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Villanueva Mesía

El Generalife

 

 

Autor: JESUS BERMUDEZ PAREJA

 

     El romance de Abenámar nos sugiere el episodio, muy verosimil, del reconocimiento que Juan II hace de las murallas de Granada, para un posible asalto a la ciudad. Al ir mostrando lo que es castillo de gran valía o lo que aparenta ser fortaleza y sólo es mezquita, nos descubre que el Generalife, cuya apariencia lejana sería también de castillo, era sobre todo una hermosa huerta. El moro traidor no mintió, porque Generalife significa eso: "huerta que par no tenía" y además lo era.

 

     Es posible que una de las excelencias de tal huerta residiera en estar fortificada, como lo estaban otras fincas rurales de lujo de los países islámicos de Occidente. De todos modos, a cuantos nos han dejado descripciones del Generalife, apenas les ha impresionado otra cosa que el agua abundante, las flores y la umbrosa vegetación o el paisaje. No mencionan fortificaciones, ni los potros y carneros de la dehesa y coto de la finca, que se extiende por los montes del Llano de la Perdiz hasta los abrevaderos del Genil y Darro.

 

     

     Por supuesto que no es fácil ya distinguir restos de torres y murallas entre los jardines y casi nos parece inverosímil la existencia a fines del siglo XVIII de un fuerte de artillería atendido permanentemente por un oficial. Desde luego las torres que resguardaron la entrada al palacio eran y puro resto pintoresco cuando las tropas de Napoleón volaron el castillo de Santa Elena, y más abajo, donde el agua se desliza y rezuma por todas partes, almeces, yedras y mimbre brotan con fuerza en las rojas grietas de las cercas, disipando cualquier aspecto de fortaleza.

 

 El Generalife desde la Alhambra, al pie del castillo de Santa Elena    

     

     El encanto arquitectónico de los edificios se desvanecía también entre frondosidades y reformas hasta trozos enteros del palacio quedaron sepultados: como los baños o la Casa de los Amigos. De los jardines medievales sólo se salvó la Escalera del Agua, con manifiestas mutilaciones, o el jardín del Patio de la Acequia, ahora soterrado. Sin embargo los reyes cristianos habían impuesto a los Alcaides del Generalife la obligación de invertir en reparaciones cien ducados cada año, bajo inspección que extrañamente no se confió al Gobernador de la Alhambra, sino al Ayuntamiento de Granada.

 

     Al fin los abandonos resultaron no sólo justificados sino exaltados por el romanticismo, al encontrar que en el Generalife "todo ofrece a los ojos y al alma un cuadro más deleitoso, cuanto no deja de entrever la mano del hombre ni el conato del arte; la naturaleza sola ostenta a placer sus sencillos encantos". Teófilo Gautier se entusiasma en el paseo de la entrada que, "parecía trazado en medio de un bosque virgen de América; tal es la cantidad de flores y hojas que lo obstruyen y tal el perfume mareante que exhalan las plantas".

 

     En la misma ciudad palatina de la Alhambra y en sus alrededores disponían los reyes de varios palacios, además del palacio del trono o palacio oficial. Algunos eran verdaderas almunias o fincas rurales más complejas. Entre ellas el Generalife cumplía una misión especial. Queda muy cerca de Dar al-Arusa, (Palacio de la Novia) y del Palacio de los Alijares, pero está situado más estratégicamente que estos palacios que dominan airosos los collados. El palacio del Generalife se recuesta en ladera y sacrifica la visión espléndida de Sierra Nevada, casi ausente de su paisaje, en servicio de una más directa observación de la ciudad palatina de la Alhambra, lejana y próxima a un tiempo, y para mejor resguardo y más fácil huida el palacio-jardín se encaja entre castillos y escarpas, arropado por huertas y olivares, lo que le da cierta semejanza con otras fincas rurales de reyes musulmanes, alguna de ellas de topografía muy distinta.

 

Resolución recomendada 800 x 600

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