solidaria de las relaciones sociales. Según esto, la gestión de consecuencias "negativas" de la globalización (paro, falta de cobertura social de los situaciones de riesgo,..) se traslada al ámbito de la responsabilidad individual y, consecuentemente, a la gestión individual o familiar. Al amparo del resurgimiento de este individualismo consumista. la puesta en marcha de la retórica de la política económica neoliberal va generando la aparición de una especie de nueva underclass o de nuevo tipo de pobres o, en definitiva, de clase marginada, que estaría formada por todos aquéllos, que van siendo empobrecidos económica, social y culturalmente, como consecuencia de las medidas estatales de desregulación y de privatizaciones masivas, las cuales conllevan, en la práctica, desprotección económica, social, educacional y cultural, y, en definitiva, pérdida de derechos. Esta nueva underclass está compuesta por grupos socialmente vulnerables, una especie de consumidores imperfectos e ineficaces para la dinámica del mercado global, lo cual les convierte, automáticamente, en sectores sociales marginados y excluidos. De ahí pasan a ser directamente estigmatizados o criminalizados como peligrosos o como sospechosos de algún tipo de desobediencia colectiva, como si ser "pobres" o "empobrecidos por la pérdida de derechos públicos subjetivos, "obreros parados", "agricultores desplazados" "negros" o "inmigrantes" fuese por si solo una condición delictiva. Ello favorece también la intensificación de la función represiva, policial y carcelaria de los actuales Estados, con la progresiva creación de nuevos tipos penales. 3.7.- La nueva "clase capitalista global": los globalistas. La ideología de la globalización es una ideología imperial y de clase. Consecuentemente, se intenta convertir en "global" a una nueva clase social, que podría denominarse como la "clase globalizadora" o los "globalistas", que no sería sino una nueva "clase capitalista global", caracterizada por la concentración de poder y de capital en manos de las grandes corporaciones transnacionales de los Estados dominantes, las cuales se constituyen en los agentes o sujetos básicos de los métodos globalizadores. Una especie de "club de privilegiados", que ponen en marcha las recetas del "conservadurismo monopolista" ultraliberal. Ellos son los principales defensores de la ideología y de los principios universales de la globalización y los únicos beneficiarios de la misma. Pero, también las elites y las oligarquías económicas locales de los países periféricos o semiperiféricos se constituyen en grandes defensores y beneficiarios de la globalización. En primer lugar, porque están involucrados en grandes corrupciones políticas, económicas y financieras, que provocan graves crisis estructurales internas en sus países, pero que son consentidas por los gestores transnacionales de la globalización, tales como el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial del Comercio. En segundo lugar, porque las políticas de privatización de servicios públicos (promovidas por la OMC) les permiten acumular grandes fortunas privadas, mientras empobrecen escandalosamente a las mayoría de la población de sus países y dejan desprotegidos a sus trabajadores. Y, en tercer lugar, porque no pierden su posición estructural en el control del poder político, es decir, regentan el poder político, controlan financieramente las campañas electorales y financian a las organizaciones sociales.
4.- CAPITAL "VERSUS" DEMOCRACIA. El binomio formado por la democracia de masas y el intervencionismo estatal en la política económica, social y cultural, propio del Estado Social (con la correspondiente carga tributaria de carácter progresivo sobre el mercado nacional), que caracterizó la estructura política y económica de los Estados occidentales de las postguerras europeas, y que sirvió para canalizar y pacificar el conflicto decimonónico entre trabajo y capital, se encuentra en la actualidad ya totalmente superado por las transformaciones de la globalización. Lo cierto es que el pacto, de carácter ético y político, entre el mercado y la sociedad, que fue articulado en base a las teorías económicas de John M. Keynes, sólo podía sustentarse en el marco de una economía nacional, controlada por los mecanismos fiscales y financieros del propio Estado nacional. Y