Presentación Informe LA DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA

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Ciencias Políticas y Administración Pública

Reseña

 

Presentación del Informe LA DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA

Hacia una democracia de Ciudadanos y Ciudadanas

Para el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD)

 

 

Por: Gabriela PALAVICINI CORONA

 

 

“La democracia ha estado, pues abandonada a sus instintos salvajes, ha crecido como esos niños privados de los cuidados paternales, que se crían por sí mismos en las calles de las ciudades y que no conocen de la sociedad mas que sus vicios y miserias”.

Alexis de Tocqueville

 

 

El día de hoy trataremos de uno de los temas que está presente día con día pero que a su vez es controvertido por la separación prevaleciente entre lo normativo y la práctica, y que además ha sido puesto en tela de juicio en los últimos tiempos: la democracia y su viabilidad. Cuestionamiento cuyo origen data de años atrás en donde la crisis de la democracia se pusiera de manifiesto, llevando al surgimiento de obras tales como la de Linz, La quiebra de las democracias,[1] y el Fin de la Historia de Fukuyama. Y la reversión de algunos regímenes de esta índole como quedara registrado en la obra La Tercera Ola de Huntington.[2] No obstante, aquí cabría preguntarse si la crisis corresponde en verdad al régimen o bien a la teoría democrática que incrementa cada vez más la brecha entre teoría y práctica y esto en los países que así son considerados, no se hable de aquellos cuyo régimen democrático está todavía en ciernes como lo sería el caso de la mayoría de los países latinoamericanos. (De 140 países en el mundo sólo en 82 existe una democracia plena).[3] Sin embargo, se sigue presentando, a pesar de sus altibajos y de los resultados que arroja el mismo Informe como el régimen con mayor aceptación. El dato que confirma este hecho es que de los 18 países de América Latina considerados, todos cumplen con los requisitos fundamentales del régimen democrático cuando de ellos solo 3 vivían en democracia hace 25 años (Venezuela, Colombia, Costa Rica). No obstante, esta consideración no es la misma a nivel de su desempeño.

 

En esta ocasión nos satisface poder comentar uno de los trabajos más recientes y de gran envergadura que se han llevado a cabo en los últimos tiempos en torno al tema de la democracia: El Informe de La Democracia en América Latina “Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos”, preparado por reconocidos investigadores en el tema como lo son Guillermo O’Donnell, Bruce Ackerman, David Held, Pierre Rosanvallon  entre otros.

 

Yo me basaré en la presentación y análisis de una parte de este vasto informe que es la concerniente al ámbito conceptual del mismo. Pero antes de proseguir si me gustaría enfatizar el hecho de que el análisis y las recomendaciones políticas del Informe, no reflejan necesariamente, como queda asentado en el mismo, las opiniones del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, ni de su Junta Ejecutiva ni de sus Estados miembros y que es una publicación independiente aunque sí preparada por encargo del PNUD con la finalidad, entre otras, de dar a conocer el estado de la democracia en América Latina.  Es decir cuál es el diagnóstico de este régimen político en esta región del mundo y cómo poder coadyuvar a su desarrollo, no sólo como régimen electoral, sino como una democracia de ciudadanos. Su teolología es evitar una mala interpretación y que se llegue a pensar que se pudiera tratar de una nueva versión de la democracia por parte de la ONU.

 

En ese sentido y hecha la aclaración, bajo esta óptica podemos decir que el tomo concerniente al debate de la democracia contiene artículos varios referentes al trabajo presentado por Guillermo O’Donnell con la finalidad de enriquecer sus aportaciones en materia teórico-práctica de esta forma de gobierno que pareciera, ser cuestionada cada vez más por sus resultados, después de años de una mediana aplicación. Además de integrar, por supuesto, el trabajo del colega O’Donnell con quien en varias ocasiones he podido intercambiar puntos de vista personalmente, y en cuyas Notas sobre la Democracia en América Latina se refleja su amplia experiencia en el tema, conteniendo un alto nivel teórico-conceptual reflejando los rasgos principales de los fenómenos aludidos como es la falta de democraticidad del Estado en América Latina y las deficiencias en torno a lo que implica un régimen democrático, con respecto a los regímenes o países que él llama del Noroeste. Esto, en un ensayo que busca integrar al Estado mismo, la población y su gobierno. Así, O’Donnell vincula de manera muy acertada al Estado, con el régimen y la ciudadanía a partir de tres argumentos básicos:

 

1°- Considerar que aunque el régimen democrático sea componente indispensable de la democracia, es insuficiente para caracterizarla adecuadamente.