ello, porque –como claramente lo explicó Max Weber- "el moderno capitalismo industrial racional (necesitaba) tanto de los medios técnicos de cálculo de trabajo, como de un derecho previsible y de una administración (pública) guiada por reglas formales; sin esto, es posible el capitalismo aventurero, comercial y especulador, y toda suerte de capitalismo político, pero es imposible la industria racional privada con capital fijo y cálculo seguro". Hemos asistido en las últimas décadas a una irreversible disociación o ruptura entre el sistema socioeconómico y los individuos o, dicho en otros términos, a una ruptura del pacto político keynesiano establecido entre el mercado y la sociedad o entre el capital y el trabajo, según el cual se permitía un equilibrio entre la lógica del capitalismo y el intervencionismo estatal. Todo ello, ha generado fuertes fragmentaciones en la cohesión social, a la vez que desconfianza en los tradicionales y hegemónicos sistemas regulativos, especialmente, el sistema político y el ordenamiento jurídico estatal, que aparecen hoy día cada vez más carentes de criterios de legitimación y de aceptación social y, consecuentemente, más ajenos y extraños a los individuos. Como consecuencia de los contextos de la globalización neoliberal, actualmente los Estados nacionales se ven desbordados, para hacer frente a los efectos negativos de aquélla (paro estructural, inestabilidad laboral, inmigración, falta de cohesión social, empobrecimiento económico y cultural de los ciudadanos, déficit democrático, déficit emancipatorio, déficit solidario....); y, por otra parte, la concertación internacional fracasa regularmente. El Estado democrático pierde su legitimidad y "la globalización se convierte en trampa para la democracia". Los costes sociales generados por la ideología de la globalización atentan directa y muy duramente contra la estructura social de las democracias modernas, porque –como afirma Ulrich Beck- "la utopía neoliberal es una forma de analfabetismo democrático". Por ello, deberíamos plantearnos seriamente, ¿cuánto "mercado" puede soportar la democracia? Nuestras sociedades post-nacionales se ven abocadas a desenvolverse, desde un punto de vista económico y productivo, en estructuras económicas y financieras supranacionales y desterritorializadas espacialmente, pero de carácter totalmente asimétrico y a-democrático. Lo cierto es, que los Estados democráticos modernos han ido perdiendo en las últimas décadas capacidad de decisión política y económica. El proceso de globalización neoliberal del mercado va imponiendo una "desterritorización" y una "descentralización" del proceso decisorio estatal: ahora, se podría afirmar, que son los mercados tecnológicos y financieros los que toman las decisiones y los gobiernos estatales los que gestionan y ejecutan tales decisiones. Como afirma José Eduardo Faría, "en la medida que el proceso decisorio va siendo descentralizado, desterritorializado y transnacionalizado, las decisiones políticas se tornan condicionadas por equilibrios macroeconómicos que representan, más que un mero indicador, un verdadero principio normativo responsable de la fijación de rigurosos límites a las intervenciones reguladoras de los Estados nacionales". Por tanto, dichas "decisiones políticas", condicionadas por las decisiones de los grandes centros financieros, se muestran cada vez más carentes de legitimación democrática para los ciudadanos. Y en este punto encontramos –como afirma Beck- "el principal dilema democrático de la era de la globalización. Mientras que en el marco de la política democráticamente constituida y del Estado-nación se legitima cada vez más políticamente el aferrarse al estatus del no decidir, en los marcos transnacionales de la "no política" aparente se toman decisiones de gran envergadura a las que falta toda legitimación democrática". Los contextos de la globalización y sus efectos positivos o negativos nos vienen impuestos unilateralmente, no los decidimos los ciudadanos. Por tanto, no es cierto, que vivamos en un "mundo global interdependiente", como la retórica globalizadora pretende hacernos creer, sino en un mundo global unidireccional con bases imperialistas, que sólo le interesa la apropiación y control de todos los recursos naturales del planeta a costa de cualquier cosa. Todo esto –como afirma James Petras- "nos permite argumentar a favor de la mayor utilidad científica del concepto de imperialismo sobre el de globalización". La tendencia imperialista está en argumentar a favor de un triunfo (¿definitivo o no?) de los criterios económicos sobre los criterios políticos y sociales de regulación, esto es, un triunfo del "capital global" sobre el Estado, con el creciente poder apropiativo del capital sobre la fuerza del trabajo; lo cual significa la consolidación fáctica de un poder global absoluto sin control democrático. La ideología de la globalización comporta una globalización sin democracia o, dicho en otros términos, una globalización sin ciudadanos, sólo con clientes consumistas. Ante este escenario, deberíamos preguntarnos, por ejemplo –como hace Joaquín Estefanía-, "¿para qué votar,..., si la política de un Gobierno libremente elegido no es tan determinante para el bienestar de los ciudadanos de un país como la acción de un grupo de operadores anónimos (los famosos mercados) que actúan como epicentro de un terremoto financiero a miles de kilómetros de donde su decisión va a tener efecto?". Esta es la razón, por la cual los procesos de globalización se han definido casi siempre en términos exclusivamente económicos y financieros (y, por lo tanto, meramente técnicos y reduccionistas), y casi nunca en términos políticos, ya que en la actualidad no existe todavía una acción política global, ni una democracia global o transnacional, ni mucho menos estructuras jurídico-políticas democráticas de ámbito global. Sin embargo, si existen ya potentes agentes y estructuras económico-financieras de ámbito global (las grandes corporaciones transnacionales, la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial), que generan sus propias normas jurídicas de regulación, sus propios principios de organización, sus propios mecanismos informales de decisión, sus propios criterios de validación y sus propios procedimientos y órganos jurisdiccionales de resolución de disputas; todo ello da lugar a la consolidación de un nuevo tipo de "pluralismo jurídico" o una nueva Lex Mercatoria o a un denominado "derecho global sin Estado" y, consiguientemente, sin control político democrático; lo cual significa, en la práctica, la existencia, como ya dije anteriormente, de un poder absoluto o de un "imperio"sin ciudadanos, que pretende ilegítimamente gobernar el mundo.
5.- EL "MERCADO GLOBAL DE LA CIUDADANÍA". Ahora bien, si pensamos en la hipotética posibilidad de que el Estado-nación llegase a perder toda su fuerza "metafórica" de representación y de legitimación democráticas, así como de estructuración ciudadana dentro del imaginario social (esto es, de garantía de derechos civiles, políticos, culturales y socio-económicos o redistributivos básicos de los individuos), entonces cuál sería la alternativa, es decir, a qué otras "metáforas representativas" o "ficciones legitimadoras" deberíamos acudir. Algunos autores del neoliberalismo económico y político han propuesto como alternativa la consolidación de un mercado global de la ciudadanía –compatible con un Estado mínimo, mercantilista, privatista y asistencialista-, estructurado en torno a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, en donde los individuos pudieran adquirir los servicios de ciudadanía a los diferentes proveedores privados libremente elegidos. Esta parece ser la mejor alternativa posible –alentada por las normas de la Organización Mundial del Comercio- a un Estado-nación totalmente fragmentado desde un punto de vista social, y privatizado en sus bines y recursos públicos, el cual ya no podría garantizar, como antes, la tutela de los derechos básicos de sus ciudadanos, siendo entonces el "mercado global" el que proporcionaría dicha tutela, pero –como señala Cárcova- "en pequeñas cuotas y para los pocos más aptos en el marco de una lógica hobbesiana y darwinista. De esta manera, la metáfora del "mercado global de la ciudadanía" iría transformando al ciudadano clásico en un individuo consumista y posesivo, que actuaría como un "cliente" frente a los posibles proveedores privados de servicios sociales esenciales o "servicios de ciudadanía", anteriormente prestados por el Estado, tales como, la salud y la sanidad, la educación y la cultura, la vivienda, la seguridad, el trabajo y las condiciones y