 

2°- Referente a la especificidad histórica de los casos estudiados en cualquier región del mundo y

 

3°- La democracia basada en la concepción del ser humano como “agente”.  Este último de gran relevancia en donde la “agencia” amerita ciertas cualidades básicas como: y cito:  “usar la capacidad  cognitiva y motivacional para elegir opciones que son razonables en términos de su situación y sus objetivos, para las cuales, excepto prueba concluyente de lo contrario, es considerado el mejor juez”.[4]

 

En cuanto a la insuficiencia del régimen democrático como componente de la democracia existe una separación interesante entre su aplicación y esta misma percibida desde un enfoque puramente teórico aludiendo al hecho de que tanto el Estado como el contexto social son componentes también importantes de ella y lo que parecería difícil de concebir e incluso de entender, atribuyéndolo tal vez, a un posible error del autor: el régimen como componente del mismo, se diluye al entender por este último: y cito: “los patrones formales e informales, y explícitos e implícitos que determinan los canales de acceso a las principales posiciones de gobierno, las características de los actores que son admitidos y excluidos de ese acceso, los recursos y las estrategias que les son permitidos para ganar tal acceso y las instituciones a través de las cuales el acceso es procesado y, una vez obtenido, son tomadas las decisiones gubernamentales”.[5]

 

Aclarado el significado en O’Donnell, es ciertamente importante tomarlo en cuenta y no perderlo de vista. Por otro lado, tanto el contexto social como el Estado son elementos que, son tan indispensables como la democracia misma y en donde su indisociabilidad en relación con ésta es nula pues para que haya democracia debe existir, de manera previa, el ámbito de acción por decirlo de alguna manera, es decir, el Estado. Sin éste no puede haber democracia pero sin democracia sí hay Estado. De igual manera el ejercicio del poder impacta radicalmente este sistema de vida. Es aquí en donde coincidimos ampliamente con O’Donnell pues las características del mismo generan una aplicación apegada a la teoría democrática en su esencia o no, y el régimen se aleja cada vez más de ella según la preparación del Estado para su recepción e instrumentación.

 

En este sentido, es necesario e indispensable un Estado fuerte más no obeso, coercitivo en el sentido de la aplicación del Estado de Derecho con plena vigencia de la legalidad pero no autoritario ni represivo y un Estado integrador de sus habitantes a través del principio de identidad nacional frente al proceso de globalización actual, es decir, un Estado, en palabras de O’Donnell: eficaz en su funcionamiento, efectivo en cuanto a su legalidad y verosímil, esto es, con credibilidad por parte de la población. Lo que yo he denominado en una clasificación propia dentro del libro elaborado para el Colegio de Veracruz, el año pasado: un Estado eficiente y total, que reúne las condiciones necesarias para vivir en un régimen democrático, lo que implica, a su vez, un determinado nivel de educación con repercusiones directas en la cultura política del país. Un Estado eficiente en su desempeño, es un Estado “listo” para enfrentar, a nivel de su población y a nivel de sus autoridades e instituciones, las contingencias que le afecten a nivel interno y externo. De esta forma, es un Estado integral en el que cada una de sus partes funciona de manera tal que en el engranaje, las deficiencias que emergen por un lado, pueden dirimirse por el otro, evitando así la ingobernabilidad. Pero a la vez, un Estado cuyo esquema jurídico flexible permite una mayor adaptabilidad a los cambios que deben imperar en el interior, esto como resultado de una imposición o exigencia del exterior. Al mismo tiempo, además de poder tener una respuesta más rápida que un Estado rígido, por sus características propias, existe la propensión a hacerlo. Entiéndase por propensión la disposición al cambio. La flexibilidad está dada por una estructura organizada de tal manera que puede responder con cierta facilidad a los cambios necesarios a instrumentar, como exigencia de factores externos al propio sistema político.[6]

 