garantías laborales, las pensiones...Todo ello provoca el más radical y mediocre tipo de individualismo y aislamiento de los seres humanos, condenados ahora a gestionar individualmente sus propias situaciones carenciales o de riesgo, en ausencia de sistemas públicos universales de reparto solidario. En definitiva, convierte nuestras vidas en pura y simple mercancía. Con la metáfora del "mercado global de la ciudadanía", las tradicionales obligaciones públicas-estatales (especialmente, las referidas a la prestación de los derechos económicos, sociales y culturales) se van transformando en un negocio privado; y el ciudadano, en cuanto titular de un derecho civil o de un derecho público-subjetivo, se va convirtiendo en un consumidor o en un cliente de un servicio privado empresarial, prestado por las grandes empresas transnacionales. Por ello –como afirma James Petras- "la política de privatización no solamente es la transferencia masiva de riqueza pública a los globalizadores súper-ricos, sino que constituye una licencia para explotar sin restricciones". El triunfo del "mercado global de la ciudadanía" supondría, además, la desaparición de la dimensión colectiva, solidaria y comunitaria de las relaciones sociales, es decir, la disolución de los vínculos sociales de tipo horizontal, de la autonomía colectiva y de organización de la solidaridad intergeneracional e intergrupal; lo cual implicaría graves quiebras en los mecanismo de integración y de cohesión social, a la vez que provocaría conflictos sociales difíciles de solucionar. Por el contrario, el "mercado global de la ciudadanía" desarrollaría únicamente relaciones de tipo vertical entre: por una parte, los individuos consumidores o clientes, es decir, aquéllos pocos privilegiados que lleguen a tener capacidad económica para consumir y, por tanto, para estar incluidos en el "hiper-mercado" de la globalización; y, por otra parte, los detentadores privados del poder social y económico en cada momento. Esto implica, a su vez, un debilitamiento de la burocracia pública-estatal a favor de las "burocracias privadas", más arriba aludidas. Pero, lo cierto es, que solamente las "burocracias públicas" son capaces de tener "ciudadanos" con derechos y, por tanto, sólo ellas son capaces de llevar a la práctica iniciativas democráticas, participativas y emancipatorias para sus ciudadanos. Por el contrario, las "burocracias privadas"de las grandes corporaciones transnacionales tan sólo pueden tener "clientes" con solvencia económica y, por tanto, solamente actúan guiadas por la ley "amoral" del mercado, es decir, por los criterios de la maximización de los beneficios, de la eficacia formal y de la libertad absoluta de competencia. Consecuentemente, la consolidación de la metáfora representativa del "mercado global de la ciudadanía" representaría el triunfo definitivo de los económico sobre lo político, la reducción final de la política a las leyes "universales" del mercado y, finalmente, el vaciamiento de la dimensión ética, social y política de la institución legal de la ciudadanía, para vincular ésta únicamente al nivel económico de los individuos. Ahora bien, ¿qué labor le quedaría, entonces, a las instituciones públicas estatales con respecto a sus ciudadanos? El referido tránsito del Estado al Mercado, del ciudadano al cliente, va relegando la función social de las burocracias públicas estatales al ámbito meramente asistencial, subsidiario o de beneficencia, especialmente por lo que se refiere a los servicios de educación, sanidad y pensiones. Las políticas públicas de carácter social tienden ahora a implementar meras "políticas de pobres", minimalistas o de "caridad pública", las cuales nunca permitirán la emancipación de las clases sociales desposeídas, ni romperán los límites del atraso, de la desigualdad socioeconómica y de la pobreza. Sin embargo, estos objetivos sociales si se conseguían mediante el reconocimiento y el desarrollo de derechos sociales de carácter redistributivo e igualitario y mediante el intervencionismo estatal, pero sin abandonar los patrones del capitalismo; y ello, porque el desarrollo de aquel tipo de derechos permite una participación progresivamente igualitaria en la vida social, cultural y económica, con el consiguiente reparto universal y uso solidario de servicios sociales y bienes públicos