En cuanto a la especificidad histórica de los casos, resulta amplio hablar de manera general de La democracia en América Latina pues, por un lado, existen países exitosos en la aplicación de esta forma de gobierno (Costa Rica, Honduras y Nicaragua son los más satisfechos) y por el otro, su desarrollo obedece a las características muy particulares de cada uno de los Estados que conforman esta región, del que tiene O’Donnell conocimiento como se puede apreciar en la compilación elaborada por él, Schmitter y Whitehead en cuanto a las transiciones políticas en las diferentes latitudes. Así, si bien es cierto que comparten ciertas características, más a nivel de desarrollo económico y social que político y que es más viable una comparación entre estos países que entre una democracia europea y una latinoamericana, dicha especificidad no quedó registrada de manera ampliamente tangible en el trabajo presentado por O’Donnell. Y a su vez, el punto de referencia del desarrollo democrático: el Noroeste, tampoco pareciera muy apropiado. En primer lugar porque considera a Nueva Zelanda y a Australia como parte de este bloque, aun si reconoce haberlo hecho de manera altamente flexible. Y hablando de Estados Unidos y Europa Occidental, tampoco en estos países el desarrollo de la democracia ha sido igual, presentando particularidades diferentes cada uno de ellos, pues como dice Maurice Cranston: “La democracia es una doctrina que difiere según la diferente mentalidad de los pueblos.” [7]

 

Y segundo, como consecuencia de esto, el poco desarrollo democrático en Latinoamérica se ve reflejado así de una derivación comparativa entre el funcionamiento de este régimen en esos países y el disfuncionamiento a ese nivel de la región estudiada, entendiendo por éste lo que O’Donnell llama ineficiencia del Estado. Y es que en países con gobiernos electos democráticamente se tiende a veces a sostener la autoridad con prácticas no democráticas. Y, en los últimos tiempos se ha observado un no apego a los principios fundamentales de la democracia como son el diálogo y el consenso aun en países “democráticos”. Baste ver el último proceso electoral en U.S.A. y la invasión a Irak así como la decisión del Ex Primer Ministro Aznar de ir a la guerra en contra de la opinión de su ciudadanía “agente”, lo que implica también que en un momento dado, ese disfuncionamiento del régimen se dé debido al gobierno, como afirma O’Donnell de las estructuras burocráticas y también en la cabeza de las mismas como lo es el Poder Ejecutivo y no sólo a carencias como las de una ciudadanía activa, propia sí de una democracia y de un gobierno representativo, como lo citara Stuart Mill en su momento, finalmente una condición necesaria pero no suficiente para el buen desempeño democrático, esa ciudadanía activa no implica necesariamente una “buena democracia” en términos de su calidad.

 

 Es decir, ese régimen plural, en donde impere el Estado de derecho, en donde los derechos civiles, políticos y sociales existan sin condición y las obligaciones correspondientes también se ejerzan en pleno ejercicio de la libertad propia de toda democracia, con amplia participación política de la sociedad y en donde además de todo se celebren elecciones limpias. No olvidemos que este último aspecto es uno más de los tantos necesarios para hablar de democracia, pero no lo es todo, es simplemente la democracia electoral instalada ciertamente en América latina, en donde el proceso de profundización de las reglas procedimentales permanece ausente,[8] clasificando a las democracias como “democracias defectuosas o enraizadas” en términos de Puhle.[9]

 

Cubriendo las características anteriores, se podría hablar de una “democracia de calidad”, por utilizar la terminología del autor, con sus consecuentes repercusiones positivas en el desarrollo económico de la población. Calidad que está fuertemente ligada con el nivel de vida de la población, tanto en el input como en el output, esto es, tanto para la instalación, aceptación y práctica de un régimen democrático en cuanto prerrequisito de ésta, como en los resultados de su aplicación.

 

Y es aquí justamente en donde esa democracia ha sido cuestionada, y en donde pudiera argumentarse que su desempeño no ha sido el adecuado, al menos en América Latina, más que el régimen mismo y es que prevalece una confusión entre lo que es y lo que debe ser, esa dicotomía existente y existencial de esa forma de gobierno ideal por excelencia.  Y es que hablar de democracia en la actualidad, implica aunque no queramos, hacer una diferenciación técnica entre teoría democrática y práctica democrática que se acerca en ocasiones  más a la oclocracia. Distancia que el devenir histórico ha provocado entre estas dos “clases de democracia” si se le puede llamar de esta forma, tomando en cuenta que no pueden ser aplicables, en strictum sensu, cada uno de sus preceptos normativos. Y esto debido a que la realidad de su vigencia tampoco es la misma que antaño. Presenta una mayor complejidad con variaciones tales como la existencia de una entidad mayor que el propio Estado, emerge de manera inevitable y abarcando todos y cada uno de los niveles y ámbitos estatales.

 

Así, tanto la población, como el territorio y el gobierno, que son los elementos básicos del orden estatal, sufren modificaciones e incluso alteraciones al no verse acotados a un contexto determinado, sino a realidades varias y además ajenas al propio Estado, en donde la modernidad agota, cada vez más y a pasos acelerados, los recursos teóricos disponibles en materia de Estado y de regímenes políticos, especialmente en cuanto a democracia se refiere. De esta forma, tanto el devenir estatal como la forma de gobierno por excelencia, se ven inmersos en una zona de incertidumbre poco confortable para cada uno de ellos al deber presentar una elasticidad mayor a la rigidez de aplicación de principios, pero en donde además existe un desplazamiento del poder político por parte del poder económico, originando así mayor inestabilidad en cuanto a la confusión de elementos generada por el cambio de la evolución mundial que pareciera incluso, derivar en involución hacia una colectividad poco comprensible a primera instancia, y la cual finalmente abarca todos y cada uno de los ámbitos particulares de cada Estado.

 

Característica que marca, de manera importante, el mundo moderno; una “colectividad particularizante”, es decir, el predominio de lo particular e individual en un ámbito en donde lo colectivo pareciera dirigir el destino de las naciones. Contradicción aparente más no real pues para poder hablar de colectividad primero debemos hacer referencia a la importancia de las partes que la conforman. Es decir, el individualismo se ve afianzado en y a través de la colectividad y viceversa. De ahí la importancia del todo, tanto en la suma de sus partes como en la existencia de cada una de ellas como elementos integrantes de esa colectividad que debiera ser prevaleciente en un sistema de vida del que hablamos.[10] Una colectividad activa que coincide con el viejo concepto de sociedad civil cuyo origen se encuentra en los teóricos del contrato social Rousseau, Locke y también en Montesquieu pero desde una perspectiva política contemporánea, en donde el poder lo detente la población.[11]

 

Esto es, hablar de una ciudadanía integral, con pleno reconocimiento de la ciudadanía política, civil y social”,[12] es decir, la de “agencia” en O’Donnell. No obstante, este aspecto oscila entre la utopía y la realidad, al menos en los países que aquí nos competen debido a la necesidad de pre-condiciones que lo permitan, entre las que se encuentran las propias de un desarrollo humano: alimentación, salud, vivienda y educación. Así, ese grado de idealismo ha originado el desencanto de la población que no percibe tangiblemente sus beneficios, al menos en el caso del Informe, presentando si bien un alto nivel de aceptación, sí un descenso en el mismo. ((Salvo en los casos de Paraguay (62,8%), Colombia (36,7%) y Argentina (31,8% pero con 51,1%), con altos porcentajes de habitantes no demócratas))

 

Sin embargo, este desencanto no sólo está ligado a la continua pérdida de calidad de vida reflejado en la creciente frustración por falta de oportunidades derivada en pérdida de confianza en el sistema político, sino con el mal entendimiento de lo que es la democracia y el esperar de ella la justicia distributiva inmediata con la consecuente solución de deficiencias económicas ancestrales.

 

En ese sentido, la democracia, como forma de gobierno, se ve alterada no sólo por características de tipo histórico-sociológicas sino también de orden económico, ensanchando la brecha des-igualitaria propia de todo Estado, misma que la democracia ha tratado de disolver permitiendo el ejercicio político igualitario entre desiguales;[13] una igualdad que por las propias características del género humano es y será siempre una aspiración a alcanzar.