por parte de los ciudadanos. Por el contrario, las actuales tendencias hacia políticas sociales asistencialistas y minimalistas nunca convertirán a los habitantes pobres y excluidos del planeta en individuos consumidores e incluidos en el "mercado global". A aquéllos sólo les quedaría el azar o la fortuna para conseguir estar dentro de dicho "mercado global" (el cual garantiza la libertad absoluta y natural, también para acceder a él), de lo contrario quedarán condenados a ser una especie de consumidores imperfectos e ineficaces, es decir, sujetos incapaces de adaptarse a la dinámica del Mercado e incapaces, por tanto, de gestionarse individualmente sus propias situaciones carenciales de riesgo. Todo esto, finalmente, es una de las principales fuentes, actualmente, de degradación, exclusión, empobrecimiento y marginación social, a la vez que de conflictos sociales. En definitiva, con el auge del "mercado global de la ciudadanía", los ciudadanos cada vez tenemos menos derechos, pero sin embargo se nos sigue exigiendo nuestros deberes, mediante la vinculación con la legislación penal del Estado, el cual se va convirtiendo en un ente cada vez más represivo, policial y carcelario.
6.- LOS MOVIMIENTOS DE RESISTENCIA GLOBAL. El proceso de globalización tiene otra cara diferente a la que hasta ahora hemos identificado como la globalización neoliberal hegemónica. Esa otra cara la encontramos en un conjunto de movimientos sociales o comunitarios de diferente carácter, que tienen en común el oponerse a las reglas y a la ideología neoliberal, impuestas por la globalización de la economía. No se trata de movimientos que rechacen el proceso histórico de la globalización sin más, sino que lo que ponen en tela de juicio es la construcción ideológica y el proyecto político, que hasta ahora ha dominado dicho proceso. Se trataría, por tanto, de propugnar una globalización alternativa, de sesgo diferente a la globalización a través del mercado, en definitiva, una globalización desde "abajo", desde el pluralismo, desde la confrontación dialógica y desde la coexistencia de diferentes culturas o cosmovisiones, o una especie de contra globalización cultural. Dichos movimientos sociales, que ahora se engloban en lo que se denomina como la "sociedad civil global", tienen una forma organizativa y un mecanismo reivindicativo muy diferente a la de los partidos políticos clásicos y a la de los sindicatos e, incluso, a la de los movimientos sociales tradicionales, como el movimiento obrero o los movimientos feministas. La mayoría de los movimientos, que se engloban en la denominada "sociedad civil global", se basan en la pluralidad, la descentralización, la autogestión, la participación, el espíritu crítico, la desprofesionalización, la democracia de base y la solidaridad; aparecen, además, como portadores de valores que sirven para fundamentar modalidades libertarias de vida cotidiana; y la reivindicación de derechos, llevada a cabo por ellos, no tiene ya una pretensión de universalidad abstracta, sino una pretensión de rescate de lo propio, de lo diferente, de lo autónomo y de lo plural. Por ello, dichos movimientos de resistencia global generan un tipo de relaciones interpersonales de carácter comunitario, solidario y, a la vez, emancipatorio frente al orden económico y cultural establecido. Y, por otra parte, es menester señalar, que el espacio discursivo jurídico de los derechos estatales modernos deviene claramente insuficiente para dar respuesta a la mayoría de las reivindicaciones de aquellos movimientos. La mayoría de los actuales movimientos de resistencia global ya no se pueden ubicar teóricamente en el concepto tradicional de "sociedad civil doméstica" o intraestatal, sino que estamos ahora en presencia de nuevos actores sociales y/o jurídicos, cuyo interlocutor ya no es únicamente un Estado nacional, sino también la pluralidad de foros internacionales, regionales, locales, globales y transnacionales existentes. Por otra parte, tampoco estamos en presencia de actores sociales que puedan ser reducidos únicamente al ámbito del Mercado, como si se tratara de un mero "tercer sector privado", sin ánimo de lucro y con carácter, por lo tanto, puramente altruista y voluntario. Además, los movimientos de resistencia global, englobados en esta nueva "sociedad civil global", no constituyen