 

En lo que respecta al caso de México en particular, la transición a la democracia ha sido de las más lentas que ha presentado América Latina, esto debido a la no necesidad previa a los años ’80 de vivir en una democracia también en la praxis y no solamente a nivel formal de su Constitución. Sin embargo, el mismo contexto internacional obligaría a México a la adopción de un sistema plural. De ahí la apertura política y social que derivaría de manera más tangible después de la firma del Tratado de Libre Comercio con América del Norte y a la cada vez más alta presencia de una sociedad civil activa, tendiente al concepto de agencia de O’Donnell pero sin llegar aun a serlo totalmente, debido a las deficiencias que en materia de nivel educativo y de desarrollo presenta el país. Así, el Partido Revolucionario Institucional, el PRI, destinado desde su fundación a ser la vía de acceso a la élite gobernante vio también su realidad transformarse, pasando de ser el partido hegemónico ganador de cualquier elección, a un partido de oposición en relación con el Poder Ejecutivo Federal, debiendo aprender a convivir en una dimensión diferente a la acostumbrada, la de una competencia transparente en un sistema de partidos, propio de un régimen democrático. No obstante, la transición fue desde dentro, es decir, desde la élite del poder de manera tal que el propio Estado contribuyó a su transformación. Desafortunadamente, los problemas económicos y un desempeño deficiente de las élites gubernamentales actuales, a nivel federal, no han consolidado la democracia que México pensó haber alcanzado en la elección del 2000. Sin embargo, ese no fue más que el inicio de un largo camino por andar, fue el darse cuenta de que en México efectivamente existe democracia electoral, como en la mayoría de los países latinoamericanos y de todo aquel que se precie de serlo, por ser condición indispensable, mas no el paso a esa democracia de ciudadanos que queda plasmada en el Informe de la Democracia en América Latina, dirigida a fortalecer la gobernabilidad democrática y el desarrollo humano, en donde se presupone un régimen democrático como base del desarrollo. No obstante, para ser democrático es necesario un desarrollo mínimo para poder interiorizar y practicar ese concepto multicitado de agencia. Esa concepción activa de la población en donde ésta no es única y exclusivamente detentadora de derechos sino lo suficientemente racional y responsable para ponerlos en práctica.

 

Para concluir, sólo me queda decir que aunque todavía tenemos muchos kilómetros por recorrer, no hay que dejar que la desesperación del viaje nos lleve a una percepción errónea de la democracia pues como dice Sartori:

 

 “la democracia es, antes que nada y sobretodo un ideal. (…) Sin una tendencia idealista una democracia no nace, y si nace, se debilita rápidamente. Más que cualquier otro régimen político, la democracia va contra la corriente, contra las leyes inerciales que gobiernan los grupos humanos. Las monocracias, las autocracias, las dictaduras son fáciles, nos caen encima solas; las democracias son difíciles, tienen que ser promovidas y creídas”.[14]

 

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Fecha de publicación: 22 de noviembre 2004

 

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[1] Ver LINZ J. La quiebra de las democracias. Alianza editorial. Madrid. 1986.

[2] Ver HUNTINGTON S. La Tercera Ola. Paidos.

[3] Ver PNUD. La Democracia en América Latina. Hacia una Democracia de  ciudadanas y ciudadanos. 2004. p. 23. Tomo 11. 

[4] Ver O’Donnell. Notas sobre la Democracia en América Latina. Informe PNUD. 2004.p

[5] Ver O’Donnell. Op.cit. p. 14.

[6] Ver PALAVICINI G. Gobernabilidad y Democracia. Entre Utopía y Realidad. En proceso de publicación.

[7] Ver CRANSTON Maurice. Freedom. A New Análisis. Longman. London. 1953.

[8] Ver PULE H-J. Problemas de Consolidación Democrática y “Democracias Defectuosas”.

[9] Una democracia “defectuosa” es aquella que no corresponde a la democracia liberal pero al mismo tiempo no son regímenes autocráticos por el hecho de que básicamente funciona como principio el régimen electoral pero otros criterios de democracia son violados o disminuidos dando lugar a defectos en algunas áreas. Ver PULE. Op. Cit.

[10] Ver PALAVICINI G. Estado, Democracia y Globalización. En Revista Con-Ciencia Política. Colegio de Veracruz. México. 2004. p. 27.

[11] Ver Mc Nabb. Las Incivilidades de la Sociedad Civil. En Revista Con-Ciencia Política. Colegio de Veracruz. México. 2004. p. 121.

[12] Ver PNUD.Op. Cit.

[13] Ver PALAVICINI G. Op.Cit. p. 26.

[14] SARTORI G. Democracia. En Revista de Ciencia Política. Vol XIII. No. 1 y 2. Instituto de Ciencia Política.- Pontificia Universidad Católica de Chile.