un nuevo actor social de carácter unitario u homogéneo, sino que la heterogeneidad, la diversidad, la pluralidad y la alternatividad son sus elementos más caracterizadores; por otra parte, su estructuración en "redes" globales de actividades, en las que conviven múltiples y complejos "nudos de relaciones y de circuitos de comunicación, nada tiene que ver ya con la organización de los movimientos sociales tradicionales. Se podría afirmar, que la "sociedad civil global" está constituida por una compleja pluralidad de nuevos y difusos sujetos colectivos, donde conviven desde los movimientos sociales clásicos (obreros, campesinos, pacifistas, feministas,…), hasta los nuevos movimientos de solidaridad, como las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), las Organizaciones No Lucrativas (ONLs), los Foros democráticos y sociales alternativos, las organizaciones del voluntariado, los nuevos movimientos religiosos, las organizaciones campesinas, indigenistas, ambientalistas, los movimientos cívicos de resistencia, organizaciones sociales contraculturales y contra hegemónicas, etc… Uno de los elementos diferenciadores de todos estos componentes de la "sociedad civil global", con respecto a las organizaciones sociales tradicionales, está en su aspiración al reconocimiento público e institucional, pero sin llegar a convertirse en organizaciones burocratizadas y profesionalizadas dentro de las estructuras políticas tradicionales. No aspiran a alcanzar el poder, ni a realizar grandes y revolucionarias movilizaciones sociales, pero sí pretenden realizar una acción política, es decir, intentan incidir en los cambios de políticas o proyectos gubernamentales, o intentan cooperar con el poder político y económico, aunque no siempre lo consiguen de una forma unívoca, sino de una manera fragmentada e incurriendo, a veces, en algunas y manifiestas contradicciones. Quizá, a efectos de que la "sociedad civil global" pudiera tener alguna consecuencia estabilizadora en las relaciones internacionales, sería conveniente, que el reconocimiento público e institucional de algunos de los sujetos colectivos de juridicidad, enmarcados dentro de la "sociedad civil global", se produjera no sólo en el ámbito interno de los Estados, lo cual sería claramente insuficiente, sino también en el ámbito de las instituciones y organismos internacionales y transnacionales de ámbito regional (por ejemplo, la Unión Europea), donde la mera y todavía escasa interacción con los "foros alternativos" es también insuficiente. Por ejemplo, una medida ciertamente revolucionaria consistiría en la incorporación formal en la Organización de Naciones Unidas (ONU) de algunas Organizaciones No Gubernamentales de carácter temático (como las ecologistas) o de carácter multitemático (como las de desarrollo y erradicación de la pobreza), junto a los tradicionales miembros estatales, en aras de poder resolver democráticamente algunos de los temas, cuya gestión y resolución escapan a las fronteras de los Estados nacionales, tales como los problemas ambientales y ecológicos, el control del capital financiero global, los problemas derivados de las nuevas técnicas de comunicación e información, el desarrollo de los países pobres, los flujos migratorios internos y externos, los enfrentamientos culturales… De esta manera, la "sociedad civil global" podría operar como un ente equilibrador, produciendo bienes sociales positivos, tales como, acciones ambientales, acciones de democratización, acciones de desarrollo, acciones humanitarias…, y contribuyendo a la creación de un nuevo espacio transnacional para la acción política y para las responsabilidades compartidas. En definitiva, la implementación esta propuesta podría, a mi juicio, funcionar como un instrumento de socialización diáfano, que permitiera articular nuevas formas políticas y jurídicas globales de autoridad compartida, las cuales pudieran dar lugar, a medio y largo plazo, a la consolidación de mecanismos de democracia global en un mundo global, sin caer de nuevo en una anacrónica democracia formalista (como, por ejemplo, la del cosmopolitismo de la federación de Estados), que no serviría sino para renovar el universalismo abstracto, en el que los Estados de derecho modernos han caído con demasiada frecuencia.
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